Mostrando entradas con la etiqueta Guerras. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Guerras. Mostrar todas las entradas

miércoles, 1 de agosto de 2018

Los búhos - Escritor invitado: Marcelo Di Stasio Ilustradora invitada: Marina Grenier

Galaxia: Antante
Planeta: Soidem (2.121.138/1) (1.4M)
Objeto: Nota manuscrita

   La segunda imprenta fue vista como la más grande esperanza contra la desigualdad. La corporación Aethan logró comprimir cantidades masivas de texto en unidades de lectura interiorizada —abreviadas como uli— que el cerebro podía procesar y apropiarse. Su irrupción en el mercado soidemiano desplazó a los hololibros y se caracterizó por una pronta jerarquización: los llamados “altos conocimientos” eran verídicos, comprobables y funcionales, siendo Aethan su principal respaldo. Por otro lado, los “conocimientos bajos” pertenecían a géneros novelescos, manuales y lenguas muertas. Cuando la brecha económica que permitía el acceso a los ulis de alto nivel se hizo evidente, se creó entonces un ULI Básico que daba la posibilidad a los menos afortunados de adquirir la suficiente información como para vivir en sociedad con algo de entendimiento técnico.
   Tres años después aparecieron Los Búhos: un grupo subversivo comandado por Prometh, quien acusaba al fundador de Aethan de haber adulterado los textos originales con fines económicos. Cientos de búhos salieron a las calles enmascarados repartiendo ulis de alto conocimiento robados para que todos pudieran comprobarlo. Se encontraron así líneas omitidas, palabras cambiadas y finales distintos en millones de obras. Aethan se defendió acusándolos de haber tergiversado los ulis con fines anarquistas.
   Las tropas del orden compradas por Aethan comenzaron una caza de búhos donde eran detenidos, encarcelados o desaparecidos. Las canciones revolucionarias y el arte callejero se enfrentaron a diario con las fuerzas que buscaban contenerlos, pero el uso estúpido de la violencia solo alimentaba más a los búhos, que crecían en partidarios como una mancha negra expandiéndose en la sociedad. Todo concluyó con la captura y exposición de Prometh: era hijo del fundador de Aethan, siempre tuvo acceso a la producción, distribución y redacción de ulis avalados por la corporación. 
   Antes de ser juzgado por el Consejo Interestelar, su holograma temblando conmovió a la galaxia. La revolución que había empezado en Soidem tenía la cara pálida, cansada. Los dedos flacos tamborileaban sobre una mesa mientras ordenaba, casi sin voz, la rápida disolución de los búhos restantes. Lo que los poseedores de altos conocimientos interpretaron como cobardía y patetismo, escondía el último golpe de Prometh. Había transmitido, en vivo, coordenadas a un sinfín de poseedores de ulis de bajo conocimiento a través de una lengua muerta: el morse. 
   Dos meses después, los encontré. Miles de personas con máscaras de búhos colgando en su cuello se escondían entre ruinas y cuevas en un desierto. Debajo había túneles interconectados que conducían a una ciudad subterránea con la más inmensa fortaleza de conocimiento que se haya construido en la galaxia, kilómetros y kilómetros de ladrillos de colores que envolvían los textos originales. Los búhos tenemos nuevas alas.

jueves, 31 de mayo de 2018

El misil - Alejandro Emmerich - Ilustrador invitado: Facundo Oliva


Locación: Sector 9, los confines de la galaxia
Lugar de origen: La Tierra, 3er planeta desde el Sol
Planeta habitable mas cercano: Narodinia, entre 79000 y 85000 minutos luz, dependiendo de la trayectoria y del momento anual


  En el espacio es muy complicado medir el paso del tiempo. Por la distancia entre aquellas galaxias, como mínimo, deben haber pasado algunos siglos terrestres desde que estoy aquí. No estoy seguro. No pasan muchas cosas como para llevar un conteo de eventos ni nada parecido. Excepto por esa luz lejana que no recuerdo haber visto antes.
Soy —era— de la tierra. Toda mi vida quise ser astronauta, conocer planetas, viajar por el cosmos… 
…hasta que se perdió todo; lo único que queda ahora son los recuerdos. 
  Definitivamente esa luz es algo nuevo, casi puedo ver cómo crece, debería estar acercándose en esta dirección.
  Lo orgulloso que me sentí cuando llamaron para avisarme que había sido seleccionado para la primera expedición del “Viajero Escarlata”.  Comandada por Valentino, hijo del legendario capitán Roberto Escarlata, héroe de la exploración espacial de mi planeta y oriundo de la ciudad donde crecí.
Los preparativos para el viaje, el itinerario, la tripulación experimentada a la que acompañaría, todo era perfecto. Viajaban con nosotros algunos viejos compañeros del gran Roberto, como Pedro su mano derecha y 1er oficial durante incontables aventuras. Era un sueño hecho realidad, pero eso debería haber sido motivo suficiente como para sospechar un poco, ¿no? En algunas comunidades planetarias dicen que los terrícolas, al idear el concepto de ironía, nos condenamos para siempre a nunca ser del todo felices.
  La luz crece cada vez más, es un objeto que se acerca a gran velocidad, no puedo distinguir de qué se trata aún.
  Aquella vez me desperté y vi a la tripulación alborotada. Estaban todos demasiado agitados como para estar recorriendo uno de los cuadrantes supuestamente yermos de los confines de la galaxia. Valentino y Pedro estaban al mando, nunca los había visto juntos y tan serios. María Gabriela se acercó y me dijo que los instrumentos habían detectado un objeto en nuestra dirección. No habían podido identificarlo aún, pero por su velocidad y trayectoria, podría tratarse de un antiguo misil rastreador del Imperio extragaláctico. De ser así, había estado a la deriva durante varios años hasta que detectó nuestra nave. 
—¡Motores a plena potencia! — había ordenado Valentino. 
— De qué sirve ser cauteloso si ya nos descubrieron- había acotado Pedro, y agregó: —Si nos alcanza no tendrá sentido guardar el combustible para otra aventura. 
  El Viajero Escarlata atravesó el espacio a gran velocidad, con los motores trabajando a tope. Sin embargo, el misil se acercaba cada vez más. 
—Malas noticias, es un PRN76— había dicho Miguel, el oficial navegante encargado de los sensores y radares, y al escucharlo los rostros de todos los miembros de la tripulación se ensombrecieron.
— ¿Qué es un PRN76? — pregunté en voz baja a María Gabriela.
—Es un misil desintegrador. Hace desaparecer la materia, pero atrapa la conciencia y la encapsula indefinidamente en un pliego del espacio-tiempo, hasta que una cuadrilla de cosechadores las recoge. Como el Imperio extragaláctico fue derrotado hace bastante, puede ser que estemos atrapados en esas cápsulas de conciencia por mucho tiempo. ¡Y sin cuerpos a los que volver! — dijo ella, y se me revolvieron las tripas.
— ¡Comiencen las maniobras evasivas y activen los señuelos! — ordenó Valentino y un segundo después salió de la nave una pequeña cuadrilla de robots en dirección al misil, dispuestos a bombardearlo con señales confusas y contradictorias. Pero la Inteligencia Artificial del misil era demasiado avanzada para nuestra burda tecnología civil de exploración. Poco después, a pesar del enorme esfuerzo de los pilotos y de toda la tripulación, el misil nos alcanzó. 
  Con algo de suerte esa luz que se acerca es una nave que recibió nuestras últimas coordenadas y vino al rescate.
  Debo decir que al principio no comprendí mucho lo que pasó. Hubo gritos, una sacudida fuerte y una luz que envolvió todo. Después, nada. Era como despertarse de un sueño muy profundo, cuando todavía no sabés si estás dormido o despierto. No sé cuánto tiempo pasó hasta que pude entender qué había ocurrido, y tampoco sé cuánto tiempo pasó hasta ahora.
Ahora lo comprendo, ese objeto que se acerca es un misil del Imperio extragaláctico. Los malditos dejaron muchos por esta zona de la galaxia. Casi seguro percibió las señales de alguna nave desprevenida y salió a su cacería.

lunes, 3 de julio de 2017

Microrobots - Artista invitado: Francisco Barón


"El amuleto de Imantita brillaba hipnótico, inmunizando a su portador de los ataques enemigos pero envenenándolo poco a poco."

lunes, 19 de junio de 2017

Microrobots - Artista invitada: Marcia Juarez


-¡Si combinamos nuestros esfuerzos, ni siquiera un escuadrón de albatros a vapor podrá detenernos!- dijo la capitana a su escuadrón. 

lunes, 12 de junio de 2017

Microrobots - Artista invitado: Fran Fantino


Al ver lo que sostenía en alto el joven Turm, todos los combatientes, robóticos u orgánicos, se detuvieron. Las granadas nucleares eran cosa de temer.

sábado, 11 de junio de 2016

11- Revelaciones

  El apagón cautelar era total por lo que los incendios masivos daban a la ciudad una iluminación fantasmagórica. El espeso humo cubría el cielo nocturno sin dejar pasar la luz de la luna llena. Era una noche oscura como ninguna que se hubiese vivido en el planeta tierra por mucho tiempo. Los edificios crepitaban bajo el influjo de las llamaradas iniciadas por el descontento de algunos, que supieron aprovecharse del desconcierto de los otros. Las cuadrillas de rescate intentaban en vano responder a todos los pedidos de auxilio. 
  Lejos del caos generalizado de la ciudad, un vehículo de U.R.R.A. se acercaba a una granja de permacultura abandonada. Dentro del automóvil, Andrés repasaba los hechos una y otra vez en su mente. Dadas las circunstancias, no podía permitirse abandonar su puesto jerárquico en lo que parecía ser el principio de una guerra civil: de ser descubierto sería considerado un cobarde entre sus colegas, y un traidor entre las autoridades; era el momento de mayor tensión social de los últimos dos siglos, Andrés sería enjuiciado y sin dudas expulsado de la Unidad sin ningún tipo de miramientos. Poco comprenderían las autoridades la importancia del viaje que estaba realizando. Había descubierto la raíz de sus problemas y sentía, quizás por primera vez en su vida, que la prioridad era solucionar su propio conflicto interno.
  La puerta de acceso a la granja estaba cerrada con un candado tosco y corroído por el óxido. Más allá del portón metálico emergía la torre principal de descontaminación gratuita semiderruida y, un poco más lejos, se asomaba el techo del edificio principal: un enorme granero orgánico, abandonado y cubierto de musgo.
  A pesar de la oscuridad, quebrada solo por el débil fulgor de la ciudad en llamas a lo lejos, Andrés no necesitaba esforzarse para ver. Los ojos de su memoria, recientemente abiertos, veían por él. Buscó su antigua caja de herramientas antigravitatoria en el vehículo y extrajo una gran tenaza. Actuaba sin pensar, caminaba sabiendo en qué partes del suelo estaba la maleza sintética que se enroscaría en las piernas de los intrusos que osasen ingresar sin permiso. Cortó la cadena que mantenía cerrado el portón sabiendo exactamente en qué lugar se encontraba el dispositivo que activaría la alarma secreta del complejo y la desactivó con un solo movimiento. Con precisión milimétrica introdujo se brazo en un pequeño hueco a un costado de la entrada para deshabilitar el sistema de defensa que, aunque pequeño y humilde para los estándares de la época, era más que suficiente para borrar de la faz de la tierra en milisegundos a cualquier desprevenido. Finalmente, con un dejo de nostalgia, miró a su alrededor, la penumbra cercana a la oscuridad plena. Entró a la granja sin saber que no era la única persona ahí: a una distancia prudencial para no ser descubierta, Cyntheea lo seguía.

