lunes, 17 de marzo de 2014

Pesadilla



-¡Ahhgghhhhhh!!!!!!-
Hernán se despertó en el medio de la noche gritando, estaba agitado y bañado en sudor frío. Rodrigo entró a la habitación corriendo, alertado por los gritos de su hijo. Lo abrazó para tranquilizarlo. Había tenido una pesadilla.
 Entre sollozos Hernán dijo que en su sueño se encontraba frente a una figura enorme. Parecía ser una humana, pero muy extraña, con rasgos tan horribles como majestuosos. Estaba atrapada en un símbolo religioso de la antigüedad, de proporciones tan grandes como las de la criatura. A pesar de estar con vida no luchaba por escapar, simplemente esperaba. Esperaba a que apareciese el ángel vengador que cumpliría su destino y la humanidad dejara de existir. Luego, Hernán vio un resplandor y cuando todo a su alrededor comenzó a desaparecer devorado por el fuego sagrado, despertó.
-No te preocupes, hijo. Ya pasó. Fue un mal sueño- dijo Rodrigo en tono calmo. Hernán asentía entre lágrimas aferrándose a su padre como a un bote salvavidas en el medio del océano neptuniano.
 -Tengo miedo- dijo Hernán –de que sea Nyaghhathogga que volvió desde el centro del universo a buscarte por haberte escapado hace años- alcanzó a decir mientras se limpiaba las lágrimas del rostro.
Una leve sonrisa de culpabilidad se asomó al rostro de Rodrigo, que volvió a recordarse a sí mismo no volver a contarle historias de terror a su hijo.
–No tengas miedo, Nyaghhathogga no tiene nada que ver con tu sueño. Ese ser volvió a su lugar de origen hace mucho. Mi expedición no fue más que un suspiro en su larga vida. Lo que tuviste vos fue un sueño muy especial, no tuvo nada que ver con esa otra historia. Fue en realidad una parte del inconciente colectivo, que debe haberse escapado de la bóveda de los recuerdos, cerca de Plutón. Escuché hace un tiempo que le tenían que hacer unos arreglos al mecanismo de refrigeración, y a lo mejor se les escapó un fragmento de recuerdo ajeno. Es más, por lo que decís se parece a una leyenda terrícola que me contaron hace mucho. Transcurre en la tierra, pero hace muchísimo tiempo, antes de que existiesen los viajes interplanetarios incluso.
 Decía la leyenda que si un ángel se juntaba con esa figura que vos viste, tendría lugar el juicio final, el fin del mundo. Por eso un grupo de héroes hacía todo lo posible para evitarlo.
 –A há.- Alcanzó a decir Hernán, ya más tranquilo, mirando a su padre.
 – ¡Mirá como pensaban los terrícolas de la antigüedad! Como no conocían certeramente la vida fuera del planeta tierra, se creían el centro del Universo. ¡El Apocalipsis consistía en destruir solo al planeta tierra! Que gracioso, ¿no? Ahora, si se destruye un planeta, si bien sería algo terrible, hay muchísimos planetas para habitar, y la tecnología para revertir casi cualquier catástrofe. Pero en esa época no, y si Dios destruía el planeta, ya está, se terminó la vida. Había un término para definir esa forma de pensar: egocentrismo. Los humanos se creían los mas importantes, no solo dentro de su planeta con las otras especies que lo habitaban, ¡sino de todo el cosmos!
Si bien seguía agitado por el mal sueño, Hernán rió un poco al escuchar las últimas palabras que había dicho su padre. Costaba creer que los humanos hubiesen recorrido un camino tan extenso.
 -¿Y que sintieron los terrícolas cuando se dieron cuenta de que no eran los mas importantes del Universo?- remató Hernán.
–Uff, esa es otra historia, hijo… una bastante complicada.-

lunes, 10 de marzo de 2014

Los desconocedores



 - Pa, hoy en la escuela me hablaron de los Desconocedores. ¿O no que no existen?
- ¡Claro que existen! Mirá… vos estás acostumbrado a nuestra tecnología, y al hecho de que hay cientos de razas inteligentes desperdigadas en distintos puntos del universo. Pero imaginate que lo único que conocés es tu planeta, o ni siquiera eso… una porción de tu planeta. Que no tenés manera de viajar al espacio ni de ver hacia las estrellas más que con tu propia vista…

