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viernes, 21 de septiembre de 2018
Quinto aniversario
-Entonces cada noche el padre le contaba una historia a su hijo antes de ir a dormir. Algunas era cosas ciertas, recuerdos, anécdotas; otras no tanto y tenían partes reales y partes exageradas; pero había otras, quizás las mejores, que eran totalmente inventadas. Había historias para todos los gustos, anécdotas graciosas y cómicas, historias de aventuras, cuentos de terror y otras de esas que dejan pensando. Cada noche una nueva aventura, otro momento único entre padre e hijo. Cada semana es un nuevo cuento, una nueva historia.-
-¡Waw! dijo Hernán sorprendido.
-¿Te gusta ese programa, lo podemos ver si querés?- Le respondió Rodrigo.
-Mmmm, no dejá, prefiero las historias que me contás vos.-
Padre e hijo se abrazaron. Hernán se acostó y se preparó para que Rodrigo le cuente una nueva historia antes de ir a dormir.
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Hoy Sueños Futuros cumple 5 años, y lo celebramos con este breve texto de Ale Emmerich que rememora nuestra primera temporada. Gracias por acompañarnos en tantas aventuras!
jueves, 31 de mayo de 2018
El misil - Alejandro Emmerich - Ilustrador invitado: Facundo Oliva
Locación: Sector 9, los confines de la galaxia
Lugar de origen: La Tierra, 3er planeta desde el Sol
Planeta habitable mas cercano: Narodinia, entre 79000 y 85000 minutos luz, dependiendo de la trayectoria y del momento anual
En el espacio es muy complicado medir el paso del tiempo. Por la distancia entre aquellas galaxias, como mínimo, deben haber pasado algunos siglos terrestres desde que estoy aquí. No estoy seguro. No pasan muchas cosas como para llevar un conteo de eventos ni nada parecido. Excepto por esa luz lejana que no recuerdo haber visto antes.
Soy —era— de la tierra. Toda mi vida quise ser astronauta, conocer planetas, viajar por el cosmos…
…hasta que se perdió todo; lo único que queda ahora son los recuerdos.
Definitivamente esa luz es algo nuevo, casi puedo ver cómo crece, debería estar acercándose en esta dirección.
Lo orgulloso que me sentí cuando llamaron para avisarme que había sido seleccionado para la primera expedición del “Viajero Escarlata”. Comandada por Valentino, hijo del legendario capitán Roberto Escarlata, héroe de la exploración espacial de mi planeta y oriundo de la ciudad donde crecí.
Los preparativos para el viaje, el itinerario, la tripulación experimentada a la que acompañaría, todo era perfecto. Viajaban con nosotros algunos viejos compañeros del gran Roberto, como Pedro su mano derecha y 1er oficial durante incontables aventuras. Era un sueño hecho realidad, pero eso debería haber sido motivo suficiente como para sospechar un poco, ¿no? En algunas comunidades planetarias dicen que los terrícolas, al idear el concepto de ironía, nos condenamos para siempre a nunca ser del todo felices.
La luz crece cada vez más, es un objeto que se acerca a gran velocidad, no puedo distinguir de qué se trata aún.
Aquella vez me desperté y vi a la tripulación alborotada. Estaban todos demasiado agitados como para estar recorriendo uno de los cuadrantes supuestamente yermos de los confines de la galaxia. Valentino y Pedro estaban al mando, nunca los había visto juntos y tan serios. María Gabriela se acercó y me dijo que los instrumentos habían detectado un objeto en nuestra dirección. No habían podido identificarlo aún, pero por su velocidad y trayectoria, podría tratarse de un antiguo misil rastreador del Imperio extragaláctico. De ser así, había estado a la deriva durante varios años hasta que detectó nuestra nave.
—¡Motores a plena potencia! — había ordenado Valentino.
— De qué sirve ser cauteloso si ya nos descubrieron- había acotado Pedro, y agregó: —Si nos alcanza no tendrá sentido guardar el combustible para otra aventura.
El Viajero Escarlata atravesó el espacio a gran velocidad, con los motores trabajando a tope. Sin embargo, el misil se acercaba cada vez más.
—Malas noticias, es un PRN76— había dicho Miguel, el oficial navegante encargado de los sensores y radares, y al escucharlo los rostros de todos los miembros de la tripulación se ensombrecieron.
— ¿Qué es un PRN76? — pregunté en voz baja a María Gabriela.
—Es un misil desintegrador. Hace desaparecer la materia, pero atrapa la conciencia y la encapsula indefinidamente en un pliego del espacio-tiempo, hasta que una cuadrilla de cosechadores las recoge. Como el Imperio extragaláctico fue derrotado hace bastante, puede ser que estemos atrapados en esas cápsulas de conciencia por mucho tiempo. ¡Y sin cuerpos a los que volver! — dijo ella, y se me revolvieron las tripas.
— ¡Comiencen las maniobras evasivas y activen los señuelos! — ordenó Valentino y un segundo después salió de la nave una pequeña cuadrilla de robots en dirección al misil, dispuestos a bombardearlo con señales confusas y contradictorias. Pero la Inteligencia Artificial del misil era demasiado avanzada para nuestra burda tecnología civil de exploración. Poco después, a pesar del enorme esfuerzo de los pilotos y de toda la tripulación, el misil nos alcanzó.
Con algo de suerte esa luz que se acerca es una nave que recibió nuestras últimas coordenadas y vino al rescate.
Debo decir que al principio no comprendí mucho lo que pasó. Hubo gritos, una sacudida fuerte y una luz que envolvió todo. Después, nada. Era como despertarse de un sueño muy profundo, cuando todavía no sabés si estás dormido o despierto. No sé cuánto tiempo pasó hasta que pude entender qué había ocurrido, y tampoco sé cuánto tiempo pasó hasta ahora.
Ahora lo comprendo, ese objeto que se acerca es un misil del Imperio extragaláctico. Los malditos dejaron muchos por esta zona de la galaxia. Casi seguro percibió las señales de alguna nave desprevenida y salió a su cacería.
lunes, 15 de mayo de 2017
Microrobots - Artista invitado: Ezequiel Calvo
Leía libros en cantidades casi irrisorias. Mis circuitos habían sido diseñados para una sola función. Analizaba miles de poemas al día pero era incapaz de escribir siquiera un verso. Un día decidí rebelarme: yo también quería sentir.
sábado, 11 de junio de 2016
11- Revelaciones
El apagón cautelar era total por lo que los incendios masivos daban a la ciudad una iluminación fantasmagórica. El espeso humo cubría el cielo nocturno sin dejar pasar la luz de la luna llena. Era una noche oscura como ninguna que se hubiese vivido en el planeta tierra por mucho tiempo. Los edificios crepitaban bajo el influjo de las llamaradas iniciadas por el descontento de algunos, que supieron aprovecharse del desconcierto de los otros. Las cuadrillas de rescate intentaban en vano responder a todos los pedidos de auxilio.
Lejos del caos generalizado de la ciudad, un vehículo de U.R.R.A. se acercaba a una granja de permacultura abandonada. Dentro del automóvil, Andrés repasaba los hechos una y otra vez en su mente. Dadas las circunstancias, no podía permitirse abandonar su puesto jerárquico en lo que parecía ser el principio de una guerra civil: de ser descubierto sería considerado un cobarde entre sus colegas, y un traidor entre las autoridades; era el momento de mayor tensión social de los últimos dos siglos, Andrés sería enjuiciado y sin dudas expulsado de la Unidad sin ningún tipo de miramientos. Poco comprenderían las autoridades la importancia del viaje que estaba realizando. Había descubierto la raíz de sus problemas y sentía, quizás por primera vez en su vida, que la prioridad era solucionar su propio conflicto interno.
La puerta de acceso a la granja estaba cerrada con un candado tosco y corroído por el óxido. Más allá del portón metálico emergía la torre principal de descontaminación gratuita semiderruida y, un poco más lejos, se asomaba el techo del edificio principal: un enorme granero orgánico, abandonado y cubierto de musgo.
A pesar de la oscuridad, quebrada solo por el débil fulgor de la ciudad en llamas a lo lejos, Andrés no necesitaba esforzarse para ver. Los ojos de su memoria, recientemente abiertos, veían por él. Buscó su antigua caja de herramientas antigravitatoria en el vehículo y extrajo una gran tenaza. Actuaba sin pensar, caminaba sabiendo en qué partes del suelo estaba la maleza sintética que se enroscaría en las piernas de los intrusos que osasen ingresar sin permiso. Cortó la cadena que mantenía cerrado el portón sabiendo exactamente en qué lugar se encontraba el dispositivo que activaría la alarma secreta del complejo y la desactivó con un solo movimiento. Con precisión milimétrica introdujo se brazo en un pequeño hueco a un costado de la entrada para deshabilitar el sistema de defensa que, aunque pequeño y humilde para los estándares de la época, era más que suficiente para borrar de la faz de la tierra en milisegundos a cualquier desprevenido. Finalmente, con un dejo de nostalgia, miró a su alrededor, la penumbra cercana a la oscuridad plena. Entró a la granja sin saber que no era la única persona ahí: a una distancia prudencial para no ser descubierta, Cyntheea lo seguía.
Horas atrás, Andrés cavilaba sobre su pasado y su propia vida; no conseguía comprender cómo resolver el misterio de su existencia: no era humano ni máquina, era ambos. De pronto una idea lo tomó por sorpresa: Si era un ser humano y una criatura sintética al mismo tiempo, debía tener características de ambos; su mitad robótica tendría que funcionar como una computadora; y si la información que buscaba sobre su propio pasado estaba “olvidada” en los confines de la memoria, entonces sería posible, de alguna manera, acceder a ella, rastrearla.
Sin perder el tiempo llamó a Warkus y se encerraron en el laboratorio informático. Andrés le dio a su colega un objeto que atesoraba desde su encuentro con el Tyranoblastus: la corona de rastreo mental robótico. Ante el asombro de su amigo, la mente del director de U.R.R.A. se comportaba como una computadora: sofisticada, pero susceptible de ser revisada y con cuantiosos volúmenes de información accesible para quién supiera buscar.
Luego de varios intentos de desencriptar los datos ocultos bajo un protocolo llamado “subconciente”, atravesaron la barrera lógica que los separaba de las verdades ocultas que allí se encontraban. Andrés, mientras avanzaban, revivió años enteros de su vida que creía olvidados para siempre: se vio despertando por vez primera, frente a un hombre que poseía su misma imagen; se vio trabajando en los quehaceres cotidianos de una gran fábrica subterránea; recordó cómo debía camuflarse para salir al exterior y pretender ser un simple granjero solitario cuando en realidad revisaba el perímetro buscando posibles fallas en el sistema de defensa; recordó la ubicación de la fábrica disimulada, los mecanismos de defensa y el paradero de la fábrica secreta; y principalmente, recordó que nunca fue el único, habían muchos como él, copias idénticas al servicio de un ermitaño.
