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lunes, 17 de abril de 2017

Microrobots - Artista invitado: Matias Chenzo



Entró al depósito de cabezas y, de golpe, se sintió observado por miles de ojos. Las miradas parecían vivas aunque todos los robots estaban apagados. Todos, menos uno.

lunes, 19 de mayo de 2014

Distintas formas de decir adiós



-Siempre soñé con ser científica, pero en este universo ya se descubrió casi todo lo importante. Los únicos misterios que quedan por investigar son cosas menores. Ya no quedan grandes plagas por sanar, grandes injusticias por balancear, ni grandes problemas por solucionar. No es una muy buena perspectiva la de los científicos hoy por hoy: recapitular obras clásicas, chequear cada tanto que las leyes físicas conocidas se sigan aplicando, y no mucho más. A lo sumo volverse inventor, como tu hermano, y dedicarse a seguir caprichos creativos.-

Su sonrisa era increíble, jamás había visto a nadie así. Ni en la nebulosa de Rigan, ni en las colonias de los cúmulos Lovares. Ninguna mujer del universo sonreía como ella, pero por detrás de esa sonrisa había algo más. Algo que no pude o no quise ver hasta que fue demasiado tarde. Una sombra la perseguía, opacaba el brillo de sus ojos y la agitaba cuando dormía. Era una pena imposible de percibir o de entender, era la nostalgia por saber que su mayor deseo en la vida jamás se cumpliría.

-Creo que el único desafío que le queda a un científico de ley, es descubrir qué hay dentro de un agujero negro. Me sorprende que aún no se sepa. Hay teorías, eso sí: Hotchkings decía que dentro de un agujero negro las leyes conocidas de la fisicoquímica se invierten y el tiempo deja de correr; La Doctora Nabuti afirmó una vez que eran portales a otras dimensiones, tan extrañas y ajenas que serían imposibles siquiera de imaginar; Tartaq coincidía con la Doctora Nabuti en que eran portales, pero no a otra dimensión sino a otro tiempo-.

Las corrientes energéticas surcaban el espacio alrededor de una pequeña nave de exploración. A unos pocos miles de kilómetros un agujero negro absorbía toda la materia que no poseía la fuerza suficiente como para escapar a su oscuro abrazo. Dentro de la nave, un hombre y una mujer se miraban a los ojos con tristeza. Sabían que no volverían a verse y, sin embrago, ninguno de los dos se animaba a decirlo. Ninguno se atrevía a admitir que probablemente esa sería la última vez que se mirarían a los ojos. Rodrigo sabía que jamás volvería a ver su sonrisa, y aún así, no pudo mas que disimular un “hasta luego” mientras Micaela subía al módulo exploratorio y se lanzaba a explorar lo inexplorado, camino a una aventura de la que no sabía cómo terminaría. Mirándola desde la nave, Rodrigo la vio irse para siempre; detrás quedaron sus sueños, esperanzas y la promesa de un futuro juntos.

Rodrigo se despertó sobresaltado, estaba cubierto por sudor frío y jadeaba con la boca abierta. Tenía la garganta seca y en su mente anidaba la idea de haber tenido una pesadilla horrible.
-¿Estás bién, papá?- Preguntó Hernán que lo observaba parado en el umbral de la habitación. Tenía tanto miedo como curiosidad por ver a su padre teniendo un mal sueño tan intenso.
-Sí, hijo, estoy bien. Ya me desperté. ¿Vos estás bien? Es tarde, hay que volver a dormir- dijo Rodrigo mientras se levantaba de la cama dispuesto a acompañar a Hernán de regreso a su habitación. Mientras veía como su padre se le acercaba le preguntó:
-¿Quién es Micaela?
 Al escuchar esas palabras Rodrigo se detuvo de inmediato, un temblor recorrió su cuerpo, había pasado mucho tiempo desde la última vez que había escuchado ese nombre. A duras penas intentó disimular su nerviosismo.
-¿Por qué preguntás eso, hijo? ¿Dónde escuchaste ese nombre?
-Lo decías vos, recién, mientras dormías, papá-.
 Rodrigo estaba sin palabras, no sabía qué responder. Sólo se limitó a tomar del brazo a su hijo gentilmente, y se disponía a acompañarlo hasta su cama cuando este preguntó:
-¿Soñabas con mamá?

lunes, 28 de abril de 2014

La caza del gogogo



“El gogogo salió de su guarida y miró alrededor, esperando a que sus ojos se acostumbraran a la luz. Podía pararse en sus patas traseras, pero prefería el andar de los cuadrúpedos: estaba ahorrando energía para el largo invierno que se aproximaba.
 Los humanos aparecieron de todas partes. Le apuntaban con extrañas armas, diseñadas especialmente para darle caza. El gogogo gruñó, anticipándose al primer disparo.

Ya llevaba tres partidas perdidas. Definitivamente Carlos era el mejor jugador de Cuco en la empresa. Cuando Clarisa pidió un piloto para un viaje corto, aproveché la oportunidad de retirarme antes de perder la cuarta.
 Tenía que llevar a tres adolescentes hasta un punto en el sector norte del planeta Oké-mo. Todos sus papeles estaban en orden, así que salimos de inmediato.

 Ignorando mis muchos intentos por empezar una conversación, los jóvenes cuchichearon entre ellos todo el viaje. Cuando llegamos, bajaron casi al instante y fueron corriendo hacia un montículo que se vislumbraba a lo lejos. Yo debía esperarlos, pero mi curiosidad siempre pudo más…

 Casi grito de sorpresa al ver la escena que se escondía detrás del montículo. Una veintena de personas con vestimentas camufladas y armamentos flotaban en el aire en un círculo perfecto y se contorsionaban con muecas de dolor. Flotaban alrededor de la enorme criatura, el gogogo
, de más de diez metros de altura, que les rugió amenazadoramente. Los adolescentes que yo había llevado entonaban cantos de burla hacia los cazadores, a la vez que desplegaban una bandera en la que se leía “No a la caza del gogogo de Oké-mo”.
 De repente, una fuerza invisible me levantó del piso. El gogogo, parado en sus patas traseras, dirigió su mirada hacia mí. A pesar de estar siendo arrastrado por los poderes mentales de un extraterrestre gigante, no sentí nada de miedo. Creo que él mismo tranquilizaba mi mente, a la vez que la examinaba. Varias imágenes de mi pasado se proyectaban frente a mis ojos, a medida que el gogogo intentaba saber de qué lado estaba.
 Intenté hablarle, pero estaba totalmente inmovilizado. Tampoco sabía si entendería mis palabras. Entonces, hice un gran esfuerzo y me imaginé repetidas veces a mí mismo, yéndome en mi nave con los adolescentes y todas las armas de los cazadores. Después podría soltarlos sin peligro.
 Después de un rato, el gogogo me entendió.”