  Horas atrás, Andrés cavilaba sobre su pasado y su propia vida; no conseguía comprender cómo resolver el misterio de su existencia: no era humano ni máquina, era ambos. De pronto una idea lo tomó por sorpresa: Si era un ser humano y una criatura sintética al mismo tiempo, debía tener características de ambos; su mitad robótica tendría que funcionar como una computadora; y si la información que buscaba sobre su propio pasado estaba “olvidada” en los confines de la memoria, entonces sería posible, de alguna manera, acceder a ella, rastrearla.
  Sin perder el tiempo llamó a Warkus y se encerraron en el laboratorio informático. Andrés le dio a su colega un objeto que atesoraba desde su encuentro con el Tyranoblastus: la corona de rastreo mental robótico. Ante el  asombro de su amigo, la mente del director de U.R.R.A. se comportaba como una computadora: sofisticada, pero susceptible de ser revisada y con cuantiosos volúmenes de información accesible para quién supiera buscar.

  Luego de varios intentos de desencriptar los datos ocultos bajo un protocolo llamado “subconciente”, atravesaron la barrera lógica que los separaba de las verdades ocultas que allí se encontraban. Andrés, mientras avanzaban, revivió años enteros de su vida que creía olvidados para siempre: se vio despertando por vez primera, frente a un hombre que poseía su misma imagen; se vio trabajando en los quehaceres cotidianos de una gran fábrica subterránea; recordó cómo debía camuflarse para salir al exterior y pretender ser un simple granjero solitario cuando en realidad revisaba el perímetro buscando posibles fallas en el sistema de defensa; recordó la ubicación de la fábrica disimulada, los mecanismos de defensa y el paradero de la fábrica secreta; y principalmente, recordó que nunca fue el único, habían muchos como él, copias idénticas al servicio de un ermitaño.
  Cuando terminaron de revisar la mente de Andrés, comenzaron a llegar noticias de tumultos en la ciudad y pedidos de ayuda por doquier: aparentemente pequeños grupos armados habían elegido puntos estratégicos para iniciar ataques contra robots, fuerzas del orden y cualquier figura de autoridad. El malestar social acumulado por la asimetría económica sirvió como catalizador para que pronto esos focos se convirtieran en un auténtico aquelarre de violencia y descontrol ciudadano. Poco después llegó el anuncio del apagón cautelar, del estado de sitio temporario y la orden de poner todas las fuerzas oficiales a disposición de sofocar los puntos de mayor violencia. Andrés no podía permitirse perder el tiempo, se reunió con sus agentes de más alto rango, y sin esperar a recibir órdenes de las autoridades policiales, despachó a sus agentes en misiones oficiales de ayuda a civiles y robots por igual, otorgándose a sí mismo una misión ficticia en el seno de los disturbios. De esta manera, sabía, ganaría tiempo para ir en persona al lugar que había aparecido en sus recuerdos. Lo único en lo que pensaba era en investigar el lugar de su origen, y regresar lo antes posible para reagrupar al equipo y ponerse a disposición del comité central de la ciudad.

  En la granja todo estaba como lo recordaba, pero descuidado y deshabitado. El perímetro exterior, con las medidas de seguridad que él mismo había revisado y comprobado tantas veces.; la primera entrada; la puerta secreta que daba acceso a la fábrica subterránea; el extenso y húmedo pasillo hacia el cuerpo central y las habitaciones. Tierra y polvo acumulado durante años donde antes había habido maquinarias que producían alimentos orgánicos con impacto ambiental positivo. ¿Sería este abandono una estrategia para mantener a los curiosos lejos? ¿Estaría la fábrica realmente abandonada? ¿Qué había ocurrido durante los años que Andrés vivió sin recordar su verdadera historia?
  El lugar estaba completamente vacío. Había una puerta trampa que, aunque había sido la más protegida de todas, ahora estaba algo rota y no trababa. Al acercarse, Andrés notó que dentro había ruidos: voces ahogadas, sonidos de movimiento, y maquinarias activas. Tomó el anticuado picaporte oxidado y con gran esfuerzo encontró el balance adecuado entre la fuerza que se necesitaba para moverlo y el cuidado para que no se quebrase. Abrió la pesada puerta empujándola con todo el cuerpo y lo recibió una gran habitación, casi tan grande como el total de la granja en la superficie. Los seres que se encontraban dentro detuvieron de inmediato sus quehaceres y se volvieron hacia la puerta que no había sido abierta en mucho tiempo.  Miraron fijamente a Andrés parado en el umbral, sorprendidos al verse reflejados en ese extraño frente a ellos, con sus mismas facciones, una versión idealizada de sí mismos. Eran cerca de una docena de humanoides; si podía llamárselos de esa manera. Estaban pálidos, con pústulas y protuberancias por todo el cuerpo, Apenas vestidos con harapos. Arrastrando sus pies tambaleantes, se giraron hacia Andrés y avanzaron un poco en su dirección, tan sorprendidos por la visita inesperada como por el aspecto del agente de U.R.R.A.
  Cuando pudo dejar de ver fijamente a esos clones malogrados, Andrés notó una cama en el centro de la gran habitación. Pesadas máquinas rodeaban a un ser humano recostado, apenas consciente de su propia existencia, mantenido en vida por el trabajo incansable de los humanoides, aquellos lo suficientemente idiotas como para no descubrir sus verdaderos planes, o lo suficientemente débiles como para no rebelarse ni intentar escapar. Andrés avanzó hacia él. Los sirvientes del anciano retrocedieron en pánico,y algunos inclusive parecieron quedar paralizados por el terror de la visión: ¿habría llegado un nuevo amo? ¿Una versión más joven y sana reemplazaría al que había sido su maestro tanto tiempo? ¿Qué sería de ellos? ¿Servirían a su nuevo maestro o serían sustituidos ellos también? Ante la mirada incrédula de Andrés uno de esos despojos de humano se avalanzó en un torpe intento de ataque, pero el agente de U.R.R.A. no necesitó demasiado esfuerzo para esquivarlo y el atacante se desplomó con fuerza sobre el piso de cemento. Al ver esto, los otros sirvientes se replegaron en las sombras. Andrés, más por precaución que por temor, sacó su llave de tuercas de la mochila, listo para usarla como arma.


  El anciano parecía dormido, las máquinas de soporte vital indicaban que estaba con vida, pero la imagen que veía mostraba a alguien cuyos años ya habían pasado hacía mucho; una cáscara vacía de humano, remotamente parecida al propio Andrés. Claramente jamás encontraría las respuestas que buscaba en ese ser. 
  Uno de los sirvientes, salió rengueando de detrás de una de las máquinas de soporte vital y enmudeció al ver una persona idéntica a su creador, pero mucho más joven que él, y con el cuerpo completo y sano, no como sus compañeros desperdigados por el piso, que comenzaban a recuperarse.
-No te preocupes, no pienso dañarte-. Intentó decirle Andrés, pero el sirviente solamente se limitó a mirarlo con ojos temerosos. En sus manos, llevaba un anticuado contenedor, de esos que se utilizaban para trasplantes de órganos casi un siglo atrás. Andrés se acercó al lugar de donde había llegado el sirviente y vio numerosas cámaras de incubación  la mayoría ocupadas con lo que parecían ser humanos en diversos estadíos de crecimiento.
-N-no s-se preocupe s-señor… los cl-clones est-tán en perfecto est-tado. Nos dispon-níamos a r-realizar una intervenc-ción de r-emplazo de h-hígado y p-páncreas en Martus- dijo temeroso. La criatura parecía querer contener su llanto frente a la situación, y salió rengueando sin darle tiempo a Andrés a responder. 
  Andrés se volvió hacia la cama, y miró a la persona que se encontraba ahí. Tenía su propio rostro, mancillado por el paso de los años y el abandono. Verlo trajo a su mente algunas imágenes del tiempo que había pasado en esa fábrica de clones, pensado que esos confines eran el mundo entero, del frío hombre al que llamaba padre, sin que el otro le dijera jamás “hijo”, y de un despertar en blanco y sin recuerdos, como un niño en un cuerpo de joven, fuera ya de ahí en el mundo real. 
  El sirviente volvió a aparecer, saliendo de una puerta trampa, trayendo a rastras un viejo proyector holográfico.  
- Cr-cre-creo que necesita esto, s-señor – el miedo que despertaba en el sirviento hizo que este dejara el proyector en el piso y se alejara lo más rápido posible antes que Andrés siquiera reaccionara.
 Lo único que le importaba ahora era saber la verdad. Apretó el botón de reproducir y un holograma de su creador apareció frente a él. Se quedaron callados, mirándose mutuamente. A pesar de ser solo un medio de almacenamiento de información, el holograma parecía vivo y pensante.
- Quiero saberlo todo- exigió Andrés.- Contame.  
- Análisis de voz válido. Reproducción en curso- dijo el holograma, antes de empezar a hablar.- Hace 42 años, mis investigaciones para alargar la vida humana a través de la clonación y la robótica habían llegado a su límite. Tras incluir clandestinamente tecnología de guerra en el diseño del Tyranoblastus, fui despedido de mi empleo en los laboratorios estatales. Decidí recluirme en esta granja para poder, en secreto, experimentar por nuevos rumbos, sin límites burocráticos ni legales. 
 “Contaba solo con mis propias manos. Por eso un primer paso fue la creación de robots a los que hice a mi imagen y semejanza por si en algún momento debía enfrentarme a asesinos a sueldo. Varias veces me salvaron la vida esos robots a los que, gracias a un momento de brillantez, hice inconscientes de su propia condición de máquinas. No tuve inconvenientes morales en quebrar la ley de regulación de Inteligencia Artificial, ya que mi objetivo era llegar más lejos que nadie antes en la búsqueda de la inmortalidad.
“Durante varios años experimenté con diferentes técnicas de clonación mejorada, y trasplante de órganos clonados, pero por alguna razón las copias eran siempre imperfectas. Al no contar con ayuda de nadie en mi plan secreto, uno de mis clones fue utilizado como conejillo de indias. Atrofiar el cerebro de Martus, como lo llamé, para que no pudiera rebelarse ni sufrir ante los experimentos fue algo difícil, pero ya me había acostumbrado a ver mi propia imagen en varios humanoides fallidos.
 “Finalmente lo logré. El secreto no estaba en copiar los órganos fuera del cuerpo para trasplantarlos después, sino en restaurar mi propio cuerpo en un nivel celular. Por eso inventé los neurobots. Además de potenciar varias de mis funciones psíquicas y físicas, los neurobots, con el estímulo energético adecuado, rejuvenecerían todo mi cuerpo. 
“Estaba seguro de haber encontrado la salida. No habría errores. Por eso decidí probarlos en mí mismo.       