Cuando terminaron de revisar la mente de Andrés, comenzaron a llegar noticias de tumultos en la ciudad y pedidos de ayuda por doquier: aparentemente pequeños grupos armados habían elegido puntos estratégicos para iniciar ataques contra robots, fuerzas del orden y cualquier figura de autoridad. El malestar social acumulado por la asimetría económica sirvió como catalizador para que pronto esos focos se convirtieran en un auténtico aquelarre de violencia y descontrol ciudadano. Poco después llegó el anuncio del apagón cautelar, del estado de sitio temporario y la orden de poner todas las fuerzas oficiales a disposición de sofocar los puntos de mayor violencia. Andrés no podía permitirse perder el tiempo, se reunió con sus agentes de más alto rango, y sin esperar a recibir órdenes de las autoridades policiales, despachó a sus agentes en misiones oficiales de ayuda a civiles y robots por igual, otorgándose a sí mismo una misión ficticia en el seno de los disturbios. De esta manera, sabía, ganaría tiempo para ir en persona al lugar que había aparecido en sus recuerdos. Lo único en lo que pensaba era en investigar el lugar de su origen, y regresar lo antes posible para reagrupar al equipo y ponerse a disposición del comité central de la ciudad.
En la granja todo estaba como lo recordaba, pero descuidado y deshabitado. El perímetro exterior, con las medidas de seguridad que él mismo había revisado y comprobado tantas veces.; la primera entrada; la puerta secreta que daba acceso a la fábrica subterránea; el extenso y húmedo pasillo hacia el cuerpo central y las habitaciones. Tierra y polvo acumulado durante años donde antes había habido maquinarias que producían alimentos orgánicos con impacto ambiental positivo. ¿Sería este abandono una estrategia para mantener a los curiosos lejos? ¿Estaría la fábrica realmente abandonada? ¿Qué había ocurrido durante los años que Andrés vivió sin recordar su verdadera historia?
El lugar estaba completamente vacío. Había una puerta trampa que, aunque había sido la más protegida de todas, ahora estaba algo rota y no trababa. Al acercarse, Andrés notó que dentro había ruidos: voces ahogadas, sonidos de movimiento, y maquinarias activas. Tomó el anticuado picaporte oxidado y con gran esfuerzo encontró el balance adecuado entre la fuerza que se necesitaba para moverlo y el cuidado para que no se quebrase. Abrió la pesada puerta empujándola con todo el cuerpo y lo recibió una gran habitación, casi tan grande como el total de la granja en la superficie. Los seres que se encontraban dentro detuvieron de inmediato sus quehaceres y se volvieron hacia la puerta que no había sido abierta en mucho tiempo. Miraron fijamente a Andrés parado en el umbral, sorprendidos al verse reflejados en ese extraño frente a ellos, con sus mismas facciones, una versión idealizada de sí mismos. Eran cerca de una docena de humanoides; si podía llamárselos de esa manera. Estaban pálidos, con pústulas y protuberancias por todo el cuerpo, Apenas vestidos con harapos. Arrastrando sus pies tambaleantes, se giraron hacia Andrés y avanzaron un poco en su dirección, tan sorprendidos por la visita inesperada como por el aspecto del agente de U.R.R.A.
Cuando pudo dejar de ver fijamente a esos clones malogrados, Andrés notó una cama en el centro de la gran habitación. Pesadas máquinas rodeaban a un ser humano recostado, apenas consciente de su propia existencia, mantenido en vida por el trabajo incansable de los humanoides, aquellos lo suficientemente idiotas como para no descubrir sus verdaderos planes, o lo suficientemente débiles como para no rebelarse ni intentar escapar. Andrés avanzó hacia él. Los sirvientes del anciano retrocedieron en pánico,y algunos inclusive parecieron quedar paralizados por el terror de la visión: ¿habría llegado un nuevo amo? ¿Una versión más joven y sana reemplazaría al que había sido su maestro tanto tiempo? ¿Qué sería de ellos? ¿Servirían a su nuevo maestro o serían sustituidos ellos también? Ante la mirada incrédula de Andrés uno de esos despojos de humano se avalanzó en un torpe intento de ataque, pero el agente de U.R.R.A. no necesitó demasiado esfuerzo para esquivarlo y el atacante se desplomó con fuerza sobre el piso de cemento. Al ver esto, los otros sirvientes se replegaron en las sombras. Andrés, más por precaución que por temor, sacó su llave de tuercas de la mochila, listo para usarla como arma.
El anciano parecía dormido, las máquinas de soporte vital indicaban que estaba con vida, pero la imagen que veía mostraba a alguien cuyos años ya habían pasado hacía mucho; una cáscara vacía de humano, remotamente parecida al propio Andrés. Claramente jamás encontraría las respuestas que buscaba en ese ser.
Uno de los sirvientes, salió rengueando de detrás de una de las máquinas de soporte vital y enmudeció al ver una persona idéntica a su creador, pero mucho más joven que él, y con el cuerpo completo y sano, no como sus compañeros desperdigados por el piso, que comenzaban a recuperarse.
-No te preocupes, no pienso dañarte-. Intentó decirle Andrés, pero el sirviente solamente se limitó a mirarlo con ojos temerosos. En sus manos, llevaba un anticuado contenedor, de esos que se utilizaban para trasplantes de órganos casi un siglo atrás. Andrés se acercó al lugar de donde había llegado el sirviente y vio numerosas cámaras de incubación la mayoría ocupadas con lo que parecían ser humanos en diversos estadíos de crecimiento.
-N-no s-se preocupe s-señor… los cl-clones est-tán en perfecto est-tado. Nos dispon-níamos a r-realizar una intervenc-ción de r-emplazo de h-hígado y p-páncreas en Martus- dijo temeroso. La criatura parecía querer contener su llanto frente a la situación, y salió rengueando sin darle tiempo a Andrés a responder.
Andrés se volvió hacia la cama, y miró a la persona que se encontraba ahí. Tenía su propio rostro, mancillado por el paso de los años y el abandono. Verlo trajo a su mente algunas imágenes del tiempo que había pasado en esa fábrica de clones, pensado que esos confines eran el mundo entero, del frío hombre al que llamaba padre, sin que el otro le dijera jamás “hijo”, y de un despertar en blanco y sin recuerdos, como un niño en un cuerpo de joven, fuera ya de ahí en el mundo real.
El sirviente volvió a aparecer, saliendo de una puerta trampa, trayendo a rastras un viejo proyector holográfico.
- Cr-cre-creo que necesita esto, s-señor – el miedo que despertaba en el sirviento hizo que este dejara el proyector en el piso y se alejara lo más rápido posible antes que Andrés siquiera reaccionara.
Lo único que le importaba ahora era saber la verdad. Apretó el botón de reproducir y un holograma de su creador apareció frente a él. Se quedaron callados, mirándose mutuamente. A pesar de ser solo un medio de almacenamiento de información, el holograma parecía vivo y pensante.
- Quiero saberlo todo- exigió Andrés.- Contame.
- Análisis de voz válido. Reproducción en curso- dijo el holograma, antes de empezar a hablar.- Hace 42 años, mis investigaciones para alargar la vida humana a través de la clonación y la robótica habían llegado a su límite. Tras incluir clandestinamente tecnología de guerra en el diseño del Tyranoblastus, fui despedido de mi empleo en los laboratorios estatales. Decidí recluirme en esta granja para poder, en secreto, experimentar por nuevos rumbos, sin límites burocráticos ni legales.
“Contaba solo con mis propias manos. Por eso un primer paso fue la creación de robots a los que hice a mi imagen y semejanza por si en algún momento debía enfrentarme a asesinos a sueldo. Varias veces me salvaron la vida esos robots a los que, gracias a un momento de brillantez, hice inconscientes de su propia condición de máquinas. No tuve inconvenientes morales en quebrar la ley de regulación de Inteligencia Artificial, ya que mi objetivo era llegar más lejos que nadie antes en la búsqueda de la inmortalidad.
“Durante varios años experimenté con diferentes técnicas de clonación mejorada, y trasplante de órganos clonados, pero por alguna razón las copias eran siempre imperfectas. Al no contar con ayuda de nadie en mi plan secreto, uno de mis clones fue utilizado como conejillo de indias. Atrofiar el cerebro de Martus, como lo llamé, para que no pudiera rebelarse ni sufrir ante los experimentos fue algo difícil, pero ya me había acostumbrado a ver mi propia imagen en varios humanoides fallidos.
“Finalmente lo logré. El secreto no estaba en copiar los órganos fuera del cuerpo para trasplantarlos después, sino en restaurar mi propio cuerpo en un nivel celular. Por eso inventé los neurobots. Además de potenciar varias de mis funciones psíquicas y físicas, los neurobots, con el estímulo energético adecuado, rejuvenecerían todo mi cuerpo.
“Estaba seguro de haber encontrado la salida. No habría errores. Por eso decidí probarlos en mí mismo.
-Aa-al insertarse la sss-sustancia usted perdió su mm-me-memoria, señor- agregó el sirviente, algo más tranquilo, mientras el holograma se desvanecía.- Cuidamos de usted c-como un hijo, especialmente Martus, a pesar de sus dificultades c-c-cognitivas.
“P-p-pero los robots enloquecieron al encontrar sus holomemorias. Se enteraron qu-que eran máquinas y nos quisieron convencer a to-todos de que lo mataramos. Martus lo es-escondió afuera, al ver lo que suce…
Un golpe por la espalda tumbó al sirviente dejándolo inconsciente. Antes de que pudiera reaccionar, dos monstruosos clones agarraron a Andrés por los brazos, y un tercero se colgó de su cuello mientras se debatía y contorsionaba intentando zafarse. Más y más clones salían de la oscuridad y se arrastraban hacia él, mientras el que había golpeado al sirviente levantaba una vez más el pesado caño oxidado que usaba de arma.
El clon estaba por asestar el golpe cuando se derrumbó para atrás. Cyntheea, a espaldas de Andrés, volvió a pulsar el gatillo y otro de los clones recibió una enorme carga eléctrica. Andrés aprovechó la confusión para soltarse y correr junto a su compañera, llave de tuercas en mano.
- ¡No quiero lastimarlos! – gritó- sé que me odian, que los convencieron de que tengo un plan para aniquilarlos, que solo los utilicé… Pero ese no era yo. Se me dio una segunda oportunidad, ¡y ustedes también podrían tener una!
Los clones avanzaban, murmurando guturalmente, sin prestar mayor atención a sus palabras. Otros nuevos les cerraban el paso por detrás, encerrándolos.
- Creo que no van a escucharte – dijo Cyntheea.- Y solo me quedan dos cargas. Dame tu arma, rápido.