-¿Y que hiciste con todas las armas?
- Hice que mis pasajeros las destruyeran durante el viaje, a la vez que les decía mi opinión sobre burlarse y festejar mientras hay vidas en peligro, aunque esas vidas hayan cometido un terrible error.

lunes, 21 de abril de 2014

¡Invasión!



Rodrigo estaba furioso, iba de un lado al otro del módulo lunar donde vivía con su hijo, revolviendo el interior de los cajones. Los vaciaba sobre el piso en busca de algo que no aparecía. Hernán, su hijo, lo miraba desde una distancia prudente sin saber muy bien que hacer, ya que nunca antes había visto a su padre tan enojado.
-Ahí estás, hijo. Vení, dame una mano. Necesito que revises la cajonera que está debajo del Holovisor. Estoy buscando un documento muy importante, es un contrato que dice Federación Intergaláctica de Planetas.-
Sin perder ni un segundo Hernán obedeció a su padre y se dispuso a revisar papel por papel donde Rodrigo le había indicado. Mientras tanto, éste seguía buscando frenéticamente por el resto del módulo.
 -¿Por qué hay que encontrar eso papá?- Preguntó Hernán mientras revisaba un pila de hojas.
 –Porque es importante- Respondió su padre sin levantar la cabeza.
 -¿Y por qué es importante? Retrucó Hernán.
 –Bueno, porque... es difícil de explicar, cosas legales… ¿viste?- E intentó cambiar de tema esperando que su hijo se olvide de la pregunta y vuelva a la búsqueda, pero eso no fue suficiente para calmar la curiosidad de Hernán, que veía toda esa situación con extrañeza, como si fuese un juego más.
–Bueno, mirá, el tema es así. Hace un par de semanas hice un trabajo para la Federación. ¿Te acordás que me fui por unos días?
-Si, me acuerdo-
-Bueno, el trabajo, según me habían dicho, era llevar un cargamento al Planeta P, en la otra punta de la galaxia. El dinero era bueno, y las otras veces que había trabajado para ellos había salido todo bien, así que acepté. Yo sabía que la Federación Intergaláctica de Planetas estaba teniendo problemas con algunos planetas deshabitados del extremo galáctico y cuando les pregunté, me dijeron que el cargamento era de provisiones para los operarios. Pero cuando llegué allá descubrí que nada era como me habían dicho. Primero, el Planeta P no estaba deshabitado, sino que moraban ahí unas criaturas monstruosas, especie de insectos gigantes, amarillos con rayas negras, de varios metros de altura, con patas filosas y bocas con tenazas prensiles. Eran millones, se movían en grupos gigantescos. Unos sobre otros, arremolinados siguiendo el rastro de mi nave. Chillando para avisar a los otros insectos hacía donde me dirigía.
Al acercarme al punto de entrega, vi que el lugar era un fuerte militar improvisado, completamente rodeado por esas horrendas criaturas que intentaban una y otra vez, sortear las defensas del lugar y tomarlo por asalto. Finalmente, al descender en el helipuerto, descubrí que no eran operarios los que allí se encontraban sino soldados. Parece que la Federación estaba invadiendo todo ese sector poco explorado de la galaxia y se había encontrado con la fauna local dispuesta a resistir. Para colmo, lo que estaba llevando no eran provisiones, sino armas. Ni bien descendí, en lugar de realizar la descarga, todo el personal de la base se subió a la nave y me pidieron por favor que los sacara de ahí. Mientras nos íbamos pude ver como las defensas de la base fallaban y las hordas de insectos gigantes tomaban el lugar, devastándolo.
Nunca me había sentido peor en mi vida, me habían engañado como nunca antes. De haberlo sabido, nunca hubiese aceptado ese trabajo. Mintieron porque nadie hubiese aceptado ese trabajo sabiendo que ellos eran los invasores. Para colmo, hace un rato me llamaron los abogados de la Federación intimándome a pagarles por haber incumplido el contrato y ayudar a desertar a sus soldados ¡Dicen que soy yo el culpable de que hayan perdido la base! ¡Que ridículos por favor!-.
Mientras Rodrigo terminaba de desahogarse, Hernán miró debajo de un álbum de fotos y encontró el documento que su padre tan desesperadamente buscaba. Lo levantó a la altura de su rostro con expresión ganadora y sin decir palabra se lo dio. Rápidamente Rodrigo buscó entre las hojas.
– ¡Acá está! Artículo 765.324f... “Planeta deshabitado”... “Personal civil” y está firmado por el reclutador en jefe.-
-¿Y eso que quiere decir?- Preguntó Hernán desconcertado.
–Eso quiere decir que a la Federación Intergaláctica de Planetas se le terminaron las mentiras-.

lunes, 24 de marzo de 2014

Juguetes nuevos



 Rodrigo llamó por tercera vez a Hernán, que no se despegaba del holovisor. Un promotor estaba describiendo un juguete nuevo, que a Hernán le parecía la felicidad misma.
- Pa, ¿Cuál fue tu primer trabajo?- Hernán finalmente fue a la cama- ¿y cuantos años tenías?
- ¿Estás pensando en trabajar? Ya te dije que no es  por la plata... que si la semana que viene seguís queriendo el juguete, te lo compro.- Y al tiempo que le hacía cosquillas agregó:- Pero me parece que es un capricho nada más.

