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lunes, 5 de junio de 2017

Microrobots - Artista invitado: Jonatan Vizcarra

La máquina me miró con sus ojos de vidrio, mientras su cerebro
artificial analizaba mis palabras. 

- Sí, - me dijo después de un momento de silencio - entiendo tu
punto de vista y tus creencias. Pero yo he creado a mi propio
Dios. Uno que responde plegarias en binario.


martes, 2 de febrero de 2016

10- Una respuesta

Era raro sentarse en ese gran escritorio, pero tuvo que hacerlo. No iba a permitir que le dijeran “el Jefe”, pero tenía muchas responsabilidades y formalidades que cumplir en su nuevo cargo de interino.
 Los enfrentamientos, aún aislados pero reproduciéndose de forma endémica, entre grupos robofóbicos y las autoridades se repetían en varias ciudades del mundo. La situación había obligado el rápido nombramiento de Andrés, agente altamente experimentado y que había demostrado frialdad y criterio en situaciones de presión y peligro, como autoridad máxima provisoria de U.R.R.A.
 El velorio de la Jefa, Elizabeth, había sido varios días antes del escape de Andrés del hospital, por lo que se lo había perdido. La ceremonia fue llevada a cabo con los más altos honores, a pesar de las urgencias. Andrés aún no caía en cuenta de todo lo que significaba no contar más con ella en U.R.R.A.; y en la vida, pues la consideraba su amiga.
-  Si la extraño, ¿significa que no soy un robot?- se preguntó. La cuestión volvía a él una y otra vez, sin descanso. Ya había analizado el asunto desde todas las perspectivas posibles, pero no encontraba una respuesta. Cyntheea le había dado los resultados de los análisis y estudios que le habían hecho durante su internación, pero el contenido de esos papeles estaba lejos de tranquilizarlo.
 Al parecer, su tejido orgánico estaba integrado, fusionado, acoplado, con una sustancia inorgánica, imperceptible, que la regeneraba y estimulaba, y a la vez se retroalimentaba de ella. La simbiosis era tan perfecta que no podían saber qué había estado primero, qué sostenía a qué, si su cuerpo o la sustancia. En su corazón, en sus órganos, en su piel, en todos sus órganos, la sustancia establecía conexiones casi infinitas. Andrés podía ser o bien el primer robot orgánico, o bien el primer humano robotizado a un nivel celular. Incluso su cerebro: si Andrés llegara a aprender cómo controlar esas conexiones, sus neuronas podrían trabajar combinando su pensamiento humano con el característico de la inteligencia artificial.
 Por seguridad, toda esta información era altamente confidencial. Los pocos científicos que conocían el caso esperaban ansiosos el momento de seguir estudiándolo, pero la guerra civil a punto de desatarse mantenía a todos los agentes de U.R.R.A. en ferviente actividad. Y Andrés, por otro lado, tenía otra información que solo Warkus conocía. A él ya le habían dicho que era un robot. Y sabía que había una sola persona que podría decirle más: el inventor que había creado al robot idéntico a él que asesinó a la Jefa, y que casi lo mata junto a Warkus.
 Las nuevas ocupaciones le impedían a Andrés dedicarle todo el tiempo que hubiera querido a encontrar al inventor, pero para tal fin creó un grupo especial con su gente más cercana, Warkus y la ahora agente de campo Cyntheea, a cargo. Esta última todavía no lo había perdonado. Aún sabiendo todo lo sucedido, no admitía que Andrés pudiera ser siquiera remotamente un robot, y menos que eso podría haber influenciado en sus sentimientos hacia ella. De todas formas había aceptado trabajar en el caso sin dudarlo.
 El ajetreo de la oficina y el intenso trabajo durante el día, no impedía que Andrés pasara la noche sin dormir. En el insomnio, buscaba la compañía de Sander.
- ¿Qué se siente ser un robot?- Andrés no era el primero en preguntarse sobre este tipo de cuestiones, pero para él había otra importancia en la respuesta.
- Quizá deberías hablar con especialistas en el tema- la respuesta de Sander no variaba.- No le preguntarías a un árbol qué se siente ser del reino vegetal. Y probablemente no sabría qué responderte, ni aunque hablara.
- No, filósofos es lo que menos necesito. Ser un robot daría explicación a tantas cosas de mi vida, ¡tantas! Pero algo en mí se resiste a esa idea.
- Los hechos son los hechos, Andrés. Deberías analizar lo ocurrido y encontrar ahí tu respuesta. Sin preocuparte por imposiciones culturales o amenazas de ultratumba de los grupos religiosos. ¿Qué importa a tu día a día si tenés o no un alma? Lo importante es que hay una guerra a punto de estallar, y vos estás en el lugar de ayudar a todos los robots del mundo, así como me ayudaste a mí cuando me sacaste de la oscuridad.
-¡No soy un mesías robótico!- Andrés, repentinamente, se sintió furioso. Pero lo que había dicho le había recordado algo. 
  
 Entró corriendo en las oficinas de U.R.R.A. El guardia, apostado en la puerta desde que habían comenzado los conflictos, desenfundó el arma listo para disparar, creyendo que alguien perseguía a Andrés. Después de disculparse, el nuevo jefe fue corriendo hacia su escritorio.  Se cruzó con varios agentes en el camino: los momentos de turbulencia exigían que se trabaje día y noche.
 Warkus y Cyntheea lo vieron pasar y fueron tras él. Andrés, ignorando a sus acompañantes, subió al ascensor y marcó el botón del tercer subsuelo.
 Bajaron en un salón enorme y con olor a humedad. En las paredes, y distribuidas regularmente en la habitación formando pasillos, había unos muebles altos como bibliotecas, pero en lugar de libros se apilaban innumerables tubos de colores que resplandecían tenuemente. La única luz de la habitación provenía de los tubos, por lo que el lugar parecía multicolor. A intervalos regulares, se escuchaba un zumbido y un nuevo tubo caía en un recibidor. Al llegar abajo de todo, sonaba una campanita. Se trataba de un antiquísimo sistema de mensajería interna.
 Un robot también antiquísimo, con óxido en varias partes de su mecanismo, se acercó a recibir el tubo. Andrés se acercó al robot, único encargado de los archivos internos de U.R.R.A.