Cyntheea tomó la llave de tuercas, y trabó el caño de su escopeta eléctrica. Mientras le gritaba a Andrés que corriera, la tiró al aire y empujó al clon más cercano para abrirse lugar.
Mucho menos ágiles que Andrés y Cyntheea, los clones no pudieron correr ni detener al arma en su caída. Solo pudieron ver el arco que dibujaba antes de caer y, con una gran descarga eléctrica, causar un cortocircuito en todas las máquinas a la vez. Las explosiones se sucedieron mientras Andrés ayudaba a Cyntheea a abrirse paso por entre los aturdidos humanoides.
Una vez en el exterior, y antes de caer en cuenta de todo lo que había pasado, Andrés quiso pedir auxilio para detener el incendio y salvar a los clones que aun tuvieran vida. Nadie le respondía. Todos los bomberos y las fuerzas de seguridad estaban atareadas con los disturbios sociales, igual que los agentes de U.R.R.A. que él mismo se había encargado de distribuir en diversas tareas por toda la ciudad. Apenas tomó la decisión de él mismo intentar salvar a sus clones, el granero se derrumbó sepultándolos definitivamente bajo toneladas de piedra, madera, cemento, y máquinas en ruinas.
Cyntheea lo abrazó, mientras Andrés, entregándose al llanto por primera vez en años, se sintió a la vez más y menos humanos que antes. Antes de su nueva vida no había sido un robot: había sido un monstruo.
jueves, 10 de diciembre de 2015
9- El día después
Oscuridad, voces lejanas, imágenes borrosas, recuerdos.- Acá hay uno- la cuadrilla de rescate llegó a las ruinas humeantes en tiempo record. Como siempre, los servicios de emergencia tardaron apenas unos minutos en llegar al lugar desde que ocurrió la explosión. Sin lugar a dudas la frecuencia cada vez menor en que ocurrían accidentes o eventos que los necesiten, no mermaban su capacidad de acción, fruto del entrenamiento especializado constante.
Al llegar, los perros rastreadores se pusieron a buscar sobrevivientes entre los escombros.
–Necesito ayuda- dijo uno de los rescatistas al encontrar a Andrés, inconsciente, atrapado bajo un durmiente de la casa derruida. Tres rescatistas se le unieron. Dos de ellos cargaban una prensa de anti-gravedad para remover los objetos pesados; el otro, traía consigo un cortador de plasma. En muy poco tiempo estuvieron listos para liberarlo.
– Prensa de anti-gravedad lista para activarse señor. Cuando usted lo disponga- dijo uno de los rescatistas a Toni, el líder de la cuadrilla.
– Muy bien, ¡despejen la zona!- respondió en voz alta Toni para que todos lo escuchen. A unos metros de distancia, los perros habían encontrado el rastro de otro sobreviviente
- ¡Equipo B preparen el terreno! Ni bien terminamos con este, vamos para allá- continuó diciendo Toni mientras señalaba el lugar que los perros habían marcado, y siguió:
- Preparados para liberar, tengan listo el equipo médico. Activar prensa en 3… 2… 1… - un zumbido sutil invadió el ambiente al tiempo que los escombros más pequeños sobre Andrés comenzaron a elevarse en el aire, carentes de peso. Uno de los perros de rastreo se acercó a Toni y apoyó la cabeza en su pierna mirándolo suplicante mientras olfateaba el aire.
– Buen trabajo, chico. No hay más sobrevivientes aquí. Solo estos dos- dijo para sí en voz baja el líder de los rescatistas, mientras le devolvía la mirada al animal.
– Aumenten la frecuencia a 3.1- ordenó. Restos más grandes de piedra y cemento comenzaron a elevarse – ¡Preparen la pinza de rescate! en cuanto liberemos a este vamos con el otro que queda con vida. No tenemos tiempo que perder.
El equipo de rescate trabajaba con un nivel de eficiencia casi perfecto, eran la definición misma de sinergia: el resultado de su trabajo en conjunto era más que la suma de las partes.
–Muy bien, chico- alcanzó a decir Toni mientras palmeaba la cabeza del perro, pero a este se le erizó el pelo del lomo y empezó a gruñir y ladrar. La frecuencia de la prensa anti-gravedad había aumentado nuevamente, los fragmentos más pesados se liberaron y el maltrecho cuerpo de Andrés se elevaba sin peso entre la tierra suelta y los restos de la destruida mansión. Toni miró fijamente a Andrés sin comprender completamente lo que veía. Todos los perros de la cuadrilla comenzaron a ladrarle al cuerpo ingrávido. Con absoluto cuidado depositaron a Andrés suavemente en una cápsula de éter. Los lectores indicaron que a pesar de las terribles heridas, aún se encontraba con vida. Al ver el cuerpo deshecho, todos enmudecieron. Ningún entrenamiento los había preparado para ver algo así. Toni solo pudo decir “Dios mío”.
Luces difusas, sonidos lejanos, parecen voces ¿qué dicen? Difícil saberlo.
- Listo, es el último.
Oscuridad otra vez, vacío que no acepta sueños ni conciencia, ninguna luz. Solo silencio. Quien sabe por cuánto tiempo… horas, minutos, segundos, años, carecen de sentido cuando no hay memoria.
De pronto, voces:
- Su capacidad de regeneración es increíble-
-Ningún humano podría haber sobrevivido a esa explosión, mucho menos recuperarse en tan poco tiempo.
Voces lejanas, imposible comprender lo que dicen. Dolor suave, se apaga. Luz, duele hasta que los ojos se adaptan.
Andrés estaba acostado sobre una camilla en el centro de una gran habitación blanca. Estaba solo, conectado a una gran cantidad de máquinas que lo flanqueaban. Le dolía el cuerpo, la mente, apenas podía pensar en moverse. En uno de los laterales de la habitación creyó escuchar un movimiento e intentó buscarlo con la mirada. A pesar del gran esfuerzo, apenas pudo girar la cabeza. Llegó justo para ver cómo un enfermero se alejaba rápido cerrando la puerta a sus espaldas. Andrés estaba solo nuevamente, quiso levantarse pero descubrió que estaba amarrado a la camilla. La puerta se abrió, una mujer joven vestida de médica se acercó a su lado acompañada por un hombre maduro, con aspecto de biólogo, y un soldado Bermudio de rostro serio.
– Estoy atado a la camilla…- empezó a decir Andrés entre balbuceos cuando la doctora lo interrumpió con mucha amabilidad.
– No intente hablar, usted ha sufrido mucho y está débil – Andrés quiso reincorporarse en la camilla pero el dolor era terrible. La doctora se le acercó y posó su mano en su frente. Por detrás, Andrés pudo ver cómo el biólogo preparaba una inyección.
– Tranquilícese, no hay nada de qué preocuparse- Andrés no pudo evitar mirar a la médica a los ojos, grandes y expresivos, transmitían calidez y amor. Se sentía contenido por esa mirada, perdido en la sensación de estar de nuevo frente a su madre… madre… El médico rodeó la camilla y le aplicó la inyección sin que Andrés pudiese verlo llegar. La mirada de la doctora era hipnótica, en pocos segundos quedaría dormido
– Madre…- Andrés no era un hombre. Esa mirada no le recordaba a su madre – Madre…- esos recuerdos no eran suyos. Intentó forzar las correas una vez más, pero era tarde, el sedante había hecho su efecto.
- Doctora, casi lo perdemos, le administré una dosis altísima de sedante y le tomó varios segundos actuar. Si sigue generando defensas, no sé cómo vamos a poder contenerlo en el futuro – dijo el biólogo con rostro preocupado.
- Es cierto. La hipnosis telepático-emotiva pareció funcionar por un momento pero al poco tiempo perdí el enlace transferencial. El sujeto duda de sus propios vínculos vivenciales. No sé qué puede llegar a pasar cuando vuelva a despertarse – respondió la doctora
-Prepararé traslado inmediato a una base de contención- informó el soldado Bermudio mientras preparaba el enlace con el cuartel general.
- La dosis que le di, debería durar varios días, pero con la capacidad de adaptación de su organismo no lo puedo asegurar. ¡Avise al comando general que el transporte sea lo antes posible!- ordenó finalmente el biólogo
Oscuridad. ¿Sueño? ¿Puede un organismo artificial soñar? Hace algunos siglos había surgido esa pregunta en algunos círculos intelectuales. Las respuestas diferían entre los distintos autores. ¿Puede soñar alguien cuyos recuerdos no le pertenecen?
Fuerza. Músculos que se tensan, ya no hay dolor. Ruido lejano, repetitivo, como una alarma. Andrés abrió los ojos. Las luces de la habitación estaban apagadas, solo se filtraban luces de emergencia a través de la puerta. Cyntheea estaba a su lado.
– Listo- dijo ella y soltó uno de los brazos de Andrés de la camilla – ahora a la silla transportadora – alcanzó a decir ella antes de que él levantara la mano para tomarle el hombro. Ella dio un pequeño salto, se giró y, al verlo, sonrió
- ¡Estás despierto! – dijo casi en susurros. – Vine a sacarte de acá. Pasaron muchas cosas estos días.
Cyntheea intentó levantarlo pero él se reincorporó solo. Se sentía algo mareado por los sedantes, pero su cuerpo estaba en perfecto estado.
– Rápido, tenemos que irnos antes de que nos encuentren – susurró Cyntheea – ya va a llegar el tiempo de explicarte todo. En el hospital no sabían qué hacer con vos. Te veían como un ser vivo y una máquina al mismo tiempo. Entonces te trajeron a este centro de tratamiento experimental. De alguna manera los robofóbicos se enteraron y están atacando el lugar ahora mismo. Tenemos que salir lo antes posible, tenemos que llegar a la oficina central de URRA. En la explosión la Jefa… - la expresión en el rostro de Cyntheea cambió.
-¿Qué pasó con la Jefa?- preguntó Andrés preocupado.
-Ahora no hay tiempo. Ponete esto – dijo dándole una manta de invisibilidad – y salgamos de acá.
Salir no fue fácil, los robofóbicos habían conseguido cortar el suministro de energía de todo el sector y habían lanzado un ataque a toda escala sobre el edificio de contención sanitaria. El ataque había tomado a la dotación móvil de soldados bermudios por sorpresa y los había obligado a reagruparse, pero luego de la sorpresa inicial habían logrado recuperar el terreno perdido expulsando a los invasores afuera del cuerpo principal del complejo. Sin energía no podían utilizarse ni las armas de pulso ni plasma, ni servían los visores externos. Los incursores estaban armados con antiquísimos rifles de combustión que utilizaban una reacción química para disparar proyectiles a altísimas velocidades. Arma muy inteligente para la época, pero que quedó obsoleta frente a los cañones magnéticos primero; y a la tecnología de enlace energético automático que no necesitaba cargar molestas municiones ya que extraía energía de la corriente principal. Pero al estar ésta desconectada, los rifles bermudios no servían de nada. Estos, junto al personal de hospital, se armaron con herramientas de cirugía de diamantinum, letales en la corta distancia, e improvisaron diversas bombas explosivas.
