Entró al depósito de cabezas y, de golpe, se sintió observado por miles de ojos. Las miradas parecían vivas aunque todos los robots estaban apagados. Todos, menos uno.
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lunes, 17 de abril de 2017
lunes, 19 de mayo de 2014
Distintas formas de decir adiós
-Siempre
soñé con ser científica, pero en este universo ya se descubrió casi todo lo
importante. Los únicos misterios que quedan por investigar son cosas menores.
Ya no quedan grandes plagas por sanar, grandes injusticias por balancear, ni
grandes problemas por solucionar. No es una muy buena perspectiva la de los
científicos hoy por hoy: recapitular obras clásicas, chequear cada tanto que
las leyes físicas conocidas se sigan aplicando, y no mucho más. A lo sumo
volverse inventor, como tu hermano, y dedicarse a seguir caprichos creativos.-
Su
sonrisa era increíble, jamás había visto a nadie así. Ni en la nebulosa de
Rigan, ni en las colonias de los cúmulos Lovares. Ninguna mujer del universo
sonreía como ella, pero por detrás de esa sonrisa había algo más. Algo que no
pude o no quise ver hasta que fue demasiado tarde. Una sombra la perseguía,
opacaba el brillo de sus ojos y la agitaba cuando dormía. Era una pena
imposible de percibir o de entender, era la nostalgia por saber que su mayor
deseo en la vida jamás se cumpliría.
-Creo
que el único desafío que le queda a un científico de ley, es descubrir qué hay
dentro de un agujero negro. Me sorprende que aún no se sepa. Hay teorías, eso sí:
Hotchkings decía que dentro de un agujero negro las leyes conocidas de la
fisicoquímica se invierten y el tiempo deja de correr; La Doctora Nabuti
afirmó una vez que eran portales a otras dimensiones, tan extrañas y ajenas que
serían imposibles siquiera de imaginar; Tartaq coincidía con la Doctora Nabuti en que eran
portales, pero no a otra dimensión sino a otro tiempo-.
Las
corrientes energéticas surcaban el espacio alrededor de una pequeña nave de
exploración. A unos pocos miles de kilómetros un agujero negro absorbía toda la
materia que no poseía la fuerza suficiente como para escapar a su oscuro
abrazo. Dentro de la nave, un hombre y una mujer se miraban a los ojos con
tristeza. Sabían que no volverían a verse y, sin embrago, ninguno de los dos se
animaba a decirlo. Ninguno se atrevía a admitir que probablemente esa sería la
última vez que se mirarían a los ojos. Rodrigo sabía que jamás volvería a ver
su sonrisa, y aún así, no pudo mas que disimular un “hasta luego” mientras
Micaela subía al módulo exploratorio y se lanzaba a explorar lo inexplorado,
camino a una aventura de la que no sabía cómo terminaría. Mirándola desde la
nave, Rodrigo la vio irse para siempre; detrás quedaron sus sueños, esperanzas
y la promesa de un futuro juntos.
Rodrigo
se despertó sobresaltado, estaba cubierto por sudor frío y jadeaba con la boca
abierta. Tenía la garganta seca y en su mente anidaba la idea de haber tenido
una pesadilla horrible.
-¿Estás
bién, papá?- Preguntó Hernán que lo observaba parado en el umbral de la
habitación. Tenía tanto miedo como curiosidad por ver a su padre teniendo un
mal sueño tan intenso.
-Sí,
hijo, estoy bien. Ya me desperté. ¿Vos estás bien? Es tarde, hay que volver a
dormir- dijo Rodrigo mientras se levantaba de la cama dispuesto a acompañar a
Hernán de regreso a su habitación. Mientras veía como su padre se le acercaba le
preguntó:
-¿Quién
es Micaela?
Al escuchar esas palabras Rodrigo se detuvo de
inmediato, un temblor recorrió su cuerpo, había pasado mucho tiempo desde la
última vez que había escuchado ese nombre. A duras penas intentó disimular su
nerviosismo.
-¿Por
qué preguntás eso, hijo? ¿Dónde escuchaste ese nombre?
-Lo
decías vos, recién, mientras dormías, papá-.
Rodrigo estaba sin palabras, no sabía qué
responder. Sólo se limitó a tomar del brazo a su hijo gentilmente, y se
disponía a acompañarlo hasta su cama cuando este preguntó:
-¿Soñabas
con mamá?
lunes, 28 de abril de 2014
La caza del gogogo
“El gogogo salió de su guarida y miró alrededor, esperando a
que sus ojos se acostumbraran a la luz. Podía pararse en sus patas traseras,
pero prefería el andar de los cuadrúpedos: estaba ahorrando energía para el
largo invierno que se aproximaba.
Los humanos
aparecieron de todas partes. Le apuntaban con extrañas armas, diseñadas
especialmente para darle caza. El gogogo gruñó, anticipándose al primer
disparo.
Ya llevaba tres partidas perdidas. Definitivamente Carlos
era el mejor jugador de Cuco en la empresa. Cuando Clarisa pidió un piloto para
un viaje corto, aproveché la oportunidad de retirarme antes de perder la
cuarta.
Tenía que llevar a
tres adolescentes hasta un punto en el sector norte del planeta Oké-mo. Todos
sus papeles estaban en orden, así que salimos de inmediato.
Ignorando mis muchos
intentos por empezar una conversación, los jóvenes cuchichearon entre ellos
todo el viaje. Cuando llegamos, bajaron casi al instante y fueron corriendo
hacia un montículo que se vislumbraba a lo lejos. Yo debía esperarlos, pero mi
curiosidad siempre pudo más…
Casi grito de
sorpresa al ver la escena que se escondía detrás del montículo. Una veintena de
personas con vestimentas camufladas y armamentos flotaban en el aire en un
círculo perfecto y se contorsionaban con muecas de dolor. Flotaban alrededor de
la enorme criatura, el gogogo
, de más de diez metros de altura, que les rugió
amenazadoramente. Los adolescentes que yo había llevado entonaban cantos de
burla hacia los cazadores, a la vez que desplegaban una bandera en la que se
leía “No a la caza del gogogo de Oké-mo”.
De repente, una
fuerza invisible me levantó del piso. El gogogo, parado en sus patas traseras,
dirigió su mirada hacia mí. A pesar de estar siendo arrastrado por los poderes
mentales de un extraterrestre gigante, no sentí nada de miedo. Creo que él
mismo tranquilizaba mi mente, a la vez que la examinaba. Varias imágenes de mi
pasado se proyectaban frente a mis ojos, a medida que el gogogo intentaba saber
de qué lado estaba.
Intenté hablarle,
pero estaba totalmente inmovilizado. Tampoco sabía si entendería mis palabras.
Entonces, hice un gran esfuerzo y me imaginé repetidas veces a mí mismo,
yéndome en mi nave con los adolescentes y todas las armas de los cazadores. Después
podría soltarlos sin peligro.