-       Necesito algo muy especial.  Necesito toda la información que haya sobre la Sinfonía del universo y el autómata intérprete.
El robot se retiró sin decir palabra. Andrés, viendo que el robot no lo escuchaba, quiso ir tras él. Cyntheea lo detuvo con una mano en el hombro.

-       Andrés, no es momento de leer cuentos infantiles- a pesar de mantenerse calma, estaba preocupada y sorprendida, al igual que Warkus.
-       Vos no entendés, Cyn. Si la leyenda es real, hablar un rato con el robot intérprete podría solucionar mi dilema. Decirme si yo…
 Antes de que Andrés pudiera seguir, el robot volvió trayendo un tubo naranja.  Andrés, ansioso e intrigado, lo abrió. Adentro había un cuaderno. Se trataba de un diario detallando una investigación llevada a cabo por Carlos Herrán, el jefe anterior a Beatriz. Había también una carta, destinada “al jefe actual de U.R.R.A.”.  Cyntheea, espiando por sobre su hombro, sonreía al leer.
 << Todos y cada uno de los jefes de U.R.R.A. vivieron momentos de incertidumbre. No soy la excepción, y temo que usted tampoco lo sea. Todos en algún momento recordaron la leyenda del Autómata-intérprete, y la información sobre su paradero que el saber popular dice que se esconde en estas oficinas, y que solo los más altos rangos pueden conocer. Algunas leyendas hablan de un robot músico, cuya canción es una traducción musical de la vida. Otras dicen que, por el contrario, se trata de una canción que determina lo que sucederá en todo el universo. Resulta tentador, al encontrarse en algún embrollo, perderse en la búsqueda de una respuesta divina, definitiva, sobre lo que va a suceder.
 Hay información, y en cantidades. Hay registros interminables de alucinaciones de personas afectadas que dicen haber escuchado melodías milagrosas, y cosas por el estilo. Pasé casi la totalidad de mi carrera clasificando esa información, pero nunca pude acercarme al autómata. He llegado a sospechar que él mismo me perdía cuando estaba cerca de encontrarlo. Es que si realmente controla al universo con su canción, solo le bastaría una nota para interponer en mi camino cualquier distracción, cualquier camino alternativo que me alejara indefectiblemente.
 Y sí, usted puede acceder a mi información. Quizá sí sea su destino, quizá usted pueda llegar a ver lo que yo anhelé toda mi vida… escuchar aunque sea por un instante el sonido sagrado. Pero creo que antes de entrar en una exhaustiva investigación para encontrar a un robot, uno solo, que no puede ser encontrado si él así no lo planifica… Antes de buscar a un robot que podría ser una deidad para los humanos, y que no es seguro que exista, debe hacerse una pregunta: ¿realmente necesita ver al músico para escuchar la sinfonía de la que usted es parte?>>   
 Andrés se quedó pensando, entre la furia y la desorientación, hasta que Warkus rompió el silencio. A la vez que le daba una palmada en la espalda con una de sus cuatro manos, habló en un tono calmo que no era habitual en él:
-       Tiene razón, Andrés. Buscar dioses mecánicos o cazar leyendas nos haría perder un tiempo del que no disponemos.
 Andrés no tenía palabras ante eso. La carta lo había traído a la realidad: él había actuado dejándose llevar por la desesperación. Pero había encontrado una señal en esa carta. Estaba ahí, en esa pregunta: él era parte de la Sinfonía. Él era parte de un juego mayor que estaba sucediendo, siempre lo había sido. Alguien había orquestado su vida, o por lo menos lo había creado con un objetivo para él desconocido. Alguien había hecho que él fuera un robot casi humano, y que fuera el agente de U.R.R.A. que se cruzó con más robots rebeldes en menor tiempo. Hasta en el desierto, o en su tiempo libre. Y que se identificara con esos robots, que pudiera entenderlos. Como ese dinosaurio mecánico que dijo conocerlo. Ahí estaba la respuesta. Él mismo, Andrés, era una pista para encontrar a su creador.
-       Wakus, Cyntheea, escúchenme… Ya sé cómo llegar al inventor. 

lunes, 12 de mayo de 2014

Los nocturnos



 Algunos decían que sería un viejo con barba larga y ropa andrajosa. Otros aseguraban que no tendría más de treinta años. Lo que sí se sabía era que aparecería por primera vez esa noche, en las afueras de la ciudad más poblada de Écuer.
 No era un viaje de negocios. Fui por mi propio deseo de ver el acontecimiento en persona. Me había llegado el rumor en una de mis entregas, que me había llevado a un planeta del mismo sistema solar que Écuer. Una vez al año, según me habían dicho, todos los habitantes del planeta se reunían en la calle central de su ciudad capital donde el Orador les daría la forma de volver a la luz.
 Écuer fue una de las primeras colonias humanas abandonada. Se envió una sola camada de colonos, que fue olvidada en la vorágine de los primeros tiempos de viajes interplanetarios. Es que los inexpertos exploradores de ese entonces estaban más que satisfechos al encontrar un planeta con oxígeno y agua en cantidades similares a la tierra, pero no notaron la presencia de un extraño virus en el aire. Los primeros habitantes del planeta no tardaron en entender que este virus, que transmitía una enfermedad mortal, necesitaba de la luz para desarrollarse. La primera medida que tomaron, entonces, fue la de prohibir la vida diurna fuera de las viviendas herméticamente protegidas.
 Las generaciones pasaron y los Ecuerianos se hicieron inmunes al efecto del virus, pero sus costumbres estaban fuertemente arraigadas, y sus cuerpos adaptados a la vida nocturna. Fue ahí cuando surgieron las primeras leyendas, porque a pesar de todo algo dentro de ellos seguía pidiéndoles el regreso a la luz. La más popular sugería que el Orador, un profeta similar a los de las religiones antiguas de la tierra, los devolvería a la luz el sexto día del inicio de uno de sus años.

