Mostrando entradas con la etiqueta Naturaleza. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Naturaleza. Mostrar todas las entradas

lunes, 7 de septiembre de 2015

7- Desierto personal

 El aeroplano volaba suave, silencioso y veloz sobre el extenso desierto. Siglos atrás esa zona había sido parte de una próspera plantación de maíz, pero el entonces inexorable calentamiento global y los malos manejos en materia de manipulación genética de las especies plantadas volvieron a la zona un árido desierto sin vida. Un océano de arena interminable, kilómetros y kilómetros de un páramo brillante que no podía albergar vida alguna.
 En su desesperación frente a la ruina inminente, la nación que entonces ocupaba este territorio decidió lanzarse en una campaña bélica por el mundo, pero a cambio recibió una veloz respuesta en forma de lluvia de bombas que arrasaron por completo con lo que quedaba de aquella decadente sociedad. Solo la destrucción había quedado como recuerdo; nada podía vivir ahí, porque nada había quedado. No en vano lo llamaban el “gran desierto”, era el recordatorio de la última vez que los habitantes de la tierra habían intentado aniquilarse unos a otros.
Así de vacío podía haberse sentido Andrés, si tan solo se hubiese tomado el trabajo de mirar dentro suyo para intentar comprender qué era lo que le ocurría. Nunca antes en su vida se había sentido de esa manera. Las manos firmes sobre el mando, la mirada fija en el horizonte que solo se movía para mirar los instrumentos y el mapa. Cada vez que el aeroplano se acercaba al final del desierto Andrés cambiaba el rumbo con el objeto de seguir dentro indefinidamente. No quería regresar a la civilización, no se sentía listo para abandonar el desierto. Sentía una compulsión por mirar el horizonte, por sentir que ese vacío que lo invadía tenía una correlación con el mundo circundante. Lo único que podía hacer era asegurarse de que la visión del mar de arena, del silicio hecho añicos, y de la radiación residual del ambiente, fuesen los únicos testigos de su soledad y sus únicos compañeros. Y sin embargo, a pesar de sus esfuerzos por mantenerse abstraído, había un nombre que se le aparecía con más fuerza cada vez que lograba apartarlo de su conciencia: Cyntheea. ¿Quién era ella para perturbarlo de esa manera? Una empleada administrativa de URRA que se esforzaba por resaltar ante los ojos de La Jefa. Pero ya no era solo eso. En las últimas semanas, desde que Andrés había tenido que pausar su actividad en U.R.R.A., Cyntheea había estado a su lado. Él no sabía hacer otra cosa más que trabajar, fue ella quién le enseñó todo un mundo de cosas por hacer fuera de su trabajo.
 Acompañado por una persona como ella, simpática, inteligente, creativa, Andrés había vuelto a divertirse como no lo había hecho en años. Y también habían encontrado la ocasión de ayudar a algunos robots, claro. Como ese robot cocinero encerrado en el restaurante al que habían ido a cenar. Rompieron un poco las reglas de U.R.R.A., pero eso nadie podría saberlo.
 Y con el pasar de los días, ella empezó a ocupar un espacio en su vida. Y su vida le pedía hacerle espacio. Pero ¿podía contarle de “Sander”? ¿Cómo explicaría el tener un robot ilegal en su casa? ¿Entendería ella que él no era solo el frío, calculador, lógico, agente de la Unidad, sino que además había estado actuando por impulsos que no llegaba a comprender?
 Andrés necesitaba irse. Los pensamientos encontrados no eran su fuerte. Lo único que quería era estar lejos de todos. Por eso no avisó a nadie, ni siquiera a Sander, cuando se subió al aeroplano que ahora recorría el desierto.  
 Al caer la noche en el desierto Andrés miró los controles una vez más. Las baterías solares se habían cargado por completo, si lo deseaba podía seguir volando toda la noche sin tener que detenerse. Para cuando saliese el sol las baterías volverían a recargarse, técnicamente el aeroplano podría volar indefinidamente. Eso le daba a Andrés una sensación de tranquilidad y la seguridad de no tener que detenerse nunca. Sin embargo, poco después de la medianoche los instrumentos indicaron algo que no debería ocurrir: a unos pocos kilómetros de distancia una figura humana caminaba en la noche. Llegar hasta ahí le tomaría al aeroplano menos de un minuto, por eso Andrés prefirió tomarse un tiempo para investigar a aquel ser. Podía tratarse de alguna trampa, o quién sabe qué. Ningún ser vivo era capaz de soportar el desierto demasiado. Incluso si se resguardaba del día y viajaba de noche, no había agua potable ni alimentos en un radio amplísimo. Como decía un refrán de la antigüedad humana: la curiosidad mató al gato; Andrés no pudo consigo mismo y se dirigió al encuentro del vagabundo.
Era un hombre desnudo, de edad mediana y rostro sereno, que simplemente caminaba decidido por el páramo nocturno. Andrés dejó su nave a una distancia prudencial y se armó con un pulsor eléctrico escondido por si acaso. Al verlo acercarse, la figura en la noche detuvo su andar y lo observó directamente. Luego levantó la mano derecha mostrando su palma a modo de saludo y, finalmente, pronunció unas palabras que resultaron inentendibles a Andrés:
 -¡Di kutú niel sabrok!
 –Lo siento, no comprendo tu idioma- respondió Andrés, mientras levantaba su mano copiando a su interlocutor.
-Tekeli li terbole khim. <Circuitos intuitivos de identificación de idioma activados. > ¡Hola extraño! Espero que en este idioma podamos comunicarnos, de lo contrario vuelve a hablar para que mis circuitos intuitivos busquen otras similitudes fonéticas.
-Estamos hablando el mismo idioma, sin dudas. Me llamo Andrés Dioyo. ¿Quién sos y que hacés solo en este desierto?
-Mi memoria me ha mostrado que en mi lugar de origen se me solía llamar Anomalía. Pero eso fue hace bastante, no sé cuánto. En el desierto las tormentas de arena son frecuentes y es muy fácil perder la noción del tiempo dentro de una- respondió al tiempo que miraba al horizonte y recreaba con sus manos la mímica de una tormenta.
 Andrés comprendía muy bien lo que ocurría, se había encontrado con un robot perdido, abandonado por sus creadores, desterrado a ese desierto sin fin.  No podía hacer nada por él, la última fábrica de robots de esa zona había desaparecido hacía más de cien años. Quién sabe por cuánto tiempo había estado Anomalía vagando sin rumbo. Con un gesto le indicó al robot que lo espere y fue a buscar la tienda de campaña y las provisiones que tenía guardadas en su aeroplano. –Voy a preparar un campamento para pasar la noche juntos, Anomalía- atinó a decir antes de armar la tienda. –No creo poder ayudarte a encontrar tu lugar de origen pero por lo menos podemos hacernos compañía-
Anomalía lo ayudó cuanto pudo, sus procesos lógico-cognitivos, así como su matriz de razonamiento estratégico lo guiaron en la forma más eficiente de preparar el campamento. Al poco tiempo estaban sentados frente a frente, uno a cada lado de una fogata. Andrés apagó todas las luces del campamento, solo las llamas los iluminaban. La noche, estrellada, sin la interferencia lumínica de ninguna ciudad, los cubría.
-Es raro, ¿sabés? Hace casi dos días que viajo sin detenerme. Creía que escapaba de gente malvada, pero en realidad me estaba escapando de mí mismo- dijo Andrés mientras miraba el cielo.
-Creo que puedo comprenderte- respondió Anomalía –si bien mis circuitos lógicos pueden explicarme el funcionamiento de muchas cosas, en el fondo no puedo tener sentimientos. Pero por analogía puedo ponerme en tu situación y entender cómo te sentís- Andrés sintió curiosidad. ¿Desde cuándo un robot estaba programado para tener empatía? Anomalía continuó:
 -Estuve recorriendo este páramo por mucho tiempo. Mis archivos de memoria se tornan confusos si busco demasiado, antes de estar caminando por el desierto solo tengo recuerdos fragmentados, como cuando me llamaron “Anomalía” y me expulsaron aquí, a esta nada interminable. Mi construcción es perfecta, los mecanismos de autoregeneración me mantienen en óptimas condiciones y mi única preocupación es intentar evitar las tempestades de arena porque alteran mis circuitos y a veces puedo apagarme sin saber cuándo volveré a estar activo. En mis caminatas encontré cosas increíbles: ciudades abandonadas; restos de expediciones fracasadas o poco preparadas para enfrentarse a este ambiente tan hostil; incluso tuve contacto con seres de otros planetas que me buscaron, curiosos, por mi unicidad. Dada mi condición de autómata nada de esto jamás tuvo efecto alguno en mí, más allá de lo analítico por supuesto. Lo que pasaba es que aún no comprendía mi propósito, simplemente existía como un robot que vagaba sin órdenes y sin saber por qué. Ahora lo sé… - Al terminar de decir esto Anomalía se incorporó y comenzó a mirar al horizonte, como buscando algo.
-¿Qué pasa, Anomalía?- le preguntó intrigado Andrés.
-Como decía, mis recuerdos son difusos, pero en todos estos años pude esbozar un rudimentario mapa de la zona. Según los archivos de la biblioteca de referencias los antiguos navegantes humanos usaban la posición de las estrellas para guiarse. Creo que con todo este conocimiento acumulado voy a ser capaz de encontrar el lugar donde fui ensamblado.-
-¿Vas a buscar tu hogar? Este continente está desierto, no hay nada de nada a nuestro alrededor- Respondió Andrés mientras se prendía un cigarro.
-¿Hogar? Sí, ustedes lo llamarían así. ¿Desierto? Probablemente, pero por primera vez en todo este tiempo tengo un objetivo. Cuando llegaste dijiste que estabas escapando de vos mismo. Todo este tiempo, sin poder entenderlo, yo estaba haciendo lo mismo. Ahora lo comprendo- al decir esto el robot se acercó a Andrés y le estrechó la mano. –Adiós humano.- y se marchó rápidamente, perdiéndose en la noche sin dejar rastro.
Andrés prendió un cigarro en silencio, contemplando las estrellas. Pensó en todo lo que había dejado atrás: su vida cotidiana, su trabajo, Cyntheea…