 “Vos sabés que siempre fui piloto, hasta durante la guerra. Pero mi primer trabajo en realidad fue antes de manejar una nave. Fue en las vacaciones de… dejame ver… en el 3574. Yo tenía unos quince años, y tus abuelos pensaron que iba ser bueno para mí entender el valor del trabajo. Entonces le pidieron a Corlino, un amigo del abuelo, que me dejara trabajar en su negocio un par de meses.
 Corlino era un hombre serio y callado, con el que no me gustaba estar. Pero él casi siempre estaba muy ocupado, concentrado en ganar más plata. Yo, mientras tanto, estaba maravillado con la “tecnología interplanetaria” que vendíamos. Y como mi tarea principal era hacer una lista de los haberes en depósito,
casi todo el tiempo estaba solo y podía distraerme probando cosas.
 Un día estaba jugando con un micro-ser, una especie de robotito diseñado para crecer y aprender cosas de su dueño, y Corlino entró de golpe. Yo pensé que iba a retarme pero, por el contrario, me dijo que ya que había demostrado ser de confianza iba a llevarme a Ghosinp, a comprar productos exóticos para el local.
 Ghosinp es un planeta dedicado exclusivamente a la venta y compra de todas las cosas imaginables. Aunque se jacta de haber sido neutral en todos los conflictos galácticos, en realidad varios de esos conflictos surgieron allá, y es un lugar en el que la única ley es el valor de la plata; en otras palabras, es un lugar muy peligroso y lleno de mafiosos, disfrazado de parque de diversiones.
 Corlino me ordenó que llevara una caja, sorprendentemente pesada para su tamaño. Me advirtió que no me separase de él, y entramos en un negocio sucio y oscuro. Era una librería, pero los clientes parecían más interesados en hablar entre sí que en los libros.
 Corlino habló con el librero en un idioma extraño,  seguramente Ghosinpeano. Durante la conversación me señaló varias veces. Mi curiosidad iba en ascenso, así que cuando no me prestaban atención, abrí una porción del paquete para ver qué estaba llevando.¡Eran armas! ¡Corlino era un traficante!
 Sin perder ni un minuto, salí corriendo. La multitud y el bullicio me ayudarían a escapar, pensé. No contaba con que Corlino, o su comprador, tuvieran cómplices o guardias. En menos de un segundo, tenía a media docena de hombres persiguiéndome, entre los que estaba el mismo Corlino, demasiado inteligente y soberbio como para tratar de justificarse conmigo.
 Me gritaban “ladrón”, por lo que era cuestión de tiempo para que algún valiente, creyendo hacer el bien, me detuviera. Yo sabía que evitar que esas armas lleguen a destino era salvar vidas arriesgando la mía propia, y también sabía que nadie en todo el planeta iba a ayudarme. Saqué un arma del paquete, un dispersador de moleculas, y dejé de correr.
 Corlino y los otros me rodearon, cerrando el círculo en forma cuidadosa y pausada.
-Pibe, danos la caja y te podés ir tranquilo a donde quieras. Si no, game over.
 Yo no quería morir, pero tampoco quería matar a nadie. Por eso en vez de apuntar hacia ellos apunté hacia la caja, y me hice el que no tenía miedo:
- No entendés como es esto, Corlino. Yo sé como funcionan varios dispersadores potenciados entre sí. O bajan las armas o estamos todos fritos.”

-Como ves, no duré mucho en mi primer trabajo. Ni gané mucha plata. Pero no cualquiera desmantela un grupo de traficantes a los quince años.

lunes, 17 de marzo de 2014

Pesadilla



-¡Ahhgghhhhhh!!!!!!-
Hernán se despertó en el medio de la noche gritando, estaba agitado y bañado en sudor frío. Rodrigo entró a la habitación corriendo, alertado por los gritos de su hijo. Lo abrazó para tranquilizarlo. Había tenido una pesadilla.
 Entre sollozos Hernán dijo que en su sueño se encontraba frente a una figura enorme. Parecía ser una humana, pero muy extraña, con rasgos tan horribles como majestuosos. Estaba atrapada en un símbolo religioso de la antigüedad, de proporciones tan grandes como las de la criatura. A pesar de estar con vida no luchaba por escapar, simplemente esperaba. Esperaba a que apareciese el ángel vengador que cumpliría su destino y la humanidad dejara de existir. Luego, Hernán vio un resplandor y cuando todo a su alrededor comenzó a desaparecer devorado por el fuego sagrado, despertó.
-No te preocupes, hijo. Ya pasó. Fue un mal sueño- dijo Rodrigo en tono calmo. Hernán asentía entre lágrimas aferrándose a su padre como a un bote salvavidas en el medio del océano neptuniano.
 -Tengo miedo- dijo Hernán –de que sea Nyaghhathogga que volvió desde el centro del universo a buscarte por haberte escapado hace años- alcanzó a decir mientras se limpiaba las lágrimas del rostro.
Una leve sonrisa de culpabilidad se asomó al rostro de Rodrigo, que volvió a recordarse a sí mismo no volver a contarle historias de terror a su hijo.
–No tengas miedo, Nyaghhathogga no tiene nada que ver con tu sueño. Ese ser volvió a su lugar de origen hace mucho. Mi expedición no fue más que un suspiro en su larga vida. Lo que tuviste vos fue un sueño muy especial, no tuvo nada que ver con esa otra historia. Fue en realidad una parte del inconciente colectivo, que debe haberse escapado de la bóveda de los recuerdos, cerca de Plutón. Escuché hace un tiempo que le tenían que hacer unos arreglos al mecanismo de refrigeración, y a lo mejor se les escapó un fragmento de recuerdo ajeno. Es más, por lo que decís se parece a una leyenda terrícola que me contaron hace mucho. Transcurre en la tierra, pero hace muchísimo tiempo, antes de que existiesen los viajes interplanetarios incluso.
 Decía la leyenda que si un ángel se juntaba con esa figura que vos viste, tendría lugar el juicio final, el fin del mundo. Por eso un grupo de héroes hacía todo lo posible para evitarlo.
 –A há.- Alcanzó a decir Hernán, ya más tranquilo, mirando a su padre.
 – ¡Mirá como pensaban los terrícolas de la antigüedad! Como no conocían certeramente la vida fuera del planeta tierra, se creían el centro del Universo. ¡El Apocalipsis consistía en destruir solo al planeta tierra! Que gracioso, ¿no? Ahora, si se destruye un planeta, si bien sería algo terrible, hay muchísimos planetas para habitar, y la tecnología para revertir casi cualquier catástrofe. Pero en esa época no, y si Dios destruía el planeta, ya está, se terminó la vida. Había un término para definir esa forma de pensar: egocentrismo. Los humanos se creían los mas importantes, no solo dentro de su planeta con las otras especies que lo habitaban, ¡sino de todo el cosmos!
Si bien seguía agitado por el mal sueño, Hernán rió un poco al escuchar las últimas palabras que había dicho su padre. Costaba creer que los humanos hubiesen recorrido un camino tan extenso.
 -¿Y que sintieron los terrícolas cuando se dieron cuenta de que no eran los mas importantes del Universo?- remató Hernán.
–Uff, esa es otra historia, hijo… una bastante complicada.-

lunes, 3 de marzo de 2014

Sinfonía del Universo



-¿Papá, por que pasan las cosas?

-Es difícil saberlo hijo, no lo sé, hay muchas teorías. Muchas escuelas científicas que se contradicen entre si.

-¿Y vos que crees?

