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lunes, 3 de marzo de 2014

Sinfonía del Universo



-¿Papá, por que pasan las cosas?

-Es difícil saberlo hijo, no lo sé, hay muchas teorías. Muchas escuelas científicas que se contradicen entre si.

-¿Y vos que crees?

 "La verdad que no se cómo se llama, pero cuando estaba en la escuela, una tarde volviendo de clase vi un edificio muy antiguo al que nunca le había prestado atención. Parecía una antigua biblioteca y estaba clausurado por peligro de derrumbe desde hacía muchísimo tiempo. Era en realidad un edificio histórico de la antigua civilización terrestre, de esos que ya ni a los arqueólogos les interesa y a los que nadie presta atención. A mi tampoco me había llamado la atención, pero esa tarde pude escuchar, proviniendo de su interior, una melodía muy suave y lejana.
Sorteando los escombros de la entrada pude ingresar al edificio y, guiado por la música, fui adentrándome por su laberíntico interior. A medida que avanzaba podía escuchar cómo aumentaba el volumen de la música. Casi completamente a oscuras, llegué hasta lo que parecía una desvencijada puerta de madera, corroída por los años. Por entre las rendijas se filtraba una tenue y sutil luz que parpadeaba cada tanto. Me acerqué a espiar por entre las maderas y apenas pude ver un bulto moviéndose en la lejanía. Parecía atareado y no me notó, o eso creí, así que de a poco abrí la puerta, despacio para no hacer ruido, y me deslicé dentro. Sin embargo, ni bien terminé de entrar en la habitación, la música dejó de sonar y en ese momento preciso el mundo se detuvo.
Estaba de espaldas sentado frente a un piano con una partitura delante suyo. Parecía un robot de algún tipo que no conocía. Era difícil determinar dónde terminaba el autómata y dónde comenzaba el instrumento musical. La figura miró por sobre su hombro y luego volvió la vista al instrumento y la música prosiguió. Era una melodía hipnotizante, que me transportó por los más diversos recuerdos de mi vida. Era fuerte como un tornado jupiteriano, pero al mismo tiempo sutil como los pétalos de una orquídea pleyadiana. La música representaba los amaneceres en Neptuno y los atardeceres en Mercurio, era el motor mismo del Universo lo que podía escuchar saliendo de ese extraño órgano.
Sin siquiera darse vuelta el autómata me habló con una voz oxidada:
 -¿Sería usted tan amable de hacerme un favor, desconocido visitante? Estoy necesitando un poco de lubricante para suavizar el pedal izquierdo, de lo contrario próximamente las lunas de Saturno dejarán de girar y eso sería un problema muy serio para los habitantes de Titán, el mayor de sus satélites. Se encuentra ahí cerca, en la tercera gaveta del mueble al otro extremo del salón.
 Sin comprender demasiado lo que me estaba diciendo encontré un frasco cargado de aceite y un aplicador. Siguiendo sus indicaciones le apliqué el aceite a uno de los engranajes de su robótica pierna, y a partir de ese momento comenzó a moverse un poco más armoniosamente respecto de las otras extremidades.
 –Ah, muchas gracias, joven, mucho mejor. Claro que este favor no pasará desapercibido. No hace falta que me diga su nombre ni a qué escuela asiste, le aseguro que su visita a este lugar no ha sido fortuita ni pasará desapercibida para el gran esquema de las cosas.
No lograba comprender demasiado las cosas que ese autómata estaba diciéndome, así que solamente me limité a asentir cada vez que parecía haber concluido una idea. Francamente, la melodía que tocaba era demasiado maravillosa como para poder prestarle atención a cualquier otra cosa.
Luego de un tiempo, se dio vuelta para hablarme.
 -Hasta aquí llega nuestro encuentro joven, mis engranajes están muy fatigados ya como para seguir tocando esta música, va llegándome la hora de crear un reemplazo en algún otro lugar del cosmos. Espero que le vaya bien en su vida, que sea feliz y que tome las decisiones que considere siempre acertada
s, ya que uno toca la sinfonía del Universo, pero el libre albedrío es algo intocable. Debo regresar pronto a mis obligaciones, las melodías repetidas funcionan solo durante poco tiempo. Hasta luego, ha sido un gusto verle jovencito, ha llegado la hora de irse.-
 Y en el momento en que volvió a conectarse al instrumento musical, el edificio comenzó a estremecerse desde sus cimientos. Tuve que correr escapando para no quedar atrapado entre los escombros y salí en el momento exacto en que el edifico colapsó, destruyendo todo lo que había dentro.
Cosas muy extrañas ocurrieron en los días siguientes: el Sol se apagó por cuarta vez en la historia moderna, hubieron perturbaciones en las órbitas de los cuerpos celestes y en los ritmos circadianos de la biología. Pero poco después todo volvió a la normalidad como si nada hubiese pasado. Incluso la mayoría de la gente parece haberse olvidado de esos días de reajuste en las reglas de la naturaleza. La canción parecía ser la misma, pero el intérprete era otro.
Como el robot había dicho: “el libre albedrío es intocable”. En eso creo."

lunes, 4 de noviembre de 2013

Los ojos del viejo



El viejo lo miró, y sus ojos se volvieron profundos y azules como el océano. Rodrigo pensó que no tendría forma alguna de transmitir esta experiencia. Sin embargo, más de veinte años después, se sentó a los pies de la cama de su hijo y le preguntó:
-¿Te conté la historia de los ojos del viejo?