Se despertó antes de que saliese el sol y, como Anomalía, partió de regreso a su hogar, sin saber qué era lo que iba a encontrar y, sobre todo, contra qué demonios debería enfrentarse para dejar de sentirse solo. 

lunes, 28 de abril de 2014

La caza del gogogo



“El gogogo salió de su guarida y miró alrededor, esperando a que sus ojos se acostumbraran a la luz. Podía pararse en sus patas traseras, pero prefería el andar de los cuadrúpedos: estaba ahorrando energía para el largo invierno que se aproximaba.
 Los humanos aparecieron de todas partes. Le apuntaban con extrañas armas, diseñadas especialmente para darle caza. El gogogo gruñó, anticipándose al primer disparo.

Ya llevaba tres partidas perdidas. Definitivamente Carlos era el mejor jugador de Cuco en la empresa. Cuando Clarisa pidió un piloto para un viaje corto, aproveché la oportunidad de retirarme antes de perder la cuarta.
 Tenía que llevar a tres adolescentes hasta un punto en el sector norte del planeta Oké-mo. Todos sus papeles estaban en orden, así que salimos de inmediato.

 Ignorando mis muchos intentos por empezar una conversación, los jóvenes cuchichearon entre ellos todo el viaje. Cuando llegamos, bajaron casi al instante y fueron corriendo hacia un montículo que se vislumbraba a lo lejos. Yo debía esperarlos, pero mi curiosidad siempre pudo más…

 Casi grito de sorpresa al ver la escena que se escondía detrás del montículo. Una veintena de personas con vestimentas camufladas y armamentos flotaban en el aire en un círculo perfecto y se contorsionaban con muecas de dolor. Flotaban alrededor de la enorme criatura, el gogogo
, de más de diez metros de altura, que les rugió amenazadoramente. Los adolescentes que yo había llevado entonaban cantos de burla hacia los cazadores, a la vez que desplegaban una bandera en la que se leía “No a la caza del gogogo de Oké-mo”.
 De repente, una fuerza invisible me levantó del piso. El gogogo, parado en sus patas traseras, dirigió su mirada hacia mí. A pesar de estar siendo arrastrado por los poderes mentales de un extraterrestre gigante, no sentí nada de miedo. Creo que él mismo tranquilizaba mi mente, a la vez que la examinaba. Varias imágenes de mi pasado se proyectaban frente a mis ojos, a medida que el gogogo intentaba saber de qué lado estaba.
 Intenté hablarle, pero estaba totalmente inmovilizado. Tampoco sabía si entendería mis palabras. Entonces, hice un gran esfuerzo y me imaginé repetidas veces a mí mismo, yéndome en mi nave con los adolescentes y todas las armas de los cazadores. Después podría soltarlos sin peligro.
 Después de un rato, el gogogo me entendió.”

-¿Y que hiciste con todas las armas?
- Hice que mis pasajeros las destruyeran durante el viaje, a la vez que les decía mi opinión sobre burlarse y festejar mientras hay vidas en peligro, aunque esas vidas hayan cometido un terrible error.

lunes, 3 de marzo de 2014

Sinfonía del Universo



-¿Papá, por que pasan las cosas?

