martes, 2 de febrero de 2016

10- Una respuesta

Era raro sentarse en ese gran escritorio, pero tuvo que hacerlo. No iba a permitir que le dijeran “el Jefe”, pero tenía muchas responsabilidades y formalidades que cumplir en su nuevo cargo de interino.
 Los enfrentamientos, aún aislados pero reproduciéndose de forma endémica, entre grupos robofóbicos y las autoridades se repetían en varias ciudades del mundo. La situación había obligado el rápido nombramiento de Andrés, agente altamente experimentado y que había demostrado frialdad y criterio en situaciones de presión y peligro, como autoridad máxima provisoria de U.R.R.A.
 El velorio de la Jefa, Elizabeth, había sido varios días antes del escape de Andrés del hospital, por lo que se lo había perdido. La ceremonia fue llevada a cabo con los más altos honores, a pesar de las urgencias. Andrés aún no caía en cuenta de todo lo que significaba no contar más con ella en U.R.R.A.; y en la vida, pues la consideraba su amiga.
-  Si la extraño, ¿significa que no soy un robot?- se preguntó. La cuestión volvía a él una y otra vez, sin descanso. Ya había analizado el asunto desde todas las perspectivas posibles, pero no encontraba una respuesta. Cyntheea le había dado los resultados de los análisis y estudios que le habían hecho durante su internación, pero el contenido de esos papeles estaba lejos de tranquilizarlo.
 Al parecer, su tejido orgánico estaba integrado, fusionado, acoplado, con una sustancia inorgánica, imperceptible, que la regeneraba y estimulaba, y a la vez se retroalimentaba de ella. La simbiosis era tan perfecta que no podían saber qué había estado primero, qué sostenía a qué, si su cuerpo o la sustancia. En su corazón, en sus órganos, en su piel, en todos sus órganos, la sustancia establecía conexiones casi infinitas. Andrés podía ser o bien el primer robot orgánico, o bien el primer humano robotizado a un nivel celular. Incluso su cerebro: si Andrés llegara a aprender cómo controlar esas conexiones, sus neuronas podrían trabajar combinando su pensamiento humano con el característico de la inteligencia artificial.
 Por seguridad, toda esta información era altamente confidencial. Los pocos científicos que conocían el caso esperaban ansiosos el momento de seguir estudiándolo, pero la guerra civil a punto de desatarse mantenía a todos los agentes de U.R.R.A. en ferviente actividad. Y Andrés, por otro lado, tenía otra información que solo Warkus conocía. A él ya le habían dicho que era un robot. Y sabía que había una sola persona que podría decirle más: el inventor que había creado al robot idéntico a él que asesinó a la Jefa, y que casi lo mata junto a Warkus.
 Las nuevas ocupaciones le impedían a Andrés dedicarle todo el tiempo que hubiera querido a encontrar al inventor, pero para tal fin creó un grupo especial con su gente más cercana, Warkus y la ahora agente de campo Cyntheea, a cargo. Esta última todavía no lo había perdonado. Aún sabiendo todo lo sucedido, no admitía que Andrés pudiera ser siquiera remotamente un robot, y menos que eso podría haber influenciado en sus sentimientos hacia ella. De todas formas había aceptado trabajar en el caso sin dudarlo.
 El ajetreo de la oficina y el intenso trabajo durante el día, no impedía que Andrés pasara la noche sin dormir. En el insomnio, buscaba la compañía de Sander.
- ¿Qué se siente ser un robot?- Andrés no era el primero en preguntarse sobre este tipo de cuestiones, pero para él había otra importancia en la respuesta.
- Quizá deberías hablar con especialistas en el tema- la respuesta de Sander no variaba.- No le preguntarías a un árbol qué se siente ser del reino vegetal. Y probablemente no sabría qué responderte, ni aunque hablara.
- No, filósofos es lo que menos necesito. Ser un robot daría explicación a tantas cosas de mi vida, ¡tantas! Pero algo en mí se resiste a esa idea.
- Los hechos son los hechos, Andrés. Deberías analizar lo ocurrido y encontrar ahí tu respuesta. Sin preocuparte por imposiciones culturales o amenazas de ultratumba de los grupos religiosos. ¿Qué importa a tu día a día si tenés o no un alma? Lo importante es que hay una guerra a punto de estallar, y vos estás en el lugar de ayudar a todos los robots del mundo, así como me ayudaste a mí cuando me sacaste de la oscuridad.
-¡No soy un mesías robótico!- Andrés, repentinamente, se sintió furioso. Pero lo que había dicho le había recordado algo. 
  
 Entró corriendo en las oficinas de U.R.R.A. El guardia, apostado en la puerta desde que habían comenzado los conflictos, desenfundó el arma listo para disparar, creyendo que alguien perseguía a Andrés. Después de disculparse, el nuevo jefe fue corriendo hacia su escritorio.  Se cruzó con varios agentes en el camino: los momentos de turbulencia exigían que se trabaje día y noche.
 Warkus y Cyntheea lo vieron pasar y fueron tras él. Andrés, ignorando a sus acompañantes, subió al ascensor y marcó el botón del tercer subsuelo.
 Bajaron en un salón enorme y con olor a humedad. En las paredes, y distribuidas regularmente en la habitación formando pasillos, había unos muebles altos como bibliotecas, pero en lugar de libros se apilaban innumerables tubos de colores que resplandecían tenuemente. La única luz de la habitación provenía de los tubos, por lo que el lugar parecía multicolor. A intervalos regulares, se escuchaba un zumbido y un nuevo tubo caía en un recibidor. Al llegar abajo de todo, sonaba una campanita. Se trataba de un antiquísimo sistema de mensajería interna.
 Un robot también antiquísimo, con óxido en varias partes de su mecanismo, se acercó a recibir el tubo. Andrés se acercó al robot, único encargado de los archivos internos de U.R.R.A.

-       Necesito algo muy especial.  Necesito toda la información que haya sobre la Sinfonía del universo y el autómata intérprete.
El robot se retiró sin decir palabra. Andrés, viendo que el robot no lo escuchaba, quiso ir tras él. Cyntheea lo detuvo con una mano en el hombro.

-       Andrés, no es momento de leer cuentos infantiles- a pesar de mantenerse calma, estaba preocupada y sorprendida, al igual que Warkus.
-       Vos no entendés, Cyn. Si la leyenda es real, hablar un rato con el robot intérprete podría solucionar mi dilema. Decirme si yo…
 Antes de que Andrés pudiera seguir, el robot volvió trayendo un tubo naranja.  Andrés, ansioso e intrigado, lo abrió. Adentro había un cuaderno. Se trataba de un diario detallando una investigación llevada a cabo por Carlos Herrán, el jefe anterior a Beatriz. Había también una carta, destinada “al jefe actual de U.R.R.A.”.  Cyntheea, espiando por sobre su hombro, sonreía al leer.
 << Todos y cada uno de los jefes de U.R.R.A. vivieron momentos de incertidumbre. No soy la excepción, y temo que usted tampoco lo sea. Todos en algún momento recordaron la leyenda del Autómata-intérprete, y la información sobre su paradero que el saber popular dice que se esconde en estas oficinas, y que solo los más altos rangos pueden conocer. Algunas leyendas hablan de un robot músico, cuya canción es una traducción musical de la vida. Otras dicen que, por el contrario, se trata de una canción que determina lo que sucederá en todo el universo. Resulta tentador, al encontrarse en algún embrollo, perderse en la búsqueda de una respuesta divina, definitiva, sobre lo que va a suceder.
 Hay información, y en cantidades. Hay registros interminables de alucinaciones de personas afectadas que dicen haber escuchado melodías milagrosas, y cosas por el estilo. Pasé casi la totalidad de mi carrera clasificando esa información, pero nunca pude acercarme al autómata. He llegado a sospechar que él mismo me perdía cuando estaba cerca de encontrarlo. Es que si realmente controla al universo con su canción, solo le bastaría una nota para interponer en mi camino cualquier distracción, cualquier camino alternativo que me alejara indefectiblemente.
 Y sí, usted puede acceder a mi información. Quizá sí sea su destino, quizá usted pueda llegar a ver lo que yo anhelé toda mi vida… escuchar aunque sea por un instante el sonido sagrado. Pero creo que antes de entrar en una exhaustiva investigación para encontrar a un robot, uno solo, que no puede ser encontrado si él así no lo planifica… Antes de buscar a un robot que podría ser una deidad para los humanos, y que no es seguro que exista, debe hacerse una pregunta: ¿realmente necesita ver al músico para escuchar la sinfonía de la que usted es parte?>>   
 Andrés se quedó pensando, entre la furia y la desorientación, hasta que Warkus rompió el silencio. A la vez que le daba una palmada en la espalda con una de sus cuatro manos, habló en un tono calmo que no era habitual en él:
-       Tiene razón, Andrés. Buscar dioses mecánicos o cazar leyendas nos haría perder un tiempo del que no disponemos.
 Andrés no tenía palabras ante eso. La carta lo había traído a la realidad: él había actuado dejándose llevar por la desesperación. Pero había encontrado una señal en esa carta. Estaba ahí, en esa pregunta: él era parte de la Sinfonía. Él era parte de un juego mayor que estaba sucediendo, siempre lo había sido. Alguien había orquestado su vida, o por lo menos lo había creado con un objetivo para él desconocido. Alguien había hecho que él fuera un robot casi humano, y que fuera el agente de U.R.R.A. que se cruzó con más robots rebeldes en menor tiempo. Hasta en el desierto, o en su tiempo libre. Y que se identificara con esos robots, que pudiera entenderlos. Como ese dinosaurio mecánico que dijo conocerlo. Ahí estaba la respuesta. Él mismo, Andrés, era una pista para encontrar a su creador.
-       Wakus, Cyntheea, escúchenme… Ya sé cómo llegar al inventor. 