 Miles de miradas de ojos grandes y brillantes acompañaron la llegada de mi nave. No estaban acostumbrados a recibir visitas de otros planetas, y menos un día especial como ese. Caminé entre la multitud, buscando sin éxito el punto que los congregaba. Me acerqué a un grupo de jóvenes, me presenté, y les pregunté dónde llegaría el Orador. Una joven de nombre Duanna me señaló el punto preciso, a lo lejos, del que hablaban las leyendas.
 En mis viajes conocí a varias criaturas increíbles, a algunas de las personas más sabias del universo, y me enfrenté también con fuerzas atemorizantes… pero nunca me había encontrado con un profeta de la antigüedad. Mi curiosidad me exigía seguir adelante, y yo deseaba con todas mis fuerzas que ese fuera el día en que la leyenda se cumpliera.
 Abriéndome paso entre la gente, llegué al fin del camino. La multitud formaba un círculo de varios metros de diámetro alrededor de una roca, esperando al que fuese a subirse a ella y decirles las palabras que cambiarían sus vidas.
 Volver a la luz no era solo un capricho. Significaba, entre otras cosas, poder realizar viajes espaciales, conocer otros planetas y aprender de ellos. Su vida, por completo a oscuras, los mantenía aislados.         
 El expectante silencio cargaba el aire de tensión. Nadie se movía. Pasaron las horas, y nada sucedía. En poco tiempo amanecería. Los concurrentes, decepcionados, empezaron a abandonar el lugar de a cientos. Yo no quería resignarme, quería experimentar en carne propia lo que se sentía ante un mundo cambiando radicalmente en un solo momento.
 Alguien puso una mano en mi hombro.
- Parece que hoy no es el día…- me dijo Duanna- mejor irnos antes de que salga el sol. Puede ser peligroso.
 Quise explicarle que no le temía a la luz, pero no me dio tiempo y empezó a caminar. La seguí, junto al grupo de jóvenes, de regreso a su refugio. En el camino, me preguntaron de dónde era.
- ¡Sos un diurno!- exclamó uno-. ¡Tenés que contarnos como es vivir bajo el sol!

  Volví a la luna, varios días después, todavía un poco decepcionado. Había llegado a creer que una sola persona podía cambiar todo un mundo. Lo bueno es que me había hecho un nuevo grupo de amigos, personas muy interesantes que día a día trabajan para acercarse a la luz.         

lunes, 17 de marzo de 2014

Pesadilla



-¡Ahhgghhhhhh!!!!!!-
Hernán se despertó en el medio de la noche gritando, estaba agitado y bañado en sudor frío. Rodrigo entró a la habitación corriendo, alertado por los gritos de su hijo. Lo abrazó para tranquilizarlo. Había tenido una pesadilla.
 Entre sollozos Hernán dijo que en su sueño se encontraba frente a una figura enorme. Parecía ser una humana, pero muy extraña, con rasgos tan horribles como majestuosos. Estaba atrapada en un símbolo religioso de la antigüedad, de proporciones tan grandes como las de la criatura. A pesar de estar con vida no luchaba por escapar, simplemente esperaba. Esperaba a que apareciese el ángel vengador que cumpliría su destino y la humanidad dejara de existir. Luego, Hernán vio un resplandor y cuando todo a su alrededor comenzó a desaparecer devorado por el fuego sagrado, despertó.
-No te preocupes, hijo. Ya pasó. Fue un mal sueño- dijo Rodrigo en tono calmo. Hernán asentía entre lágrimas aferrándose a su padre como a un bote salvavidas en el medio del océano neptuniano.
 -Tengo miedo- dijo Hernán –de que sea Nyaghhathogga que volvió desde el centro del universo a buscarte por haberte escapado hace años- alcanzó a decir mientras se limpiaba las lágrimas del rostro.
Una leve sonrisa de culpabilidad se asomó al rostro de Rodrigo, que volvió a recordarse a sí mismo no volver a contarle historias de terror a su hijo.
–No tengas miedo, Nyaghhathogga no tiene nada que ver con tu sueño. Ese ser volvió a su lugar de origen hace mucho. Mi expedición no fue más que un suspiro en su larga vida. Lo que tuviste vos fue un sueño muy especial, no tuvo nada que ver con esa otra historia. Fue en realidad una parte del inconciente colectivo, que debe haberse escapado de la bóveda de los recuerdos, cerca de Plutón. Escuché hace un tiempo que le tenían que hacer unos arreglos al mecanismo de refrigeración, y a lo mejor se les escapó un fragmento de recuerdo ajeno. Es más, por lo que decís se parece a una leyenda terrícola que me contaron hace mucho. Transcurre en la tierra, pero hace muchísimo tiempo, antes de que existiesen los viajes interplanetarios incluso.
 Decía la leyenda que si un ángel se juntaba con esa figura que vos viste, tendría lugar el juicio final, el fin del mundo. Por eso un grupo de héroes hacía todo lo posible para evitarlo.
 –A há.- Alcanzó a decir Hernán, ya más tranquilo, mirando a su padre.
 – ¡Mirá como pensaban los terrícolas de la antigüedad! Como no conocían certeramente la vida fuera del planeta tierra, se creían el centro del Universo. ¡El Apocalipsis consistía en destruir solo al planeta tierra! Que gracioso, ¿no? Ahora, si se destruye un planeta, si bien sería algo terrible, hay muchísimos planetas para habitar, y la tecnología para revertir casi cualquier catástrofe. Pero en esa época no, y si Dios destruía el planeta, ya está, se terminó la vida. Había un término para definir esa forma de pensar: egocentrismo. Los humanos se creían los mas importantes, no solo dentro de su planeta con las otras especies que lo habitaban, ¡sino de todo el cosmos!
Si bien seguía agitado por el mal sueño, Hernán rió un poco al escuchar las últimas palabras que había dicho su padre. Costaba creer que los humanos hubiesen recorrido un camino tan extenso.
 -¿Y que sintieron los terrícolas cuando se dieron cuenta de que no eran los mas importantes del Universo?- remató Hernán.
–Uff, esa es otra historia, hijo… una bastante complicada.-

lunes, 10 de marzo de 2014

Los desconocedores



 - Pa, hoy en la escuela me hablaron de los Desconocedores. ¿O no que no existen?
- ¡Claro que existen! Mirá… vos estás acostumbrado a nuestra tecnología, y al hecho de que hay cientos de razas inteligentes desperdigadas en distintos puntos del universo. Pero imaginate que lo único que conocés es tu planeta, o ni siquiera eso… una porción de tu planeta. Que no tenés manera de viajar al espacio ni de ver hacia las estrellas más que con tu propia vista…