-Es difícil saberlo hijo, no lo sé, hay muchas teorías. Muchas escuelas científicas que se contradicen entre si.

-¿Y vos que crees?

 "La verdad que no se cómo se llama, pero cuando estaba en la escuela, una tarde volviendo de clase vi un edificio muy antiguo al que nunca le había prestado atención. Parecía una antigua biblioteca y estaba clausurado por peligro de derrumbe desde hacía muchísimo tiempo. Era en realidad un edificio histórico de la antigua civilización terrestre, de esos que ya ni a los arqueólogos les interesa y a los que nadie presta atención. A mi tampoco me había llamado la atención, pero esa tarde pude escuchar, proviniendo de su interior, una melodía muy suave y lejana.
Sorteando los escombros de la entrada pude ingresar al edificio y, guiado por la música, fui adentrándome por su laberíntico interior. A medida que avanzaba podía escuchar cómo aumentaba el volumen de la música. Casi completamente a oscuras, llegué hasta lo que parecía una desvencijada puerta de madera, corroída por los años. Por entre las rendijas se filtraba una tenue y sutil luz que parpadeaba cada tanto. Me acerqué a espiar por entre las maderas y apenas pude ver un bulto moviéndose en la lejanía. Parecía atareado y no me notó, o eso creí, así que de a poco abrí la puerta, despacio para no hacer ruido, y me deslicé dentro. Sin embargo, ni bien terminé de entrar en la habitación, la música dejó de sonar y en ese momento preciso el mundo se detuvo.
Estaba de espaldas sentado frente a un piano con una partitura delante suyo. Parecía un robot de algún tipo que no conocía. Era difícil determinar dónde terminaba el autómata y dónde comenzaba el instrumento musical. La figura miró por sobre su hombro y luego volvió la vista al instrumento y la música prosiguió. Era una melodía hipnotizante, que me transportó por los más diversos recuerdos de mi vida. Era fuerte como un tornado jupiteriano, pero al mismo tiempo sutil como los pétalos de una orquídea pleyadiana. La música representaba los amaneceres en Neptuno y los atardeceres en Mercurio, era el motor mismo del Universo lo que podía escuchar saliendo de ese extraño órgano.
Sin siquiera darse vuelta el autómata me habló con una voz oxidada:
 -¿Sería usted tan amable de hacerme un favor, desconocido visitante? Estoy necesitando un poco de lubricante para suavizar el pedal izquierdo, de lo contrario próximamente las lunas de Saturno dejarán de girar y eso sería un problema muy serio para los habitantes de Titán, el mayor de sus satélites. Se encuentra ahí cerca, en la tercera gaveta del mueble al otro extremo del salón.
 Sin comprender demasiado lo que me estaba diciendo encontré un frasco cargado de aceite y un aplicador. Siguiendo sus indicaciones le apliqué el aceite a uno de los engranajes de su robótica pierna, y a partir de ese momento comenzó a moverse un poco más armoniosamente respecto de las otras extremidades.
 –Ah, muchas gracias, joven, mucho mejor. Claro que este favor no pasará desapercibido. No hace falta que me diga su nombre ni a qué escuela asiste, le aseguro que su visita a este lugar no ha sido fortuita ni pasará desapercibida para el gran esquema de las cosas.
No lograba comprender demasiado las cosas que ese autómata estaba diciéndome, así que solamente me limité a asentir cada vez que parecía haber concluido una idea. Francamente, la melodía que tocaba era demasiado maravillosa como para poder prestarle atención a cualquier otra cosa.
Luego de un tiempo, se dio vuelta para hablarme.
 -Hasta aquí llega nuestro encuentro joven, mis engranajes están muy fatigados ya como para seguir tocando esta música, va llegándome la hora de crear un reemplazo en algún otro lugar del cosmos. Espero que le vaya bien en su vida, que sea feliz y que tome las decisiones que considere siempre acertada
s, ya que uno toca la sinfonía del Universo, pero el libre albedrío es algo intocable. Debo regresar pronto a mis obligaciones, las melodías repetidas funcionan solo durante poco tiempo. Hasta luego, ha sido un gusto verle jovencito, ha llegado la hora de irse.-
 Y en el momento en que volvió a conectarse al instrumento musical, el edificio comenzó a estremecerse desde sus cimientos. Tuve que correr escapando para no quedar atrapado entre los escombros y salí en el momento exacto en que el edifico colapsó, destruyendo todo lo que había dentro.
Cosas muy extrañas ocurrieron en los días siguientes: el Sol se apagó por cuarta vez en la historia moderna, hubieron perturbaciones en las órbitas de los cuerpos celestes y en los ritmos circadianos de la biología. Pero poco después todo volvió a la normalidad como si nada hubiese pasado. Incluso la mayoría de la gente parece haberse olvidado de esos días de reajuste en las reglas de la naturaleza. La canción parecía ser la misma, pero el intérprete era otro.
Como el robot había dicho: “el libre albedrío es intocable”. En eso creo."