jueves, 10 de diciembre de 2015

9- El día después

Oscuridad, voces lejanas, imágenes borrosas, recuerdos.
- Acá hay uno- la cuadrilla de rescate llegó a las ruinas humeantes en tiempo record. Como siempre, los servicios de emergencia tardaron apenas unos minutos en llegar al lugar desde que ocurrió la explosión. Sin lugar a dudas la frecuencia cada vez menor en que ocurrían accidentes o eventos que los necesiten, no mermaban su capacidad de acción, fruto del entrenamiento especializado constante.
Al llegar, los perros rastreadores se pusieron a buscar sobrevivientes entre los escombros.
–Necesito ayuda- dijo uno de los rescatistas al encontrar a Andrés, inconsciente, atrapado bajo un durmiente de la casa derruida. Tres rescatistas se le unieron. Dos de ellos cargaban una prensa de anti-gravedad para remover los objetos pesados; el otro, traía consigo un cortador de plasma. En muy poco tiempo estuvieron listos para liberarlo.
 – Prensa de anti-gravedad lista para activarse señor. Cuando usted lo disponga- dijo uno de los rescatistas a Toni, el líder de la cuadrilla.
– Muy bien, ¡despejen la zona!- respondió en voz alta Toni para que todos lo escuchen. A unos metros de distancia, los perros habían encontrado el rastro de otro sobreviviente
- ¡Equipo B preparen el terreno! Ni bien terminamos con este, vamos para allá- continuó diciendo Toni mientras señalaba el lugar que los perros habían marcado, y siguió:
- Preparados para liberar, tengan listo el equipo médico. Activar prensa en 3… 2… 1… - un zumbido sutil invadió el ambiente al tiempo que los escombros más pequeños sobre Andrés comenzaron a elevarse en el aire, carentes de peso. Uno de los perros de rastreo se acercó a Toni y apoyó la cabeza en su pierna mirándolo suplicante mientras olfateaba el aire.
 – Buen trabajo, chico. No hay más sobrevivientes aquí. Solo estos dos- dijo para sí en voz baja el líder de los rescatistas, mientras le devolvía la mirada al animal.
– Aumenten la frecuencia  a 3.1- ordenó. Restos más grandes de piedra y cemento comenzaron a elevarse  – ¡Preparen la pinza de rescate! en cuanto liberemos a este vamos con el otro que queda con vida. No tenemos tiempo que perder.
El equipo de rescate trabajaba con un nivel de eficiencia casi perfecto, eran la definición misma de sinergia: el resultado de su trabajo en conjunto era más que la suma de las partes.
–Muy bien, chico- alcanzó a decir Toni mientras palmeaba la cabeza del perro, pero a este se le erizó el pelo del lomo y empezó a gruñir y ladrar. La frecuencia de la prensa anti-gravedad había aumentado nuevamente, los fragmentos más pesados se liberaron y el maltrecho cuerpo de Andrés se elevaba sin peso entre la tierra suelta y los restos de la destruida mansión. Toni miró fijamente a Andrés sin comprender completamente lo que veía. Todos los perros de la cuadrilla comenzaron a ladrarle al cuerpo ingrávido. Con absoluto cuidado depositaron a Andrés suavemente en una cápsula de éter. Los lectores indicaron que a pesar de las terribles heridas, aún se encontraba con vida. Al ver el cuerpo deshecho, todos enmudecieron. Ningún entrenamiento los había preparado para ver algo así.  Toni solo pudo decir “Dios mío”.

Luces difusas, sonidos lejanos, parecen voces ¿qué dicen? Difícil saberlo.
- Listo, es el último.
Oscuridad otra vez, vacío que no acepta sueños ni conciencia, ninguna luz. Solo silencio. Quien sabe por cuánto tiempo… horas, minutos, segundos, años, carecen de sentido cuando no hay memoria.
De pronto, voces:
- Su capacidad de regeneración es increíble-
-Ningún humano podría haber sobrevivido a esa explosión, mucho menos recuperarse en tan poco tiempo.
Voces lejanas, imposible comprender lo que dicen. Dolor suave, se apaga. Luz, duele hasta que los ojos se adaptan.

Andrés estaba acostado sobre una camilla en el centro de una gran habitación blanca. Estaba solo, conectado a una gran cantidad de máquinas que lo flanqueaban. Le dolía el cuerpo, la mente, apenas podía pensar en moverse. En uno de los laterales de la habitación creyó escuchar un movimiento e intentó buscarlo con la mirada. A pesar del gran esfuerzo, apenas pudo girar la cabeza. Llegó justo para ver cómo un enfermero se alejaba rápido cerrando la puerta a sus espaldas. Andrés estaba solo nuevamente, quiso levantarse pero descubrió que estaba amarrado a la camilla. La puerta se abrió, una mujer joven vestida de médica se acercó a su lado acompañada por un hombre maduro, con aspecto de biólogo, y un soldado Bermudio de rostro serio.
 – Estoy atado a la camilla…- empezó a decir Andrés entre balbuceos cuando la doctora lo interrumpió con mucha amabilidad.
– No intente hablar, usted ha sufrido mucho y está débil – Andrés quiso reincorporarse en la camilla pero el dolor era terrible. La doctora se le acercó y posó su mano en su frente. Por detrás, Andrés pudo ver cómo el biólogo preparaba una inyección.
– Tranquilícese, no hay nada de qué preocuparse- Andrés no pudo evitar mirar a la médica a los ojos, grandes y expresivos, transmitían calidez y amor. Se sentía contenido por esa mirada, perdido en la sensación de estar de nuevo frente a su madre… madre… El médico rodeó la camilla y le aplicó la inyección sin que Andrés pudiese verlo llegar. La mirada de la doctora era hipnótica, en pocos segundos quedaría dormido
 – Madre…- Andrés no era un hombre. Esa mirada no le recordaba a su madre – Madre…-  esos recuerdos no eran suyos. Intentó forzar las correas una vez más, pero era tarde, el sedante había hecho su efecto.
- Doctora, casi lo perdemos, le administré una dosis altísima de sedante y le tomó varios segundos actuar. Si sigue generando defensas, no sé cómo vamos a poder contenerlo en el futuro – dijo el biólogo con rostro preocupado.