“Brod-Erck, el brujo, lanzó las hierbas a las llamas que las consumieron en un único e intenso abrazo. Luego, lanzando sus brazos al cielo, entonó el cántico ancestral. Como cada noche, el brujo cantaba para despertar a la gran ballena Güel, en cuya mente estaba el universo. Pues el universo era solo una idea en la cabeza de Güel, y sin ella el mundo y las estrellas se ahogarían en el Mar de Luz y Nada.
 El brujo contempló con alegría como la gran ballena abría primero un ojo, y luego el otro: los dos soles amanecieron en Ingüel. Brod-Erck estaba por irse satisfecho, cuando un tercer sol se encendió en el firmamento. Pequeño, primero, fue creciendo rápidamente al tiempo que se acercaba hacia el suelo con el estruendo de mil tormentas.
 Mientras el astro bajaba a tierra, Brod-Erck se escondió detrás de una roca. Con sorpresa vio como el pequeño sol se apagaba hasta volverse del color de las rocas, y un pequeño dios descendía de su interior. Si era un enviado de Güel, se acercaban o bien tiempos de grandes guerras, o de gran paz. Él se encargaría de dejarle una señal, no debía ser importunado.
 El dios se acercó hacia el fuego. Bord-Erck lamentó no haber sido lo suficientemente rápido como para apagarlo y tomar todas sus cosas. Ya no era joven y ágil como en sus años de aprendiz, aunque todavía tenía el vigor suficiente para subir cada día al punto más elevado del monte a buscar sus hierbas y hongos. El dios tomó su bolso y lo revolvió. Tomó algunas de sus provisiones y gritó algo ininteligible. Después les apuntó con una luz mágica, sonrió, las cocinó en el fuego sagrado, y se las comió. Brod-Erck se preguntó si dentro de cada punto de luz en el cielo habría un dios hambriento.
 La deidad se levantó, con apariencia satisfecha, y gritó de nuevo unas palabras. Parecía dirigirse a Brod-Erck, y éste estuvo seguro que así lo era. El dios tomó un cuchillo y se hizo un pequeño tajo en el brazo. Después, apuntó a la pequeña línea roja con un artefacto de luz similar al que había usado antes, hasta que la piel sanó. Dejó el artefacto en el suelo, subió a su nave, y despegó.
 Cuando el nuevo sol tomó otra vez su lugar en los cielos, Brod-Erck se acercó al artefacto y lo tomó. El dios le había obsequiado a su pueblo magia sanadora. Sin dudas venían tiempos de paz.”

- ¿Y le dejaste el Cicatrizador de tu nave?
- Creí que debía dejarle algo a cambio de la comida, y sin dudas nuestro dinero no iba a servirle de nada. Lo curioso es que, hasta que no están listos, cualquier visita que hagas u objeto que le dejes a un Desconocedor, va a ser tomado como magia, o a incorporarse de alguna forma a sus leyendas. El conocimiento lleva un largo camino, en el que no hay atajos.

lunes, 3 de marzo de 2014

Sinfonía del Universo



-¿Papá, por que pasan las cosas?

-Es difícil saberlo hijo, no lo sé, hay muchas teorías. Muchas escuelas científicas que se contradicen entre si.

-¿Y vos que crees?

