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martes, 24 de enero de 2017

12- La cara del robot


Los enfrentamientos y disturbios habían parado, pero parecía más una tregua no pautada que el cese definitivo de la violencia. El conflicto estaba lejos de resolverse y era tan complejo como múltiples sus causas: a la discusión religiosa y filosófica se le sumaban tensiones políticas, económicas y culturales, que exigían muchas veces respuestas contradictorias entre sí.
Andrés se sentía minúsculo. No solo por su papel en lo que los medios ya llamaban guerra civil, también porque su propia existencia era parte del plan de una versión anterior de sí mismo, malvada, retorcida. Unos días atrás había sorprendido a sus superiores y a la prensa al renunciar a su cargo en U.R.R.A. Su puesto era temporal y el reemplazo definitivo de la Jefa ya estaba elegido, así que no dejaría acéfala a la unidad por mucho tiempo, pero todos esperaban seguir contando con él como agente de campo.
Cyntheea fue la única que dio todo su apoyo a Andrés en esta decisión. Y se aseguró de que a su salida de la unidad todas las puertas le quedaran abiertas:
−Algún día quizá quieras volver a trabajar ayudando a otros− le dijo.
Warkus no tomó tan bien la decisión. El día de la despedida de Andrés, por primera vez en años llegó temprano a la oficina. Estaba sobrio. No dijo nada a su amigo, pero su expresión habló por él.
Una vez solo en su casa, Andrés tuvo la soledad que necesitaba para meditar. Pasaron los días y no pudo llegar a la conclusión que buscaba. Entonces, como en ocasiones anteriores, recurrió a la caja de recuerdos, los trofeos que recogía de cada misión en la que había participado. Ahora tenían un nuevo significado, él mismo era una máquina creada para cumplir una función: reencarnar a su creador.
Todos los fragmentos que había desparramado en la mesa armaban una figura. Desde el ángulo en donde estaba Andrés parecía una cara robótica, en un gesto extraño y agresivo. Reacomodó, como si fuera un juego, algunas piezas para que la cara sonría. Ese gesto, casi un reflejo, lo hizo comprender. Él podía mover las fichas. Él podía elegir. Tenía dos mitades, pero podía decidir qué peso darle a cada una. Podía cambiar las cosas de lugar, dibujar su propia sonrisa. No iba a repetir a su creador, no importaba qué función o plan hubiera tenido en mente al momento de crearlo, él iba a crear su propio camino.
Relajado por primera vez en meses, llamó a Sander. Las comprensiones se encadenaban y fue por eso que necesitó hablar muchas cosas con su compañero mecánico:
− Sander, amigo. Sé que esto no va a gustarte, pero creo que llegó el momento de que dejes este hogar.
 El robot quería replicar, pero Andrés siguió diciendo:
− Fuiste creado por un propósito, Sander, y por algún misterio que escapa a mi comprensión te rebelaste a él. No sé ahora qué es lo que te corresponde hacer. Pero estoy seguro de que estar acá encerrado, haciendo tareas que quedan chicas a tus capacidades, mientras afuera el mundo explota, no es la respuesta. No tenés que irte ahora mismo, pero armemos un nuevo plan. Uno en el que seas libre.
Pasaron la noche barajando distintas posibilidades, hasta que Sander fue descubriendo sus propias necesidades de acción. Se fue dibujando un posible mapa para él. Ya casi amanecía cuando, tras un pequeño momento de silencio, el robot miró a Andrés a los ojos:
− ¿Y vos qué vas a hacer, Andrés?
− Por empezar, voy a llamar a Cyntheea. Quiero que sea parte de mi nueva vida. No sé qué va a decirme. Aunque pasé mucho tiempo buscando mi verdad entre las máquinas, todavía tengo mucho que descubrir sobre la humanidad.

Mientras el robot preparaba un desayuno para su compañero, Andrés guardó sus recuerdos de nuevo en la caja. Arriba de todo puso una barra de metal fundida en una forma extraña: lo que quedaba de su llave de tuercas. Ya no iba a tener que defenderse de robots agresivos. Le esperaban otro tipo de aventuras.