-Aa-al insertarse la sss-sustancia usted perdió su mm-me-memoria, señor- agregó el sirviente, algo más tranquilo, mientras el holograma se desvanecía.- Cuidamos de usted c-como un hijo, especialmente Martus, a pesar de sus dificultades c-c-cognitivas.
“P-p-pero los robots enloquecieron al encontrar sus holomemorias. Se enteraron qu-que eran máquinas y nos quisieron convencer a to-todos de que lo mataramos. Martus lo es-escondió afuera, al ver lo que suce…

  Un golpe por la espalda tumbó al sirviente dejándolo inconsciente. Antes de que pudiera reaccionar, dos monstruosos clones agarraron a Andrés por los brazos, y un tercero se colgó de su cuello mientras se debatía y contorsionaba intentando zafarse. Más y más clones salían de la oscuridad y se arrastraban hacia él, mientras el que había golpeado al sirviente levantaba una vez más el pesado caño oxidado que usaba de arma. 

  El clon estaba por asestar el golpe cuando se derrumbó para atrás. Cyntheea, a espaldas de Andrés, volvió a pulsar el gatillo y otro de los clones recibió una enorme carga eléctrica. Andrés aprovechó la confusión para soltarse y correr junto a su compañera, llave de tuercas en mano.

- ¡No quiero lastimarlos! – gritó- sé que me odian, que los convencieron de que tengo un plan para aniquilarlos, que solo los utilicé… Pero ese no era yo. Se me dio una segunda oportunidad, ¡y ustedes también podrían tener una!
 Los clones avanzaban, murmurando guturalmente, sin prestar mayor atención a sus palabras. Otros nuevos les cerraban el paso por detrás, encerrándolos.

- Creo que no van a escucharte – dijo Cyntheea.- Y solo me quedan dos cargas. Dame tu arma, rápido.

  Cyntheea tomó la llave de tuercas, y trabó el caño de su escopeta eléctrica. Mientras le gritaba a Andrés que corriera, la tiró al aire y empujó al clon más cercano para abrirse lugar.

  Mucho menos ágiles que Andrés y Cyntheea, los clones no pudieron correr ni detener al arma en su caída. Solo pudieron ver el arco que dibujaba antes de caer y, con una gran descarga eléctrica, causar un cortocircuito en todas las máquinas a la vez. Las explosiones se sucedieron mientras Andrés ayudaba a Cyntheea a abrirse paso por entre los aturdidos humanoides.  

  Una vez en el exterior, y antes de caer en cuenta de todo lo que había pasado, Andrés quiso pedir auxilio para detener el incendio y salvar a los clones que aun tuvieran vida. Nadie le respondía. Todos los bomberos y las fuerzas de seguridad estaban atareadas con los disturbios sociales, igual que los agentes de U.R.R.A. que él mismo se había encargado de distribuir en diversas tareas por toda la ciudad. Apenas tomó la decisión de él mismo intentar salvar a sus clones, el granero se derrumbó sepultándolos definitivamente bajo toneladas de piedra, madera, cemento, y máquinas en ruinas.

  Cyntheea lo abrazó, mientras Andrés, entregándose al llanto por primera vez en años, se sintió a la vez más y menos humanos que antes. Antes de su nueva vida no había sido un robot: había sido un monstruo.

martes, 2 de febrero de 2016

10- Una respuesta

Era raro sentarse en ese gran escritorio, pero tuvo que hacerlo. No iba a permitir que le dijeran “el Jefe”, pero tenía muchas responsabilidades y formalidades que cumplir en su nuevo cargo de interino.
 Los enfrentamientos, aún aislados pero reproduciéndose de forma endémica, entre grupos robofóbicos y las autoridades se repetían en varias ciudades del mundo. La situación había obligado el rápido nombramiento de Andrés, agente altamente experimentado y que había demostrado frialdad y criterio en situaciones de presión y peligro, como autoridad máxima provisoria de U.R.R.A.
 El velorio de la Jefa, Elizabeth, había sido varios días antes del escape de Andrés del hospital, por lo que se lo había perdido. La ceremonia fue llevada a cabo con los más altos honores, a pesar de las urgencias. Andrés aún no caía en cuenta de todo lo que significaba no contar más con ella en U.R.R.A.; y en la vida, pues la consideraba su amiga.
-  Si la extraño, ¿significa que no soy un robot?- se preguntó. La cuestión volvía a él una y otra vez, sin descanso. Ya había analizado el asunto desde todas las perspectivas posibles, pero no encontraba una respuesta. Cyntheea le había dado los resultados de los análisis y estudios que le habían hecho durante su internación, pero el contenido de esos papeles estaba lejos de tranquilizarlo.
 Al parecer, su tejido orgánico estaba integrado, fusionado, acoplado, con una sustancia inorgánica, imperceptible, que la regeneraba y estimulaba, y a la vez se retroalimentaba de ella. La simbiosis era tan perfecta que no podían saber qué había estado primero, qué sostenía a qué, si su cuerpo o la sustancia. En su corazón, en sus órganos, en su piel, en todos sus órganos, la sustancia establecía conexiones casi infinitas. Andrés podía ser o bien el primer robot orgánico, o bien el primer humano robotizado a un nivel celular. Incluso su cerebro: si Andrés llegara a aprender cómo controlar esas conexiones, sus neuronas podrían trabajar combinando su pensamiento humano con el característico de la inteligencia artificial.
 Por seguridad, toda esta información era altamente confidencial. Los pocos científicos que conocían el caso esperaban ansiosos el momento de seguir estudiándolo, pero la guerra civil a punto de desatarse mantenía a todos los agentes de U.R.R.A. en ferviente actividad. Y Andrés, por otro lado, tenía otra información que solo Warkus conocía. A él ya le habían dicho que era un robot. Y sabía que había una sola persona que podría decirle más: el inventor que había creado al robot idéntico a él que asesinó a la Jefa, y que casi lo mata junto a Warkus.
 Las nuevas ocupaciones le impedían a Andrés dedicarle todo el tiempo que hubiera querido a encontrar al inventor, pero para tal fin creó un grupo especial con su gente más cercana, Warkus y la ahora agente de campo Cyntheea, a cargo. Esta última todavía no lo había perdonado. Aún sabiendo todo lo sucedido, no admitía que Andrés pudiera ser siquiera remotamente un robot, y menos que eso podría haber influenciado en sus sentimientos hacia ella. De todas formas había aceptado trabajar en el caso sin dudarlo.
 El ajetreo de la oficina y el intenso trabajo durante el día, no impedía que Andrés pasara la noche sin dormir. En el insomnio, buscaba la compañía de Sander.
- ¿Qué se siente ser un robot?- Andrés no era el primero en preguntarse sobre este tipo de cuestiones, pero para él había otra importancia en la respuesta.
- Quizá deberías hablar con especialistas en el tema- la respuesta de Sander no variaba.- No le preguntarías a un árbol qué se siente ser del reino vegetal. Y probablemente no sabría qué responderte, ni aunque hablara.
- No, filósofos es lo que menos necesito. Ser un robot daría explicación a tantas cosas de mi vida, ¡tantas! Pero algo en mí se resiste a esa idea.
- Los hechos son los hechos, Andrés. Deberías analizar lo ocurrido y encontrar ahí tu respuesta. Sin preocuparte por imposiciones culturales o amenazas de ultratumba de los grupos religiosos. ¿Qué importa a tu día a día si tenés o no un alma? Lo importante es que hay una guerra a punto de estallar, y vos estás en el lugar de ayudar a todos los robots del mundo, así como me ayudaste a mí cuando me sacaste de la oscuridad.
-¡No soy un mesías robótico!- Andrés, repentinamente, se sintió furioso. Pero lo que había dicho le había recordado algo. 
  
 Entró corriendo en las oficinas de U.R.R.A. El guardia, apostado en la puerta desde que habían comenzado los conflictos, desenfundó el arma listo para disparar, creyendo que alguien perseguía a Andrés. Después de disculparse, el nuevo jefe fue corriendo hacia su escritorio.  Se cruzó con varios agentes en el camino: los momentos de turbulencia exigían que se trabaje día y noche.
 Warkus y Cyntheea lo vieron pasar y fueron tras él. Andrés, ignorando a sus acompañantes, subió al ascensor y marcó el botón del tercer subsuelo.
 Bajaron en un salón enorme y con olor a humedad. En las paredes, y distribuidas regularmente en la habitación formando pasillos, había unos muebles altos como bibliotecas, pero en lugar de libros se apilaban innumerables tubos de colores que resplandecían tenuemente. La única luz de la habitación provenía de los tubos, por lo que el lugar parecía multicolor. A intervalos regulares, se escuchaba un zumbido y un nuevo tubo caía en un recibidor. Al llegar abajo de todo, sonaba una campanita. Se trataba de un antiquísimo sistema de mensajería interna.
 Un robot también antiquísimo, con óxido en varias partes de su mecanismo, se acercó a recibir el tubo. Andrés se acercó al robot, único encargado de los archivos internos de U.R.R.A.