 "La verdad que no se cómo se llama, pero cuando estaba en la escuela, una tarde volviendo de clase vi un edificio muy antiguo al que nunca le había prestado atención. Parecía una antigua biblioteca y estaba clausurado por peligro de derrumbe desde hacía muchísimo tiempo. Era en realidad un edificio histórico de la antigua civilización terrestre, de esos que ya ni a los arqueólogos les interesa y a los que nadie presta atención. A mi tampoco me había llamado la atención, pero esa tarde pude escuchar, proviniendo de su interior, una melodía muy suave y lejana.
Sorteando los escombros de la entrada pude ingresar al edificio y, guiado por la música, fui adentrándome por su laberíntico interior. A medida que avanzaba podía escuchar cómo aumentaba el volumen de la música. Casi completamente a oscuras, llegué hasta lo que parecía una desvencijada puerta de madera, corroída por los años. Por entre las rendijas se filtraba una tenue y sutil luz que parpadeaba cada tanto. Me acerqué a espiar por entre las maderas y apenas pude ver un bulto moviéndose en la lejanía. Parecía atareado y no me notó, o eso creí, así que de a poco abrí la puerta, despacio para no hacer ruido, y me deslicé dentro. Sin embargo, ni bien terminé de entrar en la habitación, la música dejó de sonar y en ese momento preciso el mundo se detuvo.
Estaba de espaldas sentado frente a un piano con una partitura delante suyo. Parecía un robot de algún tipo que no conocía. Era difícil determinar dónde terminaba el autómata y dónde comenzaba el instrumento musical. La figura miró por sobre su hombro y luego volvió la vista al instrumento y la música prosiguió. Era una melodía hipnotizante, que me transportó por los más diversos recuerdos de mi vida. Era fuerte como un tornado jupiteriano, pero al mismo tiempo sutil como los pétalos de una orquídea pleyadiana. La música representaba los amaneceres en Neptuno y los atardeceres en Mercurio, era el motor mismo del Universo lo que podía escuchar saliendo de ese extraño órgano.
Sin siquiera darse vuelta el autómata me habló con una voz oxidada:
 -¿Sería usted tan amable de hacerme un favor, desconocido visitante? Estoy necesitando un poco de lubricante para suavizar el pedal izquierdo, de lo contrario próximamente las lunas de Saturno dejarán de girar y eso sería un problema muy serio para los habitantes de Titán, el mayor de sus satélites. Se encuentra ahí cerca, en la tercera gaveta del mueble al otro extremo del salón.
 Sin comprender demasiado lo que me estaba diciendo encontré un frasco cargado de aceite y un aplicador. Siguiendo sus indicaciones le apliqué el aceite a uno de los engranajes de su robótica pierna, y a partir de ese momento comenzó a moverse un poco más armoniosamente respecto de las otras extremidades.
 –Ah, muchas gracias, joven, mucho mejor. Claro que este favor no pasará desapercibido. No hace falta que me diga su nombre ni a qué escuela asiste, le aseguro que su visita a este lugar no ha sido fortuita ni pasará desapercibida para el gran esquema de las cosas.
No lograba comprender demasiado las cosas que ese autómata estaba diciéndome, así que solamente me limité a asentir cada vez que parecía haber concluido una idea. Francamente, la melodía que tocaba era demasiado maravillosa como para poder prestarle atención a cualquier otra cosa.
Luego de un tiempo, se dio vuelta para hablarme.
 -Hasta aquí llega nuestro encuentro joven, mis engranajes están muy fatigados ya como para seguir tocando esta música, va llegándome la hora de crear un reemplazo en algún otro lugar del cosmos. Espero que le vaya bien en su vida, que sea feliz y que tome las decisiones que considere siempre acertada
s, ya que uno toca la sinfonía del Universo, pero el libre albedrío es algo intocable. Debo regresar pronto a mis obligaciones, las melodías repetidas funcionan solo durante poco tiempo. Hasta luego, ha sido un gusto verle jovencito, ha llegado la hora de irse.-
 Y en el momento en que volvió a conectarse al instrumento musical, el edificio comenzó a estremecerse desde sus cimientos. Tuve que correr escapando para no quedar atrapado entre los escombros y salí en el momento exacto en que el edifico colapsó, destruyendo todo lo que había dentro.
Cosas muy extrañas ocurrieron en los días siguientes: el Sol se apagó por cuarta vez en la historia moderna, hubieron perturbaciones en las órbitas de los cuerpos celestes y en los ritmos circadianos de la biología. Pero poco después todo volvió a la normalidad como si nada hubiese pasado. Incluso la mayoría de la gente parece haberse olvidado de esos días de reajuste en las reglas de la naturaleza. La canción parecía ser la misma, pero el intérprete era otro.
Como el robot había dicho: “el libre albedrío es intocable”. En eso creo."

lunes, 27 de enero de 2014

Regreso a la casa del desierto



- El otro día te hablé sobre cómo escapé de la casa del desierto. Hoy te voy a contar como volví a entrar.

 “Llegué a la nave y llamé para pedir ayuda. Claro que las autoridades me exigían que vaya al planeta habitado más cercano y explicara ahí lo sucedido.
- Usted se encuentra en un planeta desierto con una atmósfera altamente tóxica- me decía la joven en la holollamada-. Es muy probable que estos fenómenos sobrenaturales sean simplemente una alucina…
 Corté indignado. Después llamé al tío Norberto y le expliqué lo que estaba a punto de hacer. Me dijo que iría para allá de inmediato, que lo esperara. Pero yo lo había llamado solo para informarlo en caso de que no volviera a salir… no podía esperar todo el tiempo del viaje de tu tío.
 Volví a la casa. No contaba más que con mi propia suerte. Para colmo, la única forma de entrar en la casa era por la puerta principal, lo que eliminaba el elemento sorpresa. Por esa razón, para desorientar al secuestrador, decidí aparentar confianza. Quizá él creyera que tenía algún arma o protección contra su poder.
-¡Te exijo que liberes a todos los prisioneros inmediatamente!- grité. Mi única respuesta fueron el silencio y la oscuridad.
 De repente, mil agujas se clavaron en mi cabeza. El dolor invadió todo mi ser. Mientras me revolvía en el suelo, pude ver al secuestrador saliendo de las sombras. Su ojo, mirándome fijo a través de un monóculo, perforaba los míos. El cuarto, ahora gigante a mi alrededor, se oscureció cuando el secuestrador me tomó entre sus manos.
 Me dejó suavemente dentro de una especie de caja. Podía sentir gente a mi alrededor, y supuse que estaba junto a los otros prisioneros. Mientras mis ojos se adaptaban a la oscuridad, pude hablar con uno de ellos que se presentó como su líder.
- Todos los días nos disfrazamos y luchamos para entretenerlo. El resto del tiempo, somos libres de hacer lo que queramos dentro de la caja. Vas a ver que no es tan malo, mientras no hagas enojar al Amo.
- ¡Tenemos que escapar!- respondí casi en un grito.- Seguramente alguien afuera nos puede volver a la normalidad. Pero hay que salir de acá.
 Los prisioneros parecieron inquietarse ante mis palabras. Algunos directamente gritaban cosas en mi contra. El líder volvió a hablarme.
- Tranquilizate, con esa actitud no vas a llegar a nada. Todos nos sentimos así al principio. El Amo es demasiado grande y fuerte para ser derrotado. Las únicas armas que tenemos son las que él mismo nos da para luchar entre nosotros. Y nos vigila constantemente. Vive para nosotros. Y cuando quiere, es generoso con los que juegan para él.
 No podía ser cierto. Los prisioneros defendían a su secuestrador. Aunque yo sabía que ellos no estaban del todo derrotados: unas horas atrás habían intervenido a mi favor.
 Esperé a que todos se durmieran. No sé cuantas horas pasaron, pero fueron muchas. Recorrí el lugar buscando una abertura. Si no recordaba mal, la caja era una especie de teatro en miniatura.
- Así que querés salir- la enorme voz del secuestrador hizo vibrar todo a mi alrededor. Yo no había notado que la caja no tenía techo, que estaba siendo observado. Me levantó por los aires y me dejó sobre una mesa. A mi alrededor, pude ver cientos de cajas como la que me había contenido, apiladas por doquier. ¿Cuántos prisioneros tendría?
 Una campanada sonó a lo lejos. El secuestrador se fue a recibir al nuevo visitante. Grité con todas mis fuerzas, deseando que mi voz llegue a todas las cajas.
- ¡El Amo está distraído! ¡Es nuestra oportunidad! ¡Hay una nave esperándonos!       
 Nada sucedió. No tenía manera de saber, tampoco, qué sucedía en el otro cuarto. Momentos después una caja, una sola entre todas las que había, comenzó a agitarse. Se abrió, y cientos de personitas salieron corriendo.
 Después otra, y otra, hasta que una a una todas las cajas se agitaron para luego ser rotas desde adentro.
 Corrimos muchísimo, más de lo que pensé que iba a correr jamás. Cada pequeño escalón o imperfección en el suelo, era para nosotros un enorme obstáculo. Pero llegamos a donde estaba el tío Norberto. Y llegamos en el momento justo: él y dos amigos nuestros de la luna se debatían en el suelo mientras sus cuerpos se encogían. Pero la ola de prisioneros fue demasiado para el secuestrador. Algunos pocos lo atacaban, aunque era imposible que le hicieran daño. Lo que lo desesperaba realmente era ver derrumbado el mundo que había creado para su diversión.  
 El secuestrador se tiró al suelo, intentando levantarnos a todos. Fue su perdición. Las personitas se lanzaron en su contra y atacaron sus ojos, sin los cuales no podía hacer más daño.
Ciego y derrotado, no nos distrajimos más tiempo con él. Norberto y los otros nos ayudaron a llegar a la nave llevándonos a todos en una camilla. Y así derrotamos al Amo, dejándolo solo y sin poder.”