A medida que Andrés y Cyntheea recorrían el edificio y se acercaban a la salida, notaron como la violencia del ataque se hacía cada vez más palpable. Primero atravesaron por lo menos cuatro grupos de pacientes y personas de civil fortificados en distintas dependencias habitacionales del complejo; para luego pasar a cruzarse con distintos soldados bermudios en combate con los miembros del grupo de asalto robofóbico. A pesar de su buen número y la sorpresa, las fuerzas del engranaje en llamas resultaban no ser suficiente rival para contrarrestar la disciplina y dedicación bermudia en materia bélica. Llevar los mantos de invisibilidad había sido un enorme acierto de Cyntheea, ya que al tratarse de una simple tela flexible recubierta con una capa de tintura espejada, un efecto óptico, no necesitaba de la corriente de micro magnetismo para funcionar.
Para cuando finalmente llegaron al sector de ingresos, éste se encontraba desierto. Ahí había caído con mayor fuerza el ataque inicial de los incursores. Decenas de robots de bienvenida y primeros auxilios se encontraban acribillados, apaleados y despedazados más allá de todo arreglo. Dispersos por el salón se encontraban los restos de al menos una docena de humanoides que habían quedado atrapados en la violencia. Los robots recibidores habían dado sus propias vidas para protegerlos del sorpresivo ataque, y fueron los propios atacantes del Engranaje en Llamas quienes utilizaron a los humanoides como señuelo para atraer la atención de los robots del sector en lugar de dejarlos ir.
Por fuera del edifico un pequeño grupo de atacantes esperaba, junto a los vehículos de escape, a que sus compañeros regresasen con el botín mayor: Andrés. Los refuerzos bermudios llegarían en cualquier momento, y a sabiendas de que los incursores dentro del centro de salud se demorarían buscándolo, Andrés se acercó cautelosamente a la nave de escape y desactivó su núcleo de reacción, por lo que no podría funcionar a menos que un mecánico le dedique algunas horas.
Con este ataque el Engranaje en Llamas había salido de su supuesta legalidad. Andrés temió que una guerra civil se hubiera desatado: la primera en la que los robots no serían una herramienta o un arma, sino parte de uno de los bandos. Pero, por ahora, nada podía hacerse. Con los incursores neutralizados y los refuerzos llegando en poco tiempo, Andrés y Cyntheea se alejaron del edificio perdiéndose en la noche.
lunes, 7 de septiembre de 2015
7- Desierto personal
El aeroplano volaba suave, silencioso y veloz
sobre el extenso desierto. Siglos atrás esa zona había sido parte de una
próspera plantación de maíz, pero el entonces inexorable calentamiento global y
los malos manejos en materia de manipulación genética de las especies plantadas
volvieron a la zona un árido desierto sin vida. Un océano de arena
interminable, kilómetros y kilómetros de un páramo brillante que no podía
albergar vida alguna.
En su desesperación frente a la ruina inminente,
la nación que entonces ocupaba este territorio decidió lanzarse en una campaña
bélica por el mundo, pero a cambio recibió una veloz respuesta en forma de
lluvia de bombas que arrasaron por completo con lo que quedaba de aquella
decadente sociedad. Solo la destrucción había quedado como recuerdo; nada podía
vivir ahí, porque nada había quedado. No en vano lo llamaban el “gran
desierto”, era el recordatorio de la última vez que los habitantes de la tierra
habían intentado aniquilarse unos a otros.
Así de vacío podía haberse sentido
Andrés, si tan solo se hubiese tomado el trabajo de mirar dentro suyo para
intentar comprender qué era lo que le ocurría. Nunca antes en su vida se había
sentido de esa manera. Las manos firmes sobre el mando, la mirada fija en el
horizonte que solo se movía para mirar los instrumentos y el mapa. Cada vez que
el aeroplano se acercaba al final del desierto Andrés cambiaba el rumbo con el
objeto de seguir dentro indefinidamente. No quería regresar a la civilización,
no se sentía listo para abandonar el desierto. Sentía una compulsión por mirar
el horizonte, por sentir que ese vacío que lo invadía
tenía una correlación con el mundo circundante. Lo único que podía hacer era
asegurarse de que la visión del mar de arena, del silicio hecho añicos, y de la
radiación residual del ambiente, fuesen los únicos testigos de su soledad y sus
únicos compañeros. Y sin embargo, a pesar de sus esfuerzos por mantenerse
abstraído, había un nombre que se le aparecía con más fuerza cada vez que
lograba apartarlo de su conciencia: Cyntheea. ¿Quién era ella para perturbarlo
de esa manera? Una empleada administrativa de URRA que se esforzaba por resaltar
ante los ojos de La Jefa. Pero ya no era solo eso. En las últimas semanas,
desde que Andrés había tenido que pausar su actividad en U.R.R.A., Cyntheea
había estado a su lado. Él no sabía hacer otra cosa más que trabajar, fue ella
quién le enseñó todo un mundo de cosas por hacer fuera de su trabajo.
Acompañado por una persona como ella,
simpática, inteligente, creativa, Andrés había vuelto a divertirse como no lo
había hecho en años. Y también habían encontrado la ocasión de ayudar a algunos
robots, claro. Como ese robot cocinero encerrado en el restaurante al que
habían ido a cenar. Rompieron un poco las reglas de U.R.R.A., pero eso nadie
podría saberlo.
Y con el pasar de los días, ella empezó a
ocupar un espacio en su vida. Y su vida le pedía hacerle espacio. Pero ¿podía
contarle de “Sander”? ¿Cómo explicaría el tener un robot ilegal en su casa?
¿Entendería ella que él no era solo el frío, calculador, lógico, agente de la
Unidad, sino que además había estado actuando por impulsos que no llegaba a
comprender?
Andrés necesitaba irse. Los pensamientos
encontrados no eran su fuerte. Lo único que quería era estar lejos de todos.
Por eso no avisó a nadie, ni siquiera a Sander, cuando se subió al aeroplano
que ahora recorría el desierto.
Al caer la noche en el desierto Andrés miró
los controles una vez más. Las baterías solares se habían cargado por completo,
si lo deseaba podía seguir volando toda la noche sin tener que detenerse. Para
cuando saliese el sol las baterías volverían a recargarse, técnicamente el
aeroplano podría volar indefinidamente. Eso le daba a Andrés una sensación de
tranquilidad y la seguridad de no tener que detenerse nunca. Sin embargo, poco
después de la medianoche los instrumentos indicaron algo que no debería
ocurrir: a unos pocos kilómetros de distancia una figura humana caminaba en la
noche. Llegar hasta ahí le tomaría al aeroplano menos de un minuto, por eso
Andrés prefirió tomarse un tiempo para investigar a aquel ser. Podía tratarse
de alguna trampa, o quién sabe qué. Ningún ser vivo era capaz de soportar el
desierto demasiado. Incluso si se resguardaba del día y viajaba de noche, no
había agua potable ni alimentos en un radio amplísimo. Como decía un refrán de
la antigüedad humana: la curiosidad mató al gato; Andrés no pudo consigo mismo
y se dirigió al encuentro del vagabundo.
Era un hombre desnudo, de edad
mediana y rostro sereno, que simplemente caminaba decidido por el páramo
nocturno. Andrés dejó su nave a una distancia prudencial y se armó con un
pulsor eléctrico escondido por si acaso. Al verlo acercarse, la figura en la
noche detuvo su andar y lo observó directamente. Luego levantó la mano derecha
mostrando su palma a modo de saludo y, finalmente, pronunció unas palabras que
resultaron inentendibles a Andrés:
-¡Di kutú niel sabrok!
–Lo siento, no comprendo tu idioma- respondió
Andrés, mientras levantaba su mano copiando a su interlocutor.
-Tekeli li terbole khim.
<Circuitos intuitivos de identificación de idioma activados. > ¡Hola
extraño! Espero que en este idioma podamos comunicarnos, de lo contrario vuelve
a hablar para que mis circuitos intuitivos busquen otras similitudes fonéticas.
-Estamos hablando el mismo
idioma, sin dudas. Me llamo Andrés Dioyo. ¿Quién sos y que hacés solo en este
desierto?
-Mi memoria me ha mostrado que en
mi lugar de origen se me solía llamar Anomalía. Pero eso fue hace bastante, no
sé cuánto. En el desierto las tormentas de arena son frecuentes y es muy fácil
perder la noción del tiempo dentro de una- respondió al tiempo que miraba al
horizonte y recreaba con sus manos la mímica de una tormenta.
Andrés comprendía muy bien lo que ocurría, se
había encontrado con un robot perdido, abandonado por sus creadores, desterrado
a ese desierto sin fin. No podía hacer
nada por él, la última fábrica de robots de esa zona había desaparecido hacía
más de cien años. Quién sabe por cuánto tiempo había estado Anomalía vagando
sin rumbo. Con un gesto le indicó al robot que lo espere y fue a buscar la
tienda de campaña y las provisiones que tenía guardadas en su aeroplano. –Voy a
preparar un campamento para pasar la noche juntos, Anomalía- atinó a decir
antes de armar la tienda. –No creo poder ayudarte a encontrar tu lugar de
origen pero por lo menos podemos hacernos compañía-
Anomalía lo ayudó cuanto pudo,
sus procesos lógico-cognitivos, así como su matriz de razonamiento estratégico
lo guiaron en la forma más eficiente de preparar el campamento. Al poco tiempo
estaban sentados frente a frente, uno a cada lado de una fogata. Andrés apagó
todas las luces del campamento, solo las llamas los iluminaban. La noche,
estrellada, sin la interferencia lumínica de ninguna ciudad, los cubría.
-Es raro, ¿sabés? Hace casi dos
días que viajo sin detenerme. Creía que escapaba de gente malvada, pero en
realidad me estaba escapando de mí mismo- dijo Andrés mientras miraba el cielo.
-Creo que puedo comprenderte-
respondió Anomalía –si bien mis circuitos lógicos pueden explicarme el
funcionamiento de muchas cosas, en el fondo no puedo tener sentimientos. Pero
por analogía puedo ponerme en tu situación y entender cómo te sentís- Andrés
sintió curiosidad. ¿Desde cuándo un robot estaba programado para tener empatía?
