lunes, 15 de septiembre de 2014
Vistazos - Artista invitado: José Luis Gaitán
“Aquellos exploradores Sulatas solo eran principiantes y, sin embargo, no conocían el miedo. Capaces de recorrer extensísimas planicies hasta llegar a su destino, o a su presa.”
sábado, 12 de julio de 2014
Vistazos - Artista invitado: Damian Fuentes
“De entre todas las criaturas
del universo, el camarero tenía que ser justo un Ironicus.
-Traigame
el plato más feo que sirvan- ordené- y
tómese su tiempo, que no tengo apuro.”
jueves, 3 de julio de 2014
Vistazos - Artista invitada: Catalina Mazzitelli
Entonces aquel ser azul me sonrió. Era probablemente la criatura más
poderosa del universo conocido, y sin embargo, trabajaba como vendedor
de lapiceras en el tren interplanetario. Antes de que le pregunte, dijo
que buscaba recopilar experiencias únicas.
miércoles, 18 de junio de 2014
Vistazos - Artista invitado: Leandro Silva
"Estaba totalmente perdido. Sabía que no muy lejos de allí había una tribu de Oregames, que eran excelentes guías de la selva... pero también eran fanáticas de la carne humana."
lunes, 19 de mayo de 2014
Distintas formas de decir adiós
-Siempre
soñé con ser científica, pero en este universo ya se descubrió casi todo lo
importante. Los únicos misterios que quedan por investigar son cosas menores.
Ya no quedan grandes plagas por sanar, grandes injusticias por balancear, ni
grandes problemas por solucionar. No es una muy buena perspectiva la de los
científicos hoy por hoy: recapitular obras clásicas, chequear cada tanto que
las leyes físicas conocidas se sigan aplicando, y no mucho más. A lo sumo
volverse inventor, como tu hermano, y dedicarse a seguir caprichos creativos.-
Su
sonrisa era increíble, jamás había visto a nadie así. Ni en la nebulosa de
Rigan, ni en las colonias de los cúmulos Lovares. Ninguna mujer del universo
sonreía como ella, pero por detrás de esa sonrisa había algo más. Algo que no
pude o no quise ver hasta que fue demasiado tarde. Una sombra la perseguía,
opacaba el brillo de sus ojos y la agitaba cuando dormía. Era una pena
imposible de percibir o de entender, era la nostalgia por saber que su mayor
deseo en la vida jamás se cumpliría.
-Creo
que el único desafío que le queda a un científico de ley, es descubrir qué hay
dentro de un agujero negro. Me sorprende que aún no se sepa. Hay teorías, eso sí:
Hotchkings decía que dentro de un agujero negro las leyes conocidas de la
fisicoquímica se invierten y el tiempo deja de correr; La Doctora Nabuti
afirmó una vez que eran portales a otras dimensiones, tan extrañas y ajenas que
serían imposibles siquiera de imaginar; Tartaq coincidía con la Doctora Nabuti en que eran
portales, pero no a otra dimensión sino a otro tiempo-.
Las
corrientes energéticas surcaban el espacio alrededor de una pequeña nave de
exploración. A unos pocos miles de kilómetros un agujero negro absorbía toda la
materia que no poseía la fuerza suficiente como para escapar a su oscuro
abrazo. Dentro de la nave, un hombre y una mujer se miraban a los ojos con
tristeza. Sabían que no volverían a verse y, sin embrago, ninguno de los dos se
animaba a decirlo. Ninguno se atrevía a admitir que probablemente esa sería la
última vez que se mirarían a los ojos. Rodrigo sabía que jamás volvería a ver
su sonrisa, y aún así, no pudo mas que disimular un “hasta luego” mientras
Micaela subía al módulo exploratorio y se lanzaba a explorar lo inexplorado,
camino a una aventura de la que no sabía cómo terminaría. Mirándola desde la
nave, Rodrigo la vio irse para siempre; detrás quedaron sus sueños, esperanzas
y la promesa de un futuro juntos.
Rodrigo
se despertó sobresaltado, estaba cubierto por sudor frío y jadeaba con la boca
abierta. Tenía la garganta seca y en su mente anidaba la idea de haber tenido
una pesadilla horrible.
-¿Estás
bién, papá?- Preguntó Hernán que lo observaba parado en el umbral de la
habitación. Tenía tanto miedo como curiosidad por ver a su padre teniendo un
mal sueño tan intenso.
-Sí,
hijo, estoy bien. Ya me desperté. ¿Vos estás bien? Es tarde, hay que volver a
dormir- dijo Rodrigo mientras se levantaba de la cama dispuesto a acompañar a
Hernán de regreso a su habitación. Mientras veía como su padre se le acercaba le
preguntó:
-¿Quién
es Micaela?