-Te falta contar algo… ¿no?- dijo Hernán con una sonrisa.
- Sí, claro. Pero es menos impresionante. A medida que pasaron los minutos y nos alejamos en la nave, fuimos volviendo a nuestro tamaño natural. Fue un proceso lento, que en mi caso duró más de un año. Es más, ¿no me notás un milímetro más alto que ayer?

lunes, 20 de enero de 2014

Las cuevas de Calcidea



-¿Alguna vez dudaste de tu propio trabajo?- Preguntó Hernán a Rodrigo mientras se preparaba para dormir.
-Mmm... Sí, puede ser.

“Recuerdo que esto ocurrió hace bastante tiempo. Con tu tío Norberto, el inventor, habíamos aceptado ir a buscar un cristal que solo se encontraba en las cuevas de un planetoide llamado Calcidea.
 Desde un principio sospeché que no debía haber aceptado ese en
cargo. Resulta que el cristal de calcideana era un material muy raro y difícil de conseguir, y por el solo hecho de asegurarse de que no lo vendamos a un mejor postor, Marcos, nuestro empleador, demandó acompañarnos en el viaje. También nos acompañaba su asistente personal: Leandro. Tenía una novia del planeta Mejio esperándolo a su regreso y deseaba ahorrar suficiente dinero para poder abrir su propio bar algún día.
 El viaje de ida no fue la gran cosa, Marcos se había encerrado en su camarote y solo salía de vez en cuando para vociferar alguna orden o para quejarse. Mientras tanto, el tío Norberto y yo nos ocupábamos del funcionamiento de la nave y cada tanto, cuando se liberaba, Leandro se nos unía a conversar. Resultó se bastante buena persona.
 La llegada fue fácil. Aterrizamos cerca de la entrada de una cueva, nos pusimos los trajes protectores y entramos. No encontramos ningún inconveniente dentro. Los caminos eran fáciles de recorrer y sin demasiado problema llegamos a una gran veta de calcideana. Sin perder el tiempo Marcos extrajo un fragmento tan grande como pudo hacer entrar en el estuche contenedor, y nos dispusimos a salir.
 Teníamos lo que habíamos ido a buscar y la salida estaba al final del último corredor, pero nos encontramos con algo que no estaba antes. Parecía un espejo, pero no era estático: estaba vivo, se movía, latía. Era la propia calcideana que no permitiría que nos llevásemos aquel fragmento de mineral. Emergió desde su interior, como saliendo a la superficie, una figura humanoide cuya forma cambiaba a cada segundo. Nos miramos con tu tío y los demás socarronamente, confiados en que no presentaría ningún problema para nosotros. Pero de a poco, fuimos olvidándonos los unos de los otros, absorbidos por lo que cada uno veía reflejado delante de sí.
 Vi como la nave que tenía en aquel momento, la que utilizaba para trabajar, cambiaba hasta convertirse en una último modelo primero, y en una nave que aún no existía, infinitamente más rápida y con mayor capacidad de carga después. Pude verme también a mí mismo inaugurando mi propia empresa, siendo exitoso y derrotando a toda la competencia. Luego pude ver como me volvía el nuevo emperador del universo. Pero eso no era lo que yo quería, para mí aquello era un trabajo solamente, nunca me había interesado conquistar la galaxia ni mucho menos.
 Entonces, turbado, aparté la vista del espejo y vi como los demás estaban igual de absorbidos por lo que veían. Las imágenes del espejo los maravillaban, Leandro comenzó a pestañar y a desconcentrarse de la misma manera que yo lo había hecho poco tiempo atrás y alejó la vista del espejo. En ese momento vi también que del espejo surgían unos tentáculos vidriosos que se acercaban a tu tío y a Marcos. Por eso me apresuré y sacudí a Norberto del brazo para sacarlo del trance en el que estaba. Leandro intentó hacer lo mismo con su jefe, pero no tuvo la misma suerte: al descubrir que lo intentaban separar de la imagen del espejo, Marcos golpeó a Leandro, alejándolo de si y se entregó de lleno a sus visiones. Mientras nos alejábamos vimos como aquellos extraños tentáculos cubrían completamente a Marcos que, simplemente, reía a carcajadas. Él había elegido quedarse, su deseo de poder y riquezas fue demasiado y no pudo escapar.
 Finalmente llegamos a la nave y escapamos de aquel mundo. Leandro me dijo después que el había visto como abandonaba el trabajo de asistente de Marcos y ponía con sus ahorros un bar en un asteroide en los anillos de Júpiter y como poco a poco su negocio crecía hasta volverse un zar de la noche espacial.
-Eso fue lo que me hizo desconfiar de lo que estaba viendo: no me gusta la noche espacial, es muy oscura como para gobernarla-. Nunca supe que era lo que había visto tu tío.
Lamentablemente tanto la piedra calcideana que habíamos ido a buscar como nuestro empleador habían quedado dentro de aquella caverna, y nos quedamos sin pago.”