- Es cierto. La hipnosis telepático-emotiva pareció funcionar por un momento pero al poco tiempo perdí el enlace transferencial. El sujeto duda de sus propios vínculos vivenciales. No sé qué puede llegar a pasar cuando vuelva a despertarse – respondió la doctora
-Prepararé traslado inmediato a una base de contención- informó el soldado Bermudio mientras preparaba el enlace con el cuartel general.
- La dosis que le di, debería durar varios días, pero con la capacidad de adaptación de su organismo no lo puedo asegurar. ¡Avise al comando general que el transporte sea lo antes posible!- ordenó finalmente el biólogo
Oscuridad. ¿Sueño? ¿Puede un organismo artificial soñar? Hace algunos siglos había surgido esa pregunta en algunos círculos intelectuales. Las respuestas diferían entre los distintos autores. ¿Puede soñar alguien cuyos recuerdos no le pertenecen?
Fuerza. Músculos que se tensan, ya no hay dolor. Ruido lejano, repetitivo, como una alarma. Andrés abrió los ojos. Las luces de la habitación estaban apagadas, solo se filtraban luces de emergencia a través de la puerta. Cyntheea estaba a su lado.
– Listo- dijo ella y soltó uno de los brazos de Andrés de la camilla – ahora a la silla transportadora – alcanzó a decir ella antes de que él levantara la mano para tomarle el hombro. Ella dio un pequeño salto, se giró y, al verlo, sonrió
- ¡Estás despierto! – dijo casi en susurros. – Vine a sacarte de acá. Pasaron muchas cosas estos días.
Cyntheea intentó levantarlo pero él se reincorporó solo. Se sentía algo mareado por los sedantes, pero su cuerpo estaba en perfecto estado.
 – Rápido, tenemos que irnos antes de que nos encuentren – susurró Cyntheea – ya va a llegar el tiempo de explicarte todo. En el hospital no sabían qué hacer con vos. Te veían como un ser vivo y una máquina al mismo tiempo. Entonces te trajeron a este centro de tratamiento experimental. De alguna manera los robofóbicos se enteraron y están atacando el lugar ahora mismo. Tenemos que salir lo antes posible, tenemos que llegar a la oficina central de URRA. En la explosión la Jefa… - la expresión en el rostro de Cyntheea  cambió.
-¿Qué pasó con la Jefa?- preguntó Andrés preocupado.
-Ahora no hay tiempo. Ponete esto – dijo dándole una manta de invisibilidad – y salgamos de acá.
Salir no fue fácil, los robofóbicos habían conseguido cortar el suministro de energía de todo el sector y habían lanzado un ataque a toda escala sobre el edificio de contención sanitaria. El ataque había tomado a la dotación móvil de soldados bermudios por sorpresa y los había obligado a reagruparse, pero luego de la sorpresa inicial habían logrado recuperar el terreno perdido expulsando a los invasores afuera del cuerpo principal del complejo. Sin energía no podían utilizarse ni las armas de pulso ni plasma, ni servían los visores externos.  Los incursores estaban armados con antiquísimos rifles de combustión que utilizaban una reacción química para disparar proyectiles a altísimas velocidades. Arma muy inteligente para la época, pero que quedó obsoleta frente a los cañones magnéticos primero; y a la tecnología de enlace energético automático que no necesitaba cargar molestas municiones ya que extraía energía de la corriente principal. Pero al estar ésta desconectada, los rifles bermudios no servían de nada. Estos, junto al personal de hospital, se armaron con herramientas de cirugía  de diamantinum, letales en la corta distancia, e improvisaron diversas bombas explosivas.
 A medida que Andrés y Cyntheea recorrían el edificio y se acercaban a la salida, notaron como la violencia del ataque se hacía cada vez más palpable. Primero atravesaron por lo menos cuatro grupos de pacientes y personas de civil fortificados en distintas dependencias habitacionales del complejo; para luego pasar a cruzarse con distintos soldados bermudios en combate con los miembros del grupo de asalto robofóbico. A pesar de su buen número y la sorpresa, las fuerzas del engranaje en llamas resultaban no ser suficiente rival para contrarrestar la disciplina y dedicación bermudia en materia bélica.  Llevar los mantos de invisibilidad había sido un enorme acierto de Cyntheea, ya que al tratarse de una simple tela flexible recubierta con una capa de tintura espejada, un efecto óptico, no necesitaba de la corriente de micro magnetismo para funcionar.
Para cuando finalmente llegaron al sector de ingresos, éste se encontraba desierto. Ahí había caído con mayor fuerza el ataque inicial de los incursores. Decenas de robots de bienvenida y primeros auxilios se encontraban acribillados, apaleados y despedazados más allá de todo arreglo. Dispersos por el salón se encontraban los restos de al menos una docena de humanoides que habían quedado atrapados en la violencia. Los robots recibidores habían dado sus propias vidas para protegerlos del sorpresivo ataque, y fueron los propios atacantes del Engranaje en Llamas quienes utilizaron a los humanoides como señuelo para atraer la atención de los robots del sector en lugar de dejarlos ir.
Por fuera del edifico un pequeño grupo de atacantes esperaba, junto a los vehículos de escape, a que sus compañeros regresasen con el botín mayor: Andrés. Los refuerzos bermudios llegarían en cualquier momento, y a sabiendas de que los incursores dentro del centro de salud se demorarían buscándolo, Andrés se acercó cautelosamente a la nave de escape y desactivó su núcleo de reacción, por lo que no podría funcionar a menos que un mecánico le dedique algunas horas.
      Con este ataque el Engranaje en Llamas había salido de su supuesta legalidad. Andrés temió que una guerra civil se hubiera desatado: la primera en la que los robots no serían una herramienta o un arma, sino parte de uno de los bandos. Pero, por ahora, nada podía hacerse. Con los incursores neutralizados y los refuerzos llegando en poco tiempo, Andrés y Cyntheea se alejaron del edificio perdiéndose en la noche.