lunes, 10 de febrero de 2014

Los árboles de la luna



Pedí una hamburguesa con papas fritas, pero no tenía hambre. Me entretuve mirando la gente a mi alrededor y esperando. Hasta que llegara la comida, por lo menos, tenía algo que hacer. Es que la tristeza a veces es eso, pasar de pequeñez en pequeñez. Pasar de una cosa a la otra sin disfrutar nunca ninguna.
- ¿Sos terrícola?- me preguntó la mesera.
Asentí con la cabeza. Acababa de llegar a la luna, y ya estaba cansado de explicar las razones de mi mudanza, que tampoco eran tantas ni tan graves. Me escapaba de un amor, me escapaba de una historia y de un dolor que sin que me diera cuenta se había subido conmigo a aquella nave.
 Hice un esfuerzo para comer parte de la hamburguesa. No había caso, no tenían el mismo gusto que las de la Tierra. Me recordé que yo mismo había buscado ese cambio, pero no me obligué a seguir comiendo. Pagué la cuenta y salí a caminar.
 No estaba acostumbrado a andar con traje todo el día. No estaba acostumbrado a la falta de gravedad. No estaba acostumbrado ni al suelo ni al cielo de la luna.
 Llegué a la zona de los Lagos Menwail. Los lagos fueron el primer intento del hombre por colonizar la luna. Por ese entonces tenían planificados grandes bosques y zonas habitables, donde la naturaleza y el hombre vivirían en armonía. Una gran cápsula separaba esa zona de oxígeno del resto del universo.
 Una vez adentro, me quité el casco y disfruté del aire más natural que podía conseguirse en el satélite. Recorrí el lugar maravillado. Los árboles se parecían vagamente a los que había en la tierra, pero sus hojas eran de tonos de verde que no creía posibles. Parecían de verdes oscuros y opacos cuando no les daba la luz, pero las que estaban expuestas al fuerte sol de la luna eran transparentes y brillantes.
 ¿Cómo podía haber estado triste? Había tanto por conocer, en la luna primero, y en el resto del universo después. Caminé entre ese paisaje fantástico, oyendo el cantar de aves y los pasos de pequeños roedores que no habían conocido otra cosa que este micromundo donde el sol duraba trece días y la noche otros trece.
 De repente, oí algo distinto. Un chapoteo, una voz. A través de las ramas bajas de los árboles, pude verla bañándose en el lago. Jugando con el agua. El mismo día que me prometí a mi mismo recorrer el universo, conocí la razón para volver a lo que sería mi hogar.
 Me le acerqué y sonreí. Ella también. 

lunes, 23 de diciembre de 2013

Los grises



- Hernán le mostró orgulloso los dibujos a su papá.
-¡Que lindos! ¿Y estos quienes son?
- Los Gornai.
- Ah, sí… acá veo que les hiciste los dibujitos en la piel.
- ¿Te gustan?
- ¡Están buenísimos! Me encanta como te salen los Burlos. Y la nave está igualita a la de verdad.