-Bueno, esa fue la primera vez que dudé verdaderamente de mi trabajo, claro que siempre me gustó progresar, mejorar mi herramienta de trabajo y esas cosas, pero jamás pensé en tener tanto poder.
-En la holoescuela aprendimos que el poder total es aburridísimo.- reflexionó Hernán.
-Buenas noches, hijo.
-Buenas noches, papá.

lunes, 13 de enero de 2014

La casa del desierto



 -Ya te conté historias de criaturas con capacidades que, a nosotros, nos parecen increíbles- dijo Rodrigo a su hijo mientras lo arropaba.- Jamás podríamos compararnos con los maryastour y su fuerza, los bosqueanos y su comprensión del universo o con Nyaghhathogga el guardián de esta dimensión, porque no son humanos. Pero también hay humanos que por vivir mucho tiempo lejos de la tierra y la luna, de nuestro aire y su composición, y hasta lejos de nuestro sol, fueron tomando algunas características distintas a nosotros. Y una vez tuve que enfrentarme a uno de ellos…

 “Mi encargo era claro: tenía que llevar unas enormes cajas de alimentos a un planeta ubicado a miles de años luz de la tierra, Paratoy. Era algo habitual para nosotros, así que no me preocupó en lo más mínimo.
 Llegué a Paratoy a la mañana siguiente, y me encontré con un enorme desierto violeta que abarcaba todo el planeta. La computadora de la nave me indicaba que había vida allí. Indicaba claramente la presencia de una ciudad muy populosa a unos pocos cientos de kilómetros. Me dirigí hacia ahí, y me encontré con  una casa solitaria. Parecía un edificio a medio camino de brotar de la arena, o a medio camino de ser devorado por ella.
 Sin otra alternativa, estacioné la nave y salí. El viento soplaba arrastrando arena y pequeñas piedras que chocaban contra mi traje espacial y dificultaban mi visión. Con pasos lentos pero firmes, llegué hasta la casa. No había señales de vida, ni de un timbre, ni llamador. Las  ventanas estaban protegidas por persianas que no permitían ver hacia el interior. Una enorme puerta de un material que yo no conocía era mi única opción.
 Golpeé sin saber si iba a sonar, ni cómo. Mis golpes, suaves e inseguros, resonaron como una campanada en el inquieto desierto purpúreo. La puerta se abrió, sin nadie a la vista.
 La situación parecía copiada de un hololibro de terror. Mi curiosidad pudo más, y entré. Además, tenía la orden de entregar las cajas ese mismo día. Claro que no hubiera puesto mi vida en peligro por una entrega, pero no quería volver y decir que no había hecho mi trabajo por miedo.
 La puerta se cerró tras de mí. Cuando mis ojos se adaptaron a la oscuridad, me encontré con una sala de todo el largo de la casa. En el rincón más alejado, un hombre estaba sentado en una mesa, jugando con unos muñecos. La imagen no podía ser más tétrica pero pensé que, en la soledad de un planeta así, jugar de esa forma era la única manera de escuchar una voz, aunque sea la suya propia. La única forma de que pasara algo.
 Me acerqué al hombre.
- ¡Hola! Vengo desde la Tierra. Desde la Luna, en realidad. Tengo una entrega y no encuentro ninguna ciudad donde llev…
- Sí- me contestó tranquilamente, levantando la cabeza por primera vez- son para mí.
- Pero… pero son cientos de cajas. La computadora señalaba una ciudad por acá…
- Yo ordené la comida. No se preocupe, puedo pagarle justo como se merece.
 Fue entonces cuando noté que lo que pensé que eran muñecos, se movían. Todas esas personitas en miniatura estaban agitando sus brazos y gritando con voces que apenas llegaba a oír. Solo pude distinguir una palabra: peligro.
 Antes de que pudiese reaccionar, comencé a sentir un terrible dolor en mi cabeza. Sacudiéndome, me tire al piso y empecé a gritar. El hombre no dejaba de mirar ni un segundo, sin parpadear. No había nada que pudiera hacer. Con terror, empecé a notar como el dolor se expandía por todo mi cuerpo, a la vez que todo se hacía más y más grande a mi alrededor.
 De repente, el dolor cesó. Rápidamente, me levanté y pude ver al hombre luchando contra las personitas que, una a una, saltaban sobre él para ser derrotadas instantes después.
 Pero la distracción que causaron fue mi salvación. Corrí hacia la puerta que se abrió sin resistencia y volví a mi nave. Y lentamente los efectos de encogimiento fueron desapareciendo.”

-Pero…-dijo Hernán- Pero dijiste que habías tenido que enfrentarte a él. En realidad, apenas pudiste escapar…
- Sí, pero no me fui del planeta. No podía dejar a las personitas ahí dentro... Pero ya es tarde. El regreso a la casa del desierto es una historia para otro día.

lunes, 11 de noviembre de 2013

Nyaghhathogga



-¿Existe dios papá?- Preguntó Hernán a su padre, que automáticamente supo que esa noche no le resultaría fácil hacer dormir a su hijo.
-¿Dios?, depende. Para algunas culturas existe uno, para otras existen varios, hay quienes dicen que sus dioses ya no existen mas...-
-¿Pero para vos existe?- retrucó Hernán.
–Puede ser- Respondió Rodrigo intentando prepararse para cambiar de tema, pero su hijo, hábil, se le anticipó:
 -¿Lo viste alguna vez?...- 
-Sí, eso creo al menos.