FIN

sábado, 11 de junio de 2016

11- Revelaciones

  El apagón cautelar era total por lo que los incendios masivos daban a la ciudad una iluminación fantasmagórica. El espeso humo cubría el cielo nocturno sin dejar pasar la luz de la luna llena. Era una noche oscura como ninguna que se hubiese vivido en el planeta tierra por mucho tiempo. Los edificios crepitaban bajo el influjo de las llamaradas iniciadas por el descontento de algunos, que supieron aprovecharse del desconcierto de los otros. Las cuadrillas de rescate intentaban en vano responder a todos los pedidos de auxilio. 
  Lejos del caos generalizado de la ciudad, un vehículo de U.R.R.A. se acercaba a una granja de permacultura abandonada. Dentro del automóvil, Andrés repasaba los hechos una y otra vez en su mente. Dadas las circunstancias, no podía permitirse abandonar su puesto jerárquico en lo que parecía ser el principio de una guerra civil: de ser descubierto sería considerado un cobarde entre sus colegas, y un traidor entre las autoridades; era el momento de mayor tensión social de los últimos dos siglos, Andrés sería enjuiciado y sin dudas expulsado de la Unidad sin ningún tipo de miramientos. Poco comprenderían las autoridades la importancia del viaje que estaba realizando. Había descubierto la raíz de sus problemas y sentía, quizás por primera vez en su vida, que la prioridad era solucionar su propio conflicto interno.
  La puerta de acceso a la granja estaba cerrada con un candado tosco y corroído por el óxido. Más allá del portón metálico emergía la torre principal de descontaminación gratuita semiderruida y, un poco más lejos, se asomaba el techo del edificio principal: un enorme granero orgánico, abandonado y cubierto de musgo.
  A pesar de la oscuridad, quebrada solo por el débil fulgor de la ciudad en llamas a lo lejos, Andrés no necesitaba esforzarse para ver. Los ojos de su memoria, recientemente abiertos, veían por él. Buscó su antigua caja de herramientas antigravitatoria en el vehículo y extrajo una gran tenaza. Actuaba sin pensar, caminaba sabiendo en qué partes del suelo estaba la maleza sintética que se enroscaría en las piernas de los intrusos que osasen ingresar sin permiso. Cortó la cadena que mantenía cerrado el portón sabiendo exactamente en qué lugar se encontraba el dispositivo que activaría la alarma secreta del complejo y la desactivó con un solo movimiento. Con precisión milimétrica introdujo se brazo en un pequeño hueco a un costado de la entrada para deshabilitar el sistema de defensa que, aunque pequeño y humilde para los estándares de la época, era más que suficiente para borrar de la faz de la tierra en milisegundos a cualquier desprevenido. Finalmente, con un dejo de nostalgia, miró a su alrededor, la penumbra cercana a la oscuridad plena. Entró a la granja sin saber que no era la única persona ahí: a una distancia prudencial para no ser descubierta, Cyntheea lo seguía.

  Horas atrás, Andrés cavilaba sobre su pasado y su propia vida; no conseguía comprender cómo resolver el misterio de su existencia: no era humano ni máquina, era ambos. De pronto una idea lo tomó por sorpresa: Si era un ser humano y una criatura sintética al mismo tiempo, debía tener características de ambos; su mitad robótica tendría que funcionar como una computadora; y si la información que buscaba sobre su propio pasado estaba “olvidada” en los confines de la memoria, entonces sería posible, de alguna manera, acceder a ella, rastrearla.
  Sin perder el tiempo llamó a Warkus y se encerraron en el laboratorio informático. Andrés le dio a su colega un objeto que atesoraba desde su encuentro con el Tyranoblastus: la corona de rastreo mental robótico. Ante el  asombro de su amigo, la mente del director de U.R.R.A. se comportaba como una computadora: sofisticada, pero susceptible de ser revisada y con cuantiosos volúmenes de información accesible para quién supiera buscar.

  Luego de varios intentos de desencriptar los datos ocultos bajo un protocolo llamado “subconciente”, atravesaron la barrera lógica que los separaba de las verdades ocultas que allí se encontraban. Andrés, mientras avanzaban, revivió años enteros de su vida que creía olvidados para siempre: se vio despertando por vez primera, frente a un hombre que poseía su misma imagen; se vio trabajando en los quehaceres cotidianos de una gran fábrica subterránea; recordó cómo debía camuflarse para salir al exterior y pretender ser un simple granjero solitario cuando en realidad revisaba el perímetro buscando posibles fallas en el sistema de defensa; recordó la ubicación de la fábrica disimulada, los mecanismos de defensa y el paradero de la fábrica secreta; y principalmente, recordó que nunca fue el único, habían muchos como él, copias idénticas al servicio de un ermitaño.
  Cuando terminaron de revisar la mente de Andrés, comenzaron a llegar noticias de tumultos en la ciudad y pedidos de ayuda por doquier: aparentemente pequeños grupos armados habían elegido puntos estratégicos para iniciar ataques contra robots, fuerzas del orden y cualquier figura de autoridad. El malestar social acumulado por la asimetría económica sirvió como catalizador para que pronto esos focos se convirtieran en un auténtico aquelarre de violencia y descontrol ciudadano. Poco después llegó el anuncio del apagón cautelar, del estado de sitio temporario y la orden de poner todas las fuerzas oficiales a disposición de sofocar los puntos de mayor violencia. Andrés no podía permitirse perder el tiempo, se reunió con sus agentes de más alto rango, y sin esperar a recibir órdenes de las autoridades policiales, despachó a sus agentes en misiones oficiales de ayuda a civiles y robots por igual, otorgándose a sí mismo una misión ficticia en el seno de los disturbios. De esta manera, sabía, ganaría tiempo para ir en persona al lugar que había aparecido en sus recuerdos. Lo único en lo que pensaba era en investigar el lugar de su origen, y regresar lo antes posible para reagrupar al equipo y ponerse a disposición del comité central de la ciudad.