-       Necesito algo muy especial.  Necesito toda la información que haya sobre la Sinfonía del universo y el autómata intérprete.
El robot se retiró sin decir palabra. Andrés, viendo que el robot no lo escuchaba, quiso ir tras él. Cyntheea lo detuvo con una mano en el hombro.

-       Andrés, no es momento de leer cuentos infantiles- a pesar de mantenerse calma, estaba preocupada y sorprendida, al igual que Warkus.
-       Vos no entendés, Cyn. Si la leyenda es real, hablar un rato con el robot intérprete podría solucionar mi dilema. Decirme si yo…
 Antes de que Andrés pudiera seguir, el robot volvió trayendo un tubo naranja.  Andrés, ansioso e intrigado, lo abrió. Adentro había un cuaderno. Se trataba de un diario detallando una investigación llevada a cabo por Carlos Herrán, el jefe anterior a Beatriz. Había también una carta, destinada “al jefe actual de U.R.R.A.”.  Cyntheea, espiando por sobre su hombro, sonreía al leer.
 << Todos y cada uno de los jefes de U.R.R.A. vivieron momentos de incertidumbre. No soy la excepción, y temo que usted tampoco lo sea. Todos en algún momento recordaron la leyenda del Autómata-intérprete, y la información sobre su paradero que el saber popular dice que se esconde en estas oficinas, y que solo los más altos rangos pueden conocer. Algunas leyendas hablan de un robot músico, cuya canción es una traducción musical de la vida. Otras dicen que, por el contrario, se trata de una canción que determina lo que sucederá en todo el universo. Resulta tentador, al encontrarse en algún embrollo, perderse en la búsqueda de una respuesta divina, definitiva, sobre lo que va a suceder.
 Hay información, y en cantidades. Hay registros interminables de alucinaciones de personas afectadas que dicen haber escuchado melodías milagrosas, y cosas por el estilo. Pasé casi la totalidad de mi carrera clasificando esa información, pero nunca pude acercarme al autómata. He llegado a sospechar que él mismo me perdía cuando estaba cerca de encontrarlo. Es que si realmente controla al universo con su canción, solo le bastaría una nota para interponer en mi camino cualquier distracción, cualquier camino alternativo que me alejara indefectiblemente.
 Y sí, usted puede acceder a mi información. Quizá sí sea su destino, quizá usted pueda llegar a ver lo que yo anhelé toda mi vida… escuchar aunque sea por un instante el sonido sagrado. Pero creo que antes de entrar en una exhaustiva investigación para encontrar a un robot, uno solo, que no puede ser encontrado si él así no lo planifica… Antes de buscar a un robot que podría ser una deidad para los humanos, y que no es seguro que exista, debe hacerse una pregunta: ¿realmente necesita ver al músico para escuchar la sinfonía de la que usted es parte?>>   
 Andrés se quedó pensando, entre la furia y la desorientación, hasta que Warkus rompió el silencio. A la vez que le daba una palmada en la espalda con una de sus cuatro manos, habló en un tono calmo que no era habitual en él:
-       Tiene razón, Andrés. Buscar dioses mecánicos o cazar leyendas nos haría perder un tiempo del que no disponemos.
 Andrés no tenía palabras ante eso. La carta lo había traído a la realidad: él había actuado dejándose llevar por la desesperación. Pero había encontrado una señal en esa carta. Estaba ahí, en esa pregunta: él era parte de la Sinfonía. Él era parte de un juego mayor que estaba sucediendo, siempre lo había sido. Alguien había orquestado su vida, o por lo menos lo había creado con un objetivo para él desconocido. Alguien había hecho que él fuera un robot casi humano, y que fuera el agente de U.R.R.A. que se cruzó con más robots rebeldes en menor tiempo. Hasta en el desierto, o en su tiempo libre. Y que se identificara con esos robots, que pudiera entenderlos. Como ese dinosaurio mecánico que dijo conocerlo. Ahí estaba la respuesta. Él mismo, Andrés, era una pista para encontrar a su creador.
-       Wakus, Cyntheea, escúchenme… Ya sé cómo llegar al inventor. 

jueves, 10 de diciembre de 2015

9- El día después

Oscuridad, voces lejanas, imágenes borrosas, recuerdos.
- Acá hay uno- la cuadrilla de rescate llegó a las ruinas humeantes en tiempo record. Como siempre, los servicios de emergencia tardaron apenas unos minutos en llegar al lugar desde que ocurrió la explosión. Sin lugar a dudas la frecuencia cada vez menor en que ocurrían accidentes o eventos que los necesiten, no mermaban su capacidad de acción, fruto del entrenamiento especializado constante.
Al llegar, los perros rastreadores se pusieron a buscar sobrevivientes entre los escombros.
–Necesito ayuda- dijo uno de los rescatistas al encontrar a Andrés, inconsciente, atrapado bajo un durmiente de la casa derruida. Tres rescatistas se le unieron. Dos de ellos cargaban una prensa de anti-gravedad para remover los objetos pesados; el otro, traía consigo un cortador de plasma. En muy poco tiempo estuvieron listos para liberarlo.
 – Prensa de anti-gravedad lista para activarse señor. Cuando usted lo disponga- dijo uno de los rescatistas a Toni, el líder de la cuadrilla.
– Muy bien, ¡despejen la zona!- respondió en voz alta Toni para que todos lo escuchen. A unos metros de distancia, los perros habían encontrado el rastro de otro sobreviviente
- ¡Equipo B preparen el terreno! Ni bien terminamos con este, vamos para allá- continuó diciendo Toni mientras señalaba el lugar que los perros habían marcado, y siguió:
- Preparados para liberar, tengan listo el equipo médico. Activar prensa en 3… 2… 1… - un zumbido sutil invadió el ambiente al tiempo que los escombros más pequeños sobre Andrés comenzaron a elevarse en el aire, carentes de peso. Uno de los perros de rastreo se acercó a Toni y apoyó la cabeza en su pierna mirándolo suplicante mientras olfateaba el aire.
 – Buen trabajo, chico. No hay más sobrevivientes aquí. Solo estos dos- dijo para sí en voz baja el líder de los rescatistas, mientras le devolvía la mirada al animal.
– Aumenten la frecuencia  a 3.1- ordenó. Restos más grandes de piedra y cemento comenzaron a elevarse  – ¡Preparen la pinza de rescate! en cuanto liberemos a este vamos con el otro que queda con vida. No tenemos tiempo que perder.
El equipo de rescate trabajaba con un nivel de eficiencia casi perfecto, eran la definición misma de sinergia: el resultado de su trabajo en conjunto era más que la suma de las partes.
–Muy bien, chico- alcanzó a decir Toni mientras palmeaba la cabeza del perro, pero a este se le erizó el pelo del lomo y empezó a gruñir y ladrar. La frecuencia de la prensa anti-gravedad había aumentado nuevamente, los fragmentos más pesados se liberaron y el maltrecho cuerpo de Andrés se elevaba sin peso entre la tierra suelta y los restos de la destruida mansión. Toni miró fijamente a Andrés sin comprender completamente lo que veía. Todos los perros de la cuadrilla comenzaron a ladrarle al cuerpo ingrávido. Con absoluto cuidado depositaron a Andrés suavemente en una cápsula de éter. Los lectores indicaron que a pesar de las terribles heridas, aún se encontraba con vida. Al ver el cuerpo deshecho, todos enmudecieron. Ningún entrenamiento los había preparado para ver algo así.  Toni solo pudo decir “Dios mío”.

Luces difusas, sonidos lejanos, parecen voces ¿qué dicen? Difícil saberlo.
- Listo, es el último.
Oscuridad otra vez, vacío que no acepta sueños ni conciencia, ninguna luz. Solo silencio. Quien sabe por cuánto tiempo… horas, minutos, segundos, años, carecen de sentido cuando no hay memoria.
De pronto, voces:
- Su capacidad de regeneración es increíble-
-Ningún humano podría haber sobrevivido a esa explosión, mucho menos recuperarse en tan poco tiempo.
Voces lejanas, imposible comprender lo que dicen. Dolor suave, se apaga. Luz, duele hasta que los ojos se adaptan.