 "La verdad que no se cómo se llama, pero cuando estaba en la escuela, una tarde volviendo de clase vi un edificio muy antiguo al que nunca le había prestado atención. Parecía una antigua biblioteca y estaba clausurado por peligro de derrumbe desde hacía muchísimo tiempo. Era en realidad un edificio histórico de la antigua civilización terrestre, de esos que ya ni a los arqueólogos les interesa y a los que nadie presta atención. A mi tampoco me había llamado la atención, pero esa tarde pude escuchar, proviniendo de su interior, una melodía muy suave y lejana.
Sorteando los escombros de la entrada pude ingresar al edificio y, guiado por la música, fui adentrándome por su laberíntico interior. A medida que avanzaba podía escuchar cómo aumentaba el volumen de la música. Casi completamente a oscuras, llegué hasta lo que parecía una desvencijada puerta de madera, corroída por los años. Por entre las rendijas se filtraba una tenue y sutil luz que parpadeaba cada tanto. Me acerqué a espiar por entre las maderas y apenas pude ver un bulto moviéndose en la lejanía. Parecía atareado y no me notó, o eso creí, así que de a poco abrí la puerta, despacio para no hacer ruido, y me deslicé dentro. Sin embargo, ni bien terminé de entrar en la habitación, la música dejó de sonar y en ese momento preciso el mundo se detuvo.
Estaba de espaldas sentado frente a un piano con una partitura delante suyo. Parecía un robot de algún tipo que no conocía. Era difícil determinar dónde terminaba el autómata y dónde comenzaba el instrumento musical. La figura miró por sobre su hombro y luego volvió la vista al instrumento y la música prosiguió. Era una melodía hipnotizante, que me transportó por los más diversos recuerdos de mi vida. Era fuerte como un tornado jupiteriano, pero al mismo tiempo sutil como los pétalos de una orquídea pleyadiana. La música representaba los amaneceres en Neptuno y los atardeceres en Mercurio, era el motor mismo del Universo lo que podía escuchar saliendo de ese extraño órgano.
Sin siquiera darse vuelta el autómata me habló con una voz oxidada:
 -¿Sería usted tan amable de hacerme un favor, desconocido visitante? Estoy necesitando un poco de lubricante para suavizar el pedal izquierdo, de lo contrario próximamente las lunas de Saturno dejarán de girar y eso sería un problema muy serio para los habitantes de Titán, el mayor de sus satélites. Se encuentra ahí cerca, en la tercera gaveta del mueble al otro extremo del salón.
 Sin comprender demasiado lo que me estaba diciendo encontré un frasco cargado de aceite y un aplicador. Siguiendo sus indicaciones le apliqué el aceite a uno de los engranajes de su robótica pierna, y a partir de ese momento comenzó a moverse un poco más armoniosamente respecto de las otras extremidades.
 –Ah, muchas gracias, joven, mucho mejor. Claro que este favor no pasará desapercibido. No hace falta que me diga su nombre ni a qué escuela asiste, le aseguro que su visita a este lugar no ha sido fortuita ni pasará desapercibida para el gran esquema de las cosas.
No lograba comprender demasiado las cosas que ese autómata estaba diciéndome, así que solamente me limité a asentir cada vez que parecía haber concluido una idea. Francamente, la melodía que tocaba era demasiado maravillosa como para poder prestarle atención a cualquier otra cosa.
Luego de un tiempo, se dio vuelta para hablarme.
 -Hasta aquí llega nuestro encuentro joven, mis engranajes están muy fatigados ya como para seguir tocando esta música, va llegándome la hora de crear un reemplazo en algún otro lugar del cosmos. Espero que le vaya bien en su vida, que sea feliz y que tome las decisiones que considere siempre acertada
s, ya que uno toca la sinfonía del Universo, pero el libre albedrío es algo intocable. Debo regresar pronto a mis obligaciones, las melodías repetidas funcionan solo durante poco tiempo. Hasta luego, ha sido un gusto verle jovencito, ha llegado la hora de irse.-
 Y en el momento en que volvió a conectarse al instrumento musical, el edificio comenzó a estremecerse desde sus cimientos. Tuve que correr escapando para no quedar atrapado entre los escombros y salí en el momento exacto en que el edifico colapsó, destruyendo todo lo que había dentro.
Cosas muy extrañas ocurrieron en los días siguientes: el Sol se apagó por cuarta vez en la historia moderna, hubieron perturbaciones en las órbitas de los cuerpos celestes y en los ritmos circadianos de la biología. Pero poco después todo volvió a la normalidad como si nada hubiese pasado. Incluso la mayoría de la gente parece haberse olvidado de esos días de reajuste en las reglas de la naturaleza. La canción parecía ser la misma, pero el intérprete era otro.
Como el robot había dicho: “el libre albedrío es intocable”. En eso creo."

lunes, 10 de febrero de 2014

Los árboles de la luna



Pedí una hamburguesa con papas fritas, pero no tenía hambre. Me entretuve mirando la gente a mi alrededor y esperando. Hasta que llegara la comida, por lo menos, tenía algo que hacer. Es que la tristeza a veces es eso, pasar de pequeñez en pequeñez. Pasar de una cosa a la otra sin disfrutar nunca ninguna.
- ¿Sos terrícola?- me preguntó la mesera.
Asentí con la cabeza. Acababa de llegar a la luna, y ya estaba cansado de explicar las razones de mi mudanza, que tampoco eran tantas ni tan graves. Me escapaba de un amor, me escapaba de una historia y de un dolor que sin que me diera cuenta se había subido conmigo a aquella nave.
 Hice un esfuerzo para comer parte de la hamburguesa. No había caso, no tenían el mismo gusto que las de la Tierra. Me recordé que yo mismo había buscado ese cambio, pero no me obligué a seguir comiendo. Pagué la cuenta y salí a caminar.
 No estaba acostumbrado a andar con traje todo el día. No estaba acostumbrado a la falta de gravedad. No estaba acostumbrado ni al suelo ni al cielo de la luna.
 Llegué a la zona de los Lagos Menwail. Los lagos fueron el primer intento del hombre por colonizar la luna. Por ese entonces tenían planificados grandes bosques y zonas habitables, donde la naturaleza y el hombre vivirían en armonía. Una gran cápsula separaba esa zona de oxígeno del resto del universo.
 Una vez adentro, me quité el casco y disfruté del aire más natural que podía conseguirse en el satélite. Recorrí el lugar maravillado. Los árboles se parecían vagamente a los que había en la tierra, pero sus hojas eran de tonos de verde que no creía posibles. Parecían de verdes oscuros y opacos cuando no les daba la luz, pero las que estaban expuestas al fuerte sol de la luna eran transparentes y brillantes.
 ¿Cómo podía haber estado triste? Había tanto por conocer, en la luna primero, y en el resto del universo después. Caminé entre ese paisaje fantástico, oyendo el cantar de aves y los pasos de pequeños roedores que no habían conocido otra cosa que este micromundo donde el sol duraba trece días y la noche otros trece.
 De repente, oí algo distinto. Un chapoteo, una voz. A través de las ramas bajas de los árboles, pude verla bañándose en el lago. Jugando con el agua. El mismo día que me prometí a mi mismo recorrer el universo, conocí la razón para volver a lo que sería mi hogar.
 Me le acerqué y sonreí. Ella también. 

lunes, 27 de enero de 2014

Regreso a la casa del desierto



- El otro día te hablé sobre cómo escapé de la casa del desierto. Hoy te voy a contar como volví a entrar.