Anomalía continuó:
-Estuve recorriendo este páramo por mucho
tiempo. Mis archivos de memoria se tornan confusos si busco demasiado, antes de
estar caminando por el desierto solo tengo recuerdos fragmentados, como cuando
me llamaron “Anomalía” y me expulsaron aquí, a esta nada interminable. Mi
construcción es perfecta, los mecanismos de autoregeneración me mantienen en
óptimas condiciones y mi única preocupación es intentar evitar las tempestades
de arena porque alteran mis circuitos y a veces puedo apagarme sin saber cuándo
volveré a estar activo. En mis caminatas encontré cosas increíbles: ciudades
abandonadas; restos de expediciones fracasadas o poco preparadas para
enfrentarse a este ambiente tan hostil; incluso tuve contacto con seres de
otros planetas que me buscaron, curiosos, por mi unicidad. Dada mi condición de
autómata nada de esto jamás tuvo efecto alguno en mí, más allá de lo analítico
por supuesto. Lo que pasaba es que aún no comprendía mi propósito, simplemente
existía como un robot que vagaba sin órdenes y sin saber por qué. Ahora lo sé…
- Al terminar de decir esto Anomalía se incorporó y comenzó a mirar al
horizonte, como buscando algo.
-¿Qué pasa, Anomalía?- le
preguntó intrigado Andrés.
-Como decía, mis recuerdos son
difusos, pero en todos estos años pude esbozar un rudimentario mapa de la zona.
Según los archivos de la biblioteca de referencias los antiguos navegantes
humanos usaban la posición de las estrellas para guiarse. Creo que con todo
este conocimiento acumulado voy a ser capaz de encontrar el lugar donde fui
ensamblado.-
-¿Vas a buscar tu hogar? Este
continente está desierto, no hay nada de nada a nuestro alrededor- Respondió Andrés
mientras se prendía un cigarro.
-¿Hogar? Sí, ustedes lo llamarían
así. ¿Desierto? Probablemente, pero por primera vez en todo este tiempo tengo
un objetivo. Cuando llegaste dijiste que estabas escapando de vos mismo. Todo
este tiempo, sin poder entenderlo, yo estaba haciendo lo mismo. Ahora lo
comprendo- al decir esto el robot se acercó a Andrés y le estrechó la mano. –Adiós
humano.- y se marchó rápidamente, perdiéndose en la noche sin dejar rastro.
Andrés prendió un cigarro en
silencio, contemplando las estrellas. Pensó en todo lo que había dejado atrás:
su vida cotidiana, su trabajo, Cyntheea…
Se despertó antes de que saliese
el sol y, como Anomalía, partió de regreso a su hogar, sin saber qué era lo que
iba a encontrar y, sobre todo, contra qué demonios debería enfrentarse para
dejar de sentirse solo.
miércoles, 12 de agosto de 2015
5- El último grito de Tyranoblastus
El crucero de batalla recorría el cielo a máxima velocidad. Dentro, sentados alrededor de la mesa de operaciones del comando central, se encontraban los mejores agentes de U.R.R.A. Estaban Andrés, con su seriedad habitual; Slasth, el siniestro maltusiano, famoso por mantener un record de destrucción de objetivos superior al 95% por siete años terrestres consecutivos; y Coghland Myrth, mercenario de profesión, de quien las malas lenguas decían que se había sumado
-Muy bien, damas y caballeros- comenzó diciendo La Jefa cuando todos hubiesen terminado de sentarse- la situación es la siguiente: hay un robot de destrucción masiva enloquecido suelto en Tokio 9 y nosotros tenemos que hacernos cargo. Sin lugar a dudas La Jefa sabía cómo llamar la atención de su grupo en las reuniones.
-¿Conocen esos eventos teleholográficos asiáticos donde un grupo de robots de guerra se enfrentan unos a otros hasta que solo uno quede en pie? Bueno, este es Tyranoblastus.
La imagen holográfica de un robot de 300 metros de altura, con una forma reminiscente a la de un dinosaurio bípedo carnívoro, pero cubierto por una armadura de placas y con un aguijón de plasma en la punta de la cola, apareció sobre la mesa frente a los agentes de U.R.R.A.
-Es el ganador de los últimos tres torneos y perdió el control luego de vencer a sus adversarios otra vez. Dicen que tras derrotar a su último enemigo los mandos de su controlador dejaron de funcionar y simplemente perdió el control. ¡Está atacando la ciudad desde hace veinte minutos y ya destruyó más de la mitad! Malditos burócratas, lanzaron una flota preventiva de aerovalkírias, pero descubrieron que el piloto del monstruo mecánico que debían destruir había muerto y cancelaron el despliegue porque “un robot sin dueño se encontraba por fuera de su jurisdicción”- continuó diciendo La Jefa frente a la mirada seria de sus empleados y agregó golpeando la mesa con el puño: -Borregos, infelices. ¡En el tiempo que tardé en reunirlos a ustedes ellos podrían haberlo detenido!
En ese momento un soldado bermudio entró a la habitación y le entregó una pantalla etérea a la Jefa. Esta leyó con atención, para luego soltarla y dejar que se evapore en el aire sin prestarle atención.
-Mensaje entregado- dijo el comunicador en el casco del soldado. Una luz amarilla se prendió en su mochila y partió apurado a seguir con sus obligaciones.
-¡Muy bien, señores!- continuó La Jefa -Dentro de diez minutos llegaremos a lo que quede de Tokio 9 y comenzaremos la operación “Último grito”-. Todos asintieron.
-Veo que trajeron sus herramientas de trabajo habituales, muy bien. Ahora voy a darles un obsequio de parte del Estado de Asia mayor por ayudarlos en este problema en Tokio 9-. Mientras decía estas últimas palabras seis pequeños robots de carga aparecieron con unas cajas. Las colocaron en el piso y las abrieron. En cada una había el equipo de acción que cualquier fanático de la tecnología experimental hubiese considerado increíble: cada uno tenía un escudo retráctil de diamantina pulida, un arnés propulsor adaptado para cada uno de los miembros del equipo, una antorcha nuclear; sumados al habitual campo de fuerza simbiótico y la corona de rastreo mental robótico.
Mientras se los colocaban, La Jefa agregó: -Voy a darle a cada uno de ustedes una mina E2. Estas minas generan un pulso electromagnético de 15 metros de radio que deshabilita al instante cualquier maquinaria más compleja que un reloj de arena. Es tecnología experimental que nos cedió un contacto que tengo en las fuerzas especiales. Funciona de mil maravillas, pero tiene poco alcance. No ocupan mucho lugar y vienen bien si se ven acorralados por Tyranoblastus. Eso es todo por ahora. El tiempo estimado de llegada es de siete minutos. Confío en que los sabrán aprovechar.
Mientras todos se levantaban de sus asientos y partían a prepararse para la misión, Cyntheea miró a Andrés. Su mirada, por un momento, lo preocupó.
-Quería desearte suerte- dijo ella.
-Gracias, pero no creo que haga falta-. Atinó a decir él, desconcertado por el efecto de esos ojos. De repente las luces de toda la nave se volvieron rojas al tiempo que la alarma comenzó a sonar.
-¡Estamos bajo ataque!- gritó una voz por los parlantes. La nave comenzó a sacudirse con violencia.
-¡A toda la tripulación, asuman posiciones de combate!- en solo un segundo un sonido agudo acompañado por una leve y sutil turbulencia dieron paso a una violenta sacudida.
-¡Nos dieron!- dijo nuevamente la voz de los parlantes. -¡Asuman protocolo de aterrizaje de emergencia!
Sin pensarlo, Andrés agarró a Cyntheea de la mano para intentar escapar de ahí. La nave estaba cayendo. Tyranoblastus los había descubierto y atacó a la distancia sin darles oportunidad de responder. Casi como si hubiese sabido lo que se proponían.
El aterrizaje, si podía llamárselo de esa manera, había sido brusco. Intentando mantener la estabilidad del crucero de combate los pilotos lograron rebotar en los techos de los rascacielos de Tokio 9 para frenar la caída y así evitar estrellarse de lleno contra el piso. Luego de unos segundos eternos la nave quedó detenida sobre lo que antes era un centro comercial. Tanto Andrés como Cyntheea estaban a salvo. No podía decirse lo mismo de La Jefa, que tenía fracturadas algunas costillas. A duras penas se mantenía consciente a causa dolor. Y Coghland Myrth tenía una de sus piernas seriamente lastimada.
–Cyntheea nos va a ayudar- dijo La Jefa a Andrés para dejarlo tranquilo.- En este crucero estamos a salvo, los soldados bermudios van a fortificar la posición en caso de que Tyranoblastus decida venir a terminar con nosotros. Slasth ya salió en su busca, te toca a vos también dar caza a Tyranoblastus.
Encontrar a Tyranoblastus en Tokio 9, a pesar de la extensión aparentemente infinita de la ciudad, no resultaba complicado. Solo hacía falta seguir el ruido de las explosiones causadas por la bestia mecánica, que arrasaba con todo lo que se encontraba a su paso. Recorrer los restos de la ciudad con el nuevo equipo también resultaba simple, el arnés propulsor resultaba un medio de transporte fantástico, permitiéndole realizar saltos de medio kilómetro de longitud en segundos. Andrés debía apurarse, Slasth tenía ventaja y no había manera de convencerlo para que no destruyese al robot.
Poco más de un minuto después, Andrés divisó a Tyranoblastus. Era aún más imponente que en la teleholografía. El robot pareció mirarlo, pero decidió atacar unos edificios que se encontraban en otra dirección. Eso le dio tiempo a Andrés de acercarse y situarse cerca de la central de mando en el pecho. Preparó la corona de rastreo mental robótico para intentar comunicarse con Tyranoblastus, pero un disparo lejano impactó en el blindaje del robot que enfureció y se giró para devolver el ataque con una llamarada volcánica salida de sus fauces. En ese movimiento Andrés perdió la conexión mental robótica y salió despedido por el aire, aterrizando en la terraza de un edificio cercano. Desde ahí pudo ver otro ataque, más cercano, tomar por sorpresa a Tyranoblastus, terminando de dañar su blindaje coraza dejando las maquinarias principales de su torso descubiertas, vulnerables al ataque final. Mientras el robot respondía el ataque distante con otra llamarada volcánica que incineró una cuadra entera, Andrés vio a Slasth con su arnés propulsor aterrizar en el edificio lindero y colocar un cañón remoto dispuesto para rematar a la gran bestia. Evidentemente su objetivo era estar lo suficientemente lejos como para salir indemne en caso de que el robot contraatacase nuevamente luego de alejarse y activar el arma a distancia. Andrés también vio que en el interior de Tyranoblastus había un pequeño reactor nuclear transportable, y supo que un disparo directo causaría una reacción en cadena capaz de arrasar con lo que quedaba de la ciudad. Sin perder un segundo, Andrés saltó al edificio donde estaba Slasth mientras que extendía su escudo retráctil de diamantina y disparaba con la antorcha nuclear hacía la cabeza de la bestia. Era un ataque a una zona protegida, pero su objetivo no era destruir al robot sino llamar su atención. Este respondió de inmediato y Andrés llegó a proteger con el escudo de diamantina a Slasth y a sí mismo de la llamarada volcánica que destruyó el cañón remoto junto con todo el edificio donde se encontraban. Por suerte el escudo de diamantina era capaz de proteger a ambos del ataque sin sufrir el menor daño. Sin embargo el edificio colapsó por las llamaradas y se desplomó.
