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¡Los esperamos!
-Siempre
soñé con ser científica, pero en este universo ya se descubrió casi todo lo
importante. Los únicos misterios que quedan por investigar son cosas menores.
Ya no quedan grandes plagas por sanar, grandes injusticias por balancear, ni
grandes problemas por solucionar. No es una muy buena perspectiva la de los
científicos hoy por hoy: recapitular obras clásicas, chequear cada tanto que
las leyes físicas conocidas se sigan aplicando, y no mucho más. A lo sumo
volverse inventor, como tu hermano, y dedicarse a seguir caprichos creativos.-
Algunos decían que sería un viejo con barba larga y ropa andrajosa. Otros aseguraban que no tendría más de treinta años. Lo
que sí se sabía era que aparecería por primera vez esa noche, en las afueras de
la ciudad más poblada de Écuer.
-Una
vez estaba en el planeta Osíris. Había hecho un trabajo llevando una carga a
Éden, su planeta gemelo y cuando estaba por entrar al hiperespacio para
regresar a casa, choqué con un asteroide y debí aterrizar de emergencia. A diferencia
de Éden que era poco menos que un paraíso terrenal, Osíris era principalmente
un gran desierto, un erial, con pequeñas granjas de musgo y la ocasional
ciudad-fortaleza móvil surcando con sus grandes ruedas los inmensos océanos de
arena. Llegué a una de esas fortalezas; debía tener casi diez kilómetros de
largo y no menos de cinco de ancho, y se movía incesantemente esquivando
tormentas de arena, con un objetivo final desconocido para todos los habitantes
excepto para los misteriosos Capitanes de los que nadie parecía saber nada. Ahí
dentro, reinaba una tácita camaradería entre colegas viajeros espaciales.
“El gogogo salió de su guarida y miró alrededor, esperando a
que sus ojos se acostumbraran a la luz. Podía pararse en sus patas traseras,
pero prefería el andar de los cuadrúpedos: estaba ahorrando energía para el
largo invierno que se aproximaba.
Rodrigo
estaba furioso, iba de un lado al otro del módulo lunar donde vivía con su hijo,
revolviendo el interior de los cajones. Los vaciaba sobre el piso en busca de
algo que no aparecía. Hernán, su hijo, lo miraba desde una distancia prudente
sin saber muy bien que hacer, ya que nunca antes había visto a su padre tan
enojado.
-Recuerdo un trabajo muy raro que
me había tocado hacer hace bastante. Estaba en Europa, una de las lunes de
Júpiter, descansado en un bar luego de haber entregado un pedido, cuando una
mujer entró al lugar apurada y se dirigió directo al baño sin decir demasiado.
Ella pasó desapercibida para la mayoría de los que estaban ahí, pero no para
mí. Era joven, atlética y al mismo tiempo muy sofisticada, de veintitantos,
tenía el pelo negro con tintes violetas y vestía un short amarillo que hacía juego
con su camisa sin mangas. Después de unos minutos, salió del baño y se sentó en
la barra. Habló en voz baja con el dueño del lugar, luego este se acercó a mí y
me dijo que la señorita estaba buscando alguien que tuviese una nave de carga
rápida, dispuesto a hacer una entrega inmediata.
“Vos sabés que
siempre fui piloto, hasta durante la guerra. Pero mi primer trabajo en realidad
fue antes de manejar una nave. Fue en las vacaciones de… dejame ver… en el
3574. Yo tenía unos quince años, y tus abuelos pensaron que iba ser bueno para
mí entender el valor del trabajo. Entonces le pidieron a Corlino, un amigo del
abuelo, que me dejara trabajar en su negocio un par de meses.
“Brod-Erck,
el brujo, lanzó las hierbas a las llamas que las consumieron en un único e
intenso abrazo. Luego, lanzando sus brazos al cielo, entonó el cántico
ancestral. Como cada noche, el brujo cantaba para despertar a la gran ballena
Güel, en cuya mente estaba el universo. Pues el universo era solo una idea en la cabeza de Güel, y sin ella el mundo y las estrellas se ahogarían en
el Mar de Luz y Nada.
"La
verdad que no se cómo se llama, pero cuando estaba en la escuela, una tarde
volviendo de clase vi un edificio muy antiguo al que nunca le había prestado
atención. Parecía una antigua biblioteca y estaba clausurado por peligro de derrumbe
desde hacía muchísimo tiempo. Era en realidad un edificio histórico de la antigua
civilización terrestre, de esos que ya ni a los arqueólogos les interesa y a
los que nadie presta atención. A mi tampoco me había llamado la atención, pero esa
tarde pude escuchar, proviniendo de su interior, una melodía muy suave y
lejana.
“El festival de máscaras de Bufeiz es algo
digno de ser visto. Tu abuela, como regalo de cumpleaños, nos consiguió dos
pasajes. Eran solo dos pasajes porque en ese momento tu abuelo acababa de
cerrar el taller y todavía no nos habíamos acomodado económicamente. Además, ir
a Bufeiz en temporada alta era un lujo de pocos. En esa época todavía quedaban
algunos lugares en el universo donde se le daba mucho valor a lo exclusivo.