“Brod-Erck, el brujo, lanzó las hierbas a las llamas que las consumieron en un único e intenso abrazo. Luego, lanzando sus brazos al cielo, entonó el cántico ancestral. Como cada noche, el brujo cantaba para despertar a la gran ballena Güel, en cuya mente estaba el universo. Pues el universo era solo una idea en la cabeza de Güel, y sin ella el mundo y las estrellas se ahogarían en el Mar de Luz y Nada.
 El brujo contempló con alegría como la gran ballena abría primero un ojo, y luego el otro: los dos soles amanecieron en Ingüel. Brod-Erck estaba por irse satisfecho, cuando un tercer sol se encendió en el firmamento. Pequeño, primero, fue creciendo rápidamente al tiempo que se acercaba hacia el suelo con el estruendo de mil tormentas.
 Mientras el astro bajaba a tierra, Brod-Erck se escondió detrás de una roca. Con sorpresa vio como el pequeño sol se apagaba hasta volverse del color de las rocas, y un pequeño dios descendía de su interior. Si era un enviado de Güel, se acercaban o bien tiempos de grandes guerras, o de gran paz. Él se encargaría de dejarle una señal, no debía ser importunado.
 El dios se acercó hacia el fuego. Bord-Erck lamentó no haber sido lo suficientemente rápido como para apagarlo y tomar todas sus cosas. Ya no era joven y ágil como en sus años de aprendiz, aunque todavía tenía el vigor suficiente para subir cada día al punto más elevado del monte a buscar sus hierbas y hongos. El dios tomó su bolso y lo revolvió. Tomó algunas de sus provisiones y gritó algo ininteligible. Después les apuntó con una luz mágica, sonrió, las cocinó en el fuego sagrado, y se las comió. Brod-Erck se preguntó si dentro de cada punto de luz en el cielo habría un dios hambriento.
 La deidad se levantó, con apariencia satisfecha, y gritó de nuevo unas palabras. Parecía dirigirse a Brod-Erck, y éste estuvo seguro que así lo era. El dios tomó un cuchillo y se hizo un pequeño tajo en el brazo. Después, apuntó a la pequeña línea roja con un artefacto de luz similar al que había usado antes, hasta que la piel sanó. Dejó el artefacto en el suelo, subió a su nave, y despegó.
 Cuando el nuevo sol tomó otra vez su lugar en los cielos, Brod-Erck se acercó al artefacto y lo tomó. El dios le había obsequiado a su pueblo magia sanadora. Sin dudas venían tiempos de paz.”

- ¿Y le dejaste el Cicatrizador de tu nave?
- Creí que debía dejarle algo a cambio de la comida, y sin dudas nuestro dinero no iba a servirle de nada. Lo curioso es que, hasta que no están listos, cualquier visita que hagas u objeto que le dejes a un Desconocedor, va a ser tomado como magia, o a incorporarse de alguna forma a sus leyendas. El conocimiento lleva un largo camino, en el que no hay atajos.

lunes, 3 de marzo de 2014

Sinfonía del Universo



-¿Papá, por que pasan las cosas?

-Es difícil saberlo hijo, no lo sé, hay muchas teorías. Muchas escuelas científicas que se contradicen entre si.

-¿Y vos que crees?