Después de un rato,
el gogogo me entendió.”
-¿Y que hiciste con todas las armas?
- Hice que mis pasajeros las destruyeran durante el viaje, a la vez que
les decía mi opinión sobre burlarse y festejar mientras hay vidas en peligro, aunque esas
vidas hayan cometido un terrible error.
lunes, 21 de abril de 2014
¡Invasión!
Rodrigo
estaba furioso, iba de un lado al otro del módulo lunar donde vivía con su hijo,
revolviendo el interior de los cajones. Los vaciaba sobre el piso en busca de
algo que no aparecía. Hernán, su hijo, lo miraba desde una distancia prudente
sin saber muy bien que hacer, ya que nunca antes había visto a su padre tan
enojado.
-Ahí
estás, hijo. Vení, dame una mano. Necesito que revises la cajonera que está
debajo del Holovisor. Estoy buscando un documento muy importante, es un
contrato que dice Federación Intergaláctica de Planetas.-
Sin
perder ni un segundo Hernán obedeció a su padre y se dispuso a revisar papel por
papel donde Rodrigo le había indicado. Mientras tanto, éste seguía buscando frenéticamente
por el resto del módulo.
-¿Por qué hay que encontrar eso papá?-
Preguntó Hernán mientras revisaba un pila de hojas.
–Porque es importante- Respondió su padre sin
levantar la cabeza.
-¿Y por qué es importante? Retrucó Hernán.
–Bueno, porque... es difícil de explicar,
cosas legales… ¿viste?- E intentó cambiar de tema esperando que su hijo se
olvide de la pregunta y vuelva a la búsqueda, pero eso no fue suficiente para
calmar la curiosidad de Hernán, que veía toda esa situación con extrañeza, como
si fuese un juego más.
–Bueno,
mirá, el tema es así. Hace un par de semanas hice un trabajo para la Federación.
¿Te acordás que me fui por unos días?
-Si,
me acuerdo-
-Bueno,
el trabajo, según me habían dicho, era llevar un cargamento al Planeta P, en la
otra punta de la galaxia. El dinero era bueno, y las otras veces que había
trabajado para ellos había salido todo bien, así que acepté. Yo sabía que la
Federación Intergaláctica de Planetas estaba teniendo problemas con algunos
planetas deshabitados del extremo galáctico y cuando les pregunté, me dijeron
que el cargamento era de provisiones para los operarios. Pero cuando llegué
allá descubrí que nada era como me habían dicho. Primero, el Planeta P no
estaba deshabitado, sino que moraban ahí unas criaturas monstruosas, especie de
insectos gigantes, amarillos con rayas negras, de varios metros de altura, con
patas filosas y bocas con tenazas prensiles. Eran millones, se movían en grupos
gigantescos. Unos sobre otros, arremolinados siguiendo el rastro de mi nave.
Chillando para avisar a los otros insectos hacía donde me dirigía.
Al
acercarme al punto de entrega, vi que el lugar era un fuerte militar
improvisado, completamente rodeado por esas horrendas criaturas que intentaban
una y otra vez, sortear las defensas del lugar y tomarlo por asalto. Finalmente,
al descender en el helipuerto, descubrí que no eran operarios los que allí se
encontraban sino soldados. Parece que la Federación estaba invadiendo todo ese sector poco
explorado de la galaxia y se había encontrado con la fauna local dispuesta a resistir.
Para colmo, lo que estaba llevando no eran provisiones, sino armas. Ni bien
descendí, en lugar de realizar la descarga, todo el personal de la base se
subió a la nave y me pidieron por favor que los sacara de ahí. Mientras nos íbamos
pude ver como las defensas de la base fallaban y las hordas de insectos
gigantes tomaban el lugar, devastándolo.
Nunca
me había sentido peor en mi vida, me habían engañado como nunca antes. De
haberlo sabido, nunca hubiese aceptado ese trabajo. Mintieron porque nadie hubiese
aceptado ese trabajo sabiendo que ellos eran los invasores. Para colmo, hace un
rato me llamaron los abogados de la Federación intimándome a pagarles por haber
incumplido el contrato y ayudar a desertar a sus soldados ¡Dicen que soy yo el
culpable de que hayan perdido la base! ¡Que ridículos por favor!-.
Mientras
Rodrigo terminaba de desahogarse, Hernán miró debajo de un álbum de fotos y
encontró el documento que su padre tan desesperadamente buscaba. Lo levantó a
la altura de su rostro con expresión ganadora y sin decir palabra se lo dio.
Rápidamente Rodrigo buscó entre las hojas.
–
¡Acá está! Artículo 765.324f... “Planeta deshabitado”... “Personal civil” y
está firmado por el reclutador en jefe.-
-¿Y
eso que quiere decir?- Preguntó Hernán desconcertado.
–Eso
quiere decir que a la Federación
Intergaláctica de Planetas se le terminaron las mentiras-.
lunes, 24 de marzo de 2014
Juguetes nuevos
Rodrigo llamó por tercera vez a Hernán, que no
se despegaba del holovisor. Un promotor estaba describiendo un juguete nuevo,
que a Hernán le parecía la felicidad misma.
- Pa, ¿Cuál fue tu
primer trabajo?- Hernán finalmente fue a la cama- ¿y cuantos años tenías?
- ¿Estás pensando en
trabajar? Ya te dije que no es por la
plata... que si la semana que viene seguís queriendo el juguete, te lo compro.-
Y al tiempo que le hacía cosquillas agregó:- Pero me parece que es un capricho
nada más.
“Vos sabés que
siempre fui piloto, hasta durante la guerra. Pero mi primer trabajo en realidad
fue antes de manejar una nave. Fue en las vacaciones de… dejame ver… en el
3574. Yo tenía unos quince años, y tus abuelos pensaron que iba ser bueno para
mí entender el valor del trabajo. Entonces le pidieron a Corlino, un amigo del
abuelo, que me dejara trabajar en su negocio un par de meses.
Corlino era un hombre
serio y callado, con el que no me gustaba estar. Pero él casi siempre estaba
muy ocupado, concentrado en ganar más plata. Yo, mientras tanto, estaba
maravillado con la “tecnología interplanetaria” que vendíamos. Y como mi tarea
principal era hacer una lista de los haberes en depósito,
casi todo el tiempo
estaba solo y podía distraerme probando cosas.
Un día estaba jugando
con un micro-ser, una especie de robotito diseñado para crecer y aprender cosas
de su dueño, y Corlino entró de golpe. Yo pensé que iba a retarme pero, por el
contrario, me dijo que ya que había demostrado ser de confianza iba a llevarme
a Ghosinp, a comprar productos exóticos para el local.
Ghosinp es un planeta
dedicado exclusivamente a la venta y compra de todas las cosas imaginables.