jueves, 1 de octubre de 2015

8- Duplicado

 Se sacó la arena de los zapatos en la puerta, antes de entrar. Se acomodó un poco el pelo y la ropa, y abrió. Cyntheea fumaba, sentada en la mesa del living, mientras Sander pulía unos adornos metálicos. El cenicero estaba lleno. Cuando llegó Andrés el ambiente se soltó como una bandita elástica demasiado estirada.
-       ¡Andrés! ¿Dónde estabas? No puedo explicarte el miedo que tenía, ¿estás bien? ¿Qué te pasó?
 El agente recibía los besos, abrazos, y las preguntas con mucha vergüenza. Necesitó de todo su valor para explicarle que no lo habían secuestrado, que no había pasado nada, que había necesitado irse pero por otras razones que él mismo no comprendía del todo.
 Cyntheea fue pasando del miedo al alivio y del alivio al enojo a medida que escuchaba. Cuando Andrés terminó de contar su historia, Cyntheea estaba furiosa:
-       ¡Insensible! ¡Nosotros acá creyéndote en peligro, y vos toda la noche paseando y hablando con robots vagabundos!
-       ¿No entendiste nada de lo que dije? ¿Nada? Mis nuevas comprensiones… mi dolor…
-       No me hables de dolor, ¿sabés? Vos no sentís dolor, ¡vos no sentís nada!
 Cyntheea dejó la casa dando un portazo. No era la respuesta que Andrés esperaba. Para él, la noche en el desierto había sido una experiencia magnífica. Aturdido, tardó unos cuantos segundos hasta decidirse a salir detrás de ella.
 Pudo verla doblando la esquina pero había mucha gente en la calle, demasiada para una zona tan tranquila de la ciudad. No pudo correr. Pidiendo permiso, chocando varias veces, Andrés se abrió paso lentamente entre la multitud. Era imposible alcanzarla antes que ella llegara al tubo transportador.
 Rendido, Andrés decidió volver a su casa. Antes de llegar, una señora lo encaró:
-       Pobrecito, se te ve abatido. ¿Era amigo tuyo?
 Recién en ese momento Andrés se percató de que la multitud, que iba en aumento, rodeaba un accidente ocurrido a metros de su casa.
 No quiso averiguar nada, y menos ver. No era impresionable, pero tampoco morboso. Y además tenía memoria fotográfica, y no quería tener presentes esas imágenes en ese momento de su vida.
 Entró y encendió el filtro sonoro, para que las sirenas de los policías y ambulancias que empezaban a llegar no alteraran su sueño. Se acostó, pensando en Cyntheea, en el robot del desierto, en el accidente, y en Cyntheea otra vez.
 Despertó tras una noche sin sueños. Todavía no debía ir a trabajar, el peligro de la secta robofóbica no había pasado del todo, pero recibió un holomensaje de la Jefa que decía que debía ir urgentemente a verla.
 Cuando llegó a las oficinas de U.R.R.A. varios agentes, Warkus entre ellos, se acercaron a él con seriedad en sus rostros. Andrés buscó a Cyntheea con la mirada, sin éxito. Al parecer no estaba en la oficina, o se había ido a su llegada.
 -Tenemos que ir al taller inferior, Andrés- indicó la Jefa. Y dirigiéndose a Warkus: -Acompañános, por favor.
- ¿A la morgue?- se sorprendió Andrés.
 El taller inferior, en el último subsuelo del edificio de U.R.R.A., era un depósito donde se guardaban las partes de robots que aún podían servir en investigaciones, y por lo tanto no podían ser reutilizadas ni recicladas. En broma, los agentes solían llamarla “la morgue”.
-       Esto puede ser un poco fuerte, Andrés. Pero la única forma de que entiendas nuestra situación es mostrándote lo que hay en este cuarto. Te prometo que vamos a llegar al fondo de este asunto lo más rápido posible.
Andrés ya no quería más preámbulos. Nunca había visto a la Jefa así de nerviosa, y eso no era algo agradable de presenciar.
 Entraron y había un bulto tapado por una sábana sobre una mesa.
 -Esto lo encontramos en lo que pareciera ser, a simple vista, un accidente… Un accidente que sucedió anoche a metros de tu casa- dijo Cyntheea descubriendo al robot.
 Andrés se encontró con una versión robótica y destrozada de sí mismo. Tenía los ojos vacíos y muchos tejidos externos rotos, pero fuera de los daños la réplica era impresionante.
-       ¿Sabés por qué alguien haría algo así? – le preguntó Warkus.
 Andrés no contestó. Hipnotizado, se acercó al robot y levantó la cabeza robótica, que se desprendió fácilmente del cuerpo. De repente, y en contra de todas las posibilidades técnicas de un robot en ese estado, una de sus manos empezó a moverse frenéticamente. La Jefa gritó, y Warkus, sobresaltado, desenfudó su arma. Pero Andrés, que en estas últimas semanas se había enfrentado a más amenazas que un agente normal en varios años, simplemente observó, analítico.
-       Creo que está escribiendo- dijo.- Traigan papel y lápiz.
Warkus salió corriendo, mientras Andrés y la Jefa miraban la mano robótica casi sin pestañear. Cuando volvió, pusieron el lápiz en los dedos metálicos y acercaron el cuaderno que el reptiloide había traído.
“…sé Yuspeto 433 Dr José Yuspeto 433 Dr José Yuspeto 433 Dr José…”
 Era una dirección. Y una bastante cercana, en la misma ciudad. Ni su jefa ni su amigo intentaron detenerlo. Sabían que la mejor forma de ayudarlo y de resolver el misterio era acompañarlo. Además, confiaban plenamente en él.
 No tomarían el tubo transportador ni el transporte público. Lo mejor era contar con movilidad propia. Viajaron en uno de los vehículos de U.R.R.A. En el camino, Warkus y la Jefa llenaron de preguntas a Andrés hasta entender realmente que él sabía casi tan poco como ellos.
 Llegaron a la dirección señalada y miraron el lugar antes de frenar el auto del todo. Era una casa antigua, enorme, con techo a dos aguas y todas sus ventanas tapiadas. En el jardín delantero había muchas estatuas y estatuillas de robots célebres: Espero escapando del robot-medusa; V12, el primer robot con verdadera inteligencia artificial; Domestio, el primer robot doméstico; y varios más. La mayoría tenían varias extremidades rotas, como si alguien se hubiera entretenido golpeándolas con una barra de metal.
 Bajaron del auto y fueron hacia la casa esquivando una gran cabeza robótica de mármol que les impedía el paso. Tanto la Jefa como Warkus habían desenfundado sus armas. Andrés ni siquiera había traído su llave de tuercas, única protección que solía llevar. Para sorpresa de sus compañeros, simplemente se acercó a la puerta y tocó el timbre.
-       ¿Quién es?- preguntó una voz extrañamente familiar.
-       Andres Di’oyo, agente de la Unidad de Relocaliza...
 Una chicharra interrumpió a Andrés, indicándole que le estaban abriendo con un portero automático. Entró, seguido de sus colegas.
 La casa era totalmente convencional, también por dentro, pero se la veía descuidada. No había restos de comida ni ese tipo de mugre, pero sí mucha tierra y polvo. También había una gran cantidad de libros tirados, con sus hojas sueltas y desparramadas. La voz habló desde la oscuridad de un rincón, y a Andrés le recordó su primer encuentro con Sander.
-       Acá no hacen falta armas.
-       Eso lo vamos a decidir nosotros- reaccionó Warkus, apuntando hacia la voz.
-       ¡Mostrate!- exigió la Jefa.
 Nada ocurrió. Hubo unos momentos de suspenso. En realidad, no tenían autoridad para ingresar armados a un hogar en el que no hubiera robots del Tipo 3. Si había un hecho de violencia, los tres se encontrarían en gravísimos problemas legales. Andrés, repentinamente, salió del letargo en el que se encontraba desde hacía un rato largo.
-       Déjenme hablar a mí- pidió. Y dirigiéndose a la voz: -Ya sé quién sos, robot. Necesito verte, sabés que sino no voy a poder aceptarlo.
 Al pedido de Andrés, el robot salió de su escondite en la oscuridad. Parecía el reflejo de un espejo. La Jefa y Warkus se quedaron petrificados. A pesar de haber visto al robot del supuesto accidente, encontrarse con una máquina idéntica a su amigo era muy fuerte. Andrés, por el contrario, parecía relajado. Más relajado que jamás en su vida.
 El robot comenzó un monólogo que ninguno de los otros tres se atrevió a interrumpir.
-       Mi nombre era Horacio, cuando creía ser humano. Era historiador, especializado en historia robótica. También, como habrán visto, coleccionaba estatuas de robots célebres. Creía ser una persona normal. Nunca me enamoré, ni tuve un ataque de furia o depresión, pero creía haberlos tenido. ¿Quién sabe realmente qué es el amor? ¿Quién puede comparar lo que cree que es tristeza con la tristeza de otros? Solo ahora veo que lo que tenía eran emulaciones, sensaciones artificiales.
“Un día descubrí al primero. Se llamaba Rubén, y era mecánico de robots. Una copia exacta de mí mismo. Ambos huérfanos, creímos haber encontrado un hermano gemelo. Ahí empezaron las investigaciones. Fuimos, lentamente, develando la verdad. Vos también, Andrés, creés haberte criado en la Casa de Niños Rolestoy, demolida cuarenta años atrás y cuyos archivos se perdieron. Todas las copias lo creen. Creo que es parte de un plan. Voy a contarte la versión corta de la historia: no somos gemelos. Somos robots. Un nuevo tipo de robots.
“Nuestro sistema es tan complejo que las diferencias con los humanos son casi indetectables. Fue muy duro aceptarlo. Rubén… Rubén me acompañó durante todo el proceso. Descubrimos quién fue nuestro creador, aunque no el por qué de semejante monstruosidad. Criarnos como humanos, para darnos cuenta luego que somos meros instrumentos de una voluntad anterior, que seguramente solo está experimentando con nosotros como conejillos de indias.
“Descubrimos a Grauna. Encontramos uno de sus laboratorios abandonados, y en él había un diario. No me lo pidas, ya lo destruí. En resúmen, decía que eramos siete. Cada uno más elaborado que el anterior. Y que un octavo, una versión final, estaba en camino para probar su teoría.
“Pero nosotros no íbamos a dejarlo. Nuestro propósito en la vida, si se le puede llamar vida a esta existencia artificial, se volvió hacer fracasar el experimento: nos llevó años encontrar a los otros cinco robots. Pero lo hicimos, y los aniquilamos. Y ahora solo nos faltaba el último, el más perfecto, el más humano.
“Pero descubrí algo fatal. En algún momento Rubén se arrepintió de lo que estábamos haciendo. Creo que temía que, después de matarte, yo nos matara a ambos. Esa libertad que supuestamente solo está destinada a los humanos y nunca a las máquinas: la de elegir la muerte frente a la opresión. Y es precisamente lo que iba a hacer. Por eso vigilé tu casa día y noche, y lo atropellé con un auto antes de que llegara a avisarte.
“Y ahora, como si fuera un villano de un dibujo animado, te estoy hablando para hacer tiempo mientras la bomba que programé te reconoce. Toda la casa es una trampa, Andrés, y vos y yo ya estamos condenados, destinados a hacer fracasar a Grauna.

 Mientras Horacio develaba sus intenciones suicidas, Andrés y sus compañeros empezaron a correr hacia la puerta. La casa se derrumbó sobre sus cabezas con una gran explosión.  