Entre los escombros Andrés encontró a Slasth, herido, inconsciente, pero vivo. Tomó una cápsula de éter y colocó al maltusiano dentro, protegiéndolo de cualquier daño extra que pudiese sufrir. Luego buscó con la mirada, entre los escombros humeantes de Tokio 9 algún rastro que le permitiese encontrar a Tyranoblastus. Tras divisarlo, se acercó a él en pocos segundos gracias al arnés propulsor y, como antes, se instaló cerca de la central de mando en el pecho y activó la corona de rastreo mental para intentar sondear el sistema operativo del robot. Al instante Andrés descubrió que no había posibilidad de redimirlo, el sistema racional estaba sumido en un absoluto caos. Nada tenía sentido: órdenes contradictorias se sucedían sin lógica alguna, alertas de agresiones inminentes, de enemigos invisibles que se agolpaban y ejecutando ataques aleatorios sin fin. En el fondo, un solo comando se mantenía constante: destruir. Intentar razonar con la bestia resultaba imposible. En ese momento la mente del robot detectó al intruso.
–Te conozco- alcanzó a decir antes de apuntarse a sí mismo con el aguijón de plasma de su cola al hueco dejado por los ataques de Slasth. De inmediato Andrés se alejó lo más que pudo con el arnés propulsor y activó tanto su escudo retráctil como el campo de fuerza portátil que le habían regalado las autoridades de Asia mayor preparándose para el peor desenlace posible.
La máquina de guerra gritó por última vez mientras se inmolaba en una explosión atómica, fue un grito primal, surgido de lo mas profundo de las entrañas del tiempo. Generaciones de robots habían competido, y se habían despedazado para divertir al público. Tyranoblastus había sido el ejecutor de innumerables robots a los que consideraba sus hermanos, sin poder comprender sus actos. Finalmente la bestia había roto sus ataduras y desatado su furia primitiva sobre sus propios captores.
El último grito de Tyranoblastus dejó una marca imborrable sobre la humanidad que lo había creado para su divertimento. Poco después, los torneos entre robots de destrucción fueron prohibidos en todo el planeta. Sus armas desmanteladas y sus promotores llevados a juicio por fomento de la crueldad. Sin embargo, Andrés no podía considerarse feliz. No había podido evitar la destrucción del robot y, aún peor, antes de su final, este había dicho conocerlo. ¿Cómo era esto posible?
miércoles, 22 de julio de 2015
3- Un nuevo atardecer
Anochecía en la ciudad, los nuevos motores de reacción limpia aún no habían suplantado por completo a los de combustión y el smog todavía podía respirarse en el aire. Andrés salió de las oficinas de la Unidad de Relocalización de Robots Abandonados y partió rumbo a su casa como tantas otras veces lo había hecho. Debía esquivar a la muchedumbre, enloquecida por regresar lo antes posible a su hogar, que atestaba las calles, y dirigirse rumbo al subterráneo intercontinental. Como todos los días que viajaba en el subterráneo, se acercó a unos veteranos de la infame guerra ferónica que esperaban en la entrada, abandonados por la fuerza que habían jurado proteger. Estaban en la calle a la espera del premio que su nación les había prometido por ir a pelear una guerra injusta. Inhabilitados de por vida para ejercer cualquier función pública por las heridas de guerra, pasaban sus días esperando que el reconocimiento les llegue. No podían hacer mucho, solo esperar en la calle. Andrés les dio unos créditos que tenía preparados en el bolsillo, no tenían dinero para comer, mucho menos para arreglar las desvencijadas prótesis mecánicas que los remendaban, y bajó por las escaleras mecánicas que lo sumergieron en las profundidades de la ciudad.
La luz artificial dejaba mucho que desear, de baja calidad, el color no podía siquiera imitar la luz solar de una estrella lejana. No era difícil reconocer que el subterráneo intercontinental se encontraba en un estado muy precario. A la mala iluminación se le sumaban filtraciones de humedad en el cieloraso y las paredes, la suciedad acumulada por semanas, los olores rancios y la poca ventilación en general. Andrés se sabía de memoria los pasajes y corredores del subterráneo, sabía cuales eran los lugares que se inundaban, conocía los recovecos sin luz y los pasillos sin salida, así que no tardó mucho en llegar al andén donde esperaría su transporte. Por un momento creyó percibir los restos inservibles de un robot de mantenimiento en un corredor oscuro. Eso no debía pasar, el subterráneo intercontinental se encontraba en pésimo estado, pero los robots de mantenimiento aún estaban en funcionamiento. Nada justificaba que hubiesen restos de robot desperdiciados en un pasillo oscuro, inclusive el mas inservible de los desechos robóticos terminaba en las bóvedas de reciclaje. Rápidamente descartó la idea, diciéndose a sí mismo que debía tratarse de un vagabundo cubierto de piezas de metal térmico para resguardarse de la humedad del piso y descansar mejor en la penumbra, y siguió caminando hasta llegar al andén.
El lugar estaba casi vacío, los pasajeros que esperaban silenciosos y evitando mirarse unos a otros no llegaban a la media docena. Algunos miraban las nuevas pintadas que aparecieron en las paredes de la Estación, era un símbolo que se repetía varias veces: un engranaje en llamas. Andrés no prestó atención a las pintadas. "Otro grupo de malvivientes buscando reconocimiento", murmuró para sí mismo y volvió a mirar hacia la oscuridad del túnel para adivinar cuánto faltaría para que llegase su transporte.
Algunas de las personas de la estación comenzaron a hablar unas con otras, pero Andrés decidió colocarse contra una columna para esconderse y evitar a los extraños. Este aislamiento le resultaba de lo más común y conveniente, ya que normalmente no disfrutaba de socializar. Sin embargo, al poco tiempo, un ruido lejano sacó a Andrés de su sopor. En el extremo opuesto del andén había un robot de limpieza semidestruido, que se movía a los tumbos entre las paredes y los asientos de espera. Se acercó al robot y lo examinó con cautela: sus detectores de movimiento y espacio estaban cubiertos de pintura; las garras prensiles habían sido arrancadas de cuajo; la antena-vínculo con la computadora central parecía haber sido completamente incinerada, imposible de reparar; y, sobre su pecho, pintado en aerosol, estaba el dibujo del engranaje en llamas. Sin pensarlo, Andrés se acomodó cerca del robot y sacó de su bolso sus herramientas de trabajo. Primero retiró los sensores, los limpió con solvente orgánico y los volvió a colocar. Inmediatamente el robot de limpieza se recompuso y agradeció a Andrés por lo que estaba haciendo,
-”Modo interfaz vocal activado” Gracias humano, es muy incómodo no poder ver absolutamente nada.
-De nada robot, ahora mismo voy a intentar arreglar tus garras- dijo Andrés mientras preparaba sus herramientas para la tarea. Sin embargo las garras prensiles habían sido arrancadas y no las veía en las inmediaciones.
-Hmm… - masculló Andrés rascándose la barbilla ante el problema. -necesito que busques en tu registro de memoria para ver dónde quedaron tus garras.
-Sí, no hay problema, el daño que tengo es estructural, el archivo de memoria se encuentra intacto. Muy bién, analizando pedido de información.- “Blip, blip, blip, peeeeeeeep” -Según el registro me encontraba realizando tareas de limpieza y mantenimiento en el sector operativo cuando fui atacado por un grupo de cuatro individuos que bloquearon mis sensores con pintura fresca y luego arrancaron mis garras. Imposibilitado de ver y de autorrepararme vagué por casi veinte minutos hasta que me reparaste.
-¿Quiénes eran los individuos que te atacaron?
- No lo sé. Sus rostros no aparecen en la nómina de empleados autorizados para estar en el sector operativo. Según mi unidad simuladora de intuición, revisando los archivos visuales de mi memoria, estuvieron en esta estación por lo menos en tres oportunidades diferentes, como pasajeros.
-Robot, necesito que entres en el modo emergencia código de acceso universal 999- inmediatamente el robot se puso firme esperando indicaciones de Andrés, que continuó diciendo:
-Algo está muy mal. ¿Dónde está el sector operativo robot? tengo que investigar antes de que pase algo malo Sé que tu antena de anlace está dañada, ¿podés ir hasta la cabina de comunicaciones para avisar por interfaz vocal? ¡Necesitamos alertar a las autoridades inmediatamente!-
Luego de indicarle a Andrés el camino, el robot de limpieza salió apurado a cumplir sus nuevas órdenes; en el modo emergencia, ignoraba voluntariamente toda la suciedad y desorden que se había acumulado en la estación.
El camino hacia la central de control no había resultado difícil siguiendo las indicaciones del robot, pero, por las dudas, Andrés había preparado su fiel llave de tuercas de ochenta centímetros de largo para estar prevenido ante cualquier ataque. Normalmente una herramienta así resultaría completamente inútil para su trabajo habitual en U.R.R.A., pero desde que los emisores de antigravedad leve se habían comercializado en masa, los instaló en su caja de herramientas y podía cargarla con lo que quisiese sin importar el peso. Su llave de tuercas podía resultar poco práctica para el trabajo cotidiano, pero era un arma formidable si la situación lo ameritaba.
Andrés sospechaba lo peor, uno de los pocos robots que todavía funcionaba en la estación había sido vandalizado de una forma muy sospechosa: Sin el vínculo de enlace, no podía pedir ayuda, sin las garras, no podía mover máquinas y sin la visual, no sabría donde ir para conseguir ayuda. Algo raro ocurría y Andrés creía saber de qué se trataba. Al llegar al sector operativo encontró la puerta entreabierta con un emblema recién pintado: nuevamente el engranaje en llamas hacía su aparición. Una ruidosa conversación se escuchaba dentro, varias personas vociferaban y daban grotescas risotadas. Andrés se acercó despacio y asomó por la rendija: había cuatro personas, uno de ellos, corpulento y de piel verdosa, vestido con pantalón y chaleco de cuero negro, era el líder. De los otros tres, dos parecían humanos, también vestidos de cuero, y el último tampoco parecía no ser de este planeta, era más pequeño que sus compañeros y de piel rojiza, vestido con algo que parecía ser una túnica marrón. Los cuatro estaban trabajando sobre un artefacto colocado en el tablero de control.
-¿Glut, en cuanto ajustamos el temporizador para que detone?- preguntó el ser rojizo.
-¡Cinco minutos parásito! Es tiempo suficiente para escapar antes de que todo esto vuele por el aire.