"Fue hace unos años, vos todavía eras un bebé y yo estaba trabajando para Focus, una empresa que realizaba mapeos intergalácticos. Me habían contratado para que llegue hasta el lugar desde donde se suponía había surgido el universo: el punto exacto donde había ocurrido el Big Bang. Como era un trabajo importante, me mandaron con un grupo de veinte personas, topógrafos, cartógrafos, astro-físicos, neurópatas y otros tantos expertos de diversas áreas. La idea era que yo, como piloto, los llevase para que realicen sus investigaciones y los traiga de regreso sanos y salvos. Nadie sabía con que podíamos encontrarnos, ya que el punto exacto de nuestro destino era un secreto guardado por algunas tribus antiguas del planeta tierra y de pura casualidad uno de los directivos de Focus había encontrado unos escritos muy antiguos con referencias mas o menos contundentes.
A medida que nos acercábamos a nuestro destino, el pulso gravitacional nos indicó que el lugar no estaba vacío, sino que en él se hallaba algo que podría describirse como un planetoide muy extraño. Era una superposición de estructuras incongruentes que desafiaban toda lógica y conocida. Parecía una especie de ciudad donde las fuerzas desatadas en el Big Bang habían causado que las leyes de la geometría no se aplicasen ahí, dando como resultado un enorme laberinto sin sentido ni explicación. Como en mi contrato nunca se había hablado de tareas de exploración, me quedé en la nave mientras el resto del grupo se aventuraba al planetoide a investigar. Dentro, en la comodidad de la cabina, mientras se suponía que debía monitorear los movimientos del equipo de exploración, me quedé dormido. No fue un sueño normal, casi que había sido obligado a quedarme dormido por una fuerza desconocida. Entonces, en mi sueño, apareció: era una criatura gigantesca, parecida a un árbol, con raíces, tronco y ramas, pero que, claramente, no pertenecía al reino vegetal. Ni siquiera estoy seguro de que perteneciese a ningún reino conocido. Dijo llamarse Nyaghhathogga y era el guardián de la entrada a esta dimensión. El planetoide ciudad-laberinto era en realidad un portal cerrado, un intento de invasión fallido de seres de mundos lejanos e inconmensurables. Mientras decía esto último me vi atraído hacia esa figura que extendía sus ramas-tentáculos hacia mí para aferrarme. Segundos antes de ser devorado por aquella criatura fui despertado por los golpes desesperados que los expedicionarios daban a la puerta de entrada de la nave para que los deje entrar. Nunca supe por cuanto tiempo había estado durmiendo. De todo el grupo de expedicionarios solo quedaban dos y los monitores de los demás no mostraban signos vitales. Una vez dentro los supervivientes estaban pálidos y callados, con la expresión vacía, dando muestras de haberse topado con esas cosas con las cuales es mejor no imaginar.
Volvimos a la tierra, la expedición se consideró una pérdida aceptable para la empresa y nunca mas se habló del tema.-"
Hernán, lejos de dormirse, estaba aterrado,aferrado al termocovertor de la cama. Pero Rodrigo sabía de antemano que eso ocurriría así que se preparó para una noche larga y se prometió que jamás volvería a contarle historias de terror para hacerlo dormir.

lunes, 4 de noviembre de 2013

Los ojos del viejo



El viejo lo miró, y sus ojos se volvieron profundos y azules como el océano. Rodrigo pensó que no tendría forma alguna de transmitir esta experiencia. Sin embargo, más de veinte años después, se sentó a los pies de la cama de su hijo y le preguntó:
-¿Te conté la historia de los ojos del viejo?

“Lo más difícil de todo fue encontrar a alguien lo suficientemente ambicioso o lo suficientemente idiota como para venderme el turno. Encontré a uno que era una mezcla de las dos cosas. Me pidió una fortuna que multiplicó apenas vio que yo aceptaba sin regatear. Pagué el doble sin protestar. No sé si él sabía lo que me estaba dando a cambio de algo tan corriente como el dinero, no sé si sabía que el turno es algo único en todo el universo.
 -¿De donde sacaste esto?- le dije señalando el papel que me había vendido.
-¿Qué importa? Ahora es tuyo, pichón.- Y agregó con una sonrisa: -Ojalá lo disfrutes más que su dueño anterior.
 Me da asco hacer tratos con este tipo de gente, pero a veces no hay alternativa. Ya tenía la dirección, la fecha, la hora: era esa misma noche. Llegué y toqué el timbre cuatro veces seguidas, como decía en el papel. Me atendió un Burlo. No me sorprendió, porque había escuchado que alrededor del viejo se reunían criaturas de todos los rincones del universo: habían llegado en busca de una respuesta y nunca se habí
an ido.
 No fue necesario dar explicaciones. El Burlo me miró de arriba abajo con sus cinco ojos, y corrió su viscosidad para dejarme pasar. La casa era común y silvestre, pero transmitía una sensación indescriptible. Como una música demasiado baja para distinguirla pero lo suficientemente alta para saber que suena.
- Una vez que entres al cuarto- me dijo el Burlo con su voz monstruosa- no vas a poder salir hasta que él te diga. Después te va a dar un papel con el próximo turno, y va a ser tu responsabilidad que le llegue al siguiente. Solo él, solo ahí, solo en ese momento.
 Entré. Parecía un viejo normal, pero yo sabía que esa es la forma que eligió para mostrarse ante mí. Y ahí fue que miré en sus ojos. No sé cuanto tiempo pasó. Después me dio un papel con el nombre de un planeta que yo no sabía ni siquiera que existía y una fecha, dentro de trescientos años.”

-¿Y qué se siente, su mirada?

-Es como alejarse del cuerpo lo más posible en el infinito, dar un paso más, y llegar así a uno mismo.