Aunque se jacta de haber sido neutral en todos los conflictos galácticos, en
realidad varios de esos conflictos surgieron allá, y es un lugar en el que la
única ley es el valor de la plata; en otras palabras, es un lugar muy peligroso
y lleno de mafiosos, disfrazado de parque de diversiones.
Corlino me ordenó que
llevara una caja, sorprendentemente pesada para su tamaño. Me advirtió que no
me separase de él, y entramos en un negocio sucio y oscuro. Era una librería,
pero los clientes parecían más interesados en hablar entre sí que en los
libros.
Corlino habló con el
librero en un idioma extraño, seguramente
Ghosinpeano. Durante la conversación me señaló varias veces. Mi curiosidad iba
en ascenso, así que cuando no me prestaban atención, abrí una porción del
paquete para ver qué estaba llevando.¡Eran armas! ¡Corlino era un traficante!
Sin perder ni un
minuto, salí corriendo. La multitud y el bullicio me ayudarían a escapar,
pensé. No contaba con que Corlino, o su comprador, tuvieran cómplices o
guardias. En menos de un segundo, tenía a media docena de hombres persiguiéndome,
entre los que estaba el mismo Corlino, demasiado inteligente y soberbio como
para tratar de justificarse conmigo.
Me gritaban “ladrón”,
por lo que era cuestión de tiempo para que algún valiente, creyendo hacer el
bien, me detuviera. Yo sabía que evitar que esas armas lleguen a destino era
salvar vidas arriesgando la mía propia, y también sabía que nadie en todo el
planeta iba a ayudarme. Saqué un arma del paquete, un dispersador de moleculas,
y dejé de correr.
Corlino y los otros
me rodearon, cerrando el círculo en forma cuidadosa y pausada.
-Pibe, danos la caja y te podés ir tranquilo a donde
quieras. Si no, game over.
Yo no quería morir,
pero tampoco quería matar a nadie. Por eso en vez de apuntar hacia ellos apunté
hacia la caja, y me hice el que no tenía miedo:
- No entendés como es esto, Corlino. Yo sé como funcionan
varios dispersadores potenciados entre sí. O bajan las armas o estamos todos
fritos.”
-Como ves, no duré
mucho en mi primer trabajo. Ni gané mucha plata. Pero no cualquiera desmantela
un grupo de traficantes a los quince años.
lunes, 17 de marzo de 2014
Pesadilla
-¡Ahhgghhhhhh!!!!!!-
Hernán
se despertó en el medio de la noche gritando, estaba agitado y bañado en sudor
frío. Rodrigo entró a la habitación corriendo, alertado por los gritos de su
hijo. Lo abrazó para tranquilizarlo. Había tenido una pesadilla.
Entre sollozos Hernán dijo que en su sueño se
encontraba frente a una figura enorme. Parecía ser una humana, pero muy
extraña, con rasgos tan horribles como majestuosos. Estaba atrapada en un
símbolo religioso de la antigüedad, de proporciones tan grandes como las de la
criatura. A pesar de estar con vida no luchaba por escapar, simplemente
esperaba. Esperaba a que apareciese el ángel vengador que cumpliría su destino
y la humanidad dejara de existir. Luego, Hernán vio un resplandor y cuando todo
a su alrededor comenzó a desaparecer devorado por el fuego sagrado, despertó.
-No
te preocupes, hijo. Ya pasó. Fue un mal sueño- dijo Rodrigo en tono calmo. Hernán
asentía entre lágrimas aferrándose a su padre como a un bote salvavidas en el
medio del océano neptuniano.
-Tengo miedo- dijo Hernán –de que sea
Nyaghhathogga que volvió desde el centro del universo a buscarte por haberte
escapado hace años- alcanzó a decir mientras se limpiaba las lágrimas del
rostro.
Una
leve sonrisa de culpabilidad se asomó al rostro de Rodrigo, que volvió a
recordarse a sí mismo no volver a contarle historias de terror a su hijo.
–No
tengas miedo, Nyaghhathogga no tiene nada que ver con tu sueño. Ese ser volvió a
su lugar de origen hace mucho. Mi expedición no fue más que un suspiro en su
larga vida. Lo que tuviste vos fue un sueño muy especial, no tuvo nada que ver
con esa otra historia. Fue en realidad una parte del inconciente colectivo, que
debe haberse escapado de la bóveda de los recuerdos, cerca de Plutón. Escuché
hace un tiempo que le tenían que hacer unos arreglos al mecanismo de
refrigeración, y a lo mejor se les escapó un fragmento de recuerdo ajeno. Es
más, por lo que decís se parece a una leyenda terrícola que me contaron hace
mucho. Transcurre en la tierra, pero hace muchísimo tiempo, antes de que
existiesen los viajes interplanetarios incluso.
Decía la leyenda que si un ángel se juntaba
con esa figura que vos viste, tendría lugar el juicio final, el fin del mundo. Por
eso un grupo de héroes hacía todo lo posible para evitarlo.
–A há.- Alcanzó a decir Hernán, ya más
tranquilo, mirando a su padre.
– ¡Mirá como pensaban los terrícolas de la
antigüedad! Como no conocían certeramente la vida fuera del planeta tierra, se
creían el centro del Universo. ¡El Apocalipsis consistía en destruir solo al
planeta tierra! Que gracioso, ¿no? Ahora, si se destruye un planeta, si bien
sería algo terrible, hay muchísimos planetas para habitar, y la tecnología para
revertir casi cualquier catástrofe. Pero en esa época no, y si Dios destruía el
planeta, ya está, se terminó la vida. Había un término para definir esa forma
de pensar: egocentrismo. Los humanos se creían los mas importantes, no solo
dentro de su planeta con las otras especies que lo habitaban, ¡sino de todo el
cosmos!
Si
bien seguía agitado por el mal sueño, Hernán rió un poco al escuchar las
últimas palabras que había dicho su padre. Costaba creer que los humanos hubiesen
recorrido un camino tan extenso.
-¿Y que sintieron los terrícolas cuando se
dieron cuenta de que no eran los mas importantes del Universo?- remató Hernán.
–Uff,
esa es otra historia, hijo… una bastante complicada.-
lunes, 3 de marzo de 2014
Sinfonía del Universo
-¿Papá,
por que pasan las cosas?
-Es difícil
saberlo hijo, no lo sé, hay muchas teorías. Muchas escuelas científicas que se
contradicen entre si.
-¿Y
vos que crees?
"La
verdad que no se cómo se llama, pero cuando estaba en la escuela, una tarde
volviendo de clase vi un edificio muy antiguo al que nunca le había prestado
atención. Parecía una antigua biblioteca y estaba clausurado por peligro de derrumbe
desde hacía muchísimo tiempo. Era en realidad un edificio histórico de la antigua
civilización terrestre, de esos que ya ni a los arqueólogos les interesa y a
los que nadie presta atención. A mi tampoco me había llamado la atención, pero esa
tarde pude escuchar, proviniendo de su interior, una melodía muy suave y
lejana.