  En la granja todo estaba como lo recordaba, pero descuidado y deshabitado. El perímetro exterior, con las medidas de seguridad que él mismo había revisado y comprobado tantas veces.; la primera entrada; la puerta secreta que daba acceso a la fábrica subterránea; el extenso y húmedo pasillo hacia el cuerpo central y las habitaciones. Tierra y polvo acumulado durante años donde antes había habido maquinarias que producían alimentos orgánicos con impacto ambiental positivo. ¿Sería este abandono una estrategia para mantener a los curiosos lejos? ¿Estaría la fábrica realmente abandonada? ¿Qué había ocurrido durante los años que Andrés vivió sin recordar su verdadera historia?
  El lugar estaba completamente vacío. Había una puerta trampa que, aunque había sido la más protegida de todas, ahora estaba algo rota y no trababa. Al acercarse, Andrés notó que dentro había ruidos: voces ahogadas, sonidos de movimiento, y maquinarias activas. Tomó el anticuado picaporte oxidado y con gran esfuerzo encontró el balance adecuado entre la fuerza que se necesitaba para moverlo y el cuidado para que no se quebrase. Abrió la pesada puerta empujándola con todo el cuerpo y lo recibió una gran habitación, casi tan grande como el total de la granja en la superficie. Los seres que se encontraban dentro detuvieron de inmediato sus quehaceres y se volvieron hacia la puerta que no había sido abierta en mucho tiempo.  Miraron fijamente a Andrés parado en el umbral, sorprendidos al verse reflejados en ese extraño frente a ellos, con sus mismas facciones, una versión idealizada de sí mismos. Eran cerca de una docena de humanoides; si podía llamárselos de esa manera. Estaban pálidos, con pústulas y protuberancias por todo el cuerpo, Apenas vestidos con harapos. Arrastrando sus pies tambaleantes, se giraron hacia Andrés y avanzaron un poco en su dirección, tan sorprendidos por la visita inesperada como por el aspecto del agente de U.R.R.A.
  Cuando pudo dejar de ver fijamente a esos clones malogrados, Andrés notó una cama en el centro de la gran habitación. Pesadas máquinas rodeaban a un ser humano recostado, apenas consciente de su propia existencia, mantenido en vida por el trabajo incansable de los humanoides, aquellos lo suficientemente idiotas como para no descubrir sus verdaderos planes, o lo suficientemente débiles como para no rebelarse ni intentar escapar. Andrés avanzó hacia él. Los sirvientes del anciano retrocedieron en pánico,y algunos inclusive parecieron quedar paralizados por el terror de la visión: ¿habría llegado un nuevo amo? ¿Una versión más joven y sana reemplazaría al que había sido su maestro tanto tiempo? ¿Qué sería de ellos? ¿Servirían a su nuevo maestro o serían sustituidos ellos también? Ante la mirada incrédula de Andrés uno de esos despojos de humano se avalanzó en un torpe intento de ataque, pero el agente de U.R.R.A. no necesitó demasiado esfuerzo para esquivarlo y el atacante se desplomó con fuerza sobre el piso de cemento. Al ver esto, los otros sirvientes se replegaron en las sombras. Andrés, más por precaución que por temor, sacó su llave de tuercas de la mochila, listo para usarla como arma.