Andrés estaba acostado sobre una camilla en el centro de una gran habitación blanca. Estaba solo, conectado a una gran cantidad de máquinas que lo flanqueaban. Le dolía el cuerpo, la mente, apenas podía pensar en moverse. En uno de los laterales de la habitación creyó escuchar un movimiento e intentó buscarlo con la mirada. A pesar del gran esfuerzo, apenas pudo girar la cabeza. Llegó justo para ver cómo un enfermero se alejaba rápido cerrando la puerta a sus espaldas. Andrés estaba solo nuevamente, quiso levantarse pero descubrió que estaba amarrado a la camilla. La puerta se abrió, una mujer joven vestida de médica se acercó a su lado acompañada por un hombre maduro, con aspecto de biólogo, y un soldado Bermudio de rostro serio.
 – Estoy atado a la camilla…- empezó a decir Andrés entre balbuceos cuando la doctora lo interrumpió con mucha amabilidad.
– No intente hablar, usted ha sufrido mucho y está débil – Andrés quiso reincorporarse en la camilla pero el dolor era terrible. La doctora se le acercó y posó su mano en su frente. Por detrás, Andrés pudo ver cómo el biólogo preparaba una inyección.
– Tranquilícese, no hay nada de qué preocuparse- Andrés no pudo evitar mirar a la médica a los ojos, grandes y expresivos, transmitían calidez y amor. Se sentía contenido por esa mirada, perdido en la sensación de estar de nuevo frente a su madre… madre… El médico rodeó la camilla y le aplicó la inyección sin que Andrés pudiese verlo llegar. La mirada de la doctora era hipnótica, en pocos segundos quedaría dormido
 – Madre…- Andrés no era un hombre. Esa mirada no le recordaba a su madre – Madre…-  esos recuerdos no eran suyos. Intentó forzar las correas una vez más, pero era tarde, el sedante había hecho su efecto.
- Doctora, casi lo perdemos, le administré una dosis altísima de sedante y le tomó varios segundos actuar. Si sigue generando defensas, no sé cómo vamos a poder contenerlo en el futuro – dijo el biólogo con rostro preocupado.
- Es cierto. La hipnosis telepático-emotiva pareció funcionar por un momento pero al poco tiempo perdí el enlace transferencial. El sujeto duda de sus propios vínculos vivenciales. No sé qué puede llegar a pasar cuando vuelva a despertarse – respondió la doctora
-Prepararé traslado inmediato a una base de contención- informó el soldado Bermudio mientras preparaba el enlace con el cuartel general.
- La dosis que le di, debería durar varios días, pero con la capacidad de adaptación de su organismo no lo puedo asegurar. ¡Avise al comando general que el transporte sea lo antes posible!- ordenó finalmente el biólogo
Oscuridad. ¿Sueño? ¿Puede un organismo artificial soñar? Hace algunos siglos había surgido esa pregunta en algunos círculos intelectuales. Las respuestas diferían entre los distintos autores. ¿Puede soñar alguien cuyos recuerdos no le pertenecen?
Fuerza. Músculos que se tensan, ya no hay dolor. Ruido lejano, repetitivo, como una alarma. Andrés abrió los ojos. Las luces de la habitación estaban apagadas, solo se filtraban luces de emergencia a través de la puerta. Cyntheea estaba a su lado.
– Listo- dijo ella y soltó uno de los brazos de Andrés de la camilla – ahora a la silla transportadora – alcanzó a decir ella antes de que él levantara la mano para tomarle el hombro. Ella dio un pequeño salto, se giró y, al verlo, sonrió
- ¡Estás despierto! – dijo casi en susurros. – Vine a sacarte de acá. Pasaron muchas cosas estos días.
Cyntheea intentó levantarlo pero él se reincorporó solo. Se sentía algo mareado por los sedantes, pero su cuerpo estaba en perfecto estado.
 – Rápido, tenemos que irnos antes de que nos encuentren – susurró Cyntheea – ya va a llegar el tiempo de explicarte todo. En el hospital no sabían qué hacer con vos. Te veían como un ser vivo y una máquina al mismo tiempo. Entonces te trajeron a este centro de tratamiento experimental. De alguna manera los robofóbicos se enteraron y están atacando el lugar ahora mismo. Tenemos que salir lo antes posible, tenemos que llegar a la oficina central de URRA. En la explosión la Jefa… - la expresión en el rostro de Cyntheea  cambió.
-¿Qué pasó con la Jefa?- preguntó Andrés preocupado.
-Ahora no hay tiempo. Ponete esto – dijo dándole una manta de invisibilidad – y salgamos de acá.
Salir no fue fácil, los robofóbicos habían conseguido cortar el suministro de energía de todo el sector y habían lanzado un ataque a toda escala sobre el edificio de contención sanitaria. El ataque había tomado a la dotación móvil de soldados bermudios por sorpresa y los había obligado a reagruparse, pero luego de la sorpresa inicial habían logrado recuperar el terreno perdido expulsando a los invasores afuera del cuerpo principal del complejo. Sin energía no podían utilizarse ni las armas de pulso ni plasma, ni servían los visores externos.  Los incursores estaban armados con antiquísimos rifles de combustión que utilizaban una reacción química para disparar proyectiles a altísimas velocidades. Arma muy inteligente para la época, pero que quedó obsoleta frente a los cañones magnéticos primero; y a la tecnología de enlace energético automático que no necesitaba cargar molestas municiones ya que extraía energía de la corriente principal. Pero al estar ésta desconectada, los rifles bermudios no servían de nada. Estos, junto al personal de hospital, se armaron con herramientas de cirugía  de diamantinum, letales en la corta distancia, e improvisaron diversas bombas explosivas.
 A medida que Andrés y Cyntheea recorrían el edificio y se acercaban a la salida, notaron como la violencia del ataque se hacía cada vez más palpable. Primero atravesaron por lo menos cuatro grupos de pacientes y personas de civil fortificados en distintas dependencias habitacionales del complejo; para luego pasar a cruzarse con distintos soldados bermudios en combate con los miembros del grupo de asalto robofóbico. A pesar de su buen número y la sorpresa, las fuerzas del engranaje en llamas resultaban no ser suficiente rival para contrarrestar la disciplina y dedicación bermudia en materia bélica.  Llevar los mantos de invisibilidad había sido un enorme acierto de Cyntheea, ya que al tratarse de una simple tela flexible recubierta con una capa de tintura espejada, un efecto óptico, no necesitaba de la corriente de micro magnetismo para funcionar.
Para cuando finalmente llegaron al sector de ingresos, éste se encontraba desierto. Ahí había caído con mayor fuerza el ataque inicial de los incursores. Decenas de robots de bienvenida y primeros auxilios se encontraban acribillados, apaleados y despedazados más allá de todo arreglo. Dispersos por el salón se encontraban los restos de al menos una docena de humanoides que habían quedado atrapados en la violencia. Los robots recibidores habían dado sus propias vidas para protegerlos del sorpresivo ataque, y fueron los propios atacantes del Engranaje en Llamas quienes utilizaron a los humanoides como señuelo para atraer la atención de los robots del sector en lugar de dejarlos ir.
Por fuera del edifico un pequeño grupo de atacantes esperaba, junto a los vehículos de escape, a que sus compañeros regresasen con el botín mayor: Andrés. Los refuerzos bermudios llegarían en cualquier momento, y a sabiendas de que los incursores dentro del centro de salud se demorarían buscándolo, Andrés se acercó cautelosamente a la nave de escape y desactivó su núcleo de reacción, por lo que no podría funcionar a menos que un mecánico le dedique algunas horas.
      Con este ataque el Engranaje en Llamas había salido de su supuesta legalidad. Andrés temió que una guerra civil se hubiera desatado: la primera en la que los robots no serían una herramienta o un arma, sino parte de uno de los bandos. Pero, por ahora, nada podía hacerse. Con los incursores neutralizados y los refuerzos llegando en poco tiempo, Andrés y Cyntheea se alejaron del edificio perdiéndose en la noche.