 “Llegué a la nave y llamé para pedir ayuda. Claro que las autoridades me exigían que vaya al planeta habitado más cercano y explicara ahí lo sucedido.
- Usted se encuentra en un planeta desierto con una atmósfera altamente tóxica- me decía la joven en la holollamada-. Es muy probable que estos fenómenos sobrenaturales sean simplemente una alucina…
 Corté indignado. Después llamé al tío Norberto y le expliqué lo que estaba a punto de hacer. Me dijo que iría para allá de inmediato, que lo esperara. Pero yo lo había llamado solo para informarlo en caso de que no volviera a salir… no podía esperar todo el tiempo del viaje de tu tío.
 Volví a la casa. No contaba más que con mi propia suerte. Para colmo, la única forma de entrar en la casa era por la puerta principal, lo que eliminaba el elemento sorpresa. Por esa razón, para desorientar al secuestrador, decidí aparentar confianza. Quizá él creyera que tenía algún arma o protección contra su poder.
-¡Te exijo que liberes a todos los prisioneros inmediatamente!- grité. Mi única respuesta fueron el silencio y la oscuridad.
 De repente, mil agujas se clavaron en mi cabeza. El dolor invadió todo mi ser. Mientras me revolvía en el suelo, pude ver al secuestrador saliendo de las sombras. Su ojo, mirándome fijo a través de un monóculo, perforaba los míos. El cuarto, ahora gigante a mi alrededor, se oscureció cuando el secuestrador me tomó entre sus manos.
 Me dejó suavemente dentro de una especie de caja. Podía sentir gente a mi alrededor, y supuse que estaba junto a los otros prisioneros. Mientras mis ojos se adaptaban a la oscuridad, pude hablar con uno de ellos que se presentó como su líder.
- Todos los días nos disfrazamos y luchamos para entretenerlo. El resto del tiempo, somos libres de hacer lo que queramos dentro de la caja. Vas a ver que no es tan malo, mientras no hagas enojar al Amo.
- ¡Tenemos que escapar!- respondí casi en un grito.- Seguramente alguien afuera nos puede volver a la normalidad. Pero hay que salir de acá.
 Los prisioneros parecieron inquietarse ante mis palabras. Algunos directamente gritaban cosas en mi contra. El líder volvió a hablarme.
- Tranquilizate, con esa actitud no vas a llegar a nada. Todos nos sentimos así al principio. El Amo es demasiado grande y fuerte para ser derrotado. Las únicas armas que tenemos son las que él mismo nos da para luchar entre nosotros. Y nos vigila constantemente. Vive para nosotros. Y cuando quiere, es generoso con los que juegan para él.
 No podía ser cierto. Los prisioneros defendían a su secuestrador. Aunque yo sabía que ellos no estaban del todo derrotados: unas horas atrás habían intervenido a mi favor.
 Esperé a que todos se durmieran. No sé cuantas horas pasaron, pero fueron muchas. Recorrí el lugar buscando una abertura. Si no recordaba mal, la caja era una especie de teatro en miniatura.
- Así que querés salir- la enorme voz del secuestrador hizo vibrar todo a mi alrededor. Yo no había notado que la caja no tenía techo, que estaba siendo observado. Me levantó por los aires y me dejó sobre una mesa. A mi alrededor, pude ver cientos de cajas como la que me había contenido, apiladas por doquier. ¿Cuántos prisioneros tendría?
 Una campanada sonó a lo lejos. El secuestrador se fue a recibir al nuevo visitante. Grité con todas mis fuerzas, deseando que mi voz llegue a todas las cajas.
- ¡El Amo está distraído! ¡Es nuestra oportunidad! ¡Hay una nave esperándonos!       
 Nada sucedió. No tenía manera de saber, tampoco, qué sucedía en el otro cuarto. Momentos después una caja, una sola entre todas las que había, comenzó a agitarse. Se abrió, y cientos de personitas salieron corriendo.
 Después otra, y otra, hasta que una a una todas las cajas se agitaron para luego ser rotas desde adentro.
 Corrimos muchísimo, más de lo que pensé que iba a correr jamás. Cada pequeño escalón o imperfección en el suelo, era para nosotros un enorme obstáculo. Pero llegamos a donde estaba el tío Norberto. Y llegamos en el momento justo: él y dos amigos nuestros de la luna se debatían en el suelo mientras sus cuerpos se encogían. Pero la ola de prisioneros fue demasiado para el secuestrador. Algunos pocos lo atacaban, aunque era imposible que le hicieran daño. Lo que lo desesperaba realmente era ver derrumbado el mundo que había creado para su diversión.  
 El secuestrador se tiró al suelo, intentando levantarnos a todos. Fue su perdición. Las personitas se lanzaron en su contra y atacaron sus ojos, sin los cuales no podía hacer más daño.
Ciego y derrotado, no nos distrajimos más tiempo con él. Norberto y los otros nos ayudaron a llegar a la nave llevándonos a todos en una camilla. Y así derrotamos al Amo, dejándolo solo y sin poder.”

-Te falta contar algo… ¿no?- dijo Hernán con una sonrisa.
- Sí, claro. Pero es menos impresionante. A medida que pasaron los minutos y nos alejamos en la nave, fuimos volviendo a nuestro tamaño natural. Fue un proceso lento, que en mi caso duró más de un año. Es más, ¿no me notás un milímetro más alto que ayer?

lunes, 20 de enero de 2014

Las cuevas de Calcidea



-¿Alguna vez dudaste de tu propio trabajo?- Preguntó Hernán a Rodrigo mientras se preparaba para dormir.
-Mmm... Sí, puede ser.