“Lo más difícil de todo fue encontrar a alguien lo suficientemente ambicioso o lo suficientemente idiota como para venderme el turno. Encontré a uno que era una mezcla de las dos cosas. Me pidió una fortuna que multiplicó apenas vio que yo aceptaba sin regatear. Pagué el doble sin protestar. No sé si él sabía lo que me estaba dando a cambio de algo tan corriente como el dinero, no sé si sabía que el turno es algo único en todo el universo.
 -¿De donde sacaste esto?- le dije señalando el papel que me había vendido.
-¿Qué importa? Ahora es tuyo, pichón.- Y agregó con una sonrisa: -Ojalá lo disfrutes más que su dueño anterior.
 Me da asco hacer tratos con este tipo de gente, pero a veces no hay alternativa. Ya tenía la dirección, la fecha, la hora: era esa misma noche. Llegué y toqué el timbre cuatro veces seguidas, como decía en el papel. Me atendió un Burlo. No me sorprendió, porque había escuchado que alrededor del viejo se reunían criaturas de todos los rincones del universo: habían llegado en busca de una respuesta y nunca se habí
an ido.
 No fue necesario dar explicaciones. El Burlo me miró de arriba abajo con sus cinco ojos, y corrió su viscosidad para dejarme pasar. La casa era común y silvestre, pero transmitía una sensación indescriptible. Como una música demasiado baja para distinguirla pero lo suficientemente alta para saber que suena.
- Una vez que entres al cuarto- me dijo el Burlo con su voz monstruosa- no vas a poder salir hasta que él te diga. Después te va a dar un papel con el próximo turno, y va a ser tu responsabilidad que le llegue al siguiente. Solo él, solo ahí, solo en ese momento.
 Entré. Parecía un viejo normal, pero yo sabía que esa es la forma que eligió para mostrarse ante mí. Y ahí fue que miré en sus ojos. No sé cuanto tiempo pasó. Después me dio un papel con el nombre de un planeta que yo no sabía ni siquiera que existía y una fecha, dentro de trescientos años.”

-¿Y qué se siente, su mirada?

-Es como alejarse del cuerpo lo más posible en el infinito, dar un paso más, y llegar así a uno mismo.

lunes, 28 de octubre de 2013

La demora inexplicable



Esa noche Hernán estaba cansado e, internamente, Rodrigo sospechaba que no le costaría mucho hacerlo dormir.

-Era la época en que tu tío todavía buscaba ganarse la vida como inventor, antes de que descubriese el motor de mecánica gestáltica y se dedicase a la bicicleta financiera. En esa ocasión me pidió que lo ayudara a probar el funcionamiento de uno de sus experimentos, el neuroempatizador. La máquina, en teoría, debía permitir que una persona pudiese sentir lo mismo que otra, incluso acceder a sus pensamientos y emociones. Para eso nos fuimos hasta la tercera luna del planeta valenciano de la galaxia Unioneurópia. Teníamos todos los instrumentos preparados, cuando un mal funcionamiento en el motor de salto hiperespacial catapultó la nave donde yo estaba directo a un agujero negro. Todavía sabíamos muy poco acerca de las alteraciones de las leyes físicas caóticas, así que, sin poder hacer nada, me dejé llevar por la corriente espaciotemporal y esperé lo mejor. Por suerte solo fue un viaje temporal al pasado y terminé cerca del planeta tierra algunos milenios atrás. Recuerdo muy bien que al instante de descubrir donde estaba fantaseé como un tonto con la idea de visitar el planeta desde donde había surgido la humanidad, pero mi nave chocó con algo que desconocía. Al estabilizar los controles y realizar el escaneo de las inmediaciones, descubrí que había colisionado con una nave que formaba parte de lo que parecía ser un escuadrón de guerra. Inmediatamente activé los controles de salto hiperespacial para regresar a mi tiempo lo antes posible. Pero, ya que estaba, mientras esperaba a que se preparen las coordenadas para el nuevo salto, decidí activar el neuroempatizador del tío y apuntarlo hacia la nave que acababa de chocar. Si el aparato funcionaba, conocería de antemano si era considerado una amenaza y que plan de ataque utilizarían. Sin embargo lo que descubrí me sorprendió muchísimo. Ya me estaba resultando raro que hubiese naves espaciales de combate cerca de la tierra a mediados del Siglo veinte, porque esa era una tecnología a que la humanidad aún no poseía en ese momento, y mas me sorprendió ver que quienes habitaban el artefacto no eran seres humanos. Eran bastante parecidos, es cierto, pero tenían muchísimos dedos en cada una de sus manos. Pude sentir también como el capitán de la nave con la cual había colisionado se había asustado muchísimo a causa del choque y que eso, de alguna manera, lo había hecho sentirse libre, casi que estaba agradecido por aquel hecho fortuito. Lo último que vi., mientras mi nave regresaba al hiperspacio, era como esa misma nave daba media vuelta y atacaba a las otras naves de su propio escuadrón. Y como luego de haber sido atacadas estas también abrían fuego todas juntas contra la nave insignia que momentos antes escoltaban.
Derribando sus miedos y apilando sus temores ya en desuso, los tripulantes de aquellas naves elegían la libertad a la calma, la adrenalina a la quietud. La felicidad de la rebelión vencía al miedo que le tenían a la muerte.-

Rodrigo quería continuar contándole la historia a su hijo, todas las escalas que se había visto obligado a hacer antes de poder regresar a su propio tiempo y a su propia galaxia. Pero Hernán ya estaba dormido, y era mejor guardar silencio y reservarse las historias para otra noche.