miércoles, 12 de agosto de 2015

5- El último grito de Tyranoblastus

El crucero de batalla recorría el cielo a máxima velocidad. Dentro, sentados alrededor de la mesa de operaciones del comando central, se encontraban los mejores agentes de U.R.R.A. Estaban Andrés, con su seriedad habitual; Slasth, el siniestro maltusiano, famoso por mantener un record de destrucción de objetivos superior al 95% por siete años terrestres consecutivos; y Coghland Myrth, mercenario de profesión, de quien las malas lenguas decían que se había sumado
a U.R.R.A. como parte de un programa gubernamental de reinserción de maleantes talentosos. En la cabecera estaba La Jefa y junto a ella Cyntheea que había sido llevada no por su experiencia sino por haber estado en el cuartel de U.R.R.A. haciendo horas extras justo cuando La Jefa recibió el llamado con la orden de actuar.
-Muy bien, damas y caballeros- comenzó diciendo La Jefa cuando todos hubiesen terminado de sentarse- la situación es la siguiente: hay un robot de destrucción masiva enloquecido suelto en Tokio 9 y nosotros tenemos que hacernos cargo. Sin lugar a dudas La Jefa sabía cómo llamar la atención de su grupo en las reuniones.
 -¿Conocen esos eventos teleholográficos asiáticos donde un grupo de robots de guerra se enfrentan unos a otros hasta que solo uno quede en pie? Bueno, este es Tyranoblastus.
 La imagen holográfica de un robot de 300 metros de altura, con una forma reminiscente a la de un dinosaurio bípedo carnívoro, pero cubierto por una armadura de placas y con un aguijón de plasma en la punta de la cola, apareció sobre la mesa frente a los agentes de U.R.R.A.
 -Es el ganador de los últimos tres torneos y perdió el control luego de vencer a sus adversarios otra vez. Dicen que tras derrotar a su último enemigo los mandos de su controlador dejaron de funcionar y simplemente perdió el control. ¡Está atacando la ciudad desde hace veinte minutos y ya destruyó más de la mitad! Malditos burócratas, lanzaron una flota preventiva de aerovalkírias, pero descubrieron que el piloto del monstruo mecánico que debían destruir había muerto y cancelaron el despliegue porque “un robot sin dueño se encontraba por fuera de su jurisdicción”- continuó diciendo La Jefa frente a la mirada seria de sus empleados y agregó golpeando la mesa con el puño: -Borregos, infelices. ¡En el tiempo que tardé en reunirlos a ustedes ellos podrían haberlo detenido! 
En ese momento un soldado bermudio entró a la habitación y le entregó una pantalla etérea a la Jefa. Esta leyó con atención, para luego soltarla y dejar que se evapore en el aire sin prestarle atención.
 -Mensaje entregado- dijo el comunicador en el casco del soldado. Una luz amarilla se prendió en su mochila y partió apurado a seguir con sus obligaciones. 
-¡Muy bien, señores!- continuó La Jefa -Dentro de diez minutos llegaremos a lo que quede de Tokio 9 y comenzaremos la operación “Último grito”-. Todos asintieron.
 -Veo que trajeron sus herramientas de trabajo habituales, muy bien. Ahora voy a darles un obsequio de parte del Estado de Asia mayor por ayudarlos en este problema en Tokio 9-. Mientras decía estas últimas palabras seis pequeños robots de carga aparecieron con unas cajas. Las colocaron en el piso y las abrieron. En cada una había el equipo de acción  que cualquier fanático de la tecnología experimental hubiese considerado increíble: cada uno tenía un escudo retráctil de diamantina pulida, un arnés propulsor adaptado para cada uno de los miembros del equipo, una antorcha nuclear; sumados al habitual campo de fuerza simbiótico y la corona de rastreo mental robótico. 
 Mientras se los colocaban, La Jefa agregó: -Voy a darle a cada uno de ustedes una mina E2. Estas minas generan un pulso electromagnético de 15 metros de radio que deshabilita al instante cualquier maquinaria más compleja que un reloj de arena. Es tecnología experimental que nos cedió un contacto que tengo en las fuerzas especiales. Funciona de mil maravillas, pero tiene poco alcance. No ocupan mucho lugar y vienen bien si se ven acorralados por Tyranoblastus. Eso es todo por ahora. El tiempo estimado de llegada es de siete minutos. Confío en que los sabrán aprovechar. 
Mientras todos se levantaban de sus asientos y partían a prepararse para la misión, Cyntheea miró a Andrés. Su mirada, por un momento, lo preocupó.
 -Quería desearte suerte- dijo ella.
 -Gracias, pero no creo que haga falta-. Atinó a decir él, desconcertado por el efecto de esos ojos.  De repente las luces de toda la nave se volvieron rojas al tiempo que la alarma comenzó a sonar.
 -¡Estamos bajo ataque!- gritó una voz por los parlantes. La nave comenzó a sacudirse con violencia.
-¡A toda la tripulación, asuman posiciones de combate!- en solo un segundo un sonido agudo acompañado por una leve y sutil turbulencia dieron paso a una violenta sacudida.
 -¡Nos dieron!- dijo nuevamente la voz de los parlantes. -¡Asuman protocolo de aterrizaje de emergencia!
 Sin pensarlo, Andrés agarró a Cyntheea de la mano para intentar escapar de ahí. La nave estaba cayendo. Tyranoblastus los había descubierto y atacó a la distancia sin darles oportunidad de responder. Casi como si hubiese sabido lo que se proponían.
El aterrizaje, si podía llamárselo de esa manera, había sido brusco. Intentando mantener la estabilidad del crucero de combate los pilotos lograron rebotar en los techos de los rascacielos de Tokio 9 para frenar la caída y así evitar estrellarse de lleno contra el piso. Luego de unos segundos eternos la nave quedó detenida sobre lo que antes era un centro comercial. Tanto Andrés como Cyntheea estaban a salvo. No podía decirse lo mismo de La Jefa, que tenía fracturadas algunas costillas. A duras penas se mantenía consciente a causa dolor. Y Coghland Myrth tenía una de sus piernas seriamente lastimada.
 –Cyntheea nos va a ayudar- dijo La Jefa a Andrés para dejarlo tranquilo.- En este crucero estamos a salvo, los soldados bermudios van a fortificar la posición en caso de que Tyranoblastus decida venir a terminar con nosotros. Slasth ya salió en su busca, te toca a vos también dar caza a Tyranoblastus. 
 Encontrar a Tyranoblastus en Tokio 9, a pesar de la extensión aparentemente infinita de la ciudad, no resultaba complicado. Solo hacía falta seguir el ruido de las explosiones causadas por la bestia mecánica, que arrasaba con todo lo que se encontraba a su paso. Recorrer los restos de la ciudad con el nuevo equipo también resultaba simple, el arnés propulsor resultaba un medio de transporte fantástico, permitiéndole realizar saltos de medio kilómetro de longitud en segundos. Andrés debía apurarse, Slasth tenía ventaja y no había manera de convencerlo para que no destruyese al robot. 
Poco más de un minuto después, Andrés divisó a Tyranoblastus. Era aún más imponente que en la teleholografía. El robot pareció mirarlo, pero decidió atacar unos edificios que se encontraban en otra dirección. Eso le dio tiempo a Andrés de acercarse y situarse cerca de la central de mando en el pecho. Preparó la corona de rastreo mental robótico para intentar comunicarse con Tyranoblastus, pero un disparo lejano impactó en el blindaje del robot que enfureció y se giró para devolver el ataque con una llamarada volcánica salida de sus fauces. En ese movimiento Andrés perdió la conexión mental robótica y salió despedido por el aire, aterrizando en la terraza de un edificio cercano. Desde ahí pudo ver otro ataque, más cercano, tomar por sorpresa a Tyranoblastus, terminando de dañar su blindaje coraza dejando las maquinarias principales de su torso descubiertas, vulnerables al ataque final. Mientras el robot respondía el ataque distante con otra llamarada volcánica que incineró una cuadra entera, Andrés vio a Slasth con su arnés propulsor aterrizar en el edificio lindero y colocar un cañón remoto dispuesto para rematar a la gran bestia. Evidentemente su objetivo era estar lo suficientemente lejos como para salir indemne en caso de que el robot contraatacase nuevamente luego de alejarse y activar el arma a distancia. Andrés también vio que en el interior de Tyranoblastus había un pequeño reactor nuclear transportable, y supo que un disparo directo causaría una reacción en cadena capaz de arrasar con lo que quedaba de la ciudad. Sin perder un segundo, Andrés saltó al edificio donde estaba Slasth mientras que extendía su escudo retráctil de diamantina y disparaba con la antorcha nuclear hacía la cabeza de la bestia. Era un ataque a una zona protegida, pero su objetivo no era destruir al robot sino llamar su atención. Este respondió de inmediato y Andrés llegó a proteger con el escudo de diamantina a Slasth y a sí mismo de la llamarada volcánica que destruyó el cañón remoto junto con todo el edificio donde se encontraban. Por suerte el escudo de diamantina era capaz de proteger a ambos del ataque sin sufrir el menor daño. Sin embargo el edificio colapsó por las llamaradas y se desplomó.
Entre los escombros Andrés encontró a Slasth, herido, inconsciente, pero vivo. Tomó una cápsula de éter y colocó al maltusiano dentro, protegiéndolo de cualquier daño extra que pudiese sufrir. Luego buscó con la mirada, entre los escombros humeantes de Tokio 9 algún rastro que le permitiese encontrar a Tyranoblastus. Tras divisarlo, se acercó a él en pocos segundos gracias al arnés propulsor y, como antes, se instaló cerca de la central de mando en el pecho y activó la corona de rastreo mental para intentar sondear el sistema operativo del robot. Al instante Andrés descubrió que no había posibilidad de redimirlo, el sistema racional estaba sumido en un absoluto caos. Nada tenía sentido: órdenes contradictorias se sucedían sin lógica alguna, alertas de agresiones inminentes, de enemigos invisibles que se agolpaban y ejecutando ataques aleatorios sin fin. En el fondo, un solo comando se mantenía constante: destruir. Intentar razonar con la bestia resultaba imposible. En ese momento la mente del robot detectó al intruso.
 –Te conozco- alcanzó a decir antes de apuntarse a sí mismo con el aguijón de plasma de su cola al hueco dejado por los ataques de Slasth. De inmediato Andrés se alejó lo más que pudo con el arnés propulsor y activó tanto su escudo retráctil como el campo de fuerza portátil que le habían regalado las autoridades de Asia mayor preparándose para el peor desenlace posible. 
La máquina de guerra gritó por última vez mientras se inmolaba en una explosión atómica, fue un grito primal, surgido de lo mas profundo de las entrañas del tiempo. Generaciones de robots habían competido, y se habían despedazado para divertir al público. Tyranoblastus había sido el ejecutor de innumerables robots a los que consideraba sus hermanos, sin poder comprender sus actos. Finalmente la bestia había roto sus ataduras y desatado su furia primitiva sobre sus propios captores.
El último grito de Tyranoblastus dejó una marca imborrable sobre la humanidad que lo había creado para su divertimento. Poco después, los torneos entre robots de destrucción fueron prohibidos en todo el planeta. Sus armas desmanteladas y sus promotores llevados a juicio por fomento de la crueldad. Sin embargo, Andrés no podía considerarse feliz. No había podido evitar la destrucción del robot y, aún peor, antes de su final, este había dicho conocerlo. ¿Cómo era esto posible?

sábado, 1 de agosto de 2015

4- El robot siamés

 -¡Los técnicos, llamen a los técnicos!- gritaba el supervisor, en un estado de pánico nunca antes visto en él.
 Los operarios lo vieron pasar corriendo sin entender qué sucedía. Instantes después, doblando por el pasillo, apareció la enorme máquina. Fue lo último que vieron.