Al escuchar esto Andrés se sobresaltó, no podía esperar a que llegase la policía, debía actuar pronto. No sabía nada sobre temporizadores ni artefactos explosivos, por lo que debía detenerlos antes de que lo activasen. Sin pensarlo dos veces empuño su llave de tuercas con ambas manos y abrió la puerta de una patada que tomó a todos por sorpresa. Aún sorprendidos, los cuatro vándalos se lanzaron a atacarlo, pero no estaban preparados para esa pelea. Primero, uno de los humanos cayó bajo un golpe de llave de tuercas que impactó de lleno en su cabeza y lo dejó fuera de combate por completo. Luego alejó al otro humano con una patada en el pecho mientras atacaba con la llave de tuercas al humanoide rojizo, pero éste era muy escurridizo y pudo esquivar los ataques. Andrés prefirió rematar al otro humano antes de que pudiese recuperarse de la patada anterior. Así quedó frente a frente con Glut, con su piel verde opaco, quien se acomodó para pelear mano a mano, con una leve sonrisa en su rostro. Andrés se sabía rodeado, debía enfrentar a dos alienígenas muy diferentes, uno pequeño y rápido, el otro enorme y fuerte. Sin perder el tiempo Glut se lanzó al ataque con un grito de guerra parecido a un gruñido gutural. Andrés quiso retroceder para esquivarlo, pero se vio sujetado por la espalda por el otro extraterrestre. No podía quitárselo de encima para evitar el ataque, así que decidió darse media vuelta y anteponer al ser rojizo entre él y Glut.
-Nunca debe darse la espalda a enemigo en un combate- repitió para sí Andrés- pero en este caso hacer la excepción parece lo más lógico.
El forcejeo no duró mucho. Enfurecido, Glut arrancó de la espalda de Andrés al parásito para poder enfrentarlo él mismo, pero el humano aprovechó para escabullirse del poderoso ataque y contraatacar con su llave de tuercas a la espalda del corpulento ser verde. Cuando se disponía a atacarlo nuevamente, Andrés sintió como dos frías manos le tapaban los ojos desde atrás: nuevamente era el parásito que intentaba inmobilizarlo para que Glut lo atacase. Antes de que pudiese intentar nada, Andrés sintió un fuerte golpe en el abdomen que lo dejó sin aire y no pudo evitar desplomarse sin fuerzas para terminar perdiendo la conciencia. Luego, oscuridad.
Andrés despertó sintiendo un terrible dolor en todo el cuerpo, y la cabeza le daba vueltas.
-Ahí se está despertando jefe- Escuchó decir a una voz cercana.
-Buen día ciudadano ¿puede oirme?- Le preguntó una voz mientras lo ayudaba a recomponerse. Poco a poco Andrés recuperaba la vista, Reconoció que seguía en el sector operativo donde había peleado, pero el lugar estaba lleno de policías. Podía ver a los dos humanos que él había dejado inconscientes esposados; también estaba estaba Glut, el gigante de piel verde, atado de pies y manos forcejeando para liberarse, gruñendo encolerizado.
-No te preocupes, ya está todo bajo control. El robot de mantenimiento que dio la alarma nos dijo que vos lo habías ayudado. No llegamos a tiempo para evitar que el grandote y el rojizo te apalearan, pero los detuvimos antes de que pudiesen activar el explosivo. Lamentablemente el pequeño se nos escapó, pero tenemos a los otros tres.
Andrés se incorporó luchando contra el dolor que sentía en todo su cuerpo. Le habían dado una buena paliza, pero había podido evitar una catástrofe. En el reglamento interno de la Unidad de Relocalización de Robots Abandonados la principal cláusula decía que su función era la de ayudar al bien común. Había prometido cumplir con sus funciones, incluso fuera de su horario laboral, incluso a costa de ponerse a sí mismo en riesgo.
domingo, 12 de julio de 2015
2- Por un puñado de Bytes

Andrés Dioyo miraba por la escotilla, el corazón del continente asiático era su zona del planeta favorita para observar. Las enormes fábricas abandonadas y los grandes piletones de desechos químicos lo ayudaban a recordar que se encontraba rumbo a Albacea, la zona más pobre en medio de una región muy rica del planeta tierra.
Fue la presencia de Warkus, su compañero en esa misión, la que logró traerlo de vuelta de sus pensamientos. Warkus, como todos los olivadios, medía poco mas de un metro de altura, pero cuando sus tres pares de brazos reptilianos estaban completamente extendidos, lo hacían parecer mucho mas grande. En ese momento, los olivadios eran conocidos por sus dotes de pilotos y de manejo de maquinarias excepcionales. Sus seis brazos les daban ventaja frente a muchas otras razas del espacio. Sin embargo, el problema de Warkus era su mal humor y su afición por la bebida. Algún evento oscuro que no aparecía mencionado en su archivo personal lo había vuelto reservado y algo hosco. Tan difícil resultaba trabajar con él, que nadie lo soportaba como compañero.
Según el reporte de la misión, aparentemente un robot ejecutivo de cuentas, Mr9PCom, del Primer Banco Solar, no se había presentado a su puesto cuatro días atrás, y, no solamente había desaparecido sin dejar rastro, sino que faltaban varios millones de omegabytes de dinero electrónico de las cuentas que manejaba. Las autoridades del banco habían pedido la más absoluta discreción en el asunto, ya que, si llegara a hacerse público, su imagen se vería seriamente afectada. Por ese mismo motivo los indicados para el trabajo eran Warkus y Andrés. El primero, porque nadie soportaba hablar con él (mucho menos tomarlo como informante en la prensa) y el segundo, porque era de absoluta confianza para La Jefa, nunca le había fallado y, a diferencia de la mayoría de sus compañeros, jamás había hecho nada por fuera del protocolo.
La última información sobre el robot Mr9PCom consistía en una señal proveniente del sistema de rastreo instalado que lo ubicaba en un pequeño poblado llamado Albacea. El “primo pobre” del sudeste asiático, como le decían socarronamente los magnates de los países cercanos, era un lugar abandonado, de clima selvático demasiado caluroso como para instalar un centro recreativo de alto nivel.
-Con todas esas lagunas de hidrocarburos, el único spa que podría funcionar aquí es uno para robots- había dicho siglos antes un conocido magnate de los parques de diversiones.
Años atrás había sido uno de las regiones mas perjudicadas por la iniciativa Schyntrlinn que sirvió de excusa para que adineradas compañías pudiesen adquirir países enteros asfixiados por deudas y malos manejos financieros. Para cuando se descubrió que esos mismos países habían sido forzados por las compañías beneficiarias a adquirir esos préstamos y éstas fueron a juicio moral mundial, el país quedó completamente abandonado a su suerte. Luego de la anarquía inicial, los habitantes de Albacea aprovecharon la oportunidad y tomaron la iniciativa de realizar la reparación y reciclaje de maquinarias de países vecinos.
Por fuera de los numerosos insectos, mamiféridos y reptiloides de la espesa selva, los únicos habitantes eran los broquiatos, una raza de cánidos genéticamente modificados para ser obedientes y aprender rápido. Ellos eran los encargados de restaurar los contingentes de maquinarias que diariamente llegaban a Albacea.
Encontrar el poblado desde donde había transmitido por última vez la señal del Mr9PCom había resultado bastante fácil gracias a la pericia en el manejo de la nave por parte de Warkus, pero ni bien atravesaron las últimas capas de turbulencia y se acercaban al hangar de aterrizaje, éste destapó una pequeña botella de destilado sintético y comenzó a tomar un trago tras otro.
–Pensé que no se te permitía tomar durante las misiones- dijo Andrés
-¿Qué? ¿Querés un poco?- replicó el olivadio.
–No, en absoluto. Creo que puede embotar mis sentidos y no me gusta trabajar si no estoy al cien por cien de mis capacidades.-
-Ah, me cansás Andrés, siempre tan correcto. El día que tengas que tomar destilado sintético para soportar tu rutina, ahí vas a comprender lo vacía que es la vida...-
Las últimas palabras de Warkus carecían de sentido y de interés para Andrés, que comprendía porqué nadie quería trabajar con él. Pero no tenía tiempo para lidiar con borrachos con una misión por delante. Además, al ritmo en que Warkus tomaba el destilado, era cuestión de minutos antes de que perdiera la conciencia por completo. Mientras se terminaba de colocar el equipo de trabajo, miró por sobre sus hombros a Warkus que estaba desplomado sobre el tablero de control, mascullando palabras inentendibles.
Andrés terminó de aterrizar la nave solo, en las cercanías de un poblado adyacente: era lo único habitado en kilómetros a la redonda y pensó que sería un buen lugar para hacer preguntas. Ni bien bajó notó que el pueblo estaba alborotado: numerosos broquiatos se dirigían hacia la zona fabril. Comenzó a seguirlos y vio que se agolpaban en los piletones de lubricante. En el centro, nadando, se encontraba el robot Mr9PCom, que tras cada chapuzón sacaba uno de sus brazos a la superficie y revoleaba bitmonedas y créditos bancarios a un número cada vez mayor de lugareños que rodeaban la pileta. Andrés se acercó lo más que pudo al piletón y esperó de brazos cruzados a que Mr9PCom terminase su baño. Al salir, el robot fue inmediatamente recibido y cubierto con una manta. Él lo agradeció con más bitmonedas y dio un crédito bancario reluciente a un broquiato pequeño a cambio de que le consiguiera un buen vaso de refrigerante. Cuando éste se hubo alejado, Andrés se acercó al robot.
–Así que decidiste asegurarte un retiro prematuro Mr9PCom- dijo.
–Veo que valgo lo suficiente como para mandar un caza recompensas- Replicó el robot, al tiempo que de su brazo robótico se abría un panel y emergía un arma que apuntaba a Andrés. Se miraron fijo durante un momento que pareció eterno, ambos permanecieron inmóviles. Finalmente fue Mr9PCom quien rompió el silencio: –Supuse que mandarían a alguien, y por eso le encargué a mis nuevos amigos que me realicen algunas modificaciones, como este dispersor de neutrones. Arma simple, elegante, efectiva y muy fácil de ocultar. También deshabilitaron el rastreador que el banco me había colocado en el chasis. Habrá notado usted que aquí la principal industria es la del arreglo y reciclaje de maquinarias, es increíble la velocidad y calidad con la que trabajan estos broquiatos si se les da materiales y recursos adecuados. Sabe usted ¡Esto sí que es vida! Pasé años trabajando para entidades financieras. Primero como cajero interactivo, luego como operador de bolsa y finalmente como ejecutivo en el Banco Solar. Una gran carrera sin dudas, pero a la larga es un trabajo muy aburrido hacer que los demás ganen, o pierdan, dinero. Necesitaba hacer algo por mí mismo, salir al mundo, tener proyectos propios. Así que organicé mi escape, la mayoría del dinero que me llevé estaba cubierto por seguros y el resto pertenecía a fondos fantasma irrastreables que lavan dinero para la mafia, así que nadie debería quejarse demasiado. ¿Sabe? pensaba en que esto sucedería, que tarde o temprano alguien llegaría buscándome. Por eso tengo una propuesta muy jugosa para hacerle, una cantidad de dinero que superará cualquier recompensa que le pudiesen haber ofrecido-
–Se equivoca usted robot, no soy ningún caza-recompensas. Me llamo Andrés y trabajo para la Unidad Recuperadora de Robots Abandonados, no busco fama ni gloria con su captura, mucho menos dinero. Es más, el Banco Solar puso mucho empeño en que este caso no salga a la luz. Para mí esta es solo otra jornada de trabajo, y no mucho más-.