“Recuerdo que esto ocurrió hace bastante tiempo. Con tu tío Norberto, el inventor, habíamos aceptado ir a buscar un cristal que solo se encontraba en las cuevas de un planetoide llamado Calcidea.
 Desde un principio sospeché que no debía haber aceptado ese en
cargo. Resulta que el cristal de calcideana era un material muy raro y difícil de conseguir, y por el solo hecho de asegurarse de que no lo vendamos a un mejor postor, Marcos, nuestro empleador, demandó acompañarnos en el viaje. También nos acompañaba su asistente personal: Leandro. Tenía una novia del planeta Mejio esperándolo a su regreso y deseaba ahorrar suficiente dinero para poder abrir su propio bar algún día.
 El viaje de ida no fue la gran cosa, Marcos se había encerrado en su camarote y solo salía de vez en cuando para vociferar alguna orden o para quejarse. Mientras tanto, el tío Norberto y yo nos ocupábamos del funcionamiento de la nave y cada tanto, cuando se liberaba, Leandro se nos unía a conversar. Resultó se bastante buena persona.
 La llegada fue fácil. Aterrizamos cerca de la entrada de una cueva, nos pusimos los trajes protectores y entramos. No encontramos ningún inconveniente dentro. Los caminos eran fáciles de recorrer y sin demasiado problema llegamos a una gran veta de calcideana. Sin perder el tiempo Marcos extrajo un fragmento tan grande como pudo hacer entrar en el estuche contenedor, y nos dispusimos a salir.
 Teníamos lo que habíamos ido a buscar y la salida estaba al final del último corredor, pero nos encontramos con algo que no estaba antes. Parecía un espejo, pero no era estático: estaba vivo, se movía, latía. Era la propia calcideana que no permitiría que nos llevásemos aquel fragmento de mineral. Emergió desde su interior, como saliendo a la superficie, una figura humanoide cuya forma cambiaba a cada segundo. Nos miramos con tu tío y los demás socarronamente, confiados en que no presentaría ningún problema para nosotros. Pero de a poco, fuimos olvidándonos los unos de los otros, absorbidos por lo que cada uno veía reflejado delante de sí.
 Vi como la nave que tenía en aquel momento, la que utilizaba para trabajar, cambiaba hasta convertirse en una último modelo primero, y en una nave que aún no existía, infinitamente más rápida y con mayor capacidad de carga después. Pude verme también a mí mismo inaugurando mi propia empresa, siendo exitoso y derrotando a toda la competencia. Luego pude ver como me volvía el nuevo emperador del universo. Pero eso no era lo que yo quería, para mí aquello era un trabajo solamente, nunca me había interesado conquistar la galaxia ni mucho menos.
 Entonces, turbado, aparté la vista del espejo y vi como los demás estaban igual de absorbidos por lo que veían. Las imágenes del espejo los maravillaban, Leandro comenzó a pestañar y a desconcentrarse de la misma manera que yo lo había hecho poco tiempo atrás y alejó la vista del espejo. En ese momento vi también que del espejo surgían unos tentáculos vidriosos que se acercaban a tu tío y a Marcos. Por eso me apresuré y sacudí a Norberto del brazo para sacarlo del trance en el que estaba. Leandro intentó hacer lo mismo con su jefe, pero no tuvo la misma suerte: al descubrir que lo intentaban separar de la imagen del espejo, Marcos golpeó a Leandro, alejándolo de si y se entregó de lleno a sus visiones. Mientras nos alejábamos vimos como aquellos extraños tentáculos cubrían completamente a Marcos que, simplemente, reía a carcajadas. Él había elegido quedarse, su deseo de poder y riquezas fue demasiado y no pudo escapar.
 Finalmente llegamos a la nave y escapamos de aquel mundo. Leandro me dijo después que el había visto como abandonaba el trabajo de asistente de Marcos y ponía con sus ahorros un bar en un asteroide en los anillos de Júpiter y como poco a poco su negocio crecía hasta volverse un zar de la noche espacial.
-Eso fue lo que me hizo desconfiar de lo que estaba viendo: no me gusta la noche espacial, es muy oscura como para gobernarla-. Nunca supe que era lo que había visto tu tío.
Lamentablemente tanto la piedra calcideana que habíamos ido a buscar como nuestro empleador habían quedado dentro de aquella caverna, y nos quedamos sin pago.”

-Bueno, esa fue la primera vez que dudé verdaderamente de mi trabajo, claro que siempre me gustó progresar, mejorar mi herramienta de trabajo y esas cosas, pero jamás pensé en tener tanto poder.
-En la holoescuela aprendimos que el poder total es aburridísimo.- reflexionó Hernán.
-Buenas noches, hijo.
-Buenas noches, papá.

lunes, 30 de diciembre de 2013

La máquina de inventar historias



- Bueno hijo, a dormir.
- Dale, pa… uno más. ¡No tengo sueño todavía!
- ¿Sabés a que me hacés acordar? A la máquina de inventar historias.

“Tu tío y yo, de chicos, éramos amantes de los cuentos, igual que vos. Y ya estábamos cansados de escuchar siempre las mismas historias de los hololibros, tanto que una vez lle
gamos hasta a dejar de comer golosinas por un mes para comprar uno nuevo.
- Que bueno que estaría tener una máquina de hacer historias- le dije a mi hermano. Y como sabrás, él solía hacer realidad las cosas que yo tan fácilmente imaginaba.
 En secreto, trabajó durante días hasta que la máquina estuvo lista para ser probada:
- ¡Wow! ¡Está buenísima! ¿Cómo funciona?
- Bueno, estas mangueras de acá son micrófonos, y se conectan con los grabadores que están ahí y allá… usé el chip de los dados digitales de papá para que mezcle las palabras al azar, y esa caja que ves ahí es el significador. A ese lo inventé yo y es lo más importante… es lo que le va a dar sentido a la mezcla de lo que capten los grabadores.
 Estábamos ansiosos por probar el aparato, pero para funcionar tenía que grabar durante todo un día. Lo dejamos encendido y pusimos unas manguera en el marco de la ventana, para que grabe a la gente que pasaba por la calle, otra apuntando a la sala, para que grabe a nuestra familia, y otra la dejamos en el cuarto, grabándonos a nosotros mismos.
 Al día siguiente, tu tío le dio play, ansioso por escuchar el resultado. La máquina habló usando por cada palabra una voz diferente.
<< En la casa hay un árbol muriendo…>>
Nosotros, maravillados, escuchábamos sin notar que, a medida que armaba las oraciones, el significador se sacudía con violencia a la vez que aumentaba su temperatura.
<<…dejando a los nenes solos con sus sombras…>>
 Mi hermano vio lo que pasaba. Luchando por rescatar su invento, no prestó mucha atención a lo que la máquina trataba de decirnos. Yo, aún hoy, recuerdo las palabras del significador, que fueron cambiando de sentido a lo largo de mi vida.
<<…hasta que lo descubran en su interior.>>”