 Andrés llegó a las oficinas de U.R.R.A. a las nueve horas, ni un minuto más ni uno menos, como cada día. Para su sorpresa, pues solía ser el primero en llegar, se encontró con una pila de papeles sobre su escritorio. Cy
ntheea, administrativa de las oficinas, traía otros más desde una impresora.
-Es extraño verte tan temprano- Andrés se sentía un poco incómodo de no poder mantener su rutina.
- ¡Buen día para vos también!- le sonrió Cyntheea -. No es ningún secreto que quiero ser agente de campo. Lo mejor que puedo hacer es esforzarme y hacerme notar.
- Tené cuidado con lo que deseás, puede…
- Volverse realidad, sí. Quién te dice – agregó guiñando un ojo- quizá seamos compañeros en alguna misión.  
 Warkus llegó en el preciso momento en que Cyntheea se iba. Traía un vaso descartable cuyo contenido Andrés no quiso adivinar. Se burló, como era habitual, de Andrés por no invitar a salir a Cyntheea. Pero Andrés no lo tomó muy en serio: el olivadio solía burlarse de todos los humanos.
 Algunos minutos más tardes salieron a su misión del día. Tenían que ir juntos sí o sí, pues se trataba de un de Bicarbonado, un robot siamés, y era un trabajo peligroso para un agente solo. Mientras buscaban un tubo transportador libre para viajar cómodos, se cruzaron con un grupo de jóvenes repartiendo volantes. Andrés se sorprendió al encontrar la tuerca prendida fuego en el papel que acababan de darle. Lo guardó en el bolsillo para estudiarlo luego, y volteó la cabeza intentado retener el rostro del muchacho en la memoria.
 Entraron al tubo, uno treinta segundos después que el otro, para salir en el otro extremo de la ciudad. Se trataba de una vieja zona industrial,  en las que los tubos de transporte y las modernas torres solares contrastaban con algunas chimeneas abandonadas, de cientos de años de antigüedad. El edificio al que se dirigieron no era ni uno ni lo otro. Se trataba de una fábrica de vehículos, que aunque estaban pasados de moda alguna gente todavía compraba. Bloqueando la entrada, dos oficiales de policía hacían guardia.
 Tras mostrar sus identificaciones, los oficiales explicaron la situación a Andrés y Warkus. El Bicarbonado era un robot siamés, con dos cabezas y tres metros de altura, diseñado para poder manipular maquinaria compleja él solo, o para hacer funcionar coordinadamente varias máquinas a un tiempo. Sus dos cabezas, aunque con procesadores distintos, usaban la misma fuente de energía. A pesar de ser llamado comúnmente “siamés”, el robot podía separarse en dos o ensamblarse a voluntad.
 El problema: alguien le ordenó manejar ácidos corrosivos para lo cual no estaba diseñado, y los vapores de estos alteraron el funcionamiento de sus circuitos. Resultado: el robot “enloqueció” y aniquiló a casi todos los operarios de la fábrica.
 Mientras Andrés hacía preguntas a uno de los oficiales con respecto a quién habría mandado al robot a hacer esas tareas inadecuadas, Warkus se alejó susurrando con el otro oficial. A pesar de sus problemas con la bebida, el olivadio tenía una capacidad de entenderse con las autoridades que Andrés no podía comprender.
 Cuando regresó a donde Andrés lo esperaba, Warkus cargaba un gran rifle positrónico. De esos que Andrés solo había visto disparar en las holopelículas. 
- ¡¿Estás loco?! ¿Qué hacés con eso?
- ¿No es preciosa? Convencí al oficial de lo fundamental que era que me la prestara. Nos vamos a enfrentar a un robot asesino.
- ¡Es un arma de guerra!
- Y esto es una guerra.
 Andrés no quería discutir con Warkus, y mucho menos con los oficiales tan cerca. Decidió entrar en la fábrica, convencido de que era un grave error. Haría todo lo posible para que el arma no fuera disparada: su tarea era reubicar a los robots para ser reparados o desmantelados, evitar su destrucción a menos que no quedara más opción. Andrés no dudaba de la inocencia de la máquina: alguien había hecho que manejara esos ácidos, alguien la había malogrado, y esa persona o extraterrestre era quien debía pagar. No el Bicarbonado.
 A medida que avanzaban, las luces automáticas de la fábrica iban encendiéndose. “Factor sorpresa descartado”, pensó Warkus. Andrés no parecía asustado, aunque miraba atentamente para todos lados. Los escombros y los restos de máquinas rotas se esparcían por doquier, adornados de forma lúgubre por los contorsionados rostros de las víctimas.  Siguieron los rastros que había dejado la destrucción del Bicarbonado, intentando ignorar los cadáveres de los obreros muertos. 
 Con cada paso que daban Andrés se sentía más inseguro. Un robot asesino era, habitualmente, tarea de las fuerzas policiales. Era destruido directamente. Alguien había puesto mucho dinero para que esa máquina fuera rescatada, o al menos algunas de sus partes.
 Eso, o querían ponerlo a él mismo en peligro. Descartó esa última idea por ser demasiado paranoica. Claro que últimamente se había enfrentado a más robots rebeldes que lo normal, y no se olvidaba de su enfrentamiento pandillero en el subterráneo, pero solo eran casualidades. De todas formas, aferró más fuerte su antigua llave de tuercas, compañera leal en cada misión.
 Warkus, con los sentidos embotados, tardó más en reaccionar:
-¡Cuidado!- gritó Andrés girando bruscamente.
 Pero el robot ya casi había atrapado a su compañero que se movió muy lentamente.
- No quiero hacerles daño- dijo la voz mecánica mientras el olivadio forcejeaba- ¡ayúdenme!
- Soltáme, pedazo de chatarra- Warkus ni había oído lo que decía el robot.
- Siamés- Andrés intentó no perder la compostura- ya sabés cómo es esto. Vamos a desactivarte para poder arreglarte.
- ¡No! Van a llevarme a desmantelar. Y está bien. Mis componentes son demasiado caros para dejarlos en un robot loco.- Y agregó soltando a Warkus: -No soy seguro. Pero van a necesitarme. Por lo menos hasta encontrar a mi otra mitad.
Andrés estaba sorprendido por la reacción del robot. ¿Acaso aceptaba su destino, así sin más?
- Cuando mi lado derecho enloqueció luché por controlarlo. Creí que en estado unificado iba a poder hacerlo, pero no fue así.
- Esto es fácil- dijo el Olivadio- Con destruir una mitad las dos se desactivan, no pueden funcionar autónomamente. 
- Warkus, eso es terrible! Claramente es solo una mitad del robot la que está dañada. ¿Cómo vamos a eliminar a ambas?
- Estamos hablando de vidas, Andrés. Vidas humanas. 
- No es una opción. Y estoy hablando en serio.- y agregó:
- Robot, llevanos con tu otra mitad. Te vamos a ayudar a controlarlo.

El robot los guió por un pasillo lateral. Warkus no le quitaba la vista de encima. Llegaron hasta una gran compuerta, y entraron a un depósito de sustancias tóxicas. A tres o cuatro metros del suelo, enormes caños atravesaban la habitación de lado a lado. Transportaban el ácido de un tanque hasta las máquinas que lo utilizaban. El mismo ácido cuyos vapores habían estropeado el funcionamiento del robot.
- Mi mitad debe estar por aquí. Después de cada ataque volvía a entrar en el cuarto, como si fuera su hogar…
De repente una luz roja iluminó el depósito, cegándolos. Cuando pudo volver a ver, el robot, la mitad sana del robot, la misma que los había guiado, yacía en el suelo con un agujero atravesándola de lado a lado. 
Andrés, furioso, se enfrentó a Warkus cuya arma aún humeaba.
- ¿Por qué hiciste eso? ¡Podíamos haberlo salvado!
Por toda respuesta, Warkus señaló hacia arriba, donde la otra mitad del robot colgaba, ya desactivada, de un caño. Un caño lleno de ácido, a punto de ser partido sobre sus cabezas.
 Después de explicar lo sucedido a las autoridades, éstas concluyeron que todo fue una trampa del robot. Andrés aun dudaba de qué hubiera pasado en caso de haber atrapado a las dos mitades. Si verdaderamente había un 50% de bondad en el autómata, o aún menos que eso, hubiera valido la pena el intento.

miércoles, 22 de julio de 2015

3- Un nuevo atardecer

 Anochecía en la ciudad, los nuevos motores de reacción limpia aún no habían suplantado por completo a los de combustión y el smog todavía podía respirarse en el aire. Andrés salió de las oficinas de la Unidad de Relocalización de Robots Abandonados y partió rumbo a su casa como tantas otras veces lo había hecho. Debía esquivar a la muchedumbre, enloquecida por regresar lo antes posible a su hogar, que atestaba las calles, y dirigirse rumbo al subterráneo intercontinental. Como todos los días que viajaba en el subterráneo, se acercó a unos veteranos de la infame guerra ferónica que esperaban en la entrada, abandonados por la fuerza que habían jurado proteger. Estaban en la calle a la espera del premio que su nación les había prometido por ir a pelear una guerra injusta. Inhabilitados de por vida para ejercer cualquier función pública por las heridas de guerra, pasaban sus días esperando que el reconocimiento les llegue. No podían hacer mucho, solo esperar en la calle. Andrés les dio unos créditos que tenía preparados en el bolsillo, no tenían dinero para comer, mucho menos para arreglar las desvencijadas prótesis mecánicas que los remendaban, y bajó por las escaleras mecánicas que lo sumergieron en las profundidades de la ciudad. 
La luz artificial dejaba mucho que desear, de baja calidad, el color no podía siquiera imitar la luz solar de una estrella lejana. No era difícil reconocer que el subterráneo intercontinental se encontraba en un estado muy precario. A la mala iluminación se le sumaban filtraciones de humedad en el cieloraso y las  paredes, la suciedad acumulada por semanas, los olores rancios y la poca ventilación en general. Andrés se sabía de memoria los pasajes y corredores del subterráneo, sabía cuales eran los lugares que se inundaban, conocía los recovecos sin luz y los pasillos sin salida, así que no tardó mucho en llegar al andén donde esperaría su transporte. Por un momento creyó percibir los restos inservibles de un robot de mantenimiento en un corredor oscuro. Eso no debía pasar, el subterráneo intercontinental se encontraba en pésimo estado, pero los robots de mantenimiento  aún estaban en funcionamiento. Nada justificaba que hubiesen restos de robot desperdiciados en un pasillo oscuro, inclusive el mas inservible de los desechos robóticos terminaba en las bóvedas de reciclaje. Rápidamente descartó la idea, diciéndose a sí mismo que debía tratarse de un vagabundo cubierto de piezas de metal térmico para resguardarse de la humedad del piso y descansar mejor en la penumbra, y siguió caminando hasta llegar al andén.
El lugar estaba casi vacío, los pasajeros que esperaban silenciosos y evitando mirarse unos a otros no llegaban a la media docena. Algunos miraban las nuevas pintadas que aparecieron en las paredes de la Estación, era un símbolo que se repetía varias veces: un engranaje en llamas. Andrés no prestó atención a las pintadas. "Otro grupo de malvivientes buscando reconocimiento", murmuró para sí mismo y volvió a mirar hacia la oscuridad del túnel para adivinar cuánto faltaría para que llegase su transporte.
 Algunas de las personas de la estación comenzaron a hablar unas con otras, pero Andrés decidió colocarse contra una columna para esconderse y evitar a los extraños. Este aislamiento le resultaba de lo más común y conveniente, ya que normalmente no disfrutaba de socializar. Sin embargo, al poco tiempo, un ruido lejano sacó a Andrés de su sopor. En el extremo opuesto del andén había un robot de limpieza semidestruido, que se movía a los tumbos entre las paredes y los asientos de espera. Se acercó al robot y lo examinó con cautela: sus detectores de movimiento y espacio estaban cubiertos de pintura; las garras prensiles habían sido arrancadas de cuajo; la antena-vínculo con la computadora central parecía haber sido completamente incinerada, imposible de reparar; y, sobre su pecho, pintado en aerosol, estaba el dibujo del engranaje en llamas. Sin pensarlo, Andrés se acomodó cerca del robot y sacó de su bolso sus herramientas de trabajo. Primero retiró los sensores, los limpió con solvente orgánico y los volvió a colocar. Inmediatamente el robot de limpieza se recompuso y agradeció a Andrés por lo que estaba haciendo, 
-”Modo interfaz vocal activado” Gracias humano, es muy incómodo no poder ver absolutamente nada. 
-De nada robot, ahora mismo voy a intentar arreglar tus garras- dijo Andrés mientras preparaba sus herramientas para la tarea. Sin embargo las garras prensiles habían sido arrancadas y no las veía en las inmediaciones.
-Hmm… - masculló Andrés rascándose la barbilla ante el problema. -necesito que busques en tu registro de memoria para ver dónde quedaron tus garras.
-Sí, no hay problema, el daño que tengo es estructural, el archivo de memoria se encuentra intacto. Muy bién, analizando pedido de información.- “Blip, blip, blip, peeeeeeeep” -Según el registro me encontraba realizando tareas de limpieza y mantenimiento en el sector operativo cuando fui atacado por un grupo de cuatro individuos que bloquearon mis sensores con pintura fresca y luego arrancaron mis garras. Imposibilitado de ver y de autorrepararme vagué por casi veinte minutos hasta que me reparaste.
-¿Quiénes eran los individuos que te atacaron?
- No lo sé. Sus rostros no aparecen en la nómina de empleados autorizados para estar en el sector operativo. Según mi unidad simuladora de intuición, revisando los archivos visuales de mi memoria, estuvieron en esta estación por lo menos en tres oportunidades diferentes, como pasajeros.
-Robot, necesito que entres en el modo emergencia código de acceso universal 999- inmediatamente el robot se puso firme esperando indicaciones de Andrés, que continuó diciendo:
 -Algo está muy mal. ¿Dónde está el sector operativo robot?  tengo que investigar antes de que pase algo malo Sé que tu antena de anlace está dañada, ¿podés ir hasta la cabina de comunicaciones para avisar por interfaz vocal? ¡Necesitamos alertar a las autoridades inmediatamente!- 
Luego de indicarle a Andrés el camino, el robot de limpieza salió apurado a cumplir sus nuevas órdenes; en el modo emergencia, ignoraba voluntariamente toda la suciedad y desorden que se había acumulado en la estación.