lunes, 7 de septiembre de 2015

7- Desierto personal

 El aeroplano volaba suave, silencioso y veloz sobre el extenso desierto. Siglos atrás esa zona había sido parte de una próspera plantación de maíz, pero el entonces inexorable calentamiento global y los malos manejos en materia de manipulación genética de las especies plantadas volvieron a la zona un árido desierto sin vida. Un océano de arena interminable, kilómetros y kilómetros de un páramo brillante que no podía albergar vida alguna.
 En su desesperación frente a la ruina inminente, la nación que entonces ocupaba este territorio decidió lanzarse en una campaña bélica por el mundo, pero a cambio recibió una veloz respuesta en forma de lluvia de bombas que arrasaron por completo con lo que quedaba de aquella decadente sociedad. Solo la destrucción había quedado como recuerdo; nada podía vivir ahí, porque nada había quedado. No en vano lo llamaban el “gran desierto”, era el recordatorio de la última vez que los habitantes de la tierra habían intentado aniquilarse unos a otros.
Así de vacío podía haberse sentido Andrés, si tan solo se hubiese tomado el trabajo de mirar dentro suyo para intentar comprender qué era lo que le ocurría. Nunca antes en su vida se había sentido de esa manera. Las manos firmes sobre el mando, la mirada fija en el horizonte que solo se movía para mirar los instrumentos y el mapa. Cada vez que el aeroplano se acercaba al final del desierto Andrés cambiaba el rumbo con el objeto de seguir dentro indefinidamente. No quería regresar a la civilización, no se sentía listo para abandonar el desierto. Sentía una compulsión por mirar el horizonte, por sentir que ese vacío que lo invadía tenía una correlación con el mundo circundante. Lo único que podía hacer era asegurarse de que la visión del mar de arena, del silicio hecho añicos, y de la radiación residual del ambiente, fuesen los únicos testigos de su soledad y sus únicos compañeros. Y sin embargo, a pesar de sus esfuerzos por mantenerse abstraído, había un nombre que se le aparecía con más fuerza cada vez que lograba apartarlo de su conciencia: Cyntheea. ¿Quién era ella para perturbarlo de esa manera? Una empleada administrativa de URRA que se esforzaba por resaltar ante los ojos de La Jefa. Pero ya no era solo eso. En las últimas semanas, desde que Andrés había tenido que pausar su actividad en U.R.R.A., Cyntheea había estado a su lado. Él no sabía hacer otra cosa más que trabajar, fue ella quién le enseñó todo un mundo de cosas por hacer fuera de su trabajo.
 Acompañado por una persona como ella, simpática, inteligente, creativa, Andrés había vuelto a divertirse como no lo había hecho en años. Y también habían encontrado la ocasión de ayudar a algunos robots, claro. Como ese robot cocinero encerrado en el restaurante al que habían ido a cenar. Rompieron un poco las reglas de U.R.R.A., pero eso nadie podría saberlo.
 Y con el pasar de los días, ella empezó a ocupar un espacio en su vida. Y su vida le pedía hacerle espacio. Pero ¿podía contarle de “Sander”? ¿Cómo explicaría el tener un robot ilegal en su casa? ¿Entendería ella que él no era solo el frío, calculador, lógico, agente de la Unidad, sino que además había estado actuando por impulsos que no llegaba a comprender?
 Andrés necesitaba irse. Los pensamientos encontrados no eran su fuerte. Lo único que quería era estar lejos de todos. Por eso no avisó a nadie, ni siquiera a Sander, cuando se subió al aeroplano que ahora recorría el desierto.  
 Al caer la noche en el desierto Andrés miró los controles una vez más. Las baterías solares se habían cargado por completo, si lo deseaba podía seguir volando toda la noche sin tener que detenerse. Para cuando saliese el sol las baterías volverían a recargarse, técnicamente el aeroplano podría volar indefinidamente. Eso le daba a Andrés una sensación de tranquilidad y la seguridad de no tener que detenerse nunca. Sin embargo, poco después de la medianoche los instrumentos indicaron algo que no debería ocurrir: a unos pocos kilómetros de distancia una figura humana caminaba en la noche. Llegar hasta ahí le tomaría al aeroplano menos de un minuto, por eso Andrés prefirió tomarse un tiempo para investigar a aquel ser. Podía tratarse de alguna trampa, o quién sabe qué. Ningún ser vivo era capaz de soportar el desierto demasiado. Incluso si se resguardaba del día y viajaba de noche, no había agua potable ni alimentos en un radio amplísimo. Como decía un refrán de la antigüedad humana: la curiosidad mató al gato; Andrés no pudo consigo mismo y se dirigió al encuentro del vagabundo.
Era un hombre desnudo, de edad mediana y rostro sereno, que simplemente caminaba decidido por el páramo nocturno. Andrés dejó su nave a una distancia prudencial y se armó con un pulsor eléctrico escondido por si acaso. Al verlo acercarse, la figura en la noche detuvo su andar y lo observó directamente. Luego levantó la mano derecha mostrando su palma a modo de saludo y, finalmente, pronunció unas palabras que resultaron inentendibles a Andrés:
 -¡Di kutú niel sabrok!
 –Lo siento, no comprendo tu idioma- respondió Andrés, mientras levantaba su mano copiando a su interlocutor.
-Tekeli li terbole khim. <Circuitos intuitivos de identificación de idioma activados. > ¡Hola extraño! Espero que en este idioma podamos comunicarnos, de lo contrario vuelve a hablar para que mis circuitos intuitivos busquen otras similitudes fonéticas.
-Estamos hablando el mismo idioma, sin dudas. Me llamo Andrés Dioyo. ¿Quién sos y que hacés solo en este desierto?
-Mi memoria me ha mostrado que en mi lugar de origen se me solía llamar Anomalía. Pero eso fue hace bastante, no sé cuánto. En el desierto las tormentas de arena son frecuentes y es muy fácil perder la noción del tiempo dentro de una- respondió al tiempo que miraba al horizonte y recreaba con sus manos la mímica de una tormenta.
 Andrés comprendía muy bien lo que ocurría, se había encontrado con un robot perdido, abandonado por sus creadores, desterrado a ese desierto sin fin.  No podía hacer nada por él, la última fábrica de robots de esa zona había desaparecido hacía más de cien años. Quién sabe por cuánto tiempo había estado Anomalía vagando sin rumbo. Con un gesto le indicó al robot que lo espere y fue a buscar la tienda de campaña y las provisiones que tenía guardadas en su aeroplano. –Voy a preparar un campamento para pasar la noche juntos, Anomalía- atinó a decir antes de armar la tienda. –No creo poder ayudarte a encontrar tu lugar de origen pero por lo menos podemos hacernos compañía-
Anomalía lo ayudó cuanto pudo, sus procesos lógico-cognitivos, así como su matriz de razonamiento estratégico lo guiaron en la forma más eficiente de preparar el campamento. Al poco tiempo estaban sentados frente a frente, uno a cada lado de una fogata. Andrés apagó todas las luces del campamento, solo las llamas los iluminaban. La noche, estrellada, sin la interferencia lumínica de ninguna ciudad, los cubría.
-Es raro, ¿sabés? Hace casi dos días que viajo sin detenerme. Creía que escapaba de gente malvada, pero en realidad me estaba escapando de mí mismo- dijo Andrés mientras miraba el cielo.
-Creo que puedo comprenderte- respondió Anomalía –si bien mis circuitos lógicos pueden explicarme el funcionamiento de muchas cosas, en el fondo no puedo tener sentimientos. Pero por analogía puedo ponerme en tu situación y entender cómo te sentís- Andrés sintió curiosidad. ¿Desde cuándo un robot estaba programado para tener empatía? Anomalía continuó:
 -Estuve recorriendo este páramo por mucho tiempo. Mis archivos de memoria se tornan confusos si busco demasiado, antes de estar caminando por el desierto solo tengo recuerdos fragmentados, como cuando me llamaron “Anomalía” y me expulsaron aquí, a esta nada interminable. Mi construcción es perfecta, los mecanismos de autoregeneración me mantienen en óptimas condiciones y mi única preocupación es intentar evitar las tempestades de arena porque alteran mis circuitos y a veces puedo apagarme sin saber cuándo volveré a estar activo. En mis caminatas encontré cosas increíbles: ciudades abandonadas; restos de expediciones fracasadas o poco preparadas para enfrentarse a este ambiente tan hostil; incluso tuve contacto con seres de otros planetas que me buscaron, curiosos, por mi unicidad. Dada mi condición de autómata nada de esto jamás tuvo efecto alguno en mí, más allá de lo analítico por supuesto. Lo que pasaba es que aún no comprendía mi propósito, simplemente existía como un robot que vagaba sin órdenes y sin saber por qué. Ahora lo sé… - Al terminar de decir esto Anomalía se incorporó y comenzó a mirar al horizonte, como buscando algo.
-¿Qué pasa, Anomalía?- le preguntó intrigado Andrés.
-Como decía, mis recuerdos son difusos, pero en todos estos años pude esbozar un rudimentario mapa de la zona. Según los archivos de la biblioteca de referencias los antiguos navegantes humanos usaban la posición de las estrellas para guiarse. Creo que con todo este conocimiento acumulado voy a ser capaz de encontrar el lugar donde fui ensamblado.-
-¿Vas a buscar tu hogar? Este continente está desierto, no hay nada de nada a nuestro alrededor- Respondió Andrés mientras se prendía un cigarro.
-¿Hogar? Sí, ustedes lo llamarían así. ¿Desierto? Probablemente, pero por primera vez en todo este tiempo tengo un objetivo. Cuando llegaste dijiste que estabas escapando de vos mismo. Todo este tiempo, sin poder entenderlo, yo estaba haciendo lo mismo. Ahora lo comprendo- al decir esto el robot se acercó a Andrés y le estrechó la mano. –Adiós humano.- y se marchó rápidamente, perdiéndose en la noche sin dejar rastro.
Andrés prendió un cigarro en silencio, contemplando las estrellas. Pensó en todo lo que había dejado atrás: su vida cotidiana, su trabajo, Cyntheea…

Se despertó antes de que saliese el sol y, como Anomalía, partió de regreso a su hogar, sin saber qué era lo que iba a encontrar y, sobre todo, contra qué demonios debería enfrentarse para dejar de sentirse solo. 