  El anciano parecía dormido, las máquinas de soporte vital indicaban que estaba con vida, pero la imagen que veía mostraba a alguien cuyos años ya habían pasado hacía mucho; una cáscara vacía de humano, remotamente parecida al propio Andrés. Claramente jamás encontraría las respuestas que buscaba en ese ser. 
  Uno de los sirvientes, salió rengueando de detrás de una de las máquinas de soporte vital y enmudeció al ver una persona idéntica a su creador, pero mucho más joven que él, y con el cuerpo completo y sano, no como sus compañeros desperdigados por el piso, que comenzaban a recuperarse.
-No te preocupes, no pienso dañarte-. Intentó decirle Andrés, pero el sirviente solamente se limitó a mirarlo con ojos temerosos. En sus manos, llevaba un anticuado contenedor, de esos que se utilizaban para trasplantes de órganos casi un siglo atrás. Andrés se acercó al lugar de donde había llegado el sirviente y vio numerosas cámaras de incubación  la mayoría ocupadas con lo que parecían ser humanos en diversos estadíos de crecimiento.
-N-no s-se preocupe s-señor… los cl-clones est-tán en perfecto est-tado. Nos dispon-níamos a r-realizar una intervenc-ción de r-emplazo de h-hígado y p-páncreas en Martus- dijo temeroso. La criatura parecía querer contener su llanto frente a la situación, y salió rengueando sin darle tiempo a Andrés a responder. 
  Andrés se volvió hacia la cama, y miró a la persona que se encontraba ahí. Tenía su propio rostro, mancillado por el paso de los años y el abandono. Verlo trajo a su mente algunas imágenes del tiempo que había pasado en esa fábrica de clones, pensado que esos confines eran el mundo entero, del frío hombre al que llamaba padre, sin que el otro le dijera jamás “hijo”, y de un despertar en blanco y sin recuerdos, como un niño en un cuerpo de joven, fuera ya de ahí en el mundo real. 
  El sirviente volvió a aparecer, saliendo de una puerta trampa, trayendo a rastras un viejo proyector holográfico.  
- Cr-cre-creo que necesita esto, s-señor – el miedo que despertaba en el sirviento hizo que este dejara el proyector en el piso y se alejara lo más rápido posible antes que Andrés siquiera reaccionara.
 Lo único que le importaba ahora era saber la verdad. Apretó el botón de reproducir y un holograma de su creador apareció frente a él. Se quedaron callados, mirándose mutuamente. A pesar de ser solo un medio de almacenamiento de información, el holograma parecía vivo y pensante.
- Quiero saberlo todo- exigió Andrés.- Contame.  
- Análisis de voz válido. Reproducción en curso- dijo el holograma, antes de empezar a hablar.- Hace 42 años, mis investigaciones para alargar la vida humana a través de la clonación y la robótica habían llegado a su límite. Tras incluir clandestinamente tecnología de guerra en el diseño del Tyranoblastus, fui despedido de mi empleo en los laboratorios estatales. Decidí recluirme en esta granja para poder, en secreto, experimentar por nuevos rumbos, sin límites burocráticos ni legales. 
 “Contaba solo con mis propias manos. Por eso un primer paso fue la creación de robots a los que hice a mi imagen y semejanza por si en algún momento debía enfrentarme a asesinos a sueldo. Varias veces me salvaron la vida esos robots a los que, gracias a un momento de brillantez, hice inconscientes de su propia condición de máquinas. No tuve inconvenientes morales en quebrar la ley de regulación de Inteligencia Artificial, ya que mi objetivo era llegar más lejos que nadie antes en la búsqueda de la inmortalidad.
“Durante varios años experimenté con diferentes técnicas de clonación mejorada, y trasplante de órganos clonados, pero por alguna razón las copias eran siempre imperfectas. Al no contar con ayuda de nadie en mi plan secreto, uno de mis clones fue utilizado como conejillo de indias. Atrofiar el cerebro de Martus, como lo llamé, para que no pudiera rebelarse ni sufrir ante los experimentos fue algo difícil, pero ya me había acostumbrado a ver mi propia imagen en varios humanoides fallidos.
 “Finalmente lo logré. El secreto no estaba en copiar los órganos fuera del cuerpo para trasplantarlos después, sino en restaurar mi propio cuerpo en un nivel celular. Por eso inventé los neurobots. Además de potenciar varias de mis funciones psíquicas y físicas, los neurobots, con el estímulo energético adecuado, rejuvenecerían todo mi cuerpo. 
“Estaba seguro de haber encontrado la salida. No habría errores. Por eso decidí probarlos en mí mismo.       

-Aa-al insertarse la sss-sustancia usted perdió su mm-me-memoria, señor- agregó el sirviente, algo más tranquilo, mientras el holograma se desvanecía.- Cuidamos de usted c-como un hijo, especialmente Martus, a pesar de sus dificultades c-c-cognitivas.
“P-p-pero los robots enloquecieron al encontrar sus holomemorias. Se enteraron qu-que eran máquinas y nos quisieron convencer a to-todos de que lo mataramos. Martus lo es-escondió afuera, al ver lo que suce…

  Un golpe por la espalda tumbó al sirviente dejándolo inconsciente. Antes de que pudiera reaccionar, dos monstruosos clones agarraron a Andrés por los brazos, y un tercero se colgó de su cuello mientras se debatía y contorsionaba intentando zafarse. Más y más clones salían de la oscuridad y se arrastraban hacia él, mientras el que había golpeado al sirviente levantaba una vez más el pesado caño oxidado que usaba de arma. 

  El clon estaba por asestar el golpe cuando se derrumbó para atrás. Cyntheea, a espaldas de Andrés, volvió a pulsar el gatillo y otro de los clones recibió una enorme carga eléctrica. Andrés aprovechó la confusión para soltarse y correr junto a su compañera, llave de tuercas en mano.

- ¡No quiero lastimarlos! – gritó- sé que me odian, que los convencieron de que tengo un plan para aniquilarlos, que solo los utilicé… Pero ese no era yo. Se me dio una segunda oportunidad, ¡y ustedes también podrían tener una!
 Los clones avanzaban, murmurando guturalmente, sin prestar mayor atención a sus palabras. Otros nuevos les cerraban el paso por detrás, encerrándolos.

- Creo que no van a escucharte – dijo Cyntheea.- Y solo me quedan dos cargas. Dame tu arma, rápido.

  Cyntheea tomó la llave de tuercas, y trabó el caño de su escopeta eléctrica. Mientras le gritaba a Andrés que corriera, la tiró al aire y empujó al clon más cercano para abrirse lugar.

  Mucho menos ágiles que Andrés y Cyntheea, los clones no pudieron correr ni detener al arma en su caída. Solo pudieron ver el arco que dibujaba antes de caer y, con una gran descarga eléctrica, causar un cortocircuito en todas las máquinas a la vez. Las explosiones se sucedieron mientras Andrés ayudaba a Cyntheea a abrirse paso por entre los aturdidos humanoides.  