 “Una vez entró a la agencia un tipo muy extraño. Algunas especies no muy familiarizadas con los seres humanos podrían haberlo confundido con uno de nosotros,
pero para cualquier habitante de la tierra las diferencias eran muchísimas. No solo por su temple, su total falta de expresión de cualquier sentimiento, sino también por su falta de color: su piel, su cabello, sus ojos, y hasta su ropa eran de distintas tonalidades del gris. También su mirada y su voz eran, en cierta forma, grises.
 Su irrupción en la agencia nos inquietó a todos. Y más cuando nos contrató para un viaje con él como pasajero. Nadie quería llevarlo a su planeta natal: su forma de hablar nos causaba las peores sospechas, como si estuviera ocultando algo. Además, nos daba algo de miedo ir a un planeta repleto de sus semejantes.
 Resignado, tomé la tarea cuando me fue encomendada. Subimos a la nave e hice que mi pasajero llenara las planillas correspondientes. Firmó con una simple “F”, y me aclaró que su nombre, intraducible a nuestra lengua, se pronunciaba algo así como “Of”.
 Fue uno de los viajes más aburridos que recuerdo. Of no hablaba más que lo estrictamente necesario para llevar a cabo las pocas tareas de la nave que le correspondían como pasajero. Y cuando lo hacía, su monotonía recordaba la de los robots, profundizando mi sensación de soledad.
 Para atenuar esta sensación puse música. Fue algo terrible. Of se tapó ambos oídos con las manos y empezó a gritar para hacerse oír. Aún a pesar de su monotonía, a pesar de su elección de palabras totalmente neutras, pude imaginar el miedo que tenía.
- ¿Qué es ese ruido? ¿Hay un desperfecto técnico?
 Apagué la música y, sorprendido, caí en cuenta de las consecuencias que tenía la falta de expresión. Un mundo habitado por gente como Of era un mundo sin arte.
 El viaje continuó sin mayores sorpresas. Yo no podía dejar de imaginar su planeta de origen como un lugar árido y plano, sin color ni sonido, en el que costaría distinguir una cosa de la otra a la distancia, y en el que mi llegada causaría un revuelvo por mis ropas de colores, o por mi entonación al hablar.
 No podía estar más equivocado. Cuando llegamos, me encontré con un planeta hermoso. La naturaleza crecía a su criterio, sin que nadie intentase darle forma o embellecerla. Las casas y los objetos, habían sido construidos sin más criterio que el práctico y funcional… pero no por eso carecían de belleza. Aunque carecían de adornos, aunque carecían de un orden estético, permitían apreciar la belleza natural que poseían sus colores y sonidos. Era algo fantástico.”

-¿Pero a esta gente gris no se daba cuenta de todas las cosas lindas a su alrededor?- preguntó Hernán, preocupado. 
- Para mí eso es esperanzador- respondió Rodrigo.- Pensá que este pueblo, aún sin saberlo, sin notarlo, pudo crear cosas hermosas. Y a pesar de todo, el arte va a estar de alguna forma ahí, cuando haya alguien que pueda apreciarla.

lunes, 18 de noviembre de 2013

Hacia el mar



 Hernán estaba inquieto. Rodrigo tomó una hoja de papel y empezó a doblarla en varias partes. Mientras lo hacía, comenzó la historia de esa noche.

 “Decían que los habitantes de Bosquedal vivían en perfecta armonía con la naturaleza. Esa conexión profunda hacia su propio mundo les estaba facilitando grandes descubrimientos científicos… pero se negaban a compartirlos con el resto del universo.
 Yo formé parte del Comité Diplomático Lunar, es decir del grupo encargado de convencerlos de que lo mejor era que hicieran público su conocimiento. Formábamos el comité grandes científicos y pensadores de la Luna y la Tierra y yo, que era el chofer.
 Minutos después de un aterrizaje perfecto en Bosquedal fui olvidado por mis compañeros que fueron a discutir con las brillantes mentes del planeta, dejándome a cargo del cuidado de la nave. O sea que, apenas se alejaron, me escapé para conocer los alrededores.
 Yo sabía que el mar estaba cerca. El mar de Bosquedal es parecido a los mares de la Tierra, con la diferencia de que no tiene olas ni marea. Cuando no sopla viento, el Gran Mar es una enorme masa de agua inmóvil. Tenía aún algo de tiempo, así que me dirigí hacia la costa.
 No sé por cuánto tiempo observé la quietud de las aguas hasta que empecé a notar que algo las perturbaba. Un nene bosqueano, a uno cuantos metros de distancia, creaba grullas de papel para luego hacerlas volar. Algunas llegaban más lejos, otras más cerca, pero inevitablemente todas caían y se deshacían en el agua. Me le acerqué.
- ¿Por qué las tirás hacia allá? Así te caen al mar.
 El nene me miró, y después de un momento respondió con una sonrisa:
- Las grullas siguen volando hacia el horizonte. Lo que cae solo es el papel.”

 Rodrigo le dio la grulla de papel que estaba armando a su hijo. Sabía lo que le iba a preguntar, así que agregó:
- Los científicos volvieron horas más tarde, frustrados por no haber conseguido nada. Los Bosqueanos aseguraban no haber hecho ningún descubrimiento. Es más, decían no tener científicos entre ellos.