Sorteando
los escombros de la entrada pude ingresar al edificio y, guiado por la música,
fui adentrándome por su laberíntico interior. A medida que avanzaba podía
escuchar cómo aumentaba el volumen de la música. Casi completamente a oscuras,
llegué hasta lo que parecía una desvencijada puerta de madera, corroída por los
años. Por entre las rendijas se filtraba una tenue y sutil luz que parpadeaba
cada tanto. Me acerqué a espiar por entre las maderas y apenas pude ver un
bulto moviéndose en la lejanía. Parecía atareado y no me notó, o eso creí, así
que de a poco abrí la puerta, despacio para no hacer ruido, y me deslicé dentro.
Sin embargo, ni bien terminé de entrar en la habitación, la música dejó de
sonar y en ese momento preciso el mundo se detuvo.
Estaba
de espaldas sentado frente a un piano con una partitura delante suyo. Parecía
un robot de algún tipo que no conocía. Era difícil determinar dónde terminaba
el autómata y dónde comenzaba el instrumento musical. La figura miró por sobre su
hombro y luego volvió la vista al instrumento y la música prosiguió. Era una
melodía hipnotizante, que me transportó por los más diversos recuerdos de mi
vida. Era fuerte como un tornado jupiteriano, pero al mismo tiempo sutil como
los pétalos de una orquídea pleyadiana. La música representaba los amaneceres
en Neptuno y los atardeceres en Mercurio, era el motor mismo del Universo lo
que podía escuchar saliendo de ese extraño órgano.
Sin
siquiera darse vuelta el autómata me habló con una voz oxidada:
-¿Sería usted tan amable de hacerme un favor,
desconocido visitante? Estoy necesitando un poco de lubricante para suavizar el
pedal izquierdo, de lo contrario próximamente las lunas de Saturno dejarán de
girar y eso sería un problema muy serio para los habitantes de Titán, el mayor
de sus satélites. Se encuentra ahí cerca, en la tercera gaveta del mueble al
otro extremo del salón.
Sin comprender demasiado lo que me estaba
diciendo encontré un frasco cargado de aceite y un aplicador. Siguiendo sus
indicaciones le apliqué el aceite a uno de los engranajes de su robótica
pierna, y a partir de ese momento comenzó a moverse un poco más armoniosamente
respecto de las otras extremidades.
–Ah, muchas gracias, joven, mucho mejor. Claro
que este favor no pasará desapercibido. No hace falta que me diga su nombre ni
a qué escuela asiste, le aseguro que su visita a este lugar no ha sido fortuita
ni pasará desapercibida para el gran esquema de las cosas.
No
lograba comprender demasiado las cosas que ese autómata estaba diciéndome, así
que solamente me limité a asentir cada vez que parecía haber concluido una
idea. Francamente, la melodía que tocaba era demasiado maravillosa como para poder
prestarle atención a cualquier otra cosa.
Luego
de un tiempo, se dio vuelta para hablarme.
-Hasta aquí llega nuestro encuentro joven, mis
engranajes están muy fatigados ya como para seguir tocando esta música, va
llegándome la hora de crear un reemplazo en algún otro lugar del cosmos. Espero
que le vaya bien en su vida, que sea feliz y que tome las decisiones que considere
siempre acertada
s, ya que uno toca la sinfonía del Universo, pero el libre albedrío
es algo intocable. Debo regresar pronto a mis obligaciones, las melodías
repetidas funcionan solo durante poco tiempo. Hasta luego, ha sido un gusto verle
jovencito, ha llegado la hora de irse.-
Y en el momento en que volvió a conectarse al
instrumento musical, el edificio comenzó a estremecerse desde sus cimientos.
Tuve que correr escapando para no quedar atrapado entre los escombros y salí en
el momento exacto en que el edifico colapsó, destruyendo todo lo que había
dentro.
Cosas
muy extrañas ocurrieron en los días siguientes: el Sol se apagó por cuarta vez
en la historia moderna, hubieron perturbaciones en las órbitas de los cuerpos
celestes y en los ritmos circadianos de la biología. Pero poco después todo
volvió a la normalidad como si nada hubiese pasado. Incluso la mayoría de la
gente parece haberse olvidado de esos días de reajuste en las reglas de la
naturaleza. La canción parecía ser la misma, pero el intérprete era otro.
Como el robot había dicho: “el libre albedrío es intocable”. En eso
creo."
lunes, 10 de febrero de 2014
Los árboles de la luna
Pedí
una hamburguesa con papas fritas, pero no tenía hambre. Me entretuve mirando la
gente a mi alrededor y esperando. Hasta que llegara la comida, por lo menos,
tenía algo que hacer. Es que la tristeza a veces es eso, pasar de pequeñez en
pequeñez. Pasar de una cosa a la otra sin disfrutar nunca ninguna.
-
¿Sos terrícola?- me preguntó la mesera.
Asentí
con la cabeza. Acababa de llegar a la luna, y ya estaba cansado de explicar las
razones de mi mudanza, que tampoco eran tantas ni tan graves. Me escapaba de un
amor, me escapaba de una historia y de un dolor que sin que me diera cuenta se
había subido conmigo a aquella nave.
Hice un esfuerzo para comer parte de la
hamburguesa. No había caso, no tenían el mismo gusto que las de la Tierra. Me recordé que yo mismo
había buscado ese cambio, pero no me obligué a seguir comiendo. Pagué la cuenta
y salí a caminar.
No estaba acostumbrado a andar con traje todo
el día. No estaba acostumbrado a la falta de gravedad. No estaba acostumbrado
ni al suelo ni al cielo de la luna.
Llegué a la zona de los Lagos Menwail. Los
lagos fueron el primer intento del hombre por colonizar la luna. Por ese
entonces tenían planificados grandes bosques y zonas habitables, donde la
naturaleza y el hombre vivirían en armonía. Una gran cápsula separaba esa zona
de oxígeno del resto del universo.
Una vez adentro, me quité el casco y disfruté
del aire más natural que podía conseguirse en el satélite. Recorrí el lugar
maravillado. Los árboles se parecían vagamente a los que había en la tierra,
pero sus hojas eran de tonos de verde que no creía posibles. Parecían de verdes
oscuros y opacos cuando no les daba la luz, pero las que estaban expuestas al
fuerte sol de la luna eran transparentes y brillantes.
¿Cómo podía haber estado triste? Había tanto
por conocer, en la luna primero, y en el resto del universo después. Caminé
entre ese paisaje fantástico, oyendo el cantar de aves y los pasos de pequeños
roedores que no habían conocido otra cosa que este micromundo donde el sol
duraba trece días y la noche otros trece.
De repente, oí algo distinto. Un chapoteo, una
voz. A través de las ramas bajas de los árboles, pude verla bañándose en el
lago. Jugando con el agua. El mismo día que me prometí a mi mismo recorrer el
universo, conocí la razón para volver a lo que sería mi hogar.