-¿Pudo salvar la máquina?
- No, y tampoco quisimos reconstruirla... nos pareció mejor inventar nuevas historias nosotros mismos.

lunes, 9 de diciembre de 2013

Final del juego



-...Y entonces llegué a la puerta de entrada al módulo interespacial. Lamentablemente estaba defendido por dos guardias armados y tuve que utilizar las últimas municiones de mi rifle de protones para derrotarlos. Después entré al módulo, donde estaba la máquina que destruiría toda la galaxia. Solo debía apagarla para garantizar la subsistencia de la vida tal cual la conocíamos, pero, bloqueando el camino para impedirlo, se encontraba Wong, el malvado monje oscuro. Nunca había habido un vencedor definido las veces que nos habíamos enfrentado antes. La primera vez él escapó aprovechando un derrumbe en el monte Never-rest y la avalancha de technonieve que sobrevino. La segunda vez fui yo el que tuvo suerte, ya que logré aferrarme a un peñasco que evitó mi caída hacia las fauces del abismo interminable en cuyo fondo aguardaba un pequeño agujero negro artificial. Pero esta vez todo sería diferente. No había lugar para escapes ni para postergaciones de último minuto. Nos batiríamos a duelo y del vencedor dependería el destino del universo.
Sin municiones dejé a un lado mi rifle de protones y tomé la única arma que me quedaba, el sable de energía. Iba a ser un enfrentamiento muy complicado ya que Wong era uno de los mas grandes maestros de sable del cosmos, invicto en todos sus duelos conocidos.
De mas está decir que fue un duelo terriblemente complicado. En un primer momento logré tomar la iniciativa asestándole varios golpes de sable que redujeron su campo de fuerza personal al mínimo. Llegado ese punto, Wong cambió de estrategia y comenzó a atacarme desde las alturas lanzándome tubos necrógenos explosivos. Esos ataques me obligaron a retroceder, ya que a causa de mis combates anteriores no tenía mis defensas en un nivel de potencia adecuado para resistir ese tipo de ataques. Al alejarme de las explosiones, pude ver que la plataforma donde él se encontraba estaba sostenida por un campo magnético hiperbólico y, como todos saben, esos campos magnéticos son muy susceptibles a los ataques de energía. Antes de que pudiera darse cuenta de lo que estaba ocurriendo, la plataforma donde estaba se desmoronó. Al verse en el suelo frente a mi nuevamente, Wong quiso activar su esfera de invulnerabilidad. Yo, sabiendo que de conseguirlo me sería imposible derrotarlo, no tuve mas opción que utilizar la técnica secreta que había aprendido de Sir Malcom Gutiérrez Polijronókulos: La Caravana Espiralada Entrópica...-
-¿Y cómo se hace?-
-No es muy difícil, pero lleva tiempo agarrarle la mano. Primero hay que poner el neurodetector sofístico en modo automático, Después hay que activar el Fitoparalizador histriónico y finalmente apretar Y, U, T, I, U, B. en ese orden en el comando central. Si hiciste la secuencia correcta, sale el ataque y le ganas a Wong antes de que active la invulnerabilidad-.

Hernán estaba atónito, con la boca abierta, mirando a su padre maravillado sin decir palabra alguna.
Aprovechando la oportunidad, Rodrigo tapó a su hijo con la manta y le dijo después de besarlo en la frente:
-Bueno, ahora a dormir. Si mañana te portás bien bajó la PlayBox 720 del altillo y jugamos Colapso del Universo juntos.-

lunes, 18 de noviembre de 2013

Hacia el mar



 Hernán estaba inquieto. Rodrigo tomó una hoja de papel y empezó a doblarla en varias partes. Mientras lo hacía, comenzó la historia de esa noche.

 “Decían que los habitantes de Bosquedal vivían en perfecta armonía con la naturaleza. Esa conexión profunda hacia su propio mundo les estaba facilitando grandes descubrimientos científicos… pero se negaban a compartirlos con el resto del universo.
 Yo formé parte del Comité Diplomático Lunar, es decir del grupo encargado de convencerlos de que lo mejor era que hicieran público su conocimiento. Formábamos el comité grandes científicos y pensadores de la Luna y la Tierra y yo, que era el chofer.
 Minutos después de un aterrizaje perfecto en Bosquedal fui olvidado por mis compañeros que fueron a discutir con las brillantes mentes del planeta, dejándome a cargo del cuidado de la nave. O sea que, apenas se alejaron, me escapé para conocer los alrededores.
 Yo sabía que el mar estaba cerca. El mar de Bosquedal es parecido a los mares de la Tierra, con la diferencia de que no tiene olas ni marea. Cuando no sopla viento, el Gran Mar es una enorme masa de agua inmóvil. Tenía aún algo de tiempo, así que me dirigí hacia la costa.
 No sé por cuánto tiempo observé la quietud de las aguas hasta que empecé a notar que algo las perturbaba. Un nene bosqueano, a uno cuantos metros de distancia, creaba grullas de papel para luego hacerlas volar. Algunas llegaban más lejos, otras más cerca, pero inevitablemente todas caían y se deshacían en el agua. Me le acerqué.
- ¿Por qué las tirás hacia allá? Así te caen al mar.
 El nene me miró, y después de un momento respondió con una sonrisa:
- Las grullas siguen volando hacia el horizonte. Lo que cae solo es el papel.”

 Rodrigo le dio la grulla de papel que estaba armando a su hijo. Sabía lo que le iba a preguntar, así que agregó:
- Los científicos volvieron horas más tarde, frustrados por no haber conseguido nada. Los Bosqueanos aseguraban no haber hecho ningún descubrimiento. Es más, decían no tener científicos entre ellos. 

lunes, 11 de noviembre de 2013

Nyaghhathogga



-¿Existe dios papá?- Preguntó Hernán a su padre, que automáticamente supo que esa noche no le resultaría fácil hacer dormir a su hijo.
-¿Dios?, depende. Para algunas culturas existe uno, para otras existen varios, hay quienes dicen que sus dioses ya no existen mas...-
-¿Pero para vos existe?- retrucó Hernán.
–Puede ser- Respondió Rodrigo intentando prepararse para cambiar de tema, pero su hijo, hábil, se le anticipó:
 -¿Lo viste alguna vez?...- 
-Sí, eso creo al menos.