domingo, 23 de agosto de 2015

6- Tuerca en llamas

Andrés tiró la escama metálica del Tyranoblastus sobre la mesa, y se dejó caer en su sillón.
-       ¿Qué es eso? – preguntó el robot Limpiador.
-       Un… souvenir.
-       La mayor parte de la gente trata de recordar sus logros, no sus fracasos, ¿Sabés?
Andrés no contestó. Hacía varios días que estaba alterado. El episodio con el dinosaurio robótico no lo dejaba en paz. Había hablado con el Limpiador, que resultó muy malo limpiando conciencias.  En el trabajo le habían dado la semana libre, para reponerse del viaje desde Asia mayor, pero él iba todos los días a la oficina hasta que lo mandaban de vuelta a su hogar.
 Ese día, por lo menos, había conseguido hablar con Cyntheea. Ella le consiguió, tal como él le había pedido, un fragmento del robot de combate. Se lo dio, aunque sin comprender el para qué. Ella confiaba en Andrés. Quizá más de lo que él le correspondía.
 No había mucho que hacer en la casa. El Limpiador se encargaba de las tareas domésticas. El holovisor estaba desconectado e iba a seguir así: casi todas las frecuencias de transmisión mostraban imágenes de Tokyo 9, y los esfuerzos que se estaban haciendo por reconstruir la ciudad y encontrar a los ciudadanos desaparecidos.
 Fue por aburrimiento que Andrés tomó su libreta y empezó a anotar nombres posibles:
-       Es hora de bautizarte, Limpiador.
El robot frenó en seco. No necesitaba un nombre, pero que le dieran uno era un acontecimiento enorme en su existencia. Casi tan importante como cuando se fue a vivir con Andrés.
 Andrés escribió y tachó varias opciones, hasta que tuvo una idea.
-       ¿Qué te parece “Sander”? Es un anagrama de Andrés.
 El robot corrió a abrazarlo y Andrés, aunque no respondió al gesto, sonrió sinceramente por primera vez en semanas. Después, mientras pensaba a qué iba a dedicar el resto del día, vio que Sander guardaba la escama metálica en una caja sobre la biblioteca. Ahí, junto a un ojo del robot siamés, había un papel blanco.
 Bajo la mirada analítica de Sander, Andrés tomó el panfleto. Un engranaje en llamas. Lo había olvidado. “Todos los días a la caída del sol”, decían las letras rojas sobre fondo negro. Y seguía: “los objetos no tienen alma”. Nada más.
 Andrés estaba decidido. Guardó su corona de rastreo mental robótico y un localizador de U.R.R.A. junto a su llave de tuercas en una mochila, y salió apresurado. Tomó un tubo transportador, y fue hacia la dirección que marcaba el folleto.
 Hasta que llegó a la zona del edificio no frenó a pensar en lo que hacía. Se dirigía a un lugar lleno de robofóbicos, sin avisarle a nadie más que al robot ilegal que escondía en su hogar. ¿Y si lo reconocían? Su cara había salido en varios noticieros. Sentía un impulso enorme por sacar la llave de tuercas de la mochila, pero eso lo haría aún más reconocible para el alienígena con el que se había enfrentado en el subterráneo.
 En contra de la prudencia, que le indicaba que debía irse y volver con refuerzos, o al menos avisarle a Warkus, Cyntheea o a la Jefa, la lógica le decía que habría suficiente cantidad de gente como para pasar desapercibido. Sin embargo, para sentirse más seguro, se compró un sombrero de copa en un puesto ambulante en la esquina.
 Los sombreros de copa se habían puesto de moda hacía unos años entre los robofóbicos, como respuesta a los sombreros mecánicos que se habían inventado ese mismo año. Como disfraz era bastante obvio, pero no tenía tiempo de crear algo más elaborado.
 Dobló en una esquina y, finalmente, llegó a la dirección marcada. En el camino se le habían unido varias personas: muchas con sombrero de copa y unas pocas con túnicas, similares a las que llevaban los alienígenas con los que se había enfrentado en el subterráneo. La mayoría eran humanos, pero pudo detectar un reptiloide, un Hurgano, y algunos otros que estaban tan cubiertos que era difícil determinar su especie.
 Llegaron a lo que había sido, antiguamente, una fábrica de robots. Andrés, por dentro, rió por la contradicción. Seguramente ellos le dieran al uso de ese edificio una interpretación simbólica, pero para Andrés allí estaban creando precisamente lo que combatían: seres sin alma.
 La congregación se reunió frente a un escenario. Tras una larga espera en la que Andrés captó a medias decenas de conversaciones robofóbicas, un orador se acercó al micrófono.
-       ¡Sabemos por qué están aquí!- exclamó el orador. Vestía una túnica roja y brillante, distinta a la marrón parda de todos los demás.- Estamos hartos nosotros también, y por eso los entendemos… ¡Hartos de un mundo pensado para máquinas!
 Una enorme ovación interrumpió al orador, que levantó sus manos pidiendo silencio para continuar:
-       ¡Estamos hartos de un mundo sin alma! ¡Hartos de que aparatos que nosotros, por error, creamos, piensen que son mejores que las personas! Pero el fin está cerca y pronto demostraremos el predominio de la carne sobre el metal, de la sangre sobre el aceite, del espíritu sobre la electricidad, ¡y esto es solo una pequeña muestra!
 Mientras hablaba, tres sectarios, cubiertos con sus túnicas, habían arrastrado a un maltrecho robot al escenario. Sus brazos neumáticos estaban prácticamente destruidos, sus ojos titilaban intentando mantenerse prendidos, y, a simple vista, se notaba que estaba a punto de desactivarse.
 Andrés no iba a permitir una destrucción pública de un robot, un linchamiento. Pero no podía actuar solo contra tanta gente. Disimuladamente, activó su localizador de U.R.R.A. con alarma nivel 3, lo que quería decir que pronto llegarían refuerzos.
 Para ganar tiempo antes que hirieran al robot, Andrés señaló a un sujeto al azar:
-       ¡Un robot! ¡Un robot espía! ¡Ese que está ahí es un robot! – gritó con todas sus fuerzas.
 Fue suficiente para desatar un caos infernal. Los asistentes, sobre todo los de sombrero de copa, soltaron toda su violencia contenida sobre el desafortunado, hasta que notaron que sangraba. Después, por las dudas, siguieron golpeándose unos a otros para ver quién era el robot.
 Mientras los sectarios vestidos de túnica intentaban controlar la situación, Andrés aprovechó para trepar al escenario, llave de tuercas en mano, y empujó a los encapuchados, alejándolos.
-       ¿Podés caminar? – preguntó al robot.- Voy a sacarte de acá, no temas.
-       ¿Vos sos idiota o te hacés?- respondió.- No soy un robot, soy un actor. ¡La destrucción pública de robots es ilegal!

 La policía y algunos agentes de U.R.R.A. se encargaron de manejar el caos, y el escándalo posterior. Mientras algunos hablaban con los medios de comunicación, la Jefa estaba reunida con Andrés.
 Después de la larga charla que mantuvieron, Cyntheea le acercó un café a Andrés. Ya era casi el amanecer.
-       ¿Qué te dijo? La Jefa parecía realmente preocupada.
-       Y no es para menos. Nos metí en un lío. Parece ser que hay hace tiempo agentes infiltrados en estos grupos pseudoespirituales, pero hasta ahora no lograron incriminarlos como organización en nada más grave que apología del delito. Ahora me conocen, y me odian. Y son bastante peligrosos. Tendré que estar fuera de acción un tiempo, pero no sé cómo. Nunca lo hice, no puedo. ¿Me ayudás?
Aunque Cyntheea sonrió internamente, mantuvo la seriedad mientras asentía:

-       Por supuesto, colega.