Me le acerqué y sonreí. Ella también.
lunes, 27 de enero de 2014
Regreso a la casa del desierto
- El otro día te hablé sobre cómo escapé de
la casa del desierto. Hoy te voy a contar como volví a entrar.
“Llegué a la nave y llamé para pedir ayuda.
Claro que las autoridades me exigían que vaya al planeta habitado más cercano y
explicara ahí lo sucedido.
-
Usted se encuentra en un planeta desierto con una atmósfera altamente tóxica- me
decía la joven en la holollamada-. Es muy probable que estos fenómenos
sobrenaturales sean simplemente una alucina…
Corté indignado. Después llamé al tío Norberto
y le expliqué lo que estaba a punto de hacer. Me dijo que iría para allá de
inmediato, que lo esperara. Pero yo lo había llamado solo para informarlo en
caso de que no volviera a salir… no podía esperar todo el tiempo del viaje de
tu tío.
Volví a la casa. No contaba más que con mi
propia suerte. Para colmo, la única forma de entrar en la casa era por la
puerta principal, lo que eliminaba el elemento sorpresa. Por esa razón, para
desorientar al secuestrador, decidí aparentar confianza. Quizá él creyera que
tenía algún arma o protección contra su poder.
-¡Te
exijo que liberes a todos los prisioneros inmediatamente!- grité. Mi única
respuesta fueron el silencio y la oscuridad.
De repente, mil agujas se clavaron en mi cabeza.
El dolor invadió todo mi ser. Mientras me revolvía en el suelo, pude ver al
secuestrador saliendo de las sombras. Su ojo, mirándome fijo a través de un
monóculo, perforaba los míos. El cuarto, ahora gigante a mi alrededor, se
oscureció cuando el secuestrador me tomó entre sus manos.
Me dejó suavemente dentro de una especie de
caja. Podía sentir gente a mi alrededor, y supuse que estaba junto a los otros
prisioneros. Mientras mis ojos se adaptaban a la oscuridad, pude hablar con uno
de ellos que se presentó como su líder.
-
Todos los días nos disfrazamos y luchamos para entretenerlo. El resto del
tiempo, somos libres de hacer lo que queramos dentro de la caja. Vas a ver que
no es tan malo, mientras no hagas enojar al Amo.
-
¡Tenemos que escapar!- respondí casi en un grito.- Seguramente alguien afuera
nos puede volver a la normalidad. Pero hay que salir de acá.
Los prisioneros parecieron inquietarse ante
mis palabras. Algunos directamente gritaban cosas en mi contra. El líder volvió
a hablarme.
- Tranquilizate,
con esa actitud no vas a llegar a nada. Todos nos sentimos así al principio. El
Amo es demasiado grande y fuerte para ser derrotado. Las únicas armas que
tenemos son las que él mismo nos da para luchar entre nosotros. Y nos vigila
constantemente. Vive para nosotros. Y cuando quiere, es generoso con los que
juegan para él.
No podía ser cierto. Los prisioneros defendían
a su secuestrador. Aunque yo sabía que ellos no estaban del todo derrotados:
unas horas atrás habían intervenido a mi favor.
Esperé a que todos se durmieran. No sé cuantas
horas pasaron, pero fueron muchas. Recorrí el lugar buscando una abertura. Si
no recordaba mal, la caja era una especie de teatro en miniatura.
-
Así que querés salir- la enorme voz del secuestrador hizo vibrar todo a mi alrededor.
Yo no había notado que la caja no tenía techo, que estaba siendo observado. Me
levantó por los aires y me dejó sobre una mesa. A mi alrededor, pude ver
cientos de cajas como la que me había contenido, apiladas por doquier. ¿Cuántos
prisioneros tendría?
Una campanada sonó a lo lejos. El secuestrador
se fue a recibir al nuevo visitante. Grité con todas mis fuerzas, deseando que mi
voz llegue a todas las cajas.
-
¡El Amo está distraído! ¡Es nuestra oportunidad! ¡Hay una nave esperándonos!
Nada sucedió. No tenía manera de saber,
tampoco, qué sucedía en el otro cuarto. Momentos después una caja, una sola
entre todas las que había, comenzó a agitarse. Se abrió, y cientos de
personitas salieron corriendo.
Después otra, y otra, hasta que una a una
todas las cajas se agitaron para luego ser rotas desde adentro.
Corrimos muchísimo, más de lo que pensé que
iba a correr jamás. Cada pequeño escalón o imperfección en el suelo, era para
nosotros un enorme obstáculo. Pero llegamos a donde estaba el tío Norberto. Y
llegamos en el momento justo: él y dos amigos nuestros de la luna se debatían
en el suelo mientras sus cuerpos se encogían. Pero la ola de prisioneros fue
demasiado para el secuestrador. Algunos pocos lo atacaban, aunque era imposible
que le hicieran daño. Lo que lo desesperaba realmente era ver derrumbado el
mundo que había creado para su diversión.
El secuestrador se tiró al suelo, intentando
levantarnos a todos. Fue su perdición. Las personitas se lanzaron en su contra
y atacaron sus ojos, sin los cuales no podía hacer más daño.
Ciego
y derrotado, no nos distrajimos más tiempo con él. Norberto y los otros nos
ayudaron a llegar a la nave llevándonos a todos en una camilla. Y así
derrotamos al Amo, dejándolo solo y sin poder.”
-Te falta contar algo… ¿no?- dijo Hernán con
una sonrisa.
- Sí, claro. Pero es menos impresionante. A
medida que pasaron los minutos y nos alejamos en la nave, fuimos volviendo a
nuestro tamaño natural. Fue un proceso lento, que en mi caso duró más de un
año. Es más, ¿no me notás un milímetro más alto que ayer?
lunes, 20 de enero de 2014
Las cuevas de Calcidea
-¿Alguna vez dudaste de tu propio trabajo?-
Preguntó Hernán a Rodrigo mientras se preparaba para dormir.
-Mmm... Sí, puede ser.
“Recuerdo
que esto ocurrió hace bastante tiempo. Con tu tío Norberto, el inventor,
habíamos aceptado ir a buscar un cristal que solo se encontraba en las cuevas
de un planetoide llamado Calcidea.
Desde un principio sospeché que no debía haber
aceptado ese en
cargo. Resulta que el cristal de calcideana era un material muy
raro y difícil de conseguir, y por el solo hecho de asegurarse de que no lo
vendamos a un mejor postor, Marcos, nuestro empleador, demandó acompañarnos en
el viaje. También nos acompañaba su asistente personal: Leandro. Tenía una
novia del planeta Mejio esperándolo a su regreso y deseaba ahorrar suficiente
dinero para poder abrir su propio bar algún día.