  Una vez en el exterior, y antes de caer en cuenta de todo lo que había pasado, Andrés quiso pedir auxilio para detener el incendio y salvar a los clones que aun tuvieran vida. Nadie le respondía. Todos los bomberos y las fuerzas de seguridad estaban atareadas con los disturbios sociales, igual que los agentes de U.R.R.A. que él mismo se había encargado de distribuir en diversas tareas por toda la ciudad. Apenas tomó la decisión de él mismo intentar salvar a sus clones, el granero se derrumbó sepultándolos definitivamente bajo toneladas de piedra, madera, cemento, y máquinas en ruinas.

  Cyntheea lo abrazó, mientras Andrés, entregándose al llanto por primera vez en años, se sintió a la vez más y menos humanos que antes. Antes de su nueva vida no había sido un robot: había sido un monstruo.

jueves, 10 de diciembre de 2015

9- El día después

Oscuridad, voces lejanas, imágenes borrosas, recuerdos.
- Acá hay uno- la cuadrilla de rescate llegó a las ruinas humeantes en tiempo record. Como siempre, los servicios de emergencia tardaron apenas unos minutos en llegar al lugar desde que ocurrió la explosión. Sin lugar a dudas la frecuencia cada vez menor en que ocurrían accidentes o eventos que los necesiten, no mermaban su capacidad de acción, fruto del entrenamiento especializado constante.
Al llegar, los perros rastreadores se pusieron a buscar sobrevivientes entre los escombros.
–Necesito ayuda- dijo uno de los rescatistas al encontrar a Andrés, inconsciente, atrapado bajo un durmiente de la casa derruida. Tres rescatistas se le unieron. Dos de ellos cargaban una prensa de anti-gravedad para remover los objetos pesados; el otro, traía consigo un cortador de plasma. En muy poco tiempo estuvieron listos para liberarlo.
 – Prensa de anti-gravedad lista para activarse señor. Cuando usted lo disponga- dijo uno de los rescatistas a Toni, el líder de la cuadrilla.
– Muy bien, ¡despejen la zona!- respondió en voz alta Toni para que todos lo escuchen. A unos metros de distancia, los perros habían encontrado el rastro de otro sobreviviente
- ¡Equipo B preparen el terreno! Ni bien terminamos con este, vamos para allá- continuó diciendo Toni mientras señalaba el lugar que los perros habían marcado, y siguió:
- Preparados para liberar, tengan listo el equipo médico. Activar prensa en 3… 2… 1… - un zumbido sutil invadió el ambiente al tiempo que los escombros más pequeños sobre Andrés comenzaron a elevarse en el aire, carentes de peso. Uno de los perros de rastreo se acercó a Toni y apoyó la cabeza en su pierna mirándolo suplicante mientras olfateaba el aire.
 – Buen trabajo, chico. No hay más sobrevivientes aquí. Solo estos dos- dijo para sí en voz baja el líder de los rescatistas, mientras le devolvía la mirada al animal.
– Aumenten la frecuencia  a 3.1- ordenó. Restos más grandes de piedra y cemento comenzaron a elevarse  – ¡Preparen la pinza de rescate! en cuanto liberemos a este vamos con el otro que queda con vida. No tenemos tiempo que perder.
El equipo de rescate trabajaba con un nivel de eficiencia casi perfecto, eran la definición misma de sinergia: el resultado de su trabajo en conjunto era más que la suma de las partes.
–Muy bien, chico- alcanzó a decir Toni mientras palmeaba la cabeza del perro, pero a este se le erizó el pelo del lomo y empezó a gruñir y ladrar. La frecuencia de la prensa anti-gravedad había aumentado nuevamente, los fragmentos más pesados se liberaron y el maltrecho cuerpo de Andrés se elevaba sin peso entre la tierra suelta y los restos de la destruida mansión. Toni miró fijamente a Andrés sin comprender completamente lo que veía. Todos los perros de la cuadrilla comenzaron a ladrarle al cuerpo ingrávido. Con absoluto cuidado depositaron a Andrés suavemente en una cápsula de éter. Los lectores indicaron que a pesar de las terribles heridas, aún se encontraba con vida. Al ver el cuerpo deshecho, todos enmudecieron. Ningún entrenamiento los había preparado para ver algo así.  Toni solo pudo decir “Dios mío”.

Luces difusas, sonidos lejanos, parecen voces ¿qué dicen? Difícil saberlo.
- Listo, es el último.
Oscuridad otra vez, vacío que no acepta sueños ni conciencia, ninguna luz. Solo silencio. Quien sabe por cuánto tiempo… horas, minutos, segundos, años, carecen de sentido cuando no hay memoria.
De pronto, voces:
- Su capacidad de regeneración es increíble-
-Ningún humano podría haber sobrevivido a esa explosión, mucho menos recuperarse en tan poco tiempo.
Voces lejanas, imposible comprender lo que dicen. Dolor suave, se apaga. Luz, duele hasta que los ojos se adaptan.