 "La verdad que no se cómo se llama, pero cuando estaba en la escuela, una tarde volviendo de clase vi un edificio muy antiguo al que nunca le había prestado atención. Parecía una antigua biblioteca y estaba clausurado por peligro de derrumbe desde hacía muchísimo tiempo. Era en realidad un edificio histórico de la antigua civilización terrestre, de esos que ya ni a los arqueólogos les interesa y a los que nadie presta atención. A mi tampoco me había llamado la atención, pero esa tarde pude escuchar, proviniendo de su interior, una melodía muy suave y lejana.
Sorteando los escombros de la entrada pude ingresar al edificio y, guiado por la música, fui adentrándome por su laberíntico interior. A medida que avanzaba podía escuchar cómo aumentaba el volumen de la música. Casi completamente a oscuras, llegué hasta lo que parecía una desvencijada puerta de madera, corroída por los años. Por entre las rendijas se filtraba una tenue y sutil luz que parpadeaba cada tanto. Me acerqué a espiar por entre las maderas y apenas pude ver un bulto moviéndose en la lejanía. Parecía atareado y no me notó, o eso creí, así que de a poco abrí la puerta, despacio para no hacer ruido, y me deslicé dentro. Sin embargo, ni bien terminé de entrar en la habitación, la música dejó de sonar y en ese momento preciso el mundo se detuvo.
Estaba de espaldas sentado frente a un piano con una partitura delante suyo. Parecía un robot de algún tipo que no conocía. Era difícil determinar dónde terminaba el autómata y dónde comenzaba el instrumento musical. La figura miró por sobre su hombro y luego volvió la vista al instrumento y la música prosiguió. Era una melodía hipnotizante, que me transportó por los más diversos recuerdos de mi vida. Era fuerte como un tornado jupiteriano, pero al mismo tiempo sutil como los pétalos de una orquídea pleyadiana. La música representaba los amaneceres en Neptuno y los atardeceres en Mercurio, era el motor mismo del Universo lo que podía escuchar saliendo de ese extraño órgano.
Sin siquiera darse vuelta el autómata me habló con una voz oxidada:
 -¿Sería usted tan amable de hacerme un favor, desconocido visitante? Estoy necesitando un poco de lubricante para suavizar el pedal izquierdo, de lo contrario próximamente las lunas de Saturno dejarán de girar y eso sería un problema muy serio para los habitantes de Titán, el mayor de sus satélites. Se encuentra ahí cerca, en la tercera gaveta del mueble al otro extremo del salón.
 Sin comprender demasiado lo que me estaba diciendo encontré un frasco cargado de aceite y un aplicador. Siguiendo sus indicaciones le apliqué el aceite a uno de los engranajes de su robótica pierna, y a partir de ese momento comenzó a moverse un poco más armoniosamente respecto de las otras extremidades.
 –Ah, muchas gracias, joven, mucho mejor. Claro que este favor no pasará desapercibido. No hace falta que me diga su nombre ni a qué escuela asiste, le aseguro que su visita a este lugar no ha sido fortuita ni pasará desapercibida para el gran esquema de las cosas.
No lograba comprender demasiado las cosas que ese autómata estaba diciéndome, así que solamente me limité a asentir cada vez que parecía haber concluido una idea. Francamente, la melodía que tocaba era demasiado maravillosa como para poder prestarle atención a cualquier otra cosa.
Luego de un tiempo, se dio vuelta para hablarme.
 -Hasta aquí llega nuestro encuentro joven, mis engranajes están muy fatigados ya como para seguir tocando esta música, va llegándome la hora de crear un reemplazo en algún otro lugar del cosmos. Espero que le vaya bien en su vida, que sea feliz y que tome las decisiones que considere siempre acertada
s, ya que uno toca la sinfonía del Universo, pero el libre albedrío es algo intocable. Debo regresar pronto a mis obligaciones, las melodías repetidas funcionan solo durante poco tiempo. Hasta luego, ha sido un gusto verle jovencito, ha llegado la hora de irse.-
 Y en el momento en que volvió a conectarse al instrumento musical, el edificio comenzó a estremecerse desde sus cimientos. Tuve que correr escapando para no quedar atrapado entre los escombros y salí en el momento exacto en que el edifico colapsó, destruyendo todo lo que había dentro.
Cosas muy extrañas ocurrieron en los días siguientes: el Sol se apagó por cuarta vez en la historia moderna, hubieron perturbaciones en las órbitas de los cuerpos celestes y en los ritmos circadianos de la biología. Pero poco después todo volvió a la normalidad como si nada hubiese pasado. Incluso la mayoría de la gente parece haberse olvidado de esos días de reajuste en las reglas de la naturaleza. La canción parecía ser la misma, pero el intérprete era otro.
Como el robot había dicho: “el libre albedrío es intocable”. En eso creo."

lunes, 24 de febrero de 2014

El festival de las máscaras



 Hernán estudiaba la foto que le acababa de dar su papá. No estaba acostumbrado a las imágenes impresas en papel. Tampoco estaba acostumbrado a ver a su padre de chico, aunque tuviera la cara tapada.