miércoles, 12 de agosto de 2015

5- El último grito de Tyranoblastus

El crucero de batalla recorría el cielo a máxima velocidad. Dentro, sentados alrededor de la mesa de operaciones del comando central, se encontraban los mejores agentes de U.R.R.A. Estaban Andrés, con su seriedad habitual; Slasth, el siniestro maltusiano, famoso por mantener un record de destrucción de objetivos superior al 95% por siete años terrestres consecutivos; y Coghland Myrth, mercenario de profesión, de quien las malas lenguas decían que se había sumado
a U.R.R.A. como parte de un programa gubernamental de reinserción de maleantes talentosos. En la cabecera estaba La Jefa y junto a ella Cyntheea que había sido llevada no por su experiencia sino por haber estado en el cuartel de U.R.R.A. haciendo horas extras justo cuando La Jefa recibió el llamado con la orden de actuar.
-Muy bien, damas y caballeros- comenzó diciendo La Jefa cuando todos hubiesen terminado de sentarse- la situación es la siguiente: hay un robot de destrucción masiva enloquecido suelto en Tokio 9 y nosotros tenemos que hacernos cargo. Sin lugar a dudas La Jefa sabía cómo llamar la atención de su grupo en las reuniones.
 -¿Conocen esos eventos teleholográficos asiáticos donde un grupo de robots de guerra se enfrentan unos a otros hasta que solo uno quede en pie? Bueno, este es Tyranoblastus.
 La imagen holográfica de un robot de 300 metros de altura, con una forma reminiscente a la de un dinosaurio bípedo carnívoro, pero cubierto por una armadura de placas y con un aguijón de plasma en la punta de la cola, apareció sobre la mesa frente a los agentes de U.R.R.A.
 -Es el ganador de los últimos tres torneos y perdió el control luego de vencer a sus adversarios otra vez. Dicen que tras derrotar a su último enemigo los mandos de su controlador dejaron de funcionar y simplemente perdió el control. ¡Está atacando la ciudad desde hace veinte minutos y ya destruyó más de la mitad! Malditos burócratas, lanzaron una flota preventiva de aerovalkírias, pero descubrieron que el piloto del monstruo mecánico que debían destruir había muerto y cancelaron el despliegue porque “un robot sin dueño se encontraba por fuera de su jurisdicción”- continuó diciendo La Jefa frente a la mirada seria de sus empleados y agregó golpeando la mesa con el puño: -Borregos, infelices. ¡En el tiempo que tardé en reunirlos a ustedes ellos podrían haberlo detenido! 
En ese momento un soldado bermudio entró a la habitación y le entregó una pantalla etérea a la Jefa. Esta leyó con atención, para luego soltarla y dejar que se evapore en el aire sin prestarle atención.
 -Mensaje entregado- dijo el comunicador en el casco del soldado. Una luz amarilla se prendió en su mochila y partió apurado a seguir con sus obligaciones. 
-¡Muy bien, señores!- continuó La Jefa -Dentro de diez minutos llegaremos a lo que quede de Tokio 9 y comenzaremos la operación “Último grito”-. Todos asintieron.
 -Veo que trajeron sus herramientas de trabajo habituales, muy bien. Ahora voy a darles un obsequio de parte del Estado de Asia mayor por ayudarlos en este problema en Tokio 9-. Mientras decía estas últimas palabras seis pequeños robots de carga aparecieron con unas cajas. Las colocaron en el piso y las abrieron. En cada una había el equipo de acción  que cualquier fanático de la tecnología experimental hubiese considerado increíble: cada uno tenía un escudo retráctil de diamantina pulida, un arnés propulsor adaptado para cada uno de los miembros del equipo, una antorcha nuclear; sumados al habitual campo de fuerza simbiótico y la corona de rastreo mental robótico. 
 Mientras se los colocaban, La Jefa agregó: -Voy a darle a cada uno de ustedes una mina E2. Estas minas generan un pulso electromagnético de 15 metros de radio que deshabilita al instante cualquier maquinaria más compleja que un reloj de arena. Es tecnología experimental que nos cedió un contacto que tengo en las fuerzas especiales. Funciona de mil maravillas, pero tiene poco alcance. No ocupan mucho lugar y vienen bien si se ven acorralados por Tyranoblastus. Eso es todo por ahora. El tiempo estimado de llegada es de siete minutos. Confío en que los sabrán aprovechar. 
Mientras todos se levantaban de sus asientos y partían a prepararse para la misión, Cyntheea miró a Andrés. Su mirada, por un momento, lo preocupó.
 -Quería desearte suerte- dijo ella.
 -Gracias, pero no creo que haga falta-. Atinó a decir él, desconcertado por el efecto de esos ojos.  De repente las luces de toda la nave se volvieron rojas al tiempo que la alarma comenzó a sonar.
 -¡Estamos bajo ataque!- gritó una voz por los parlantes. La nave comenzó a sacudirse con violencia.
-¡A toda la tripulación, asuman posiciones de combate!- en solo un segundo un sonido agudo acompañado por una leve y sutil turbulencia dieron paso a una violenta sacudida.
 -¡Nos dieron!- dijo nuevamente la voz de los parlantes. -¡Asuman protocolo de aterrizaje de emergencia!
 Sin pensarlo, Andrés agarró a Cyntheea de la mano para intentar escapar de ahí. La nave estaba cayendo. Tyranoblastus los había descubierto y atacó a la distancia sin darles oportunidad de responder. Casi como si hubiese sabido lo que se proponían.
El aterrizaje, si podía llamárselo de esa manera, había sido brusco. Intentando mantener la estabilidad del crucero de combate los pilotos lograron rebotar en los techos de los rascacielos de Tokio 9 para frenar la caída y así evitar estrellarse de lleno contra el piso. Luego de unos segundos eternos la nave quedó detenida sobre lo que antes era un centro comercial. Tanto Andrés como Cyntheea estaban a salvo. No podía decirse lo mismo de La Jefa, que tenía fracturadas algunas costillas. A duras penas se mantenía consciente a causa dolor. Y Coghland Myrth tenía una de sus piernas seriamente lastimada.
 –Cyntheea nos va a ayudar- dijo La Jefa a Andrés para dejarlo tranquilo.- En este crucero estamos a salvo, los soldados bermudios van a fortificar la posición en caso de que Tyranoblastus decida venir a terminar con nosotros. Slasth ya salió en su busca, te toca a vos también dar caza a Tyranoblastus. 
 Encontrar a Tyranoblastus en Tokio 9, a pesar de la extensión aparentemente infinita de la ciudad, no resultaba complicado. Solo hacía falta seguir el ruido de las explosiones causadas por la bestia mecánica, que arrasaba con todo lo que se encontraba a su paso. Recorrer los restos de la ciudad con el nuevo equipo también resultaba simple, el arnés propulsor resultaba un medio de transporte fantástico, permitiéndole realizar saltos de medio kilómetro de longitud en segundos. Andrés debía apurarse, Slasth tenía ventaja y no había manera de convencerlo para que no destruyese al robot. 
Poco más de un minuto después, Andrés divisó a Tyranoblastus. Era aún más imponente que en la teleholografía. El robot pareció mirarlo, pero decidió atacar unos edificios que se encontraban en otra dirección. Eso le dio tiempo a Andrés de acercarse y situarse cerca de la central de mando en el pecho. Preparó la corona de rastreo mental robótico para intentar comunicarse con Tyranoblastus, pero un disparo lejano impactó en el blindaje del robot que enfureció y se giró para devolver el ataque con una llamarada volcánica salida de sus fauces. En ese movimiento Andrés perdió la conexión mental robótica y salió despedido por el aire, aterrizando en la terraza de un edificio cercano. Desde ahí pudo ver otro ataque, más cercano, tomar por sorpresa a Tyranoblastus, terminando de dañar su blindaje coraza dejando las maquinarias principales de su torso descubiertas, vulnerables al ataque final. Mientras el robot respondía el ataque distante con otra llamarada volcánica que incineró una cuadra entera, Andrés vio a Slasth con su arnés propulsor aterrizar en el edificio lindero y colocar un cañón remoto dispuesto para rematar a la gran bestia. Evidentemente su objetivo era estar lo suficientemente lejos como para salir indemne en caso de que el robot contraatacase nuevamente luego de alejarse y activar el arma a distancia. Andrés también vio que en el interior de Tyranoblastus había un pequeño reactor nuclear transportable, y supo que un disparo directo causaría una reacción en cadena capaz de arrasar con lo que quedaba de la ciudad. Sin perder un segundo, Andrés saltó al edificio donde estaba Slasth mientras que extendía su escudo retráctil de diamantina y disparaba con la antorcha nuclear hacía la cabeza de la bestia. Era un ataque a una zona protegida, pero su objetivo no era destruir al robot sino llamar su atención. Este respondió de inmediato y Andrés llegó a proteger con el escudo de diamantina a Slasth y a sí mismo de la llamarada volcánica que destruyó el cañón remoto junto con todo el edificio donde se encontraban. Por suerte el escudo de diamantina era capaz de proteger a ambos del ataque sin sufrir el menor daño. Sin embargo el edificio colapsó por las llamaradas y se desplomó.
Entre los escombros Andrés encontró a Slasth, herido, inconsciente, pero vivo. Tomó una cápsula de éter y colocó al maltusiano dentro, protegiéndolo de cualquier daño extra que pudiese sufrir. Luego buscó con la mirada, entre los escombros humeantes de Tokio 9 algún rastro que le permitiese encontrar a Tyranoblastus. Tras divisarlo, se acercó a él en pocos segundos gracias al arnés propulsor y, como antes, se instaló cerca de la central de mando en el pecho y activó la corona de rastreo mental para intentar sondear el sistema operativo del robot. Al instante Andrés descubrió que no había posibilidad de redimirlo, el sistema racional estaba sumido en un absoluto caos. Nada tenía sentido: órdenes contradictorias se sucedían sin lógica alguna, alertas de agresiones inminentes, de enemigos invisibles que se agolpaban y ejecutando ataques aleatorios sin fin. En el fondo, un solo comando se mantenía constante: destruir. Intentar razonar con la bestia resultaba imposible. En ese momento la mente del robot detectó al intruso.
 –Te conozco- alcanzó a decir antes de apuntarse a sí mismo con el aguijón de plasma de su cola al hueco dejado por los ataques de Slasth. De inmediato Andrés se alejó lo más que pudo con el arnés propulsor y activó tanto su escudo retráctil como el campo de fuerza portátil que le habían regalado las autoridades de Asia mayor preparándose para el peor desenlace posible. 
La máquina de guerra gritó por última vez mientras se inmolaba en una explosión atómica, fue un grito primal, surgido de lo mas profundo de las entrañas del tiempo. Generaciones de robots habían competido, y se habían despedazado para divertir al público. Tyranoblastus había sido el ejecutor de innumerables robots a los que consideraba sus hermanos, sin poder comprender sus actos. Finalmente la bestia había roto sus ataduras y desatado su furia primitiva sobre sus propios captores.
El último grito de Tyranoblastus dejó una marca imborrable sobre la humanidad que lo había creado para su divertimento. Poco después, los torneos entre robots de destrucción fueron prohibidos en todo el planeta. Sus armas desmanteladas y sus promotores llevados a juicio por fomento de la crueldad. Sin embargo, Andrés no podía considerarse feliz. No había podido evitar la destrucción del robot y, aún peor, antes de su final, este había dicho conocerlo. ¿Cómo era esto posible?

sábado, 1 de agosto de 2015

4- El robot siamés

 -¡Los técnicos, llamen a los técnicos!- gritaba el supervisor, en un estado de pánico nunca antes visto en él.
 Los operarios lo vieron pasar corriendo sin entender qué sucedía. Instantes después, doblando por el pasillo, apareció la enorme máquina. Fue lo último que vieron.