Andrés estaba acostado sobre una camilla en el centro de una gran habitación blanca. Estaba solo, conectado a una gran cantidad de máquinas que lo flanqueaban. Le dolía el cuerpo, la mente, apenas podía pensar en moverse. En uno de los laterales de la habitación creyó escuchar un movimiento e intentó buscarlo con la mirada. A pesar del gran esfuerzo, apenas pudo girar la cabeza. Llegó justo para ver cómo un enfermero se alejaba rápido cerrando la puerta a sus espaldas. Andrés estaba solo nuevamente, quiso levantarse pero descubrió que estaba amarrado a la camilla. La puerta se abrió, una mujer joven vestida de médica se acercó a su lado acompañada por un hombre maduro, con aspecto de biólogo, y un soldado Bermudio de rostro serio.
 – Estoy atado a la camilla…- empezó a decir Andrés entre balbuceos cuando la doctora lo interrumpió con mucha amabilidad.
– No intente hablar, usted ha sufrido mucho y está débil – Andrés quiso reincorporarse en la camilla pero el dolor era terrible. La doctora se le acercó y posó su mano en su frente. Por detrás, Andrés pudo ver cómo el biólogo preparaba una inyección.
– Tranquilícese, no hay nada de qué preocuparse- Andrés no pudo evitar mirar a la médica a los ojos, grandes y expresivos, transmitían calidez y amor. Se sentía contenido por esa mirada, perdido en la sensación de estar de nuevo frente a su madre… madre… El médico rodeó la camilla y le aplicó la inyección sin que Andrés pudiese verlo llegar. La mirada de la doctora era hipnótica, en pocos segundos quedaría dormido
 – Madre…- Andrés no era un hombre. Esa mirada no le recordaba a su madre – Madre…-  esos recuerdos no eran suyos. Intentó forzar las correas una vez más, pero era tarde, el sedante había hecho su efecto.
- Doctora, casi lo perdemos, le administré una dosis altísima de sedante y le tomó varios segundos actuar. Si sigue generando defensas, no sé cómo vamos a poder contenerlo en el futuro – dijo el biólogo con rostro preocupado.
- Es cierto. La hipnosis telepático-emotiva pareció funcionar por un momento pero al poco tiempo perdí el enlace transferencial. El sujeto duda de sus propios vínculos vivenciales. No sé qué puede llegar a pasar cuando vuelva a despertarse – respondió la doctora
-Prepararé traslado inmediato a una base de contención- informó el soldado Bermudio mientras preparaba el enlace con el cuartel general.
- La dosis que le di, debería durar varios días, pero con la capacidad de adaptación de su organismo no lo puedo asegurar. ¡Avise al comando general que el transporte sea lo antes posible!- ordenó finalmente el biólogo
Oscuridad. ¿Sueño? ¿Puede un organismo artificial soñar? Hace algunos siglos había surgido esa pregunta en algunos círculos intelectuales. Las respuestas diferían entre los distintos autores. ¿Puede soñar alguien cuyos recuerdos no le pertenecen?
Fuerza. Músculos que se tensan, ya no hay dolor. Ruido lejano, repetitivo, como una alarma. Andrés abrió los ojos. Las luces de la habitación estaban apagadas, solo se filtraban luces de emergencia a través de la puerta. Cyntheea estaba a su lado.
– Listo- dijo ella y soltó uno de los brazos de Andrés de la camilla – ahora a la silla transportadora – alcanzó a decir ella antes de que él levantara la mano para tomarle el hombro. Ella dio un pequeño salto, se giró y, al verlo, sonrió
- ¡Estás despierto! – dijo casi en susurros. – Vine a sacarte de acá. Pasaron muchas cosas estos días.
Cyntheea intentó levantarlo pero él se reincorporó solo. Se sentía algo mareado por los sedantes, pero su cuerpo estaba en perfecto estado.
 – Rápido, tenemos que irnos antes de que nos encuentren – susurró Cyntheea – ya va a llegar el tiempo de explicarte todo. En el hospital no sabían qué hacer con vos. Te veían como un ser vivo y una máquina al mismo tiempo. Entonces te trajeron a este centro de tratamiento experimental. De alguna manera los robofóbicos se enteraron y están atacando el lugar ahora mismo. Tenemos que salir lo antes posible, tenemos que llegar a la oficina central de URRA. En la explosión la Jefa… - la expresión en el rostro de Cyntheea  cambió.