 “El festival de máscaras de Bufeiz es algo digno de ser visto. Tu abuela, como regalo de cumpleaños, nos consiguió dos pasajes. Eran solo dos pasajes porque en ese momento tu abuelo acababa de cerrar el taller y todavía no nos habíamos acomodado económicamente. Además, ir a Bufeiz en temporada alta era un lujo de pocos. En esa época todavía quedaban algunos lugares en el universo donde se le daba mucho valor a lo exclusivo.
 Pero bueno, lo importante es que tu abuela y yo fuimos a Bufeiz. Casi lo primero que hicimos al llegar fue ir a uno de los muchos negocios de máscaras, a comprar una para el festival. Había mil diseños, de mil formas y colores diferentes. Representaban animales y criaturas de todas las galaxias conocidas, y las había con distintos adornos y símbolos que podían elegirse según tu propio gusto, y según tu propio bolsillo.
 Pasamos un buen rato eligiendo hasta que los dos nos fuimos conformes. Además de las máscaras, habíamos comprado el Proyector, una especie de máquina de humo, fundamental para que funcione el dispositivo. Porque lo más importante de las máscaras no era cubrirse la cara con formas graciosas, sino que toda la realidad cambiaba al tener una puesta. El mundo se transformaba en lo que querías que fuera.
 A través de la máscara, y con solo desearle, podíamos proyectar imágenes, jugar con las formas y los colores, crear y compartir cosas. En el centro del festival, en plena calle, cientos de personas mostraban sus recuerdos, sus vidas, sus sueños. La gente podía conocerse a través de las proyecciones donde veía los gustos del otro, su capacidad para imaginar cosas nuevas o para proyectar en bellas imágenes lo que les había pasado.
 Naves increíbles, animales exóticos, músicas extrañas, y hasta gente de otras épocas y espacios, todo se mezclaba entre la multitud. Y alrededor de la muchedumbre, aumentando la ilusión de infinitud, habían sido colocadas grandes paredes hechas de espejos. Mientras la mayoría charlaba y conocía gente animadamente, muchos se observaban y examinaban a sí mismos frente a un espejo. Me acerqué con curiosidad.
 Disfruté lo que apareció. A través de la máscara, pude ver la imagen de mí mismo que, casi sin notar, había creado. En el espejo, yo era un poco más alto, y mis facciones eran más agradables. Tenía un aire de inteligencia y rebeldía en la mirada. Y una sonrisa perfecta. Al principio me gustó, pero después empezó a inquietarme. Ese no era realmente yo.    
 Me saqué la máscara. Por el reflejo, pude ver atrás mío que mi mamá hacía lo mismo.
-Después de un rato aburre, ¿no?- me dijo-. Ver tantas maravillas que se vuelven humo al tocarlas.”

- ¿Algún día me vas a llevar a Bufeiz, pa?- preguntó Hernán.- Yo quiero jugar a inventar cosas como el tío, o a viajar por todos lados como vos.
- Sí, algún día si querés te llevo al festival. Pero tenés que acordarte lo que te acabo de contar. Porque ahí fue donde aprendí que todas las máscaras, hasta las más bellas y elaboradas, terminan por caerse.  

lunes, 17 de febrero de 2014

Escape de Mercurio



Papá, ¿hace un tiempo me contaste que en una guerra derrotaste a un espectro vos solo no?-
-Si, fue en la guerra contra el Imperio Extragaláctico ¿Por?-
-¿Y como fue el principio de la guerra?-
-Uff, que dificil…