Al escuchar esas palabras Rodrigo se detuvo de
inmediato, un temblor recorrió su cuerpo, había pasado mucho tiempo desde la
última vez que había escuchado ese nombre. A duras penas intentó disimular su
nerviosismo.
-¿Por
qué preguntás eso, hijo? ¿Dónde escuchaste ese nombre?
-Lo
decías vos, recién, mientras dormías, papá-.
Rodrigo estaba sin palabras, no sabía qué
responder. Sólo se limitó a tomar del brazo a su hijo gentilmente, y se
disponía a acompañarlo hasta su cama cuando este preguntó:
-¿Soñabas
con mamá?
lunes, 12 de mayo de 2014
Los nocturnos
Algunos decían que sería un viejo con barba larga y ropa andrajosa. Otros aseguraban que no tendría más de treinta años. Lo
que sí se sabía era que aparecería por primera vez esa noche, en las afueras de
la ciudad más poblada de Écuer.
No era un viaje de negocios. Fui por mi propio
deseo de ver el acontecimiento en persona. Me había llegado el rumor en una de
mis entregas, que me había llevado a un planeta del mismo sistema solar que
Écuer. Una vez al año, según me habían dicho, todos los habitantes del planeta
se reunían en la calle central de su ciudad capital donde el Orador les daría
la forma de volver a la luz.
Écuer fue una de las primeras colonias humanas
abandonada. Se envió una sola camada de colonos, que fue olvidada en la vorágine
de los primeros tiempos de viajes interplanetarios. Es que los inexpertos
exploradores de ese entonces estaban más que satisfechos al encontrar un
planeta con oxígeno y agua en cantidades similares a la tierra, pero no notaron
la presencia de un extraño virus en el aire. Los primeros habitantes del planeta no
tardaron en entender que este virus, que transmitía una enfermedad mortal,
necesitaba de la luz para desarrollarse. La primera medida que tomaron,
entonces, fue la de prohibir la vida diurna fuera de las viviendas
herméticamente protegidas.
Las generaciones pasaron y los Ecuerianos se hicieron
inmunes al efecto del virus, pero sus costumbres estaban fuertemente
arraigadas, y sus cuerpos adaptados a la vida nocturna. Fue ahí cuando surgieron
las primeras leyendas, porque a pesar de todo algo dentro de ellos seguía
pidiéndoles el regreso a la luz. La más popular sugería que el
Orador, un profeta similar a los de las religiones antiguas de la tierra, los
devolvería a la luz el sexto día del inicio de uno de sus años.
Miles de miradas de ojos grandes y brillantes
acompañaron la llegada de mi nave. No estaban acostumbrados a recibir visitas
de otros planetas, y menos un día especial como ese. Caminé entre la multitud, buscando sin éxito el punto que los
congregaba. Me acerqué a un grupo de jóvenes, me presenté, y les pregunté dónde
llegaría el Orador. Una joven de nombre Duanna me señaló el punto preciso, a lo
lejos, del que hablaban las leyendas.
En mis viajes conocí a varias criaturas
increíbles, a algunas de las personas más sabias del universo, y me enfrenté
también con fuerzas atemorizantes… pero nunca me había encontrado con un
profeta de la antigüedad. Mi curiosidad me exigía seguir adelante, y yo deseaba
con todas mis fuerzas que ese fuera el día en que la leyenda se cumpliera.
Abriéndome paso entre la gente, llegué al fin
del camino. La multitud formaba un círculo de varios metros de diámetro
alrededor de una roca, esperando al que fuese a subirse a ella y decirles las
palabras que cambiarían sus vidas.
Volver a la luz no era solo un capricho.
Significaba, entre otras cosas, poder realizar viajes espaciales, conocer otros
planetas y aprender de ellos. Su vida, por completo a oscuras, los mantenía
aislados.
El expectante silencio cargaba el aire de
tensión. Nadie se movía. Pasaron las horas, y nada sucedía. En poco tiempo
amanecería. Los concurrentes, decepcionados, empezaron a abandonar el lugar de
a cientos. Yo no quería resignarme, quería experimentar en carne propia lo que
se sentía ante un mundo cambiando radicalmente en un solo momento.
Alguien puso una mano en mi hombro.
-
Parece que hoy no es el día…- me dijo Duanna- mejor irnos antes de que salga el
sol. Puede ser peligroso.