El viaje de ida no fue la gran cosa, Marcos se
había encerrado en su camarote y solo salía de vez en cuando para vociferar
alguna orden o para quejarse. Mientras tanto, el tío Norberto y yo nos
ocupábamos del funcionamiento de la nave y cada tanto, cuando se liberaba, Leandro
se nos unía a conversar. Resultó se bastante buena persona.
La llegada fue fácil. Aterrizamos cerca de la
entrada de una cueva, nos pusimos los trajes protectores y entramos. No
encontramos ningún inconveniente dentro. Los caminos eran fáciles de recorrer y
sin demasiado problema llegamos a una gran veta de calcideana. Sin perder el
tiempo Marcos extrajo un fragmento tan grande como pudo hacer entrar en el
estuche contenedor, y nos dispusimos a salir.
Teníamos lo que habíamos ido a buscar y la
salida estaba al final del último corredor, pero nos encontramos con algo que
no estaba antes. Parecía un espejo, pero no era estático: estaba vivo, se
movía, latía. Era la propia calcideana que no permitiría que nos llevásemos
aquel fragmento de mineral. Emergió desde su interior, como saliendo a la superficie,
una figura humanoide cuya forma cambiaba a cada segundo. Nos miramos con tu tío
y los demás socarronamente, confiados en que no presentaría ningún problema
para nosotros. Pero de a poco, fuimos olvidándonos los unos de los otros, absorbidos
por lo que cada uno veía reflejado delante de sí.
Vi como la nave que tenía en aquel momento, la
que utilizaba para trabajar, cambiaba hasta convertirse en una último modelo
primero, y en una nave que aún no existía, infinitamente más rápida y con mayor
capacidad de carga después. Pude verme también a mí mismo inaugurando mi propia
empresa, siendo exitoso y derrotando a toda la competencia. Luego pude ver como
me volvía el nuevo emperador del universo. Pero eso no era lo que yo quería, para
mí aquello era un trabajo solamente, nunca me había interesado conquistar la
galaxia ni mucho menos.
Entonces, turbado, aparté la vista del espejo
y vi como los demás estaban igual de absorbidos por lo que veían. Las imágenes
del espejo los maravillaban, Leandro comenzó a pestañar y a desconcentrarse de
la misma manera que yo lo había hecho poco tiempo atrás y alejó la vista del
espejo. En ese momento vi también que del espejo surgían unos tentáculos
vidriosos que se acercaban a tu tío y a Marcos. Por eso me apresuré y sacudí a
Norberto del brazo para sacarlo del trance en el que estaba. Leandro intentó
hacer lo mismo con su jefe, pero no tuvo la misma suerte: al descubrir que lo intentaban
separar de la imagen del espejo, Marcos golpeó a Leandro, alejándolo de si y se
entregó de lleno a sus visiones. Mientras nos alejábamos vimos como aquellos
extraños tentáculos cubrían completamente a Marcos que, simplemente, reía a
carcajadas. Él había elegido quedarse, su deseo de poder y riquezas fue
demasiado y no pudo escapar.
Finalmente llegamos a la nave y escapamos de
aquel mundo. Leandro me dijo después que el había visto como abandonaba el
trabajo de asistente de Marcos y ponía con sus ahorros un bar en un asteroide
en los anillos de Júpiter y como poco a poco su negocio crecía hasta volverse
un zar de la noche espacial.
-Eso
fue lo que me hizo desconfiar de lo que estaba viendo: no me gusta la noche
espacial, es muy oscura como para gobernarla-. Nunca supe que era lo que había
visto tu tío.
Lamentablemente
tanto la piedra calcideana que habíamos ido a buscar como nuestro empleador
habían quedado dentro de aquella caverna, y nos quedamos sin pago.”
-Bueno, esa fue la primera vez que dudé
verdaderamente de mi trabajo, claro que siempre me gustó progresar, mejorar mi
herramienta de trabajo y esas cosas, pero jamás pensé en tener tanto poder.
-En la holoescuela aprendimos que el poder
total es aburridísimo.- reflexionó Hernán.
-Buenas noches, hijo.
-Buenas noches, papá.
lunes, 30 de diciembre de 2013
La máquina de inventar historias
- Bueno hijo, a
dormir.
- Dale, pa… uno más.
¡No tengo sueño todavía!
- ¿Sabés a que me
hacés acordar? A la máquina de inventar historias.
“Tu tío y yo, de chicos, éramos amantes de los cuentos,
igual que vos. Y ya estábamos cansados de escuchar siempre las mismas historias
de los hololibros, tanto que una vez lle
gamos hasta a dejar de comer golosinas
por un mes para comprar uno nuevo.
- Que bueno que estaría tener una máquina de hacer
historias- le dije a mi hermano. Y como sabrás, él solía hacer realidad las
cosas que yo tan fácilmente imaginaba.
En secreto, trabajó
durante días hasta que la máquina estuvo lista para ser probada:
- ¡Wow! ¡Está buenísima! ¿Cómo funciona?
- Bueno, estas mangueras de acá son micrófonos, y se conectan
con los grabadores que están ahí y allá… usé el chip de los dados digitales de
papá para que mezcle las palabras al azar, y esa caja que ves ahí es el
significador. A ese lo inventé yo y es lo más importante… es lo que le va a dar
sentido a la mezcla de lo que capten los grabadores.
Estábamos ansiosos
por probar el aparato, pero para funcionar tenía que grabar durante todo un
día. Lo dejamos encendido y pusimos unas manguera en el marco de la ventana,
para que grabe a la gente que pasaba por la calle, otra apuntando a la sala,
para que grabe a nuestra familia, y otra la dejamos en el cuarto, grabándonos a
nosotros mismos.
Al día siguiente, tu
tío le dio play, ansioso por escuchar el resultado. La máquina habló usando por
cada palabra una voz diferente.
<< En la casa hay
un árbol
muriendo…>>
Nosotros, maravillados, escuchábamos sin notar que, a medida
que armaba las oraciones, el significador se sacudía con violencia a la vez que
aumentaba su temperatura.
<<…dejando a
los nenes solos
con sus sombras…>>
Mi hermano vio lo que
pasaba. Luchando por rescatar su invento, no prestó mucha atención a lo que la
máquina trataba de decirnos. Yo, aún hoy, recuerdo las palabras del
significador, que fueron cambiando de sentido a lo largo de mi vida.
<<…hasta que
lo descubran en
su interior.>>”
-¿Pudo salvar la máquina?
- No, y tampoco
quisimos reconstruirla... nos pareció mejor inventar nuevas historias nosotros
mismos.
lunes, 9 de diciembre de 2013
Final del juego
-...Y
entonces llegué a la puerta de entrada al módulo interespacial. Lamentablemente
estaba defendido por dos guardias armados y tuve que utilizar las últimas
municiones de mi rifle de protones para derrotarlos. Después entré al módulo, donde
estaba la máquina que destruiría toda la galaxia. Solo debía apagarla para
garantizar la subsistencia de la vida tal cual la conocíamos, pero, bloqueando
el camino para impedirlo, se encontraba Wong, el malvado monje oscuro. Nunca
había habido un vencedor definido las veces que nos habíamos enfrentado antes.