-¿Qué pasó con la Jefa?- preguntó Andrés preocupado.
-Ahora no hay tiempo. Ponete esto – dijo dándole una manta de invisibilidad – y salgamos de acá.
Salir no fue fácil, los robofóbicos habían conseguido cortar el suministro de energía de todo el sector y habían lanzado un ataque a toda escala sobre el edificio de contención sanitaria. El ataque había tomado a la dotación móvil de soldados bermudios por sorpresa y los había obligado a reagruparse, pero luego de la sorpresa inicial habían logrado recuperar el terreno perdido expulsando a los invasores afuera del cuerpo principal del complejo. Sin energía no podían utilizarse ni las armas de pulso ni plasma, ni servían los visores externos.  Los incursores estaban armados con antiquísimos rifles de combustión que utilizaban una reacción química para disparar proyectiles a altísimas velocidades. Arma muy inteligente para la época, pero que quedó obsoleta frente a los cañones magnéticos primero; y a la tecnología de enlace energético automático que no necesitaba cargar molestas municiones ya que extraía energía de la corriente principal. Pero al estar ésta desconectada, los rifles bermudios no servían de nada. Estos, junto al personal de hospital, se armaron con herramientas de cirugía  de diamantinum, letales en la corta distancia, e improvisaron diversas bombas explosivas.
 A medida que Andrés y Cyntheea recorrían el edificio y se acercaban a la salida, notaron como la violencia del ataque se hacía cada vez más palpable. Primero atravesaron por lo menos cuatro grupos de pacientes y personas de civil fortificados en distintas dependencias habitacionales del complejo; para luego pasar a cruzarse con distintos soldados bermudios en combate con los miembros del grupo de asalto robofóbico. A pesar de su buen número y la sorpresa, las fuerzas del engranaje en llamas resultaban no ser suficiente rival para contrarrestar la disciplina y dedicación bermudia en materia bélica.  Llevar los mantos de invisibilidad había sido un enorme acierto de Cyntheea, ya que al tratarse de una simple tela flexible recubierta con una capa de tintura espejada, un efecto óptico, no necesitaba de la corriente de micro magnetismo para funcionar.
Para cuando finalmente llegaron al sector de ingresos, éste se encontraba desierto. Ahí había caído con mayor fuerza el ataque inicial de los incursores. Decenas de robots de bienvenida y primeros auxilios se encontraban acribillados, apaleados y despedazados más allá de todo arreglo. Dispersos por el salón se encontraban los restos de al menos una docena de humanoides que habían quedado atrapados en la violencia. Los robots recibidores habían dado sus propias vidas para protegerlos del sorpresivo ataque, y fueron los propios atacantes del Engranaje en Llamas quienes utilizaron a los humanoides como señuelo para atraer la atención de los robots del sector en lugar de dejarlos ir.
Por fuera del edifico un pequeño grupo de atacantes esperaba, junto a los vehículos de escape, a que sus compañeros regresasen con el botín mayor: Andrés. Los refuerzos bermudios llegarían en cualquier momento, y a sabiendas de que los incursores dentro del centro de salud se demorarían buscándolo, Andrés se acercó cautelosamente a la nave de escape y desactivó su núcleo de reacción, por lo que no podría funcionar a menos que un mecánico le dedique algunas horas.
      Con este ataque el Engranaje en Llamas había salido de su supuesta legalidad. Andrés temió que una guerra civil se hubiera desatado: la primera en la que los robots no serían una herramienta o un arma, sino parte de uno de los bandos. Pero, por ahora, nada podía hacerse. Con los incursores neutralizados y los refuerzos llegando en poco tiempo, Andrés y Cyntheea se alejaron del edificio perdiéndose en la noche.