 “Por suerte la esa guerra no duró mucho, pero fueron tiempos muy intensos. Lo peor fue al principio. De la noche a la mañana nos vimos invadidos por las más diversas criaturas. Todo empezó hace como veinte años, cuando estaba acompañando a la abuela a hacer compras por l
os mercados de Mercurio. Me había ofrecido a acompañarla porque hacía muy poco tiempo que me había comprado mi primera nave transportadora, y bueno, fantaseaba ya con trabajar así que tomaba esos viajes como práctica. Además, tu tío en esa época había desaparecido al ingresar por una grieta temporal.
 Estábamos paseando por el mercado del barrio viejo cuando vimos unas sombras pasar rápidamente por encima nuestro. Casi que no les prestamos atención, pero a los pocos segundos una explosión muy fuerte se escuchó a lo lejos. No le dimos importancia ya que en el barrio viejo de Mercurio las grietas gasíferas son bastante normales y cada tanto alguien prendía un cigarro en el lugar equivocado y todo volaba por los aires. Luego vimos otra sombra fugaz, y segundos mas tarde otra explosión, más lejos. Esta vez la gente se agitó y todos comenzaron a preocuparse ¿otra grieta gasífera? ¿vendedores de pirotecnia atómica fallada? De pronto noté otra sombra pasando sobre nosotros y miré hacia arriba lo suficientemente rápido como para ver lo que parecía ser un escuadrón entero de Gavilanombres sobrevolando la zona en formación de guerra. Segundos más tarde hubo otra explosión, esta vez mucho más cerca de donde estábamos nosotros. Ya resultaba evidente que no se trataba de accidentes aislados y todas las personas que se encontraban en el mercado comenzaron a correr.
Tomé del brazo a la abuela y, a los tumbos, esquivando gente, logramos acercarnos hasta donde había quedado estacionada la nave mientras seguían cayendo bombas sobre la gente aterrorizada. Por suerte la nave no había sido dañada así que nos subimos listos para escapar. Pero no podíamos irnos así sin más. Mientras yo preparaba los controles, la abuela abrió la escotilla y gritó: -¿Quienes van a la tierra? ¡Vamos para ese lado, súbanse que los llevamos!-
 Finalmente, con el almacén de carga repleto de refugiados y al límite de la capacidad, despegamos con el tiempo justo para ver como todo el barrio viejo de Mercurio era devorado por las llamas. Pero eso no significaba que estuviésemos a salvo ya que un escuadrón de Gavilanombres comenzó a perseguirnos y en cuestión de pocos minutos nos dieron alcance. Se agarraron del casco de la nave y comenzaron a desoldar la defensa anti meteoritos. Nunca pude ver cuándo se fue pero, mientras yo realizaba maniobras evasivas para liberarnos de nuestros perseguidores, la abuela se puso el traje espacial y abrió la escotilla para enfrentarlos mano a mano. A simple vista uno pensaría que una viejita no sería rival para un escuadrón de tropas altamente entrenado, pero la abuela atacó sin piedad como una leona defendiendo a sus cachorros y, ante la mirada atónita de los agresores, los fue despachando uno a uno con su electrificador de bolsillo primero, y a los carterazos y empujones cuando se le terminaron las baterías. Finalmente, cuando no quedaron Gavilanombres sobre la nave, la abuela regresó al interior y todos los refugiados la recibieron con aplausos, cánticos y mucha alegría.
Y bueno, así fue como escapamos de Mercurio, y al llegar a la tierra nos enteramos de que toda la Vía Láctea estaba bajo ataque. Después por suerte pudimos formar una resistencia y terminamos echando al Imperio Extragaláctico.-“

-¡Waw! ¿y eso cuento tiempo llevó?
-Unos años, fueron épocas muy dificiles para todos, pero también fueron épocas muy entretenidas y llenas de historias para contar.
-Ah...
-Como cuando el abuelo inauguró la escuela de puntería en gravedad cero y tu abuela derribó un crucero imperial con un cañón que había diseñado el tío con las partes de un horno microondas.
-Si, si, claro que me acuerdo.

lunes, 10 de febrero de 2014

Los árboles de la luna



Pedí una hamburguesa con papas fritas, pero no tenía hambre. Me entretuve mirando la gente a mi alrededor y esperando. Hasta que llegara la comida, por lo menos, tenía algo que hacer. Es que la tristeza a veces es eso, pasar de pequeñez en pequeñez. Pasar de una cosa a la otra sin disfrutar nunca ninguna.
- ¿Sos terrícola?- me preguntó la mesera.
Asentí con la cabeza. Acababa de llegar a la luna, y ya estaba cansado de explicar las razones de mi mudanza, que tampoco eran tantas ni tan graves. Me escapaba de un amor, me escapaba de una historia y de un dolor que sin que me diera cuenta se había subido conmigo a aquella nave.
 Hice un esfuerzo para comer parte de la hamburguesa. No había caso, no tenían el mismo gusto que las de la Tierra. Me recordé que yo mismo había buscado ese cambio, pero no me obligué a seguir comiendo. Pagué la cuenta y salí a caminar.
 No estaba acostumbrado a andar con traje todo el día. No estaba acostumbrado a la falta de gravedad. No estaba acostumbrado ni al suelo ni al cielo de la luna.
 Llegué a la zona de los Lagos Menwail. Los lagos fueron el primer intento del hombre por colonizar la luna. Por ese entonces tenían planificados grandes bosques y zonas habitables, donde la naturaleza y el hombre vivirían en armonía. Una gran cápsula separaba esa zona de oxígeno del resto del universo.
 Una vez adentro, me quité el casco y disfruté del aire más natural que podía conseguirse en el satélite. Recorrí el lugar maravillado. Los árboles se parecían vagamente a los que había en la tierra, pero sus hojas eran de tonos de verde que no creía posibles. Parecían de verdes oscuros y opacos cuando no les daba la luz, pero las que estaban expuestas al fuerte sol de la luna eran transparentes y brillantes.
 ¿Cómo podía haber estado triste? Había tanto por conocer, en la luna primero, y en el resto del universo después. Caminé entre ese paisaje fantástico, oyendo el cantar de aves y los pasos de pequeños roedores que no habían conocido otra cosa que este micromundo donde el sol duraba trece días y la noche otros trece.
 De repente, oí algo distinto. Un chapoteo, una voz. A través de las ramas bajas de los árboles, pude verla bañándose en el lago. Jugando con el agua. El mismo día que me prometí a mi mismo recorrer el universo, conocí la razón para volver a lo que sería mi hogar.
 Me le acerqué y sonreí. Ella también. 