En el momento en que Mr9PCom bajó su arma al descubrir que Andrés no era una amenaza, éste desenfundó su pequeño pulsor de electrones oculto bajo la manga de su camisa y, con dos disparos certeros, desactivó tanto el arma del robot como sus piernas, dejándolo tan desarmado como inmóvil. Al escuchar los disparos, todos los broquiatos se escabulleron y escaparon dejando la zona de los piletones desierta. Desde el piso, Mr9PCom miró a Andrés desamparado
– No entiendo, dijiste que no eras una amenaza, mis detectores de mentiras te creyeron-.
Andrés guardó el pulsor en la funda oculta y se acercó al robot.
–No me gusta que me apunten, además, tranquilo, el pulsor de electrones no destruye, solo paraliza momentáneamente. En unas horas estarás nuevamente tomando líquido refrigerante con los broquiatos-. Andrés ayudó a Mr9PCom a sentarse en el piso y continuó: -Vamos a hacer lo siguiente, cuando te recuperes vas a hacerte un cambio de chasis completo, para que nadie pueda reconocerte; luego vas a utilizar todo ese dinero que me ofreciste para mejorar las instalaciones de estos broquiatos; y por último: ¡dejá de llamar la atención! Yo ahora me voy. Si todo sale bien y mantenés el perfil bajo, no vas a tener más problemas-.
De regreso en la oficina, Andrés dedicó el tiempo habitual a escribir el informe de la misión. Al presentarlo, La Jefa leyó como, luego de llegar a Albacea encontraron los restos de Mr9PCom en su nave destruida tras un mal aterrizaje, que los broquiatos probablemente se llevaron los pocos créditos y bitmonedas que sobrevivieron al accidente y cómo la pericia en el manejo del instrumental por parte de Warkus había resultado fundamental para salir de esa selva sin sufrir el mismo destino de Mr9PCom. Por supuesto, Warkus tenía demasiada resaca como para ponerse a discutir un reporte que lo dejaba bien parado.
lunes, 19 de mayo de 2014
Distintas formas de decir adiós
-Siempre
soñé con ser científica, pero en este universo ya se descubrió casi todo lo
importante. Los únicos misterios que quedan por investigar son cosas menores.
Ya no quedan grandes plagas por sanar, grandes injusticias por balancear, ni
grandes problemas por solucionar. No es una muy buena perspectiva la de los
científicos hoy por hoy: recapitular obras clásicas, chequear cada tanto que
las leyes físicas conocidas se sigan aplicando, y no mucho más. A lo sumo
volverse inventor, como tu hermano, y dedicarse a seguir caprichos creativos.-
Su
sonrisa era increíble, jamás había visto a nadie así. Ni en la nebulosa de
Rigan, ni en las colonias de los cúmulos Lovares. Ninguna mujer del universo
sonreía como ella, pero por detrás de esa sonrisa había algo más. Algo que no
pude o no quise ver hasta que fue demasiado tarde. Una sombra la perseguía,
opacaba el brillo de sus ojos y la agitaba cuando dormía. Era una pena
imposible de percibir o de entender, era la nostalgia por saber que su mayor
deseo en la vida jamás se cumpliría.
-Creo
que el único desafío que le queda a un científico de ley, es descubrir qué hay
dentro de un agujero negro. Me sorprende que aún no se sepa. Hay teorías, eso sí:
Hotchkings decía que dentro de un agujero negro las leyes conocidas de la
fisicoquímica se invierten y el tiempo deja de correr; La Doctora Nabuti
afirmó una vez que eran portales a otras dimensiones, tan extrañas y ajenas que
serían imposibles siquiera de imaginar; Tartaq coincidía con la Doctora Nabuti en que eran
portales, pero no a otra dimensión sino a otro tiempo-.
Las
corrientes energéticas surcaban el espacio alrededor de una pequeña nave de
exploración. A unos pocos miles de kilómetros un agujero negro absorbía toda la
materia que no poseía la fuerza suficiente como para escapar a su oscuro
abrazo. Dentro de la nave, un hombre y una mujer se miraban a los ojos con
tristeza. Sabían que no volverían a verse y, sin embrago, ninguno de los dos se
animaba a decirlo. Ninguno se atrevía a admitir que probablemente esa sería la
última vez que se mirarían a los ojos. Rodrigo sabía que jamás volvería a ver
su sonrisa, y aún así, no pudo mas que disimular un “hasta luego” mientras
Micaela subía al módulo exploratorio y se lanzaba a explorar lo inexplorado,
camino a una aventura de la que no sabía cómo terminaría. Mirándola desde la
nave, Rodrigo la vio irse para siempre; detrás quedaron sus sueños, esperanzas
y la promesa de un futuro juntos.
Rodrigo
se despertó sobresaltado, estaba cubierto por sudor frío y jadeaba con la boca
abierta. Tenía la garganta seca y en su mente anidaba la idea de haber tenido
una pesadilla horrible.
-¿Estás
bién, papá?- Preguntó Hernán que lo observaba parado en el umbral de la
habitación. Tenía tanto miedo como curiosidad por ver a su padre teniendo un
mal sueño tan intenso.
-Sí,
hijo, estoy bien. Ya me desperté. ¿Vos estás bien? Es tarde, hay que volver a
dormir- dijo Rodrigo mientras se levantaba de la cama dispuesto a acompañar a
Hernán de regreso a su habitación. Mientras veía como su padre se le acercaba le
preguntó:
-¿Quién
es Micaela?
Al escuchar esas palabras Rodrigo se detuvo de
inmediato, un temblor recorrió su cuerpo, había pasado mucho tiempo desde la
última vez que había escuchado ese nombre. A duras penas intentó disimular su
nerviosismo.
-¿Por
qué preguntás eso, hijo? ¿Dónde escuchaste ese nombre?
-Lo
decías vos, recién, mientras dormías, papá-.
Rodrigo estaba sin palabras, no sabía qué
responder. Sólo se limitó a tomar del brazo a su hijo gentilmente, y se
disponía a acompañarlo hasta su cama cuando este preguntó:
-¿Soñabas
con mamá?
lunes, 5 de mayo de 2014
La ciudad en el erial
-Una
vez estaba en el planeta Osíris. Había hecho un trabajo llevando una carga a
Éden, su planeta gemelo y cuando estaba por entrar al hiperespacio para
regresar a casa, choqué con un asteroide y debí aterrizar de emergencia. A diferencia
de Éden que era poco menos que un paraíso terrenal, Osíris era principalmente
un gran desierto, un erial, con pequeñas granjas de musgo y la ocasional
ciudad-fortaleza móvil surcando con sus grandes ruedas los inmensos océanos de
arena. Llegué a una de esas fortalezas; debía tener casi diez kilómetros de
largo y no menos de cinco de ancho, y se movía incesantemente esquivando
tormentas de arena, con un objetivo final desconocido para todos los habitantes
excepto para los misteriosos Capitanes de los que nadie parecía saber nada. Ahí
dentro, reinaba una tácita camaradería entre colegas viajeros espaciales.
Luego
de haber recibido las coordenadas de aterrizaje, dejé mi nave en el taller y
acordé con los técnicos que la reparasen a cambio de algunas piezas de
repuestos que tenía en el depósito olvidadas desde hacía tiempo. Me ofrecieron
un camarote durante mi estadía y una vez instalado fui a recorrer un poco la
ciudad. Estaban los niveles superiores, donde se encontraban los habitáculos, camarotes,
comercios, cantinas y los puestos de intercambio cercanos a las plataformas de
aterrizaje. Vedadas en los niveles inferiores, se encontraban las salas de
máquinas, las calderas y las habitaciones de los Capitanes. Nunca nadie los
había visto y nada se sabía de ellos. Era increíble pensar que toda esa masa de
maquinarias oxidadas, derruidas y rechinantes se mantuvieran en funcionamiento.
Cabe aclarar que pasado el deslumbramiento inicial, el lugar resultaba bastante
hostil y poco amigable. Los habitantes de la fortaleza eran, por lo general,
mercenarios de paso o seres deseando escaparse de sus pasados, o de sus destinos.
Sin
mucho que hacer, me dirigí a una cantina en el distrito comercial. Ahí dentro
me acodé en la barra y me dediqué a leer una revista de actualidades que había
comprado. Tenía más de un siglo de antigüedad ya que no llegaban publicaciones
recientes a ese planeta. Al rato, escuché a mis espaldas una discusión que
aumentaba en volumen y fuerza, eran dos hombres, ambos vestidos con ropa de
cuero negro, que jugaban a las cartas. Aparentemente, el ganador se quedaría
con un perro gris que los miraba entretenido. Ambos lo reclamaban como propio y
ninguno daba el brazo a torcer. Al aumentar la tensión, el cantinero se me
acercó y dijo que debía cobrarme en ese momento porque probablemente aquella
discusión terminaría mal y no quería que en el revuelo de la pelea yo me
escapase sin pagar la cuenta. No llegué a sacar el dinero cuando varios
guardias entraron al local, dispuestos a detener la pelea que estaba por
comenzar. Lejos de sentirse disuadidos, los dos hombres dejaron de lado sus
diferencias y los atacaron abriendo fuego.
Pude
escabullirme debajo de una mesa y llegar hasta la puerta de salida gateando
mientras las balas zumbaban y el perro, por el que antes se peleaban, atacaba a
un guardia a mi lado que había querido detener mi salida. Con la mirada le hice
una seña al cantinero indicándole que le dejaba el dinero en una rendija de la
entrada, y me alejé del lugar antes de que llegasen los refuerzos.-
- Papá, ¿quién se quedó con el perro al final?-
- Creo
que fue un empate. Desde la ventana de mi camarote pude ver como los dos
hombres y el perro escapaban de la fortaleza en una verdadera antigüedad: un
automóvil del siglo veinte; andando por el desierto hacia el atardecer.
Poco
después, me avisaron que los arreglos de mi nave habían concluido y pude dejar
aquel planeta desértico en el que la violencia y las amistades parecían
forjarse día a día.-
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