"Fue hace unos años, vos todavía eras un bebé y yo estaba trabajando para Focus, una empresa que realizaba mapeos intergalácticos. Me habían contratado para que llegue hasta el lugar desde donde se suponía había surgido el universo: el punto exacto donde había ocurrido el Big Bang. Como era un trabajo importante, me mandaron con un grupo de veinte personas, topógrafos, cartógrafos, astro-físicos, neurópatas y otros tantos expertos de diversas áreas. La idea era que yo, como piloto, los llevase para que realicen sus investigaciones y los traiga de regreso sanos y salvos. Nadie sabía con que podíamos encontrarnos, ya que el punto exacto de nuestro destino era un secreto guardado por algunas tribus antiguas del planeta tierra y de pura casualidad uno de los directivos de Focus había encontrado unos escritos muy antiguos con referencias mas o menos contundentes.
A medida que nos acercábamos a nuestro destino, el pulso gravitacional nos indicó que el lugar no estaba vacío, sino que en él se hallaba algo que podría describirse como un planetoide muy extraño. Era una superposición de estructuras incongruentes que desafiaban toda lógica y conocida. Parecía una especie de ciudad donde las fuerzas desatadas en el Big Bang habían causado que las leyes de la geometría no se aplicasen ahí, dando como resultado un enorme laberinto sin sentido ni explicación. Como en mi contrato nunca se había hablado de tareas de exploración, me quedé en la nave mientras el resto del grupo se aventuraba al planetoide a investigar. Dentro, en la comodidad de la cabina, mientras se suponía que debía monitorear los movimientos del equipo de exploración, me quedé dormido. No fue un sueño normal, casi que había sido obligado a quedarme dormido por una fuerza desconocida. Entonces, en mi sueño, apareció: era una criatura gigantesca, parecida a un árbol, con raíces, tronco y ramas, pero que, claramente, no pertenecía al reino vegetal. Ni siquiera estoy seguro de que perteneciese a ningún reino conocido. Dijo llamarse Nyaghhathogga y era el guardián de la entrada a esta dimensión. El planetoide ciudad-laberinto era en realidad un portal cerrado, un intento de invasión fallido de seres de mundos lejanos e inconmensurables. Mientras decía esto último me vi atraído hacia esa figura que extendía sus ramas-tentáculos hacia mí para aferrarme. Segundos antes de ser devorado por aquella criatura fui despertado por los golpes desesperados que los expedicionarios daban a la puerta de entrada de la nave para que los deje entrar. Nunca supe por cuanto tiempo había estado durmiendo. De todo el grupo de expedicionarios solo quedaban dos y los monitores de los demás no mostraban signos vitales. Una vez dentro los supervivientes estaban pálidos y callados, con la expresión vacía, dando muestras de haberse topado con esas cosas con las cuales es mejor no imaginar.
Volvimos a la tierra, la expedición se consideró una pérdida aceptable para la empresa y nunca mas se habló del tema.-"
Hernán, lejos de dormirse, estaba aterrado,aferrado al termocovertor de la cama. Pero Rodrigo sabía de antemano que eso ocurriría así que se preparó para una noche larga y se prometió que jamás volvería a contarle historias de terror para hacerlo dormir.

lunes, 21 de octubre de 2013

Los Gornai



Rodrigo dio el beso de las buenas noches a Hernán y cuidó de que quedara bien tapado para otra  fría noche en la base lunar. Confiaba en que Hernán no se conformaría solo con eso. Y así fue, pues el niño le pidió que le contara, como todas las noches, una de sus aventuras.

“Hoy voy a contarte sobre cuando llegué a Gorn. Me habían contratado para transportar un cargamento desde Frutón hasta la Tierra, por lo que me esperaba un viaje largo. No había recorrido ni medio camino cuando uno de mis propulsores falló. Seguir con un solo propulsor hubiera sido algo peligroso, por lo que busqué el planeta más cercano donde poder aterrizar y reparar la astronave. Resultó ser Gorn, un gran planeta de categoría A, lo que significa que los seres humanos podemos respirar y caminar por él sin necesidad de equipamiento.
 Aterricé unas horas después en un desierto verde y gris. Programé unos cuantos cientos de nanobots para que revisaran todos los mecanismos de la astronave, pero el proceso llevaría por lo menos una semana. Mientras tanto, busqué en mi computadora información sobre el planeta en el que me encontraba. En esa época cuando todavía era posible encontrar planetas y culturas desconocidos para el hombre, había que prepararse de la mejor manera posible, y hacía falta tener toda la información disponible sobre cada lugar. Resultó que Gorn estaba habitado por una especie primitiva, los Gornai.  Como todavía desconocían la existencia de vida más allá de su planeta no consistían ningún problema mientras no me advirtieran. Pero no se sabía como reaccionarían ante una potencial amenaza desconocida, o sea yo.
 Siempre estuve dispuesto a sumar información en la base de datos de la humanidad, por lo que decidí salir a investigar. Llegar hasta lugar habitado me llevó más tiempo del planeado, porque la gravedad de ese planeta es ligeramente superior a la de la tierra.
 Usando mi perceptor audiocular, pude observar una pequeña tribu Gornai a una distancia segura. Era un espectáculo maravilloso. Los Gornai, seres similares a los humanos aunque de menor estatura y mayor musculatura, no vestían ropa alguna. Sin embargo, tenía frente a mí todo el espectro de los colores en movimiento. Pasé unos cuantos días espiándolos antes de entender que está en la naturaleza de los Gornai que sus acciones se dibujen en sus cuerpos. Para cualquiera que sepa leer los signos, no hay secretos entre los Gornai: alcanza con mirarlos atentamente para saber su historia, sus pensamientos, su yo.
 Años más tarde leí algunas disertaciones sobre los Gornai. Parece ser que hubo épocas en las que usaban su conocimiento para dañarse. Y aunque el uso de la ropa es totalmente innecesario para su cultura y para el templado clima de su planeta, algunos Gornai cuidadosos o arrepentidos la usaban, generando desconfianza entre ellos.
 Otros recurrían a medidas más drásticas. Para ocultar, y hasta para intentar olvidar, amputaban parte de su cuerpo, y así también de su historia.
 Pero cuando yo llegué a Gorn esas épocas oscuras ya habían terminado. Lo que yo pude ver fue a un pueblo viviendo en armonía, un pueblo en el que sus miembros se comprenden unos a otros, y se ayudan para que sus dibujos sean cada día más hermosos, y para que el dibujo que empieza en uno continúe en otros.”

- ¿Y qué le había pasado a la astronave? ¿Por qué falló?
- Nunca lo supe. Creo que el destino quería que yo forme parte de un dibujo más grande.