lunes, 3 de febrero de 2014

Cuando se apagó el sol

"-Esa fue la primera vez que se apagó el Sol. Al principio fue un lío bárbaro porque al no haber más pulso gravitatorio los planetas comenzaron a vagar por la galaxia. Algunos se quedaron cerca de Júpiter, pero los más lejanos no tuvieron esa suerte. Me acuerdo muy poco de esa época porque era muy chico, más chico que vos ahora. La verdad que casi lo único que recuerdo es que con tus abuelos nos llevaron a un lugar bajo tierra. Había muchísima gente, pero todos estaban callados. Nadie decía nada. Habíamos entrado todos en silencio. Éramos una procesión gigantesca, miles y miles de personas entrando en una fortaleza.
 Recuerdo particularmente las puertas del lugar al entrar: eran enormes, parecían ser tan grandes como un edifico entero, y sentí una vibración muy fuerte al cerrarse a nuestras espaldas. Al poco tiempo nos llevaron a una cámara donde estuvimos con otras familias terrícolas y muchos refugiados de otros lugares del sistema solar. Había muchos venusinos, y algunos saturninos y mercurianos. También había unos pocos neptunianos que no eran muy bien vistos porque corría el rumor de que habían sido los causantes del apagón solar.
Con mi familia nos habíamos hecho amigos de unos saturninos que conocía el abuelo de sus años como vendedor galáctico. Yo pasaba el tiempo con sus hijos, pero con el tiempo me terminaron aburriendo porque a los chicos saturninos no les gusta mucho jugar, solo les gusta la matemática y únicamente hablan en ecuaciones.
Recuerdo muy bien el momento en que partieron, sincronizadas desde la tierra y Marte, las naves para volver a encender el Sol. Todos los refugiados nos habíamos juntado a mirar las pantallas que mostraban el progreso de la misión. En ese momento pude ver cómo una familia de neptunianos se alejaba de la pantalla de transmisión. Dejé la muchedumbre para seguirlos y vi como se reunían alrededor de una niña recostada. Era hermosa y estaba dormida, rodeada por sus familiares que la peinaban y arreglaban. Eran muy sencillos en sus modales y usaban vestimenta muy simple. Parecían tristes, mientras que la niña mostraba una calma solemne; debía ser un sueño muy profundo en el que se encontraba sumida. En ese momento se me acercó un venusino y me contó la razón de esa reunión: la niña había quedado dormida justo en el mismo momento en que el Sol había comenzado a apagarse, y no hubo ningún tratamiento capaz de despertarla. Entonces la niña movió sus ojos aún cerrados y todos los neptunianos a su alrededor se sobresaltaron, era lo primero que hacía en mucho tiempo. Poco después comenzó a agitarse en su sueño, a mover la cabeza de un lado a otro y a acomodarse en la cama como preparándose para despertar. Al mismo tiempo, comenzó a escucharse un murmullo desde el sector de la pantalla transmisora: la gente estaba viendo algo, algunos rezaban, otros comenzaron a suspirar.
 En el momento mismo en que la niña despertó y abrió los ojos, la gente estalló en aplausos y cantos de alegría. Pocos minutos después de haber partido la misión conjunta Tierra-Marte, cuando las naves aún no habían llegado ni a lo que había sido la órbita de Mercurio, el Sol, sin ningún motivo ni aviso, volvió a prenderse.
Mientras tus abuelos me agarraban de los brazos y me llevaban de regreso a nuestra casa, pude ver como la niña se sentaba en su cama y les decía a sus padres que había tenido un sueño muy extraño."

- ¿Y que pasó con los otros planetas? ¿Volvieron a sus órbitas?-
-Sí, hijo, pero esa es otra historia...-