La primera vez él escapó aprovechando un derrumbe en el monte Never-rest y la
avalancha de technonieve que sobrevino. La segunda vez fui yo el que tuvo
suerte, ya que logré aferrarme a un peñasco que evitó mi caída hacia las fauces
del abismo interminable en cuyo fondo aguardaba un pequeño agujero negro
artificial. Pero esta vez todo sería diferente. No había lugar para escapes ni
para postergaciones de último minuto. Nos batiríamos a duelo y del vencedor
dependería el destino del universo.
Sin
municiones dejé a un lado mi rifle de protones y tomé la única arma que me
quedaba, el sable de energía. Iba a ser un enfrentamiento muy complicado ya que
Wong era uno de los mas grandes maestros de sable del cosmos, invicto en todos
sus duelos conocidos.
De
mas está decir que fue un duelo terriblemente complicado. En un primer momento
logré tomar la iniciativa asestándole varios golpes de sable que redujeron su
campo de fuerza personal al mínimo. Llegado ese punto, Wong cambió de
estrategia y comenzó a atacarme desde las alturas lanzándome tubos necrógenos
explosivos. Esos ataques me obligaron a retroceder, ya que a causa de mis
combates anteriores no tenía mis defensas en un nivel de potencia adecuado para
resistir ese tipo de ataques. Al alejarme de las explosiones, pude ver que la
plataforma donde él se encontraba estaba sostenida por un campo magnético
hiperbólico y, como todos saben, esos campos magnéticos son muy susceptibles a
los ataques de energía. Antes de que pudiera darse cuenta de lo que estaba
ocurriendo, la plataforma donde estaba se desmoronó. Al verse en el suelo
frente a mi nuevamente, Wong quiso activar su esfera de invulnerabilidad. Yo, sabiendo
que de conseguirlo me sería imposible derrotarlo, no tuve mas opción que
utilizar la técnica secreta que había aprendido de Sir Malcom Gutiérrez
Polijronókulos: La
Caravana Espiralada Entrópica...-
-¿Y
cómo se hace?-
-No
es muy difícil, pero lleva tiempo agarrarle la mano. Primero hay que poner el
neurodetector sofístico en modo automático, Después hay que activar el
Fitoparalizador histriónico y finalmente apretar Y, U, T, I, U, B. en ese orden
en el comando central. Si hiciste la secuencia correcta, sale el ataque y le
ganas a Wong antes de que active la invulnerabilidad-.
Hernán
estaba atónito, con la boca abierta, mirando a su padre maravillado sin decir
palabra alguna.
Aprovechando
la oportunidad, Rodrigo tapó a su hijo con la manta y le dijo después de
besarlo en la frente:
-Bueno, ahora a dormir. Si mañana te portás bien bajó la PlayBox 720 del altillo y jugamos Colapso del Universo juntos.-
lunes, 18 de noviembre de 2013
Hacia el mar
Hernán estaba inquieto. Rodrigo tomó una hoja
de papel y empezó a doblarla en varias partes. Mientras lo hacía, comenzó la
historia de esa noche.
“Decían que los habitantes de Bosquedal vivían
en perfecta armonía con la naturaleza. Esa conexión profunda hacia su propio
mundo les estaba facilitando grandes descubrimientos científicos… pero se
negaban a compartirlos con el resto del universo.
Yo formé parte del Comité Diplomático Lunar,
es decir del grupo encargado de convencerlos de que lo mejor era que hicieran público
su conocimiento. Formábamos el comité grandes científicos y pensadores de la Luna y la Tierra y yo, que era el
chofer.
Minutos después de un aterrizaje perfecto en
Bosquedal fui olvidado por mis compañeros que fueron a discutir con las
brillantes mentes del planeta, dejándome a cargo del cuidado de la nave. O sea
que, apenas se alejaron, me escapé para conocer los alrededores.
Yo sabía que el mar estaba cerca. El mar de
Bosquedal es parecido a los mares de la Tierra, con la diferencia de que no tiene olas ni
marea. Cuando no sopla viento, el Gran Mar es una enorme masa de agua inmóvil.
Tenía aún algo de tiempo, así que me dirigí hacia la costa.
No sé por cuánto tiempo observé la quietud de
las aguas hasta que empecé a notar que algo las perturbaba. Un nene bosqueano,
a uno cuantos metros de distancia, creaba grullas de papel para luego hacerlas
volar. Algunas llegaban más lejos, otras más cerca, pero inevitablemente todas
caían y se deshacían en el agua. Me le acerqué.
-
¿Por qué las tirás hacia allá? Así te caen al mar.
El nene me miró, y después de un momento
respondió con una sonrisa:
-
Las grullas siguen volando hacia el horizonte. Lo que cae solo es el papel.”
Rodrigo le dio la grulla de papel que estaba
armando a su hijo. Sabía lo que le iba a preguntar, así que agregó:
- Los científicos
volvieron horas más tarde, frustrados por no haber conseguido nada. Los
Bosqueanos aseguraban no haber hecho ningún descubrimiento. Es más, decían no
tener científicos entre ellos.
lunes, 11 de noviembre de 2013
Nyaghhathogga
-¿Existe dios papá?- Preguntó Hernán a su
padre, que automáticamente supo que esa noche no le resultaría fácil hacer
dormir a su hijo.
-¿Dios?, depende. Para algunas culturas
existe uno, para otras existen varios, hay quienes dicen que sus dioses ya no
existen mas...-
-¿Pero para vos existe?- retrucó Hernán.
–Puede ser- Respondió Rodrigo intentando
prepararse para cambiar de tema, pero su hijo, hábil, se le anticipó:
-¿Lo
viste alguna vez?...-
-Sí,
eso creo al menos.
"Fue hace unos años, vos todavía eras un bebé y yo estaba
trabajando para Focus, una empresa que realizaba mapeos intergalácticos. Me
habían contratado para que llegue hasta el lugar desde donde se suponía había
surgido el universo: el punto exacto donde había ocurrido el Big Bang. Como era
un trabajo importante, me mandaron con un grupo de veinte personas, topógrafos,
cartógrafos, astro-físicos, neurópatas y otros tantos expertos de diversas
áreas. La idea era que yo, como piloto, los llevase para que realicen sus
investigaciones y los traiga de regreso sanos y salvos. Nadie sabía con que
podíamos encontrarnos, ya que el punto exacto de nuestro destino era un secreto
guardado por algunas tribus antiguas del planeta tierra y de pura casualidad
uno de los directivos de Focus había encontrado unos escritos muy antiguos con
referencias mas o menos contundentes.