Quise explicarle que no le temía a la luz,
pero no me dio tiempo y empezó a caminar. La seguí, junto al grupo de jóvenes,
de regreso a su refugio. En el camino, me preguntaron de dónde era.
-
¡Sos un diurno!- exclamó uno-. ¡Tenés que contarnos como es vivir bajo el sol!
Volví a
la luna, varios días después, todavía un poco decepcionado. Había llegado a
creer que una sola persona podía cambiar todo un mundo. Lo bueno es que me
había hecho un nuevo grupo de amigos, personas muy interesantes que día a día
trabajan para acercarse a la luz.
lunes, 5 de mayo de 2014
La ciudad en el erial
-Una
vez estaba en el planeta Osíris. Había hecho un trabajo llevando una carga a
Éden, su planeta gemelo y cuando estaba por entrar al hiperespacio para
regresar a casa, choqué con un asteroide y debí aterrizar de emergencia. A diferencia
de Éden que era poco menos que un paraíso terrenal, Osíris era principalmente
un gran desierto, un erial, con pequeñas granjas de musgo y la ocasional
ciudad-fortaleza móvil surcando con sus grandes ruedas los inmensos océanos de
arena. Llegué a una de esas fortalezas; debía tener casi diez kilómetros de
largo y no menos de cinco de ancho, y se movía incesantemente esquivando
tormentas de arena, con un objetivo final desconocido para todos los habitantes
excepto para los misteriosos Capitanes de los que nadie parecía saber nada. Ahí
dentro, reinaba una tácita camaradería entre colegas viajeros espaciales.
Luego
de haber recibido las coordenadas de aterrizaje, dejé mi nave en el taller y
acordé con los técnicos que la reparasen a cambio de algunas piezas de
repuestos que tenía en el depósito olvidadas desde hacía tiempo. Me ofrecieron
un camarote durante mi estadía y una vez instalado fui a recorrer un poco la
ciudad. Estaban los niveles superiores, donde se encontraban los habitáculos, camarotes,
comercios, cantinas y los puestos de intercambio cercanos a las plataformas de
aterrizaje. Vedadas en los niveles inferiores, se encontraban las salas de
máquinas, las calderas y las habitaciones de los Capitanes. Nunca nadie los
había visto y nada se sabía de ellos. Era increíble pensar que toda esa masa de
maquinarias oxidadas, derruidas y rechinantes se mantuvieran en funcionamiento.
Cabe aclarar que pasado el deslumbramiento inicial, el lugar resultaba bastante
hostil y poco amigable. Los habitantes de la fortaleza eran, por lo general,
mercenarios de paso o seres deseando escaparse de sus pasados, o de sus destinos.
Sin
mucho que hacer, me dirigí a una cantina en el distrito comercial. Ahí dentro
me acodé en la barra y me dediqué a leer una revista de actualidades que había
comprado. Tenía más de un siglo de antigüedad ya que no llegaban publicaciones
recientes a ese planeta. Al rato, escuché a mis espaldas una discusión que
aumentaba en volumen y fuerza, eran dos hombres, ambos vestidos con ropa de
cuero negro, que jugaban a las cartas. Aparentemente, el ganador se quedaría
con un perro gris que los miraba entretenido. Ambos lo reclamaban como propio y
ninguno daba el brazo a torcer. Al aumentar la tensión, el cantinero se me
acercó y dijo que debía cobrarme en ese momento porque probablemente aquella
discusión terminaría mal y no quería que en el revuelo de la pelea yo me
escapase sin pagar la cuenta. No llegué a sacar el dinero cuando varios
guardias entraron al local, dispuestos a detener la pelea que estaba por
comenzar. Lejos de sentirse disuadidos, los dos hombres dejaron de lado sus
diferencias y los atacaron abriendo fuego.
Pude
escabullirme debajo de una mesa y llegar hasta la puerta de salida gateando
mientras las balas zumbaban y el perro, por el que antes se peleaban, atacaba a
un guardia a mi lado que había querido detener mi salida. Con la mirada le hice
una seña al cantinero indicándole que le dejaba el dinero en una rendija de la
entrada, y me alejé del lugar antes de que llegasen los refuerzos.-
- Papá, ¿quién se quedó con el perro al final?-
- Creo
que fue un empate. Desde la ventana de mi camarote pude ver como los dos
hombres y el perro escapaban de la fortaleza en una verdadera antigüedad: un
automóvil del siglo veinte; andando por el desierto hacia el atardecer.
Poco
después, me avisaron que los arreglos de mi nave habían concluido y pude dejar
aquel planeta desértico en el que la violencia y las amistades parecían
forjarse día a día.-
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