domingo, 23 de agosto de 2015

6- Tuerca en llamas

Andrés tiró la escama metálica del Tyranoblastus sobre la mesa, y se dejó caer en su sillón.
-       ¿Qué es eso? – preguntó el robot Limpiador.
-       Un… souvenir.
-       La mayor parte de la gente trata de recordar sus logros, no sus fracasos, ¿Sabés?
Andrés no contestó. Hacía varios días que estaba alterado. El episodio con el dinosaurio robótico no lo dejaba en paz. Había hablado con el Limpiador, que resultó muy malo limpiando conciencias.  En el trabajo le habían dado la semana libre, para reponerse del viaje desde Asia mayor, pero él iba todos los días a la oficina hasta que lo mandaban de vuelta a su hogar.
 Ese día, por lo menos, había conseguido hablar con Cyntheea. Ella le consiguió, tal como él le había pedido, un fragmento del robot de combate. Se lo dio, aunque sin comprender el para qué. Ella confiaba en Andrés. Quizá más de lo que él le correspondía.
 No había mucho que hacer en la casa. El Limpiador se encargaba de las tareas domésticas. El holovisor estaba desconectado e iba a seguir así: casi todas las frecuencias de transmisión mostraban imágenes de Tokyo 9, y los esfuerzos que se estaban haciendo por reconstruir la ciudad y encontrar a los ciudadanos desaparecidos.
 Fue por aburrimiento que Andrés tomó su libreta y empezó a anotar nombres posibles:
-       Es hora de bautizarte, Limpiador.
El robot frenó en seco. No necesitaba un nombre, pero que le dieran uno era un acontecimiento enorme en su existencia. Casi tan importante como cuando se fue a vivir con Andrés.
 Andrés escribió y tachó varias opciones, hasta que tuvo una idea.
-       ¿Qué te parece “Sander”? Es un anagrama de Andrés.
 El robot corrió a abrazarlo y Andrés, aunque no respondió al gesto, sonrió sinceramente por primera vez en semanas. Después, mientras pensaba a qué iba a dedicar el resto del día, vio que Sander guardaba la escama metálica en una caja sobre la biblioteca. Ahí, junto a un ojo del robot siamés, había un papel blanco.
 Bajo la mirada analítica de Sander, Andrés tomó el panfleto. Un engranaje en llamas. Lo había olvidado. “Todos los días a la caída del sol”, decían las letras rojas sobre fondo negro. Y seguía: “los objetos no tienen alma”. Nada más.
 Andrés estaba decidido. Guardó su corona de rastreo mental robótico y un localizador de U.R.R.A. junto a su llave de tuercas en una mochila, y salió apresurado. Tomó un tubo transportador, y fue hacia la dirección que marcaba el folleto.
 Hasta que llegó a la zona del edificio no frenó a pensar en lo que hacía. Se dirigía a un lugar lleno de robofóbicos, sin avisarle a nadie más que al robot ilegal que escondía en su hogar. ¿Y si lo reconocían? Su cara había salido en varios noticieros. Sentía un impulso enorme por sacar la llave de tuercas de la mochila, pero eso lo haría aún más reconocible para el alienígena con el que se había enfrentado en el subterráneo.
 En contra de la prudencia, que le indicaba que debía irse y volver con refuerzos, o al menos avisarle a Warkus, Cyntheea o a la Jefa, la lógica le decía que habría suficiente cantidad de gente como para pasar desapercibido. Sin embargo, para sentirse más seguro, se compró un sombrero de copa en un puesto ambulante en la esquina.
 Los sombreros de copa se habían puesto de moda hacía unos años entre los robofóbicos, como respuesta a los sombreros mecánicos que se habían inventado ese mismo año. Como disfraz era bastante obvio, pero no tenía tiempo de crear algo más elaborado.
 Dobló en una esquina y, finalmente, llegó a la dirección marcada. En el camino se le habían unido varias personas: muchas con sombrero de copa y unas pocas con túnicas, similares a las que llevaban los alienígenas con los que se había enfrentado en el subterráneo. La mayoría eran humanos, pero pudo detectar un reptiloide, un Hurgano, y algunos otros que estaban tan cubiertos que era difícil determinar su especie.
 Llegaron a lo que había sido, antiguamente, una fábrica de robots. Andrés, por dentro, rió por la contradicción. Seguramente ellos le dieran al uso de ese edificio una interpretación simbólica, pero para Andrés allí estaban creando precisamente lo que combatían: seres sin alma.
 La congregación se reunió frente a un escenario. Tras una larga espera en la que Andrés captó a medias decenas de conversaciones robofóbicas, un orador se acercó al micrófono.
-       ¡Sabemos por qué están aquí!- exclamó el orador. Vestía una túnica roja y brillante, distinta a la marrón parda de todos los demás.- Estamos hartos nosotros también, y por eso los entendemos… ¡Hartos de un mundo pensado para máquinas!
 Una enorme ovación interrumpió al orador, que levantó sus manos pidiendo silencio para continuar:
-       ¡Estamos hartos de un mundo sin alma! ¡Hartos de que aparatos que nosotros, por error, creamos, piensen que son mejores que las personas! Pero el fin está cerca y pronto demostraremos el predominio de la carne sobre el metal, de la sangre sobre el aceite, del espíritu sobre la electricidad, ¡y esto es solo una pequeña muestra!
 Mientras hablaba, tres sectarios, cubiertos con sus túnicas, habían arrastrado a un maltrecho robot al escenario. Sus brazos neumáticos estaban prácticamente destruidos, sus ojos titilaban intentando mantenerse prendidos, y, a simple vista, se notaba que estaba a punto de desactivarse.
 Andrés no iba a permitir una destrucción pública de un robot, un linchamiento. Pero no podía actuar solo contra tanta gente. Disimuladamente, activó su localizador de U.R.R.A. con alarma nivel 3, lo que quería decir que pronto llegarían refuerzos.
 Para ganar tiempo antes que hirieran al robot, Andrés señaló a un sujeto al azar:
-       ¡Un robot! ¡Un robot espía! ¡Ese que está ahí es un robot! – gritó con todas sus fuerzas.
 Fue suficiente para desatar un caos infernal. Los asistentes, sobre todo los de sombrero de copa, soltaron toda su violencia contenida sobre el desafortunado, hasta que notaron que sangraba. Después, por las dudas, siguieron golpeándose unos a otros para ver quién era el robot.
 Mientras los sectarios vestidos de túnica intentaban controlar la situación, Andrés aprovechó para trepar al escenario, llave de tuercas en mano, y empujó a los encapuchados, alejándolos.
-       ¿Podés caminar? – preguntó al robot.- Voy a sacarte de acá, no temas.
-       ¿Vos sos idiota o te hacés?- respondió.- No soy un robot, soy un actor. ¡La destrucción pública de robots es ilegal!

 La policía y algunos agentes de U.R.R.A. se encargaron de manejar el caos, y el escándalo posterior. Mientras algunos hablaban con los medios de comunicación, la Jefa estaba reunida con Andrés.
 Después de la larga charla que mantuvieron, Cyntheea le acercó un café a Andrés. Ya era casi el amanecer.
-       ¿Qué te dijo? La Jefa parecía realmente preocupada.
-       Y no es para menos. Nos metí en un lío. Parece ser que hay hace tiempo agentes infiltrados en estos grupos pseudoespirituales, pero hasta ahora no lograron incriminarlos como organización en nada más grave que apología del delito. Ahora me conocen, y me odian. Y son bastante peligrosos. Tendré que estar fuera de acción un tiempo, pero no sé cómo. Nunca lo hice, no puedo. ¿Me ayudás?
Aunque Cyntheea sonrió internamente, mantuvo la seriedad mientras asentía:

-       Por supuesto, colega.