"Fue hace unos años, vos todavía eras un bebé y yo estaba
trabajando para Focus, una empresa que realizaba mapeos intergalácticos. Me
habían contratado para que llegue hasta el lugar desde donde se suponía había
surgido el universo: el punto exacto donde había ocurrido el Big Bang. Como era
un trabajo importante, me mandaron con un grupo de veinte personas, topógrafos,
cartógrafos, astro-físicos, neurópatas y otros tantos expertos de diversas
áreas. La idea era que yo, como piloto, los llevase para que realicen sus
investigaciones y los traiga de regreso sanos y salvos. Nadie sabía con que
podíamos encontrarnos, ya que el punto exacto de nuestro destino era un secreto
guardado por algunas tribus antiguas del planeta tierra y de pura casualidad
uno de los directivos de Focus había encontrado unos escritos muy antiguos con
referencias mas o menos contundentes.
A
medida que nos acercábamos a nuestro destino, el pulso gravitacional nos indicó
que el lugar no estaba vacío, sino que en él se hallaba algo que podría
describirse como un planetoide muy extraño. Era una superposición de
estructuras incongruentes que desafiaban toda lógica y conocida. Parecía una
especie de ciudad donde las fuerzas desatadas en el Big Bang habían causado que
las leyes de la geometría no se aplicasen ahí, dando como resultado un enorme
laberinto sin sentido ni explicación. Como en mi contrato nunca se había
hablado de tareas de exploración, me quedé en la nave mientras el resto del
grupo se aventuraba al planetoide a investigar. Dentro, en la comodidad de la
cabina, mientras se suponía que debía monitorear los movimientos del equipo de
exploración, me quedé dormido. No fue un sueño normal, casi que había sido
obligado a quedarme dormido por una fuerza desconocida. Entonces, en mi sueño,
apareció: era una criatura gigantesca, parecida a un árbol, con raíces, tronco
y ramas, pero que, claramente, no pertenecía al reino vegetal. Ni siquiera
estoy seguro de que perteneciese a ningún reino conocido. Dijo llamarse
Nyaghhathogga y era el guardián de la entrada a esta dimensión. El planetoide
ciudad-laberinto era en realidad un portal cerrado, un intento de invasión fallido
de seres de mundos lejanos e inconmensurables. Mientras decía esto último me vi
atraído hacia esa figura que extendía sus ramas-tentáculos hacia mí para
aferrarme. Segundos antes de ser devorado por aquella criatura fui despertado
por los golpes desesperados que los expedicionarios daban a la puerta de
entrada de la nave para que los deje entrar. Nunca supe por cuanto tiempo había
estado durmiendo. De todo el grupo de expedicionarios solo quedaban dos y los
monitores de los demás no mostraban signos vitales. Una vez dentro los
supervivientes estaban pálidos y callados, con la expresión vacía, dando
muestras de haberse topado con esas cosas con las cuales es mejor no imaginar.
Volvimos
a la tierra, la expedición se consideró una pérdida aceptable para la empresa y
nunca mas se habló del tema.-"
Hernán, lejos de dormirse,
estaba aterrado,aferrado al termocovertor de la cama. Pero Rodrigo sabía de
antemano que eso ocurriría así que se preparó para una noche larga y se prometió
que jamás volvería a contarle historias de terror para hacerlo dormir.
lunes, 21 de octubre de 2013
Los Gornai
Rodrigo dio el beso de las buenas noches a
Hernán y cuidó de que quedara bien tapado para otra fría noche en la base lunar. Confiaba en que
Hernán no se conformaría solo con eso. Y así fue, pues el niño le pidió que le
contara, como todas las noches, una de sus aventuras.
“Hoy
voy a contarte sobre cuando llegué a
Gorn. Me habían contratado para transportar un cargamento desde Frutón hasta la Tierra, por lo que me
esperaba un viaje largo. No había recorrido ni medio camino cuando uno de mis
propulsores falló. Seguir con un solo propulsor hubiera sido algo peligroso,
por lo que busqué el planeta más cercano donde poder aterrizar y reparar la
astronave. Resultó ser Gorn, un gran planeta de categoría A, lo que significa
que los seres humanos podemos respirar y caminar por él sin necesidad de
equipamiento.
Aterricé unas horas después en un desierto
verde y gris. Programé unos cuantos cientos de nanobots para que revisaran
todos los mecanismos de la astronave, pero el proceso llevaría por lo menos una
semana. Mientras tanto, busqué en mi computadora información sobre el planeta
en el que me encontraba. En esa época cuando todavía era posible encontrar
planetas y culturas desconocidos para el hombre, había que prepararse de la
mejor manera posible, y hacía falta tener toda la información disponible sobre
cada lugar. Resultó que Gorn estaba habitado por una especie primitiva, los
Gornai. Como todavía desconocían la
existencia de vida más allá de su planeta no consistían ningún problema
mientras no me advirtieran. Pero no se sabía como reaccionarían ante una
potencial amenaza desconocida, o sea yo.
Siempre estuve dispuesto a sumar información
en la base de datos de la humanidad, por lo que decidí salir a investigar.
Llegar hasta lugar habitado me llevó más tiempo del planeado, porque la
gravedad de ese planeta es ligeramente superior a la de la tierra.
Usando mi perceptor audiocular, pude observar
una pequeña tribu Gornai a una distancia segura. Era un espectáculo
maravilloso. Los Gornai, seres similares a los humanos aunque de menor estatura
y mayor musculatura, no vestían ropa alguna. Sin embargo, tenía frente a mí
todo el espectro de los colores en movimiento. Pasé unos cuantos días
espiándolos antes de entender que está en la naturaleza de los Gornai que sus
acciones se dibujen en sus cuerpos. Para cualquiera que sepa leer los signos,
no hay secretos entre los Gornai: alcanza con mirarlos atentamente para saber
su historia, sus pensamientos, su yo.
Años más tarde leí algunas disertaciones sobre
los Gornai. Parece ser que hubo épocas en las que usaban su conocimiento para
dañarse. Y aunque el uso de la ropa es totalmente innecesario para su cultura y
para el templado clima de su planeta, algunos Gornai cuidadosos o arrepentidos
la usaban, generando desconfianza entre ellos.
Otros recurrían a medidas más drásticas. Para
ocultar, y hasta para intentar olvidar, amputaban parte de su cuerpo, y así
también de su historia.
Pero cuando yo llegué a Gorn esas épocas
oscuras ya habían terminado. Lo que yo pude ver fue a un pueblo viviendo en
armonía, un pueblo en el que sus miembros se comprenden unos a otros, y se
ayudan para que sus dibujos sean cada día más hermosos, y para que el dibujo
que empieza en uno continúe en otros.”
- ¿Y qué le había pasado a la astronave?
¿Por qué falló?
- Nunca lo supe. Creo que el destino quería
que yo forme parte de un dibujo más grande.
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