 Andrés llegó a las oficinas de U.R.R.A. a las nueve horas, ni un minuto más ni uno menos, como cada día. Para su sorpresa, pues solía ser el primero en llegar, se encontró con una pila de papeles sobre su escritorio. Cy
ntheea, administrativa de las oficinas, traía otros más desde una impresora.
-Es extraño verte tan temprano- Andrés se sentía un poco incómodo de no poder mantener su rutina.
- ¡Buen día para vos también!- le sonrió Cyntheea -. No es ningún secreto que quiero ser agente de campo. Lo mejor que puedo hacer es esforzarme y hacerme notar.
- Tené cuidado con lo que deseás, puede…
- Volverse realidad, sí. Quién te dice – agregó guiñando un ojo- quizá seamos compañeros en alguna misión.  
 Warkus llegó en el preciso momento en que Cyntheea se iba. Traía un vaso descartable cuyo contenido Andrés no quiso adivinar. Se burló, como era habitual, de Andrés por no invitar a salir a Cyntheea. Pero Andrés no lo tomó muy en serio: el olivadio solía burlarse de todos los humanos.
 Algunos minutos más tardes salieron a su misión del día. Tenían que ir juntos sí o sí, pues se trataba de un de Bicarbonado, un robot siamés, y era un trabajo peligroso para un agente solo. Mientras buscaban un tubo transportador libre para viajar cómodos, se cruzaron con un grupo de jóvenes repartiendo volantes. Andrés se sorprendió al encontrar la tuerca prendida fuego en el papel que acababan de darle. Lo guardó en el bolsillo para estudiarlo luego, y volteó la cabeza intentado retener el rostro del muchacho en la memoria.
 Entraron al tubo, uno treinta segundos después que el otro, para salir en el otro extremo de la ciudad. Se trataba de una vieja zona industrial,  en las que los tubos de transporte y las modernas torres solares contrastaban con algunas chimeneas abandonadas, de cientos de años de antigüedad. El edificio al que se dirigieron no era ni uno ni lo otro. Se trataba de una fábrica de vehículos, que aunque estaban pasados de moda alguna gente todavía compraba. Bloqueando la entrada, dos oficiales de policía hacían guardia.
 Tras mostrar sus identificaciones, los oficiales explicaron la situación a Andrés y Warkus. El Bicarbonado era un robot siamés, con dos cabezas y tres metros de altura, diseñado para poder manipular maquinaria compleja él solo, o para hacer funcionar coordinadamente varias máquinas a un tiempo. Sus dos cabezas, aunque con procesadores distintos, usaban la misma fuente de energía. A pesar de ser llamado comúnmente “siamés”, el robot podía separarse en dos o ensamblarse a voluntad.
 El problema: alguien le ordenó manejar ácidos corrosivos para lo cual no estaba diseñado, y los vapores de estos alteraron el funcionamiento de sus circuitos. Resultado: el robot “enloqueció” y aniquiló a casi todos los operarios de la fábrica.
 Mientras Andrés hacía preguntas a uno de los oficiales con respecto a quién habría mandado al robot a hacer esas tareas inadecuadas, Warkus se alejó susurrando con el otro oficial. A pesar de sus problemas con la bebida, el olivadio tenía una capacidad de entenderse con las autoridades que Andrés no podía comprender.
 Cuando regresó a donde Andrés lo esperaba, Warkus cargaba un gran rifle positrónico. De esos que Andrés solo había visto disparar en las holopelículas. 
- ¡¿Estás loco?! ¿Qué hacés con eso?
- ¿No es preciosa? Convencí al oficial de lo fundamental que era que me la prestara. Nos vamos a enfrentar a un robot asesino.
- ¡Es un arma de guerra!
- Y esto es una guerra.
 Andrés no quería discutir con Warkus, y mucho menos con los oficiales tan cerca. Decidió entrar en la fábrica, convencido de que era un grave error. Haría todo lo posible para que el arma no fuera disparada: su tarea era reubicar a los robots para ser reparados o desmantelados, evitar su destrucción a menos que no quedara más opción. Andrés no dudaba de la inocencia de la máquina: alguien había hecho que manejara esos ácidos, alguien la había malogrado, y esa persona o extraterrestre era quien debía pagar. No el Bicarbonado.
 A medida que avanzaban, las luces automáticas de la fábrica iban encendiéndose. “Factor sorpresa descartado”, pensó Warkus. Andrés no parecía asustado, aunque miraba atentamente para todos lados. Los escombros y los restos de máquinas rotas se esparcían por doquier, adornados de forma lúgubre por los contorsionados rostros de las víctimas.  Siguieron los rastros que había dejado la destrucción del Bicarbonado, intentando ignorar los cadáveres de los obreros muertos. 
 Con cada paso que daban Andrés se sentía más inseguro. Un robot asesino era, habitualmente, tarea de las fuerzas policiales. Era destruido directamente. Alguien había puesto mucho dinero para que esa máquina fuera rescatada, o al menos algunas de sus partes.
 Eso, o querían ponerlo a él mismo en peligro. Descartó esa última idea por ser demasiado paranoica. Claro que últimamente se había enfrentado a más robots rebeldes que lo normal, y no se olvidaba de su enfrentamiento pandillero en el subterráneo, pero solo eran casualidades. De todas formas, aferró más fuerte su antigua llave de tuercas, compañera leal en cada misión.
 Warkus, con los sentidos embotados, tardó más en reaccionar:
-¡Cuidado!- gritó Andrés girando bruscamente.
 Pero el robot ya casi había atrapado a su compañero que se movió muy lentamente.
- No quiero hacerles daño- dijo la voz mecánica mientras el olivadio forcejeaba- ¡ayúdenme!
- Soltáme, pedazo de chatarra- Warkus ni había oído lo que decía el robot.
- Siamés- Andrés intentó no perder la compostura- ya sabés cómo es esto. Vamos a desactivarte para poder arreglarte.
- ¡No! Van a llevarme a desmantelar. Y está bien. Mis componentes son demasiado caros para dejarlos en un robot loco.- Y agregó soltando a Warkus: -No soy seguro. Pero van a necesitarme. Por lo menos hasta encontrar a mi otra mitad.
Andrés estaba sorprendido por la reacción del robot. ¿Acaso aceptaba su destino, así sin más?
- Cuando mi lado derecho enloqueció luché por controlarlo. Creí que en estado unificado iba a poder hacerlo, pero no fue así.
- Esto es fácil- dijo el Olivadio- Con destruir una mitad las dos se desactivan, no pueden funcionar autónomamente. 
- Warkus, eso es terrible! Claramente es solo una mitad del robot la que está dañada. ¿Cómo vamos a eliminar a ambas?
- Estamos hablando de vidas, Andrés. Vidas humanas. 
- No es una opción. Y estoy hablando en serio.- y agregó:
- Robot, llevanos con tu otra mitad. Te vamos a ayudar a controlarlo.

El robot los guió por un pasillo lateral. Warkus no le quitaba la vista de encima. Llegaron hasta una gran compuerta, y entraron a un depósito de sustancias tóxicas. A tres o cuatro metros del suelo, enormes caños atravesaban la habitación de lado a lado. Transportaban el ácido de un tanque hasta las máquinas que lo utilizaban. El mismo ácido cuyos vapores habían estropeado el funcionamiento del robot.
- Mi mitad debe estar por aquí. Después de cada ataque volvía a entrar en el cuarto, como si fuera su hogar…
De repente una luz roja iluminó el depósito, cegándolos. Cuando pudo volver a ver, el robot, la mitad sana del robot, la misma que los había guiado, yacía en el suelo con un agujero atravesándola de lado a lado. 
Andrés, furioso, se enfrentó a Warkus cuya arma aún humeaba.
- ¿Por qué hiciste eso? ¡Podíamos haberlo salvado!
Por toda respuesta, Warkus señaló hacia arriba, donde la otra mitad del robot colgaba, ya desactivada, de un caño. Un caño lleno de ácido, a punto de ser partido sobre sus cabezas.
 Después de explicar lo sucedido a las autoridades, éstas concluyeron que todo fue una trampa del robot. Andrés aun dudaba de qué hubiera pasado en caso de haber atrapado a las dos mitades. Si verdaderamente había un 50% de bondad en el autómata, o aún menos que eso, hubiera valido la pena el intento.