 El camino hacia la central de control no había resultado difícil siguiendo las indicaciones del robot, pero, por las dudas, Andrés había preparado su fiel llave de tuercas de ochenta centímetros de largo para estar prevenido ante cualquier ataque. Normalmente una herramienta así resultaría completamente inútil para su trabajo habitual en U.R.R.A., pero desde que los emisores de antigravedad leve se habían comercializado en masa, los instaló en su caja de herramientas y podía cargarla con lo que quisiese sin importar el peso. Su llave de tuercas podía resultar poco práctica para el trabajo cotidiano, pero era un arma formidable si la situación lo ameritaba.
Andrés sospechaba lo peor, uno de los pocos robots que todavía funcionaba en la estación había sido vandalizado de una forma muy sospechosa: Sin el vínculo de enlace, no podía pedir ayuda, sin las garras, no podía mover máquinas y sin la visual, no sabría donde ir para conseguir ayuda. Algo raro ocurría y Andrés creía saber de qué se trataba. Al llegar al sector operativo encontró la puerta entreabierta con un emblema recién pintado: nuevamente el engranaje en llamas hacía su aparición. Una ruidosa conversación se escuchaba dentro, varias personas vociferaban y daban grotescas risotadas. Andrés se acercó despacio y asomó por la rendija: había cuatro personas, uno de ellos, corpulento y de piel verdosa, vestido con pantalón y chaleco de cuero negro, era el líder. De los otros tres, dos parecían humanos, también vestidos de cuero, y el último tampoco parecía no ser de este planeta, era más pequeño que sus compañeros y de piel rojiza, vestido con algo que parecía ser una túnica marrón. Los cuatro estaban trabajando sobre un artefacto colocado en el tablero de control. 
-¿Glut, en cuanto ajustamos el temporizador para que detone?- preguntó el ser rojizo. 
-¡Cinco minutos parásito! Es tiempo suficiente para escapar antes de que todo esto vuele por el aire.
Al escuchar esto Andrés se sobresaltó, no podía esperar a que llegase la policía, debía actuar pronto. No sabía nada sobre temporizadores ni artefactos explosivos, por lo que debía detenerlos antes de que lo activasen. Sin pensarlo dos veces empuño su llave de tuercas con ambas manos y abrió la puerta de una patada que tomó a todos por sorpresa. Aún sorprendidos, los cuatro vándalos se lanzaron a atacarlo, pero no estaban preparados para esa pelea. Primero, uno de los humanos cayó bajo un golpe de llave de tuercas que impactó de lleno en su cabeza y lo dejó fuera de combate por completo. Luego alejó al otro humano con una patada en el pecho mientras atacaba con la llave de tuercas al humanoide rojizo, pero éste era muy escurridizo y pudo esquivar los ataques. Andrés prefirió rematar al otro humano antes de que pudiese recuperarse de la patada anterior. Así quedó frente a frente con Glut, con su piel verde opaco, quien se acomodó para pelear mano a mano, con una leve sonrisa en su rostro. Andrés se sabía rodeado, debía enfrentar a dos alienígenas muy diferentes, uno pequeño y rápido, el otro enorme y fuerte. Sin perder el tiempo Glut se lanzó al ataque con un grito de guerra parecido a un gruñido gutural. Andrés quiso retroceder para esquivarlo, pero se vio sujetado por la espalda por el otro extraterrestre. No podía quitárselo de encima para evitar el ataque, así que decidió darse media vuelta y anteponer al ser rojizo entre él y Glut. 
-Nunca debe darse la espalda a enemigo en un combate- repitió para sí Andrés- pero en este caso hacer la excepción parece lo más lógico.
 El forcejeo no duró mucho. Enfurecido, Glut arrancó de la espalda de Andrés al parásito para poder enfrentarlo él mismo, pero el humano aprovechó para escabullirse del poderoso ataque y contraatacar con su llave de tuercas a la espalda del corpulento ser verde. Cuando se disponía a atacarlo nuevamente, Andrés sintió como dos frías manos le tapaban los ojos desde atrás: nuevamente era el parásito que intentaba inmobilizarlo para que Glut lo atacase. Antes de que pudiese intentar nada, Andrés sintió un fuerte golpe en el abdomen que lo dejó sin aire y no pudo evitar desplomarse sin fuerzas para terminar perdiendo la conciencia. Luego, oscuridad. 

Andrés despertó sintiendo un terrible dolor en todo el cuerpo, y la cabeza le daba vueltas. 
-Ahí se está despertando jefe- Escuchó decir a una voz cercana.
-Buen día ciudadano ¿puede oirme?- Le preguntó una voz mientras lo ayudaba a recomponerse. Poco a poco Andrés recuperaba la vista, Reconoció que seguía en el sector operativo donde había peleado, pero el lugar estaba lleno de policías. Podía ver a los dos humanos que él había dejado inconscientes esposados; también estaba estaba Glut, el gigante de piel verde, atado de pies y manos forcejeando para liberarse, gruñendo encolerizado.
-No te preocupes, ya está todo bajo control. El robot de mantenimiento que dio la alarma nos dijo que vos lo habías ayudado. No llegamos a tiempo para evitar que el grandote y el rojizo te apalearan, pero los detuvimos antes de que pudiesen activar el explosivo. Lamentablemente el pequeño se nos escapó, pero tenemos a los otros tres.
Andrés se incorporó luchando contra el dolor que sentía en todo su cuerpo. Le habían dado una buena paliza, pero había podido evitar una catástrofe. En el reglamento interno de la Unidad de Relocalización de Robots Abandonados la principal cláusula decía que su función era la de ayudar al bien común. Había prometido cumplir con sus funciones, incluso fuera de su horario laboral, incluso a costa de ponerse a sí mismo en riesgo.

lunes, 5 de mayo de 2014

La ciudad en el erial



-Una vez estaba en el planeta Osíris. Había hecho un trabajo llevando una carga a Éden, su planeta gemelo y cuando estaba por entrar al hiperespacio para regresar a casa, choqué con un asteroide y debí aterrizar de emergencia. A diferencia de Éden que era poco menos que un paraíso terrenal, Osíris era principalmente un gran desierto, un erial, con pequeñas granjas de musgo y la ocasional ciudad-fortaleza móvil surcando con sus grandes ruedas los inmensos océanos de arena. Llegué a una de esas fortalezas; debía tener casi diez kilómetros de largo y no menos de cinco de ancho, y se movía incesantemente esquivando tormentas de arena, con un objetivo final desconocido para todos los habitantes excepto para los misteriosos Capitanes de los que nadie parecía saber nada. Ahí dentro, reinaba una tácita camaradería entre colegas viajeros espaciales.
Luego de haber recibido las coordenadas de aterrizaje, dejé mi nave en el taller y acordé con los técnicos que la reparasen a cambio de algunas piezas de repuestos que tenía en el depósito olvidadas desde hacía tiempo. Me ofrecieron un camarote durante mi estadía y una vez instalado fui a recorrer un poco la ciudad. Estaban los niveles superiores, donde se encontraban los habitáculos, camarotes, comercios, cantinas y los puestos de intercambio cercanos a las plataformas de aterrizaje. Vedadas en los niveles inferiores, se encontraban las salas de máquinas, las calderas y las habitaciones de los Capitanes. Nunca nadie los había visto y nada se sabía de ellos. Era increíble pensar que toda esa masa de maquinarias oxidadas, derruidas y rechinantes se mantuvieran en funcionamiento. Cabe aclarar que pasado el deslumbramiento inicial, el lugar resultaba bastante hostil y poco amigable. Los habitantes de la fortaleza eran, por lo general, mercenarios de paso o seres deseando escaparse de sus pasados, o de sus destinos.
Sin mucho que hacer, me dirigí a una cantina en el distrito comercial. Ahí dentro me acodé en la barra y me dediqué a leer una revista de actualidades que había comprado. Tenía más de un siglo de antigüedad ya que no llegaban publicaciones recientes a ese planeta. Al rato, escuché a mis espaldas una discusión que aumentaba en volumen y fuerza, eran dos hombres, ambos vestidos con ropa de cuero negro, que jugaban a las cartas. Aparentemente, el ganador se quedaría con un perro gris que los miraba entretenido. Ambos lo reclamaban como propio y ninguno daba el brazo a torcer. Al aumentar la tensión, el cantinero se me acercó y dijo que debía cobrarme en ese momento porque probablemente aquella discusión terminaría mal y no quería que en el revuelo de la pelea yo me escapase sin pagar la cuenta. No llegué a sacar el dinero cuando varios guardias entraron al local, dispuestos a detener la pelea que estaba por comenzar. Lejos de sentirse disuadidos, los dos hombres dejaron de lado sus diferencias y los atacaron abriendo fuego.
Pude escabullirme debajo de una mesa y llegar hasta la puerta de salida gateando mientras las balas zumbaban y el perro, por el que antes se peleaban, atacaba a un guardia a mi lado que había querido detener mi salida. Con la mirada le hice una seña al cantinero indicándole que le dejaba el dinero en una rendija de la entrada, y me alejé del lugar antes de que llegasen los refuerzos.-
-  Papá, ¿quién se quedó con el perro al final?-
- Creo que fue un empate. Desde la ventana de mi camarote pude ver como los dos hombres y el perro escapaban de la fortaleza en una verdadera antigüedad: un automóvil del siglo veinte; andando por el desierto hacia el atardecer.
Poco después, me avisaron que los arreglos de mi nave habían concluido y pude dejar aquel planeta desértico en el que la violencia y las amistades parecían forjarse día a día.-